87 AQUÍ ESTOY
Esperaba que Deva me llamara o que me escribiera estos días atrás, pero no lo ha hecho. Esperaba que se desdijera, que se comportara como la amiga que pidió ser en esa cláusula cuando acordamos el jodido simulacro… Pero no ha sido así.
Ayer le mandé un mensaje para decirle la hora a la que iba a recogerla. Hoy es la fiesta del aniversario de Cartonajes Lanau, y… aquí estoy: esperando a que baje de su casa para dirigirnos a las bodegas donde se va a celebrar.
No sé cómo debería sentirme, ni siquiera sé qué esperar.
Yo solo… necesito verla. Llevo esperando este momento durante tantos días que se me han hecho interminables.
Porque hay una parte masoca y probablemente estúpida de mí que se niega a que lo que teníamos se haya acabado; cada vez que los recuerdos con ella me asaltan, y hacen que se me erice la piel, tengo que aplastarlos con sus palabras y sus acciones de la semana pasada.
Y así he pasado las horas, en una montaña rusa con picos de imbecilidad, mesetas de enamoramiento y descensos de tristeza.
Trago saliva y noto que la pajarita me aprieta demasiado el cuello. Las ganas de deshacérmela y abrir los botones de la camisa compiten con las de subir a su casa y… ¿y qué? ¿Volver a insistir en ser amigos? Si ni siquiera es lo que quiero…
Es muy patético que desee mostrar el teatro de novios falsos delante de mi familia para sentir, otra vez, que estamos juntos. Pero en estas estoy, aprovechándome de un pacto de apariencia para volver a tenerla cerca.
Mis dedos tamborilean en el volante al son de la música que apenas se escucha. Y no, no estoy preparado para lo que veo en cuanto miro a la derecha y me encuentro con Deva.
Se me olvida respirar.
Parece una criatura etérea, es una visión de lo que pudo ser y para nada es. Ya no la puedo tocar con naturalidad, ni besar, y…
Está preciosa.
Su pelo suelto, peinado con una ondulación grande y plana a un lado de su frente, contrasta por completo con su moño deshecho que lleva a diario. No tiene nada que ver con la Deva que he conocido en el sofá de su casa, en mi cama, en su ducha, en la piscina…
Recuerdo la Noche de Fin de Año, cuando la fui a recoger a la salida de su turno.
Parece haber pasado una vida entera. Lo que cabe entre esa Deva y la que tengo delante no ha podido ser solo un experimento, joder…
El corazón me golpea las costillas con fuerza cuando alcanza la manilla de la puerta del copiloto y aguanto la respiración mientras se sienta e inunda todo con su olor.
Ella, joder…
—Sé que el abrigo no le pega, pero lo dejaré en el coche y moriré de frío si el trayecto hasta la puerta es muy largo. Solo espero que no haya cóctel en exteriores ni nada parecido —habla deprisa, sin mirarme.
Si no tuviera la sensación de haber perdido todos los derechos sobre nuestra relación, me reiría. También podría decirle que me da igual la fiesta y que ahora que está conmigo solo quiero retroceder en el tiempo y volver atrás.
—Dejaré el coche en la puerta; creo que hay aparcacoches, y no importa si te pega o no, puedes entrar con el abrigo, seguro que hay donde dejarlo.
El aire de hoy viene frío y es bastante fuerte.
—Ese es el nivel —murmura.
Todavía no me ha mirado. Tomo aire y su perfume, que me ha vuelto loco desde la primera vez que lo olí —en lo alto de las escaleras de casa de sus padres—, entra en mi sistema con mucha más fuerza y me obliga a aguantar la respiración.
Mi cuerpo se activa, debe de pensarse que lo estoy oliendo directamente en su piel y que puedo incluso besarla.
Pero no es así. Y cuando más tarde nos toquemos y su aroma me haga perder la cabeza todavía más, seremos una mentira.
«Este es el nivel». Mi mente se burla de mí usando sus propias palabras.
Arranco y atiendo a la dirección que marca el navegador.
—¿Qué tal en el pueblo?
Con ella tan cerca, voy a colapsar.
—Bien —dice escueta, sin mover la cabeza, solo apretando las manos una contra la otra en su regazo.
Encajo con fuerza la mandíbula, quiero que me mire.
—No fue Bastián. —Lo digo porque lo sé; sigo en el grupo familiar y las conversaciones se suceden soltando información a diestro y siniestro.
No he creído conveniente salirme; no sé lo que ha dicho en su casa, supongo que seguirá con la farsa, y… La verdad es que podría haberlo silenciado, pero soy así de masoca. He buscado sus intervenciones en el chat, parezco imbécil.
Sí, ese también es el nivel.
—No, estuvieron en casa de la familia de Ana —aporta.
—Y… ¿todo bien?
—Sí, pero echa de menos a Odín.
—Es normal.
Carraspeo incómodo.
Parece una esfinge.
—Es el mejor —añade refiriéndose al perro, pero no dice nada más.
No sé cuánto tiempo pasa… Solo sé que salimos de la ciudad.
—¿Qué tal Nora? —dice de repente, y las ganas de compartir lo que he avanzado con ellos se me escapan. Entonces dudo, no sé si aún somos amigos.
—¿Está… bien? —insiste.
Trago saliva.
—Sí, sí… Cada día se encuentra mejor y… Está tan agradecida contigo que seguro que te lo cuenta ella misma.
—Y tú con ellos… ¿bien? —formula con timidez, y por fin me mira.
Quisiera tener esta conversación mientras nos miramos a los ojos, y ahora, sin las luces de la ciudad y solo con la iluminación de la consola central del coche, ni siquiera puedo verla bien. La echo de menos y no debería porque no sé si fue real.
Joder…, ¿cuánto ha fingido ella? A veces, me he torturado pensando que rompió todo porque se asustó de lo que sentía, y otras me asalta la duda de si lo que vivimos fue de verdad un experimento en el que no sintió cada paso que dio hacia nosotros. ¿Tan bien se le da mentir?
—Me resulta extraño hablar de esto contigo… —dudo—, a ver… Lo hemos hecho siempre, pero… No sé si ahora somos amigos. —Finalmente lo digo en voz alta y con un punto de resentimiento—. Te he dado espacio, pero…
Paso una mano por mi barba arreglada.
—Amigos…, claro, sí… Es verdad que he estado… —respira con fuerza—. Reajustándome, supongo.
—Ya… Eso quiere decir que ¿ya lo estás? Reajustada, digo, a tu vida de siempre, sin mí.
«Sin mí». Decirlo pincha con saña en el centro de mi pecho. Mantengo la mirada al frente, por mi propio bien, por seguridad…
—Sí… Sí.
Lo está. Qué… rapidez.
Me pregunto cuánto voy a aguantar sin pedirle explicaciones, porque pensaba que iba a ser fácil ignorarlo, pero ya no las tengo todas conmigo.
El silencio es oprimente.
Tomo aire y decido que se lo voy a contar, que voy a usar ese comodín algo incierto de «amigos» que nos ha quedado.
—Nil me contó que no es el padre biológico del bebé.