86 NO ESTAMOS EN ESO
Abrazo a Odín porque ahora mismo es mi refugio. He llegado hace un rato a casa de mis padres y no me apetece entrar. Seguir fingiendo que Guido y yo estamos juntos, pero que no ha venido, va a ser la mentira más difícil de sostener hasta la fecha.
Y no debería.
No he ido a comprar los dichosos vestidos para la gala y la boda; ni siquiera se lo propuse a Ileana.
Lo único que he hecho en mi tiempo fuera del hospital ha sido nadar y jugar al Last.
Ni siquiera he mirado de refilón el Resident, porque todo lo que me recuerda que Guido ya no forma parte de mi día a día… duele.
Y esto es exactamente por lo que no compensa tener pareja, por el final, que es inevitable.
Encontrármelo la otra mañana en su empresa fue una sorpresa, pero no buena.
O quizá demasiado buena para esa parte de mí que estaba viviendo algo que no le correspondía, y nada buena para todas las emociones que ahora tiemblan de dolor con cada recuerdo.
Mi intención era dejar la mochila con su portátil en recepción y desaparecer, pero allí estaba.
Su pregunta trepana mi cráneo sin descanso. Se parece al primer diagnóstico que fallé en mi primer año de residente, se volvió machacón durante todo un año. Espero que esto no dure tanto.
«¿Hice algo mal?».
Supongo que está así de descolocado porque me he saltado el plazo que habíamos acordado, pero en la farsa frente a su familia no voy a fallar.
Además, tengo la respuesta clara: no hizo nada mal.
Al revés, podría haberle contestado que me regaló la prueba empírica.
Yo estaba a punto de caer en algo que me iba a hacer perder mi autonomía porque la que hizo algo mal fui yo; para mí ya no era un experimento, menos mal que he reaccionado a tiempo.
Verlo con Nora, saber quiénes fueron… Yo no estaré jamás ahí, esperarlo es incoherente con mantener mi identidad intacta.
Ya está. Ahora duele, quizá el marco no era tan seguro como pensaba, quizá se me olvidó dibujarlo de verdad, pero dolería más si me hubiera dejado arrastrar del todo.
Dejarme llevar con un tío no puede darme más de lo que me va a quitar.
Soy Deva Morel Collado y no quiero pareja porque perder el control nunca trae nada positivo.
¿Merece la pena haber vivido la experiencia? Solo para saber que no voy a volver a caer jamás, porque cada vez que la evoco, y no soy capaz de sacármela de la cabeza, me arde la piel y a veces el pecho de lo que cada minuto a su lado me hizo sentir.
Aunque si pudiera…, la borraría, así que no, no merece la pena, duele demasiado. Ni siquiera marcando límites. ¿Qué límites puede haber cuando se pierde el control?
Mi padre entra en el garaje y me encuentra agachada acariciando con devoción a nuestro oso negro.
—Que no note nadie que Odín es al que más quieres de la familia, mamá no lo va a soportar.
Sonrío y me levanto para abrazarlo.
—¿Qué tal? ¿Cómo no viene Guido?
Ay… Escuece.
—Se iba a una casa rural con unos amigos —suelto de carrerilla lo que he practicado en el coche.
—¿Y tú no vas con ellos?
—No… —dudo porque… no se me ocurre qué decir—. No estamos en eso. —Los ojos de mi padre recorren mi cara y me pongo nerviosa.
—¿No estáis en eso? —Frunce el ceño.
Tengo hasta preparadas las excursiones y actividades que van a hacer; me sé los nombres de los amigos del pádel y he integrado a Nil.
—Es la despedida de soltero de su hermano —improviso; y volver a ser esa Deva que miente de forma tan eficiente me genera una tristeza extraña.
—Qué pena, me gusta veros juntos. —Pasa un brazo por mis hombros y caminamos hacia el interior de la casa.
Después de comer voy a casa de Beca; no solo porque ella no me perdonaría no venir, ya me avisó, sino porque sabe la farsa en la que he estado metida y necesito una aliada que sostenga mi teoría sobre lo bien que me va la vida sin pareja.
Además, el ambiente en casa es una losa cargada de mentiras que cada vez pesa más, y necesito respirar.
Ni siquiera están Ile y Martina, con quienes podría desahogarme.
Sujeto la infusión caliente de naranja y canela cual salvavidas mientras le cuento a mi amiga lo que vi en el hospital.
—Sentí que no pertenecía a esa situación con Guido.
Porque era un juego. —Me callo unos segundos; ella no dice nada—.
Si no, imagina lo expuesta que me podría haber sentido de haberme pasado con una pareja real.
—Le doy un sorbo a la infusión—. Fue la prueba definitiva para saber que quiero ser soltera.
En el fondo sé que estoy mintiendo un poco, porque sí me sentí expuesta, como si fuéramos reales, y es justo lo que me tiene así. Pero tengo que mostrar un poco de dignidad. Tengo que ser fuerte, hacer ver que todo está bien, porque lo estará.
—Como lo que quieres es sinceridad, te diré que te has quemado —dice con suavidad.
No parpadeo, no digo nada.
Doy un sorbo a la infusión y… ¿lleva razón? Da igual, no se la voy a dar.
—Bueno, he entendido a la perfección que tener pareja no compensará jamás. Experiencia inmersiva completada con éxito —intento bromear.
Los residuos de las conversaciones con Guido aparecen sin parar, de la nada. Ahora mismo parece que estoy escuchando cómo me propuso el simulacro. Porque lo propuso él, pero yo jugué y me salté las reglas, o quizá ni siquiera me las tome en serio.
Y me fastidia.
Y… entristece.
—No, Deva. —Se mueve lo suficiente para que mis ojos hagan contacto directo con los suyos; no me había dado cuenta de que estaba mirando a la nada—. Te has enamorado y te has cagado encima.
Parpadeo y trago saliva. Se me ha arrugado algo dentro, en la zona del mediastino, y al coger aire me cuesta un poco expandir el diafragma.
Pero no me permito mostrarme porque… No lo sé.
Así que la miro mal; se diría que ha acertado ese primer diagnóstico frente al adjunto que yo fallé, evidenciando mi fallo mucho más.
Entonces me arrepiento de estar hablando con ella, pero no sé si es por mí o por ella. Quizá buscar a Beca no haya sido buena idea, porque esperaba otro tipo de apoyo, alguien que me dijera que había hecho bien rompiendo con Guido y que no me lanzara mis miedos a la cara cual misiles.
—Bueno, enamorado es mucho decir. Pero ya da igual, no me gustó esa sensación, la posibilidad de sentirme desplazada…
—Que Guido se preocupara por la salud de su ex, que además es la futura mujer de su hermano, no te puede hacer sentir desplazada.
—Es que no es eso… —Pongo los ojos en blanco.
—¿No? Me parece bien que no lo sea, porque suena a celos tóxicos. —Se echa hacia delante y estrecha los ojos.
Vale, suficiente.
—No lo son —asevero—. La conclusión es que… puede que tener pareja no sea lo mío. Igual siempre he tenido razón.
Si hablo de pareja en genérico, si no lo relaciono con Guido y, además, si consigo bloquear las imágenes que me asaltan de nosotros dos juntos, me resulta mucho más fácil. Pero mi mente va por libre…
El recuerdo de una mañana cualquiera, con su respiración en mi nuca, me hace cerrar los ojos con fuerza.
No fue solo una mañana… Fueron muchas. En mi casa, en la suya…
En el hotel tras el congreso… La sensación de su calor se vuelve casi real y casi puedo oler la mezcla tibia de los aromas de nuestros cuerpos juntos.
Inspiro y mantengo el aire; es increíble, parece que tengo secuestrado el olor.
Entonces hago algo que no debería: me dejo mecer por todos los recuerdos a su lado.
Escucho un chasquido seco y me da la impresión de que estoy a oscuras. Parpadeo, tengo a Beca frente a mí con su mirada escrutadora.
—¿Dónde estabas?
No puedo decírselo. ¿Estaba hablando?
—Es que no estoy durmiendo muy bien —respondo lo primero que me viene a la cabeza, y tampoco es mentira.
—¿Te ha afectado al sueño? Esto es grave.
—No, no lo es.
«Estaré bien».
—Entonces… ya no os vais a ver, y le has dicho a tus padres que lo habéis dejado y…
—No, qué va.
Solo de pensar que dentro de una semana es la fiesta de aniversario de su empresa mi eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal se pone a toda máquina.
Doy otro sorbo a la infusión, se está quedando fría.
—¿Por qué no?
—Seguimos con la farsa para la fiesta y la boda… —hablo quitándole importancia, porque quiero que no la tenga.
Abre mucho los ojos y se queda un rato con ellos abiertos; se le van a secar.
—No sé por qué me sorprendo, tú vas a cumplir hasta el final, aunque te mueras por dentro estando a su lado.
Mis ojos vuelven a rodar y creo que voy a quedarme así para siempre.
—Que no me estoy muriendo por dentro —digo cansada, pero igual el cansancio viene de mentirme tanto.
—Ya… —Sube las cejas e imita mis ojos en blanco—. La verdad es que me gustaría verte. Y a él… —Parpadea y deja su taza en la mesa—. Porque… ¿Guido se ha quedado tan ancho? Tú le has dicho que ya no quieres seguir jugando a las casitas, y ¿él no ha dicho nada?
—Sí, bueno… Pero… —Me encojo de hombros y niego. Contar que parece no entender por qué he cortado no me va a beneficiar con Beca; lo tengo clarísimo, esta mujer es una conspiranoica de manual.
—Pero no quieres contarlo. A mí, con esta falta de información, se me complica la teoría.
—No hay teorías, Beca —digo monocorde.
—Ah ¿no? Se ofrece voluntario para que compruebes si tener novio va contigo y ya está; es como esos paquetes de experiencias que venden: «fin de semana rural con cata de vino». Es la hostia de majo. Sí…
La miro fatal.
Que Guido esté afectado más allá de que no cumpla delante de su familia no tiene sentido.
—Él solo necesita que yo esté en la boda de su hermano y en la fiesta de la empresa…
—Te lo ha dicho así, igual que me lo estás diciendo tú —me corta y yo aprieto la mandíbula.
—¿Te puedo ser sincera? —suelto, molesta.
—Aquí somos sinceras, Deva. —El grado de sarcasmo de su tono no ha disminuido.
—No he venido aquí a esto que estás haciendo. —Muevo las manos delante de mí.
—A que te diga verdades, te refieres.
Cuando se pone en ese plan y con ese gesto, que parece que disocia la cabeza del cuerpo, me trastorna.
—He venido a que me apoyes. Y me estás poniendo más nerviosa. Crees que hay cosas que no he contemplado y no es lo que necesito —aclaro muy digna.
—Está bien, no necesitas que te diga que es muy posible que Guido sienta por ti cosas.
Se ofreció, Deva, se ofreció —repite y la intensidad de su discurso aumenta—.
Tampoco quieres que te deje claro que te has enamorado, y que tienes tanto miedo de que salga mal —hace un gesto de «¿lo pillas?»
con el pulgar, el índice y un giro de muñeca para terminar señalándome con descaro— que lo has boicoteado antes de asumirlo.
—Extiende los brazos y luego deja caer las palmas abiertas sobre sus muslos—.
Entonces has venido a que te diga que tienes razón, que tener novio es el mal, que son entes que te roban la autonomía y bla bla bla.
Peeero… —sube el volumen—, voy y te suelto que no entiendo nada, y que mentir nunca sale bien, sobre todo cuando lo haces contigo misma.
¿Guido sintiendo cosas por mí?
Abro la boca y la cierro.
—Ya que no puedo decirte nada de esto, igual es mejor que te deje un vestido para la boda.
Entonces mi practicidad se pone al servicio de mi protección, guardo todas esas especulaciones absurdas en la trampilla de misión secundaria y golpeo mis rodillas con las palmas de las manos.
—Eso es, Beca, necesito un vestido para la boda y para la fiesta de la empresa —admito, inspiro y me lleno de la paz que necesito ahora.
Ahora es ella la que se queda estática, sin parpadear.
—Entonces son dos vestidos.
—¿Qué?
—Dos vestidos, Deva, no vas a llevar el mismo.
—Me parece bien.
Porque ahora mismo me parece bien todo lo que sea no hablar de Guido y de mí. Aquí sí puedo tener el control.
—Deva… ¿Sabes que podrías hablar con él, contarle lo que te ha pasado de verdad y esperar a que él te cuente lo que… siente? —susurra.
Trago saliva, o lo intento, porque se me ha quedado la boca seca, y me encojo de hombros en un gesto defensivo.
—No estamos en eso, Beca.