85 PUNTO MUERTO
No sé dónde tengo la cabeza, me he dejado el móvil en el coche y menos mal que no hay ninguna reunión programada a primera hora.
Me encuentro con Nil y Nora en la entrada, que vienen cogidos de la mano.
No me parece chocante. Y eso es lo único que está bien ahora mismo, porque yo…
no lo estoy. No he intercambiado ni un solo mensaje con Deva desde ayer.
Sé que fui muy cortante con el último, pero…
Joder. Como sea, he decidido darle unos días y, si no se pone en contacto conmigo, utilizaré la baza de mi ordenador y mi mochila. Sin remordimientos, necesito verla.
—Guido. —Nora se acerca mientras Nil me saluda y sigue hacia los ascensores.
—¿Estás bien? —Mi pregunta se convierte en retórica cuando veo la buena cara que tiene; aun así, añado—: Podrías haberte quedado en casa...
—Pero es que estoy mejor que estas semanas de atrás —justifica.
—Me alegro. —Sonrío, lo hago de verdad, no me incomoda estar con ella, no… No sé cómo es posible que lo que sentía hacia ellos, ese rencor doliente, se haya esfumado.
—Sé que lo sabes —dice bajando la voz y también la mirada—. Nil me dijo que te lo contó.
—Sí. Pero no tienes que aclararme nada.
Cierra los ojos, niega y sonríe. Y, cuando me mira, empieza a hablar:
—Me hice la primera inseminación en septiembre.
—Mientras la escucho, me encuentro con la misma sensación de no saber dónde colocar esa liberación que sentí ayer—.
Aunque Nil y yo llevábamos un mes… viéndonos…
—Se aclara la garganta—. Él lo entendió.
No sabíamos hacia dónde íbamos. —Sus palabras salen rápidas, teme que vaya a cortarla—.
Yo no quería condicionar mi maternidad otra vez…
—La mirada que me lanza es triste, yo asiento—.
Fue un gran apoyo y… —susurra—. Nos enamoramos, pero… nos lo negamos… Hasta que…
—Ya. —Sonrío de verdad y afirmo, resignado, sé lo que está tratando de explicar.
Soy tan consciente de que no le permití acercarse a mí…
De lo injusto que fui, de lo mal que lo hice y de que tampoco supe gestionarlo.
Miro alrededor, no hay nadie, solo el de seguridad, pero no me apetece hablar de esto aquí y ahora.
O quizá, lo que de verdad me pasa es que estoy incómodo, conmigo, con lo que hice.
—Guido… —Toma una respiración larga, traga saliva y aprieta los labios—. Yo… yo lo siento muchísimo, y no sé cómo pasó. Ojalá hubiera sido otro —me dice y suena tan de verdad, tan desesperada…
En un acto, casi involuntario, sujeto sus manos nerviosas, que se agarran al bolso porque no sabe qué hacer con ellas.
—Nora… —Suspiro y me sale una sonrisa suave mientras sus ojos se llenan de lágrimas—.
Sí… —Se me escapa una sonrisa resignada—.
Ojalá hubiera sido otro —confieso o justifico, no lo tengo claro; ya da igual quedar de hermano resentido—.
Pero no hay nadie mejor que Nil para estar a tu lado, y…
—Trago saliva—. Para ser el padre de tus hijos.
Le tiembla el labio inferior y la abrazo.
Con Nora he pasado cuatro años y han sido de los mejores de mi vida, pero dejamos de ser el uno para el otro.
—Gracias, Guido —murmura contra mi cuello.
Se retira y se pasa la mano por la nariz. Busca un pañuelo en el bolso y se suena.
—Estoy muy sensible —se disculpa medio riendo entre las lágrimas.
Retiro el pelo de su cara, se le ha soltado un mechón de la coleta. Desvía la mirada y el cambio en sus ojos es tan rápido…
—Han venido a verte temprano —dice y luego se dirige a alguien—. Buenos días, Deva.
Me quedo clavado.
Giro despacio y miro hacia el mismo lugar.
Estoy en punto muerto; con Deva y sus ojos demasiado abiertos sobre mí no entra ninguna jodida marcha.
—Me subo, a ver si el jefe me va a llamar al orden —dice Nora pasando a mi lado para acercarse a Deva, que sigue a metros de mí y con mi mochila en la mano.
No sé qué le dice Nora, solo sé que Deva sonríe y, cuando se despiden, lanza un vistazo al mostrador, donde sigue solo el de seguridad.
Mi visión periférica detecta a la recepcionista atravesando las puertas automáticas.
Reacciono y doy los pasos pertinentes para colocarme frente a Deva, porque por un segundo temo que se vaya.
—Te dejaste esto en casa —dice tendiéndome la mochila.
Tomo aire y cierro los ojos, incrédulo.
—¿Ibas a dejarlo en recepción o ibas a subírmela al despacho?
Tenso la mano, pero no la muevo. Soy incapaz de extender mi brazo para cogerla; si lo hago, su intervención terminará y le daré la excusa para poder largarse. Y todo lo que quiero, ahora mismo, aunque no entienda por qué, es retenerla un rato más a mi lado.
La he echado de menos y ahora está aquí… Pero la siento lejos. Apenas parpadea, traga saliva… Está tensa.
Se muerde los labios y frunce el ceño. Creo que se habría decidido por la primera opción, y la incomprensión toma el timón de mi discurso cuando me doy cuenta de que no va a contestar.
—Entiendo lo del… simulacro, pero… Íbamos a seguir siendo amigos.
Decirlo en alto suena peor de lo que pensaba. Da igual, no sé lo que estoy haciendo, la oportunidad con ella ya se ha escapado y no estoy preparado.
—Sí, es… es verdad. —Evita mi mirada y me cuesta mucho relacionar a esta Deva esquiva con la que he conocido todo este tiempo.
Me vuelve loco no entender sus motivos para romper, pero comprendo que dentro del pacto también había una especie de acuerdo mutuo e implícito de no exigir explicaciones; además, ella ya ha dicho que no necesita más experimento.
Carraspea y vuelve a centrarse en mí sin parpadear. Parece que estuviera retándose.
—Me tengo que ir, solo he venido a dejarte esto… —Su movimiento insiste en que la coja; y lo hago.
Mis dedos rozan su mano, que sujeta el asa, y los tiene fríos. Se retira de forma torpe mientras que yo me quedo con el brazo estirado, con la mochila suspendida entre ambos y con un jodido vacío que no entiendo. Supongo que esta es su forma de romper una relación, pero lo odio.
—¿El vestido lo vas a comprar con Ile? —Saco a colación la posibilidad de que me dé esa oportunidad, como amigo.
‹‹Sigue mintiéndote, Guidet››.
No tengo ni idea de lo que estoy haciendo y ella está a kilómetros de mí. Su mirada de frente y sin parpadear, mientras asiente, me deja helado.
—Y… ¿los planes para el sábado? —Preguntar por los dos días en la playa es absurdo, y yo me siento un imbécil incluso antes de terminar la pregunta, pero me cuesta relacionar a la Deva que tengo delante con la que he conocido.
—Creo que… voy a subir al pueblo —susurra—. Quiero… subir a casa de mis padres… Sí.
Anoche, durante mis horas de insomnio, llegué a pensar que quizá lo que le había llevado a terminar con lo que teníamos no fuera tan determinante, o que por lo menos tenía solución; me llegué a preguntar si yo…
—¿Hice algo mal?
—¿Qué? —Parpadea con incredulidad. Niega porque parece entenderlo—. No… No… —Toma aire, me mira durante dos segundos en los que me parece volver a ver a la Deva de estas semanas atrás, pero desvía la vista—. Era complicado que yo cambiara de opinión. —Se encoge de hombros y vuelve a parpadear mucho.
Tiene la piel demasiado pálida, y algo de ojeras. ¿No ha dormido bien?
—¿Estás… bien?
—Sí —confirma incluso con un movimiento de cabeza y con una sonrisa que tampoco reconozco en ella—. Es solo que, esto… —señala el espacio entre los dos— es raro. Pero estoy bien.
Me limito a asentir.
—Bien… Entonces nos… vemos en…
—La fiesta. —Da un paso hacia atrás.
—La fiesta.
Se da la vuelta y se va.
De locos…
No entiendo en qué momento la he perdido.