EPÍLOGO
Tengo a Marc, mi sobrino, en brazos; Bastián está jugando con los juguetes que le han traído los Reyes, todavía en pijama; y el resto…, el resto estamos sentados donde podemos con una taza de café o chocolate caliente en la mano después de una interminable jornada de abrir regalos.
—Se ha quedado dormido —le susurro a Nora.
—Será mejor que lo tumbe, apenas ha pegado ojo esta noche. Los cambios de rutina nos destrozan a todos —dice ella y se lo paso.
Ver a ese niño me muestra tantas cosas de nosotros…
que me emociono. Es mi sobrino. Es el centro de esa familia preciosa que han creado Nil y Nora y de la que todos formamos parte.
Se lo merecen todo. Hace un año esto era inimaginable, o más que eso, era doloroso.
Es de locos; a veces creo que no puede ser verdad que hayamos sobrevivido a las navidades pasadas y estemos aquí, como si no hubiéramos estado todos a punto de rompernos.
Observo a Deva hablar con mi madre e Ileana, quien está amamantando a Alma, y me enamoro otra vez de ella y de quienes somos juntos.
—¿Te hiciste pasar por repartidor? —Mi madre no necesita elevar la voz desde la otra punta del salón para que sus palabras lleguen a mis oídos.
Se hace el silencio, solo se escuchan los sonidos de succión de Alma y el crepitar del fuego.
Deva abre la boca y mira a Ileana, que sonríe entre la incredulidad y la travesura.
—Ehhh… —respondo.
—¿Hijo? —Germán interviene.
—¿No lo saben? —Roque se ríe por lo bajo.
—¿El qué? —Leonor vuelve la cabeza hacia mi cuñado, pero no aparta la vista de mí.
—Que fingieron ser pareja durante todas las navidades, Leonor. Bueno, hasta la fiesta esa de vuestra empresa que salió en el periódico —dice Lupe.
—Sí. —Luisa hace un puchero—. Pobre Devita, ahí se desmoronó tanto…
—Bueno, fingir… —interviene Ileana—. Eso es mucho decir.
—Es verdad, eran los únicos que no se daban cuenta de que estaban enamorados —completa Julián.
—¡Guido! —suplica Deva ante mi mutismo.
La verdad es que no me parece mal que se esté dando esta conversación.
—Ya está, ya lo sabéis. —Extiendo los brazos y muestro mis palmas.
—Te dije que papá y mamá deberían saberlo.
—Ya, Nil, ya. —Ejerzo la mirada de hermano mayor con él y me vuelvo hacia mis progenitores—. No es tan grave.
—¿Fingisteis ser pareja? —pregunta mi madre, que parece no haber dado crédito a ni una sola intervención.
—Y dejó de ser mentira antes de que nos diéramos cuenta —añado.
—Fue poquísimo tiempo, Leonor —asegura Deva con ferocidad absoluta, cruzando los dedos frente a sus labios en esa promesa muda que hace siempre que quiere que la crean.
Se me escapa la risa y miro a mi novia que confirma algo que yo ya sabía, pero que a ella siempre le cuesta reconocer en alto. Y aquí, delante de todos, casi lo ha gritado, aunque sea para defenderse de la implacable letrada Leonor Ayala.
—Te quiero —se me escapa, y ante su cara, que pasa de la congoja a la felicidad, dejo de pensar en si es el momento adecuado—: Cásate conmigo.
La boca de Deva se abre.
—¿Esto también es mentira? —Lupe alza la voz.
—¿¡No ves que no!? —Luisa da palmaditas—. ¡Es el mejor regalo de cumpleaños del mundo!
—Este cuñado… deja los estándares del resto por el suelo. Menos mal que yo no tengo que pedir matrimonio ya… —murmura Roque.
Escucho responder a Ileana, pero muy lejos. Solo puedo estar pendiente de Deva, que está paralizada. El plan no era este, pero no voy a retirar la propuesta porque la siento enorme y real entre los dos.
Mi chica mira a su alrededor, descuadrada; pero en segundos la sonrisa inunda su cara, después aprieta los labios y sus ojos vuelven a los míos.
—¿Hay una cámara oculta? —Se muerde el labio para no reírse y se levanta del sillón.
Niego y el regocijo ante su sí implícito me vuelve loco.
—No… —Cierro los ojos y me aguanto la carcajada—. Solo serán quince minutos, te lo prometo —le digo con una mirada llena de determinación y enganchada a nuestro inicio, justo en este mismo salón.
—¿¡Qué!? —Luisa es la única que muestra la confusión que seguro deben sentir todos.
—¿Me pagarás? —pregunta Deva ya casi a mi lado.
—Pero ¿qué dices, muchacha? —La abuela se escandaliza.
—¿Un Bizum te va bien? —pregunto y la atrapo por la cintura para pegarla a mí.
Asiente deprisa, con ganas, sonriente… La aprieto contra mí y me besa, con tanto ímpetu que parece que estamos solos, una sensación que es complicada de mantener porque el resto irrumpe en un aplauso y silbidos que despiertan a mi sobrino.
—No me creo que hayas hecho esto —susurra Dev contra mi boca.
Dejo un beso y la abrazo.
—Ni yo que hayas dicho que sí —digo en su oído sin poder dejar de sonreír y estrechándola tanto como ella a mí.
—Pero ¿esto es que se van a casar? —La voz de mi madre es de asombro absoluto.
—Yo creo que sí —responde Julián.
—¿No ha sido una broma? —pregunta Lupe emocionada.
—Es demasiado bueno, no puede ser mentira —aclara Martina dando su punto de vista profesional.
La cháchara a nuestro alrededor es de locos.
—Deva se casa, Lupe… —Luisa está llorando.
—No he entendido nada, pero sí: creo que mi hijo ha hecho una propuesta —habla mi padre.
—Y Deva ha contestado que sí… —Leonor duda— a que le haga un Bizum.
—Ostras… —Deva amortigua sus risas contra mi cuello.
—Yo creo que ya no nos tenemos que divorciar, Ana —dice Roque.
—¿Perdona? —escucho a su mujer.
Me da la risa, no es el mejor escenario para lo que acabo de hacer, pero es nuestro.
—¿Lo tenías planeado? —pregunta Deva sin despegarse de mí y mantiene esa falsa intimidad que hemos creado.
—No. Tengo reservada la cabaña de las Gildas por tu cumpleaños. Tenía otra idea…
—Pero no te has podido resistir a que nuestras familias fueran testigos de cómo me descuadras el Excel. —Remarca la palabra al igual que hice yo ayer y se ríe.
Se aparta lo justo para mirarme, yo no veo a nadie más que a ella.
—A lo que no me he podido resistir es a tu ‹‹te quiero›› retroactivo.
Frunce el ceño.
—Yo no…
—Tú sí.
Me río ante su cara, y la beso, la beso como si estuviéramos solos de verdad y no como la tarde que nos conocimos, justo aquí, en este salón en el que hace tiempo que dejamos de fingir.