83 ES COMO SI NO ESTUVIERA AQUÍ
Nil pasa por delante de mí y entra en el despacho.
Guido está… Demasiado quieto, de hecho, parece que ni siquiera está aquí.
—¿Quieres entrar a verla? Está bien. —Hablo en voz baja, con el objetivo de tranquilizarlo, mientras me acerco a él.
Primero niega con la cabeza y me mira, pero le cuesta hacerlo directamente.
Luego toma aire y va tras los pasos de Nil.
El hermano de Guido está inclinado sobre Nora y hablan en susurros.
Ella está bien y, en un par de días, se va a encontrar mejor.
Me cuesta entender esa manera de sufrir cuando hay opciones claras para mejorar, pero con los embarazos cada mujer es un mundo.
—Cuando pase todo el suero podremos irnos. Nora lleva las recetas para que pueda empezar a tomarse los medicamentos esta misma noche. —Lo digo para los dos, y al final miro a Guido, que observa a su ex con una intensidad que me descoloca.
No, no me descoloca, me molesta y no lo entiendo.
Nora le sonríe con timidez y, sin embargo, él… apenas reacciona.
Parece buscar… ¿qué?
Y yo… me siento como si estuviera en un lugar que no me corresponde. La sensación choca de frente con la de pertenencia que no he dejado de sentir durante estos días. Noto frío y me sacude una decepción desde dentro.
Estoy a tres pasos de ellos y doy uno atrás hasta apoyarme en mi escritorio.
Soy la médica.
Aquí solo soy la médica.
Guido sí acorta el espacio y pone una mano sobre el hombro de Nil. Su hermano lo mira, con una cautela que me pone nerviosa, y sonríe. Nora no ha pasado por una circunstancia grave. Entonces…, ¿qué pasa? ¿Por qué Guido no deja de mirarla…?
¿Cómo la está mirando?
Y ¿por qué me importuna tanto?
Se me aprieta el estómago y me arde el esófago; el miedo me atenaza. ¿Y si se ha dado cuenta de que la sigue queriendo?
—Gracias, Deva. —Nora llama mi atención—. Estoy bien, de verdad. —Tranquiliza a los hermanos poniendo una sonrisa cansada en su boca.
Guido le devuelve la sonrisa, pero se queda igual de estático.
Evita mirarme.
Me resulta tan inaccesible…
¿Y por qué me duele?
No entiendo qué está pasando.
O sí…
Solo sé que quiero estar ya en mi casa.
Nil ha acercado el coche a la entrada del hospital para que Nora no camine más de la cuenta, la cuida muchísimo.
Hoy hemos sido testigos directos de la pareja que son.
Guido está a mi derecha, observando, al igual que yo, la partida de ambos.
Tengo que apartar la vista; no me encuentro cómoda a su lado.
O quizá, con quien no me encuentro cómoda es conmigo aquí.
Si pudiera cerrar los ojos y aparecer en mi casa sola…
Trago saliva, y creo que con ella también me llevo unas ganas de llorar que no sé de dónde vienen. Guido tenía muy claro que no sentía nada por Nora y, sin embargo…
—Vamos. —Es la primera palabra que me dirige—. Tengo el coche allí. —Señala el parquin del campo de fútbol.
No está enfadado, está… No está a mi lado, y soy tan imbécil por notarlo…
No quiero echarlo de menos y lo hago.
Esto es absurdo.
Ojalá lo fuera.
¿Qué me pasa?
Cruzamos los pasos de cebra y llegamos al aparcamiento. Sigue sin abrir la boca y mi mente no deja de pedirme soledad para rescatar ese Excel que lleva tiempo en la papelera de mi sistema.
Nos metemos en el coche y, con diligencia, se incorpora a la circulación.
—Déjame en casa. —No quiero darle alternativa o, más bien, no quiero pensar en una alternativa que dudo que me vaya a ofrecer.
Me echa un vistazo, pero yo no desvío la vista del frente.
—Vale —dice.
En el siguiente semáforo, cuando él ni siquiera me mira, abro la espita.
—No tiene sentido que sigamos como… —me trabo un segundo—, como si esto fuera más de lo que es.
—¿Qué? —Escucho la confusión y la veo en su gesto.
—No encuentro la lógica a estas alturas. —Me autoconvenzo.
Necesito cortarlo sin hacerme más daño, porque a lo que de verdad no le veo la lógica es a la figura que represento a su lado.
Ya no la tiene. Las emociones de esta mañana en mi cama, con Guido dentro de mí, me explotan y salpican todo abonando el miedo que no me ha abandonado desde que él ha entrado en la consulta.
—¿Perdona? —Parpadea—. ¿La lógica? ¿A qué? —Se tensa y me mira. Yo solo puedo hacerlo de reojo.
—Es absurdo, ¿no? —El rechazo a todo lo que me he convertido a su lado me sube por el pecho y no puedo frenarlo.
—¿Sí? —Frunce el ceño, en realidad parece que hablara consigo mismo.
Da un golpe suave al volante y me mira.
—¿Te parece si hablamos en tu casa? Nos tomamos un café… Tengo la cabeza que me va a estallar ahora mismo. —Hay algo de súplica en su petición, pero no quiero que suba a casa—. ¿Deva?
Aprieto los párpados antes de hablar; cuando empezamos con esta situación no esperaba que ponerle fin fuera a doler.
—No me importa seguir hasta la boda con la farsa —reanudo mi discurso. «Vamos allá, Devita››. Escucho cómo coge aire de forma audible, pero no le dejo hablar—. Pero no quiero seguir con…
—¿Con qué?
Frena detrás de un coche que se pone en marcha enseguida. Sé que me mira, pero yo ya soy incapaz de corresponderle, me está costando romper lo que sea que haya sido esto y necesito hacerlo.
—Con lo que pasa con nosotros… —susurro, un coche toca el claxon, no tenemos a nadie delante y Guido no avanza—… cuando se supone que no fingimos. —No quiero darle ese nombre que le pusimos porque me parece ridículo.
Se le desencaja el rostro. Arquea las cejas y tras los siguientes pitidos se pone en marcha.
—No sé si estoy entendiendo… —murmura, se frota la boca, la barba.
—No te preocupes, no hay nada que entender —dejo claro. No voy a dar marcha atrás.
—Espera… Espera… Aparco y hablamos…
Tomo aire. Una película con cada momento a su lado pasa por mi mente. Parecen capítulos de una serie cuyo guion no he escrito yo.
Las palabras de Beca resuenan en mi cabeza.
Y yo no soy así.
Nunca he querido formar parte de ese tipo de realidades y he estado a punto de creérmelo. Lo sensato y lógico es salir de aquí.
—No, no hace falta —respondo.
El corazón se me va a salir del pecho.
Los ojos de Guido se abren con pánico. Decido desviar la vista. No me reconozco, no estoy bien. Pero lo estaré.
—¿Lo estás diciendo en serio? —La incredulidad baña su pregunta de una forma casi histriónica—. ¿Estás bien?
—Sí. —Casi lo suelto como un suspiro, no quiero que pierda los nervios, no tiene sentido hacerlo—. Sé que pusimos fecha, pero… Yo… —Tomo aire—. No quiero seguir.
Ostras, ¿voy a llorar? Parpadeo deprisa, cojo aire y lo suelto por la boca. No aparto la mirada del frente.
—No entiendo… —Frunce el ceño y niega—. No…, no estoy entendiendo nada, Deva —susurra.
Qué absurda soy. No me estoy explicando, he perdido el control hasta este punto.
—Ya… no, bueno… —Tomo aire. «Organízate, Devita»—. No, lo de fingir con tu familia… hasta la boda… Eso sigue adelante.
—Ah… ¿Sí? Deva… —Está desconcertado—. ¿Podemos hablar? De verdad, necesito…
Tomo aire por la nariz, recompongo los pedazos de esa Deva que se han esparcido por el coche entre balbuceos y ganas de llorar y me centro. Creo que lo estoy haciendo bien, estoy mostrándome bastante entera.
—No, no te preocupes. La farsa sigue en pie —repito—, solo que… ya no quiero seguir con… el simulacro.
La palabra suena tan falsa que me abrasa la lengua. Hace ya… no sé cuánto tiempo que dejé de sentirlo así. Y ese es precisamente el problema. Miro a Guido, en quien encontré un lugar seguro y que ahora me desestabiliza.
Estamos cerca de casa y no puedo esperar a llegar.
—El simulacro… —murmura.
Lleva el volumen de la radio demasiado bajo, y a mí me gustaría poder escuchar lo que fuera mucho más alto de lo que escucho mis pensamientos.
Estoy en un punto en el que, si él me obliga a hablar, podría perder las formas y destapar un miedo que no quiero cederle, que no quiero que se lleve de mí; me contengo.
Ostras. ¿Duele?
Sí… Lo hace.
He perdido el control.
Y eso es el amor, ¿no?
Guido dijo que se trataba de perderlo con alguien que también lo pierde contigo, pero… ¿Seguro que él lo ha perdido conmigo?
—Entonces no me preocupo. —El cinismo impregna cada palabra—. Claro. —Toma aire y lo retiene, me mira un segundo y yo cierro los ojos—. Dev… —susurra soltando el aire.
Por favor…, que no me llame así…
Aguanto la respiración, no permito que mi vista se desvíe del frente.
Estaciona en doble fila y dirijo la mirada hacia el portal.
—No estoy entendiendo nada. Joder… —Da un pequeño golpe al volante.
—Adiós, Guido. Hablamos —Le dirijo una sonrisa forzada, de labios demasiado apretados, y no me lo pienso más: salgo del coche y cierro la puerta.
Acelero el paso y saco las llaves con prisa.
En cuanto escucho el sonido de la puerta del portal cerrarse detrás de mí, sé que ya no puede haber réplicas. Estoy a salvo de la posibilidad de perder el control de la situación. En casa me encuentro con una cama de sábanas revueltas, de haber hecho el amor esta mañana y…
—Ostras, Deva… —lloriqueo y aprieto los párpados.
Uno mis manos al frente y las llevo a mi boca.
No ha sido tanto tiempo, creo que… Creo que puedo con ello.
Aprieto la mandíbula, abro mucho los ojos, no puedo llorar.
No he dado tanto, no… No le he dado tanto de mí como para que se lo lleve.
«Mentira».
Me dejo caer en el sofá, no quiero ver mi cama.
Bloqueo el dolor.
Inspiro en cuatro, suelto en siete…
Cierro los ojos…
Los planes se iluminan en mi agenda interna; están la cena, la gala, la boda, el vestido…
Uff, se me viene todo encima cuando pienso en la compra del vestido.
La cita…
—Es igual, Devita. —Me salen las palabras temblorosas y pienso en Ile de inmediato; ella estará encantada de venir conmigo de tiendas.
Respiro despacio, en cuatro, en siete… Me reagrupo.
También puedo ir sola, ¿no? ¿Desde cuándo he precisado que me acompañen?
El móvil me vibra y me doy cuenta de que no me he quitado ni el abrigo.
Estoy helada.
Lo saco del bolsillo.
GUIDO
¿Podemos hablar?
No he entendido qué es lo que ha pasado.
Estoy abajo. ¿Quieres que suba?
No contesto y entonces me llama. Pero lo dejo vibrar hasta que se cansa.
GUIDO
Vale, está claro que no quieres.
Pero dime algo, te doy tiempo y…
¿Quedamos y hablamos?
¿Continuamos con el plan del vestido?
Decido contestar. Marco la casilla del vestido completada.
No te preocupes por el vestido, iré con Ile. Tampoco por la fiesta, allí estaré. Todo está como tenía que estar. He vivido suficiente
simulacro para saber que no quiero pareja. Gracias por ayudarme. Hablamos.
Hay tantas mentiras en ese mensaje…
GUIDO
Hablamos
¿Por qué se me saltan las lágrimas cuando solo recibo ese mensaje de vuelta? ¿Qué espero? ¿Qué necesito de Guido?
Esta mañana quería quedarme y ahora necesito irme.