Bésame por logística 82 FRENAZO EN SECO
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82 FRENAZO EN SECO

No soy de los que lleva con estoicismo que la gente enferme. El día que llevé a mi madre a urgencias, y la atendió Deva, tuve que salir a la calle a que me diera el aire frío en la cara en cuanto la llamaron.

Ver a Nora así me altera. Soy un inútil, y lo que es peor, no haberme dado cuenta de que se encuentra mal hasta que Deva lo ha puesto de manifiesto consigue que me sienta un miserable.

En segundos soy consciente de que no le he prestado atención.

¿Es culpa del rencor? No, no puede ser, aunque el avance con Nil no lo equiparo al avance con Nora, ya no la creo culpable de nada.

—¿Estás bien? —Deva me saca de mi espiral de autoflagelación.

Asiento, pero no lo estoy. Lo que sí estoy es agradecido de que ella haya reaccionado así: sin dudar y sin dramatizar.

—Nora… —El miedo genera temblor en mi voz.

—Va a estar bien. No te preocupes —susurra y me lo creo, si ella lo dice, no me cabe ninguna duda.

Además, ver a Nil cuidándola, preocupado… Nora merece a alguien tan bueno como mi hermano. Y se quieren, sin duda lo hacen.

Ahora… Ahora solo necesito que esté bien.

Deva echa un vistazo al espejo retrovisor, está controlando que vienen detrás. Es una tía increíble.

—Entra por urgencias —me dice.

—Gracias —respondo, y no es por la indicación, claro que no, es por su reacción.

—No es grave, se pondrá bien —repite—. Podría haber esperado a pedir cita con su médico mañana, pero, cuanto antes le pongamos el tratamiento, antes se sentirá mejor —explica mirando al frente.

—Nora es muy cabezona con las medicinas, supongo que ahora… con el embarazo…

—Lo vemos a menudo, pero de verdad que no va a pasarle nada.

No entiendo cómo ha aguantado casi cuatro meses.

—Es… extraño, habla calmándome a mí, y siento su arropo, me dan ganas de apagar el coche y abrazarla—.

Para ahí. Entraré con Nora mientras vosotros buscáis aparcamiento. Llámame cuando estéis dentro.

No me da tiempo a acercarme a ella y besarla en los labios, que es lo que de verdad me nace, porque sale con rapidez y cierra la puerta sin perder ni un segundo.

Por el espejo veo cómo va a buscar a Nora al coche de mi hermano, que está justo detrás.

Cuando entran me pongo en marcha y doy la vuelta al edificio.

Es domingo y hay aparcamientos de sobra.

—Tu chica es genial —me dice Nil en cuanto se acerca; está preocupado.

—Lo es —sonrío.

—Estoy acojonado —confirma.

—Deva ha dicho que no es grave.

—Si afecta en algo al bebé, Nora no va a querer tomárselo.

—He visto a Deva muy convencida. —Intento tranquilizarlo, pero soy bastante inútil en esta situación.

Resopla. Ya estamos llegando a la entrada y saco el teléfono para ver dónde se encuentran; este hospital es enorme.

—Guidet… —Mi hermano me sujeta por el codo antes de desbloquear la pantalla—. Estoy contento de que nos hayamos reconciliado, de que…

Lo abrazo y, mientras lo mantengo contra mí, me doy cuenta de que ya los he perdonado, a los dos. Hace ya tiempo que ni siquiera me esfuerzo en fingir: en la oficina, en los partidos de pádel…

—Perdona, he sido un poco gilipollas con vosotros —digo sin soltarlo.

—No. No lo has sido. —Su voz sale amortiguada contra mi cuello—. Yo no sé lo que hubiera hecho en tu lugar.

Nos separamos, él tiene los ojos algo rojos. Entiendo que el miedo, el momento… No sé qué decirle, porque no tengo claro que yo haya hecho las cosas muy bien, así que desvío el foco.

—Deva me ha dicho que la llame.

Lo hago y me da las indicaciones para llegar a su consulta. Antes de colgar, vuelve a tranquilizarnos:

—A Nora le han puesto suero por prevención. No os asustéis cuando la veáis tumbada en la camilla con la vía puesta. Está bien.

—Vamos para allá —le digo y cuelgo.

No hace falta que paremos en información, creo que su consulta y la cafetería es lo único que sé ubicar aquí. Y mientras llamo al ascensor, le cuento a Nil cómo vamos a encontrarnos a Nora. Justo cuando llegamos al pasillo, donde está la consulta de Deva, Nil me agarra el brazo.

—Tengo que decirte algo, Guido.

Dejo de respirar en cuanto veo la preocupación en su cara; no sé cómo recibir las noticias que puedan venir de cualquiera de los dos después de haber admitido y procesado que estamos bien.

—Tú dirás. —Lo pido tan rápido como quiero que lo cuente.

El corazón se me va a salir del pecho. No se me ocurre nada, pero… sé que puede joderme, porque ya ha pasado antes, ¿verdad?

—Fue muy difícil asumir que nos habíamos enamorado… —duda—. No sé qué habría pasado si no nos hubieras pillado, la verdad…

—Ya, Nil… Lo entiendo. —Los nervios se me agarran al estómago, esto no es nuevo.

—Nora… Yo…

—¿Qué pasa, Nil?

—El niño de Nora no es… mío. O no biológicamente, al menos.

Noto mis manos acorchadas de repente. Parece que las luces del pasillo se atenúan. «¿Biológicamente?».

—¿Qué? —Mi mente hace cuentas buscando un razonamiento a esa declaración.

Niega y mira al suelo.

—Nil… —Pongo mi mano en su hombro.

No dice nada.

No entiendo nada.

—No me corresponde a mí contarlo…

—Pero… ¿Tú…?

—Yo estoy con ella y con el bebé —declara incuestionable.

—Chicos. —La voz de Deva llega desde tres puertas más allá—. Ya pensaba que os habíais perdido. Nil, entra, quiere estar contigo.

Mi hermano sube las cejas y sonríe con cautela. Tomo aire despacio y miro al frente, distingo a Deva porque lleva la bata blanca, pero no puedo mirarla a los ojos.

Nora…

¿Ese bebé…?

Las fechas…

He gripado.

—Guido… ¿Todo bien? —La voz de Deva me llega desde más lejos de lo que está.

No sé cómo volver a arrancar.