Bésame por logística 81 SI TE VAS…
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81 SI TE VAS…

«Si te vas…, no te lleves nada de mí».

Creo que lo he dicho en voz alta.

Aguanto el aire y me separo de su cuerpo. Guido me busca; y yo, mortificada, bajo la cabeza. Mi movimiento disuasorio es besar su clavícula. Una vez, dos… Tres. La realidad es que podría quedarme aquí, y no solo pidiendo en silencio que no me haya escuchado.

«Ostras, Devita, estás pilladísima».

Me pregunto cuánto estoy dejando de mí en él. Porque puede que no sea cuestión de que él se lo lleve, sino de que yo se lo estoy dando.

—Necesito un café. —«No, mentira, lo que necesito es…».

Freno el pensamiento, no quiero dejarme llevar por el sopor mental tras el sexo; he bajado las defensas.

—¿Estás… bien? —Besa mi cabeza, no me atrevo a levantarla todavía.

—Sí —susurro.

Necesito descargar la intensidad de este momento, que lo que me ha abrumado quede apartado para seguir adelante sin cuestionarme nada. Pero lo tengo dentro de mí y estoy completamente pegada a él. Guido está por todas partes.

—Se nos va a hacer tarde. —Mis palabras son las únicas que están prestando atención a mis ganas de huir mientras sigo abrazada a él.

No sé cómo ha pasado, pero he dejado de pensar en «cuando se vaya», y lo he cambiado por «si se va».

—Tomemos ese café —dice y hace la intención de moverme.

Me tomo una décima de segundo.

Solo una.

Mi cuerpo se abraza con un poco más de fuerza y luego me obligo a soltarlo.

Aprieto los ojos.

—Deva —murmura.

Esta vez sí coge mi cara con su mano, me busca con su mirada y mi sonrisa asoma tímida. Lo beso; me siento tan vulnerable y transparente para él…

—Ojalá no tuviéramos que ir a comer a casa de mis padres —dice cuando se termina el beso.

Tan cerca.

Tan… «mío».

—Ojalá… —susurro y me separo, más deprisa de lo que el momento amerita—. Pero no quiero alterar los horarios de tu familia.

Me despego de él.

Lo saco de mí…

Y entro en el baño para limpiarme.

El trayecto ha sido tranquilo, cómodo, seguro…

En realidad, ha sido así desde que he salido del baño recién duchada.

Tomarnos el café en mi cocina ha destensado cualquier nudo que mi cabeza estaba atando.

Guido ha bromeado sobre la posibilidad de que fuera su pareja de pádel, si Nil no podía ir a jugar el martes, y mi respuesta, sobre mi nulo conocimiento de ese deporte, ha desembocado en un reto en la piscina la próxima vez que coincidamos.

Me ha besado antes de salir de mi piso, contra la puerta. No puede despegarse de mí y ha vuelto a expresar sus ganas de quedarse en mi casa, a ser posible sin nada de ropa. Y yo… He frenado el anhelo de quedarme con él, aunque cada vez me cuesta más contrarrestar la gravedad de Guido.

Antes de aparcar, al lado de casa de sus padres, baja la música; me ha dejado subir un poco el volumen después de vacilarlo con su pequeño TOC.

—¿Quieres ir a comprar el vestido para la fiesta de la empresa esta semana? No hemos hablado de cómo la tienes. —Empieza a maniobrar.

—El miércoles sería un buen día. Tengo las sesiones clínicas por la mañana, así que por la tarde libro.

—Tenemos una cita —dice con voz engolada.

—No sé si ir de compras puede considerarse una cita. —Me río, y sé que lo hago para disimular la emoción. No me reconozco.

—Después te invitaré a un helado.

—Ohhh… Va a ser una cita. —Quiero bromear.

Salimos del coche todavía con la risa floja. Pasa un brazo sobre mis hombros cuando se pone a mi altura en la acera.

—¿Y Semana Santa? —pregunta sin darle mucha importancia.

—¿Qué? —dudo, no sé a dónde quiere llegar.

—¿Algún plan?

—Trabajo el viernes —le digo.

—Va a hacer calor… ¿Un par de días en la playa?

Escuchar su propuesta genera un cosquilleo en mi estómago. Primero porque es con él, pero enseguida la sensación cambia a nervios ante la preparación de un viaje.

—Vale, pero… —digo confusa.

—Déjamelo a mí. —Besa mi sien.

«Él se ocupa, Devita».

Y, así, sintiéndome parte de los dos como… algo, entramos con una naturalidad extrema en casa de sus padres.

Como si lo hiciéramos cada domingo.

Como si perteneciera a todo esto sin haberlo planeado…

«Frena, Deva».

En esta casa la sensación que se respira hoy es muy diferente a las otras veces.

Hay cierta armonía que los padres captan a la perfección.

Las miradas que se lanzan entre ellos y a sus hijos cuentan una historia muy diferente a lo que vivimos aquí en Nochevieja.

Fina, la tía de Guido, ha venido a comer para celebrar el cumpleaños de su hermano, y es la que más miedo me da en esta situación.

—Bueno, apenas queda tiempo para los eventos del año de los Lanau —dice mientras se coloca la servilleta sobre el regazo.

—Pero está todo listo —aporta Leonor—. Menos mal que Germán deja todo en manos de esa empresa de eventos.

El setenta aniversario de Cartonajes Lanau y la boda de Nil se suceden con una semana de diferencia. Miro a Nora otra vez, desde que la he saludado una parte de mí se ha puesto en alerta. La cara que tiene es incluso peor que la del otro día en el restaurante.

—Fran y los chicos están preparando una salida tonta para el sábado que viene. —Nil se dirige a Guido y, ,cuando los dos se miran se nota que la distancia entre ellos se ha acortado.

—Lo sé. —Guido se ríe y pone los ojos en blanco.

—¿Vas a venir? —La ilusión de Nil es palpable. Leonor camufla su sonrisa tras la servilleta, haciendo ver que se está limpiando.

—Estoy dentro, hermano —le suelta. No puedo apartar la vista de él—. Nada nuevo, no te hagas ilusiones; ya sabes que poner a pensar a Fran es complicado, y es quien se ha encargado de todo.

Sé a qué se refiere, me habló de ello la semana pasada. Lo metieron en el grupo para organizar, pero ya estaba todo hecho. Debían de llevar tiempo preparándolo y solo estaban esperando a que Guido y su hermano se acercaran de verdad.

Ambos se ríen y Nora, a quien no puedo sacarla de mi control periférico, lo intenta.

Conforme avanzamos la comida, ella empeora de forma visible.

Y mientras pasan de la despedida de soltero a algo relacionado con el trabajo, veo que Nora no es capaz de intervenir.

No me aguanto y me dirijo a ella con discreción, porque no me hace falta preguntar.

—No te encuentras bien —murmuro lo suficientemente alto para que me escuche.

Me mira con los ojos vidriosos, ¿va a llorar?

Lanza un vistazo rápido a los hermanos. Por un segundo, la teoría de que está sufriendo una hiperémesis se va un poco al traste.

¿Es por los hermanos? ¿Es por Guido? No me da tiempo a pensar en más opciones, o más bien en desarrollar esta última hipótesis que me pincha en un sitio que no ubico.

—Las náuseas no se pasan —responde solo para mí—. Apenas como en todo el día porque vomito; solo puedo tomar algo por la noche.

Traga saliva.

Miro a Leonor, que nos observa con el ceño fruncido.

—¿Nora?

No me cabe duda, mi ojo clínico no me ha fallado.

—Lo mejor es que te retires de la mesa —le digo cuando la veo tragar saliva otra vez.

Todos alrededor se callan y nos prestan atención. Me levanto antes que nadie porque veo que la chica se lleva la mano a la boca. Nil lo hace a la vez y es quien la acompaña al baño. El resto esperamos y comemos pendientes de su aparición; solo vuelve al comedor Nil.

—Está recostada en el sofá —informa—. Es que encima no quiere medicarse —aporta agobiado.

—¿Por qué? Es seguro para el bebé —le digo.

—Tiene miedo de que le afecte.

—¡Nil! —reprende Nora elevando la voz desde el salón.

Abandono la mesa para ir en su busca.

—¿Me dejas explorarte, Nora? Creo que puedes estar deshidratada —hablo nada más entrar.

Asiente, se incorpora un poco y hago unas comprobaciones.

—¿Cuánta agua bebes?

—Poca, hasta la noche voy a sorbitos.

¿Le sentarían bien los canelones de ropa vieja de aquella noche? Lo dudo bastante.

—Y la cena, ¿la vomitas?

—Depende.

Ahí tengo la respuesta. Le hago unas preguntas y me cuenta que está entrando en el segundo trimestre.

—Tienes que tratarte, Nora —le digo con suavidad; sus ojos se quedan fijos en los míos—.

Es más peligroso para el bebé que te deshidrates a los posibles efectos adversos del tratamiento.

—Me vuelvo hacia Nil—. Llévala a urgencias ya, o…

—Miro a Guido, a quien encuentro con el pánico pintado en la cara mientras observa a su ex.

Cuando desvía su atención a mí, asiente.

—Vamos con ellos —afirma y se pone en marcha sin dudar un segundo.

—Gracias, Deva —dice Nil.

Nora se echa a llorar.