80 LO QUIERO TODO DE DEVA
Llevo deseando meterme entre las sábanas con Deva desde que se ha ido a dormir.
Aunque solo sea para verla, para sentirla...
Sin embargo, en lugar de escucharla respirar y disfrutarlo, he pasado la mañana implementando las obligaciones continuas para mantener la Ecolabel y así conservar la certificación.
A veces me pregunto cómo hace mi padre para seguir ahí, haciendo lo que toca y no lo que quiere.
También me surge la duda de si estaré a la altura cuando él se retire y sea yo el director de Cartonajes Lanau.
Miro alrededor y cierro el portátil, ya no quiero seguir pensando en trabajo; llevo demasiado rato en esto.
Además, Nil y Nora estarán allí, y ellos llevan el proyecto conmigo.
En la comida nos repartiremos los deberes, lo que me hace pensar que mi actitud con ellos ya ha cambiado mucho.
Las últimas semanas nuestra sincronía ha sido…
como antes. Bueno, como antes no. Pero en cuanto a la profesionalidad sí: los departamentos bien compartimentados.
He sido el hermano de Nil, el director adjunto de ambos y el compañero de Nora.
Llevo días sin preguntarme si duele y, ahora mismo, la sensación molesta de hace semanas casi se ha evaporado, tengo esa pregunta olvidada en una sala con la puerta cerrada.
Suspiro a la vez que se me forma una sonrisa. Me encuentro bien. Noto… Noto mi eje en su sitio.
Retiro la silla hacia atrás dispuesto a hacer lo que más me apetece ahora mismo.
Cuando entro en la habitación, la luz se cuela a medias entre los agujeros de la persiana.
La cara de Deva, tranquila y preciosa, la recibe de forma directa.
No puedo quitarle ojo; sería una estupidez negar lo evidente: estoy loco por ella.
Hace un ruidito que llama mi atención.
—¿Guido? —pregunta con voz pastosa.
Me meto en la cama por el lado que más espacio hay y, mientras la abrazo por la espalda, me las apaño para empezar a acariciar su abdomen.
Está desnuda…
—Sí, soy tu despertador.
—¿Sabes que podría acostumbrarme a esto? —murmura medio dormida y a mí me estalla algo delicioso en el estómago.
—Yo también —susurro.
Se da la vuelta y se estira por completo sobre mí. El calor de su cuerpo se transfiere al mío, su olor me envuelve y cierro los ojos a la vez que inspiro con fuerza para gozarla.
—También estás desnudo —ronronea y besa mi pecho.
—Para qué perder el tiempo —devuelvo en el mismo tono y paso mis manos por su espalda, regodeándome en su piel.
Deva me besa el cuello; en cuestión de segundos consigue que mi excitación crezca contra ella. Llega a mi boca que, ansiosa, se lanza a la suya.
Si pudiera elegir, hoy no saldría de su cama.
Mi vista, acostumbrada a la penumbra, me permite ver sus ojos algo hinchados por sus horas de sueño; es tan íntimo que dentro de mi pecho se desata ansia de más, de todo.
—Hueles bien… —Lame mi pezón derecho y soy consciente del descenso que ha comenzado.
—¿Deva? —Se me atasca un poco la respiración—. ¿En serio? Joder… —jadeo mientras se arrastra sobre mi erección.
—Y tan en serio —dice levantando solo un poco la cabeza, a la altura de mi ombligo, para mirarme a los ojos y luego desaparecer bajo las sábanas.
La mamada que me hace pone mis ojos en blanco. Su boca me estrangula y consigue que mi cuerpo reaccione porque me recorre un fogonazo. Cuando ya no puedo más, la separo de mí y la echo sobre la cama, pero, antes de que le vaya a hacer lo mismo, me para.
—Déjame ponerme encima y penétrame ya —exige.
Podría correrme con un par de roces.
—¿No quieres…?
—Me he tocado mientras te hacía la felación, estoy muy a punto.
Escucharla me pone en un aprieto. Cojo aire entre los dientes y reacciono rápido apretando el culo todo lo que puedo.
—Joder, Dev…
Apoyo la espalda contra el cabecero, concentrándome en no correrme.
Se pone a horcajadas y, con su mano, guía mi durísima polla hasta su entrada.
Está mojada y muy caliente; se deja caer sobre mí y, mordiéndose los labios, lleva su mano a mi boca.
Mi lengua la prueba e imaginarla tocándose me lleva un poco más allá.
—Estoy al límite… —jadea.
—Y yo...
Es ella la que se mueve sobre mí mientras yo trato de aguantar lo máximo.
Tras hundirme y estrecharme dentro de su sexo varias veces con una cadencia de locura, se me clava, se queda quieta y absorbe el placer.
El gemido que suelta reverbera por toda mi columna vertebral, y el estremecimiento, cuando me aprieta en su interior, me coloca al límite.
Se acerca a mi boca, donde todavía tengo sus dedos, y entonces es ella quien, lasciva, enreda la lengua entre ellos hasta alcanzar la mía.
Retira la mano, nos besamos hambrientos y ella comienza de nuevo; ondula sus caderas y me tengo que agarrar a ellas porque necesito no perder su ritmo.
Joder, me tiene loco.
—Tócame… Voy a… —dice mientras me mira a los ojos.
Mi mano va a su cintura y dejo que mi pulgar la busque justo donde palpita. En cuanto lo hago y ella aprieta conmigo dentro, me corro.
—Dev…
«Joder…».
—Guido… Sí… —susurra, no deja de moverse y su orgasmo me estrangula. Estoy demasiado sensible y mi piel se eriza por completo.
Abro los ojos y la encuentro sonrojada, con la boca abierta, recobrando el aliento.
Entonces me mira.
Sonríe.
Se acerca y me besa, despacio.
Me yergo un poco y la sujeto por la nuca para dirigir ese beso con el que quiero declararle que no quiero estar en ningún otro lado, y que ella pertenece también a esto que hemos construido.
Los besos bajan de intensidad y se resguarda en mi cuello, lánguida, caliente, agitada todavía. No baja de mi regazo, no me pide que salga de su interior, no nos movemos, solo respiramos.
Es casa.
Jamás fue un juego.
Mis brazos rodean su cuerpo del todo mientras sus dedos perezosos acarician mi nuca, mi pelo…
Jadeamos desacompasados.
Me da la sensación de que mis dedos en su espalda notan el latido de su corazón y, por una décima de segundo, parece hacerse más potente, más rápido. De repente tengo miedo de que se quiera ir.
—…nada de mí —susurra.
No he entendido lo que ha dicho antes, pero parece estar conectado a mi temor. Porque yo lo quiero todo de ella.