Bésame por logística 79 DEJAR DE LUCHAR
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79 DEJAR DE LUCHAR

Debo tantas guardias que he perdido la cuenta y ya no recuerdo si esta era mía.

Mientras me abrazo a mí misma, destemplada y azotada por el horrible aire de esta mañana, observo el número de notificaciones del móvil.

Mi hermano ha vuelto a activar el grupo familiar con un vídeo de Bastián colocando las piezas finales de un LEGO. Qué tiernos son, el niño y Roque.

MAMÁ

Roque, dime que venís este fin de semana,

no suben tus hermanas.

ILE

Gracias, mamá, creo que he sentido el zarpazo.

MAMÁ

No seas tonta. Sabes que me encanta teneros,

tanto como a vosotras venir, pero es por Bastián.

ILE

Vaaale, ma.

ANA

Sí, Lupe, este finde subimos.

ROQUE

Bastián quiere estar con Odín.

PAPÁ

Puedo entenderlo.

Se me escapa la risa con el comentario de mi padre porque estoy segura de que se ha ganado una mirada reprobatoria de mi madre. Por un segundo pienso en estar con ellos y vivir ese reencuentro de mi sobrino con nuestro perro; y ya no me asombro cuando al hacerlo imagino a Guido a mi lado.

Miro la hora, me extraña que todavía no esté aquí.

No tengo mi coche porque fue él quien me trajo ayer por la mañana al hospital.

Mi independencia manifiesta choca contra el regocijo de saber que va a mimarme.

No evito la sonrisa, disfruto del cosquilleo y del calor que, desde el pecho, se expande por todo mi mediastino, llega a mi columna vertebral y me estremece hasta los hombros.

Hemos pasado con una naturalidad asombrosa de jugar online a videojuegos y hablar por teléfono a la charla y al juego presencial, y no tienen nada que ver con los zombis y las carreras.

El recuerdo de sus dedos cosquilleando mis palmas mientras vemos una película o hablamos en la cama me hace sonreír, no todo es sexo.

Su coche estaciona delante de mí con los cuatro intermitentes y abro la puerta.

—Hace un día horrible —digo mientras me acomodo.

Un escalofrío me recorre entera en cuanto el asiento calienta mi cuerpo. Se inclina hacia mí y lo beso en la boca, sin pensar; me cuida tanto… Al retirarme se muerde el labio inferior y yo reprimo las ganas de sustituir sus dientes por los míos.

—Perdona. Había un accidente en la ronda —susurra—. ¿Un día duro? No me has escrito ni una sola vez.

Estoy blandita, me pasa cuando salgo de guardias agotadoras.

Me enternece que se preocupe así por mí y, si hiciera caso a mis deseos, pediría meterme en cama con él después de una ducha, no para algo sórdido, solo para dormir.

No necesito más pruebas, el Excel se ha debido de borrar solo.

Me estoy dejando llevar porque me siento bien con él y luchar es absurdo.

Hasta yo sé cuándo he perdido una guerra.

Así que, aunque no puedo evitar que la vibración de inseguridad se active cual zumbido molesto, me gustaría que se silenciara, porque no estoy renunciando a lo que soy.

Tampoco me está quitando nada…

—Lo ha sido —respondo antes de que las divagaciones y los porqués me lleven a algún sitio que me da miedo—. Hemos tenido que avisar a una compañera que tenía guardia localizada, imagina.

Resoplo y cierro los ojos, quiero despejar mi cabeza de la locura de ayer, que se complicó hasta bien entrada la madrugada.

—Vas a poder dormir un rato hasta la comida. ¿Quieres ir a tu casa o a la mía?

—¿Tú qué vas a hacer? —Abro los ojos con pereza.

Guido lleva un jersey de lana verde oscura con el cuello cruzado y el botón desabrochado, tiene el pelo revuelto, con esos rizos algo alborotados que ahora están un poco largos. Es muy guapo, pero eso ahora me da un poco igual; luce acogedor, y las ganas de acurrucarme en él y dormir no se han ido.

—Tengo que preparar un informe interno y revisar la presentación para Francia; mi padre va a sacar el tema en la comida. —Le afecta, incluso intuyo la presión que siente.

—Vamos a la tuya —resuelvo.

Asiente.

Mi idea de dormir a su lado se complica y entonces me doy cuenta de que estoy un poco tonta. ¿Cuándo he necesitado a alguien para descansar?

—Mejor llévame a la mía. No tengo ropa para ir a casa de tus padres a comer. —Me espabilo y organizo—. Si quieres te recojo yo; dime una hora… Así salgo preparada, llevo yo el coche y…

—Llevo el portátil. Puedo trabajar allí —corta mi soliloquio, tiene el ceño fruncido, pero sonríe.

—Allí, ¿dónde?

—¿No me invitas a trabajar mientras duermes? Soy muy silencioso. —Mira al frente y se para en el semáforo.

Un bienestar recorre todo mi cuerpo y bostezo.

«Ostras, Devita, deja de luchar, es agotador».

—Sí, claro que te invito —respondo y me hundo en el asiento, cuyo calor me engulle.

Llegamos a mi casa y nuestra dinámica está completamente ajustada; tras una ducha, me acerco a la mesa del comedor donde él ya está trabajando.

Despega la vista del ordenador y me recorre desde las caderas hasta la cara, se aleja de la mesa y, en un movimiento que no veo venir, me sienta sobre sus rodillas.

Se me escapa una carcajada mientras me engancho a sus hombros y, sin pensar, lo beso en la boca.

—Porque tienes que dormir, Dev… —murmura sobre mis labios.

Su insinuación se enreda con su tono y ambos enganchan un hilo de mi interior del que tiran. La excitación se extiende por mi piel y ronroneo cuando lo vuelvo a besar.

—Porque tienes que trabajar, Guidet —respondo.

Gruñe y mete su boca en el hueco entre mi cuello y mi pelo algo mojado.

—¿Y si te ofrezco la mitad de un sesenta y nueve para que descanses todavía mejor?

Un trallazo de placer me atraviesa.

Jadeo…

Voy a querer más, por muy cansada que esté. Y tampoco quiero quitarle su tiempo. Me alejo y un vistazo rápido de sus ojos al ordenador me ayuda a no ceder al placer de lo que me propone.

—Anda, despiértame en tres horas —susurro.

—Cuenta con ello.

Así, tan fácil, ¿no?