Bésame por logística 78 EXCEL FUNDIDO
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Guido y yo, en plan pareja, hemos venido a cenar a un restaurante con Ile y Marti para celebrar el cumpleaños de mi hermana.

Ile me pidió que lo trajera, dijo que ya era de la familia.

Claro, puse los ojos en blanco. Y, a la vez, un hormigueo tonto y agradable me recorría el cuerpo.

Así que, no solo no puse excusas, sino que confesé que estamos en «algo».

Le he pedido, por favor, que frene la emoción y que no haga comentarios.

—Todos somos mayorcitos y todos sabemos lo que hay, así que nada de líos —le dije.

Hizo un ruidito de ardilla satisfecha y yo me quedé tranquila.

El domingo estuvieron todos en el pueblo, pero yo no pude ir.

Con los cambios que he ido haciendo estas semanas atrás, se me han acumulado los favores y no tengo un día de descanso hasta dentro de una semana, que es el cumpleaños del padre de Guido y ese sí que no puedo perdérmelo.

De todo esto estamos hablando en la mesa mientras esperamos a que los camareros traigan la cena.

—Tu agenda este año parece la de un ministro, hermana.

—Sí, y me estoy dando cuenta de que hay demasiados cumpleaños. Si yo fuera tú, solo lo celebraría cuando existiera el 29 de febrero. —Y estaría agradecida; no me emocionan ni la comida obligada ni las llamadas de cortesía de ese día que entorpecen mi rutina.

Ile me mira fatal.

—Que a ti no te guste el tuyo no significa que a los demás nos pase lo mismo.

—A mí no me gusta ninguno, Ile. Tengo el calendario de la consulta tan marcado que parece el de un octogenario; pero, en vez de con citas médicas, con cumpleaños.

—¿Nos escaqueamos del de mi padre? —pregunta Guido.

Abro los ojos muchísimo, arrepentida de mi bocaza.

—No, Guido… Para nada. —Quiero desdecirme, pero es tarde.

—Eres una borde… —Mi hermana me soslaya con la mirada cargada de desdén.

—¡Ile! —Le aprieto los dientes y luego miro a Guido—. En serio, vamos a ir.

Me siento fatal.

—¿En serio? —repite y su mirada me dice que, si le digo que no quiero ir, va a cumplirlo; lo sé, lo siento—. Puedo inventar…

—No vamos a faltar —aseguro y corto lo que fuera a decir.

—Si Deva a lo que le tiene alergia es a que su familia la acorrale. —Se ríe Martina.

Ile la mira mal, pero acaba riéndose.

—Puede ser —concuerda y se encoge de hombros.

Me froto los ojos y, al instante, me doy cuenta.

—El rímel… —suelto con desgana.

—A mí me gustas cuando se te corre —suelta Guido, pero no lo hace todo lo confidente que pretendía y el juego sexual de su comentario provoca risitas en las dos que consiguen que yo me sonroje como una tonta.

—¿Guidet? —Una voz, que reconozco de esas reuniones de mi falsa familia política, me hace levantar la mirada.

—Nil. —Guido se queda estático, durante unos segundos, al darse cuenta de que Nora también está; se levanta de la mesa de forma un poco torpe.

—¡Qué coincidencia! —Nora habla mientras los hermanos se saludan con un medio abrazo, que ya es mucho más de lo que hacían hace un mes—. Estamos justo detrás y no os habíamos visto.

—Hola, Nora. —Guido se acerca a ella, que le corresponde con una sonrisa tímida y agradecida.

Los saludo a ambos y paso a presentarles a mi hermana y a mi cuñada. En el ambiente se siente el momento preciso en el que nos quedamos sin tema de conversación; Martina carraspea y mi hermana se convierte en esa explosión de felicidad cumpleañera.

—Estamos de celebración, ha sido mi cumpleaños —dice.

Nil y Nora la felicitan.

—En teoría no; porque este año no hay 29 de febrero —aporto y mi hermana me saca la lengua.

—Nosotros hemos venido a… cenar. Nora tenía antojo de este sitio y… —Nil mira a su hermano.

Guido la mira a ella.

—Me lo creo —le sonríe—. ¿Canelones de ropa vieja?

La sorpresa que me crea esa cercanía me remueve; es algo… íntimo.

—Es pensarlo y salivar —dice ella y luego asiente—. Las noches son mi momento para comer sin vomitar, o sin que me dé asco todo. —Lo último lo susurra.

Se miran fijamente y ahí hay una conexión inmediata; noto lo que fueron en décimas de segundo.

Quisiera alegrarme, porque creo que Guido está consiguiendo romper esa barrera de rencor y dolor que se alzó cuando se enteró de todo, pero…

Vaya, hay algo que me escuece y no soy capaz de sentirme bien por ellos.

Qué tontería, ¿no?

—Es lo que has pedido tú —le dice Ile a Guido—. Vas a tener que dejarme probar.

Mi hermana es maravillosa.

—Claro —contesta Guido desviando la vista hacia ella.

—Bueno… —Nil señala la mesa que tenemos justo detrás—. Estábamos a punto de pedir.

—Que aproveche —les digo mientras nos despedimos.

Entonces, mientras se sientan, no puedo evitar observar mejor a Nora; tiene unas ojeras bastante marcadas, la mirada apagada y parece no haber ganado demasiado peso desde que hace dos meses dio la noticia en la casa de los padres de Guido.

No me cabe duda, tiene los signos de una hiperémesis leve.

Si va a comer ese plato, que parece contundente, solo espero que le caiga bien en el estómago.

—Vaya situación —susurra Ile—. ¿Estás bien, Guido?

—Es raro, pero… Llevo una temporada bastante buena. He retomado el pádel con Nil y los amigos, y con Nora en el trabajo estoy… menos tenso.

Si quito esa sensación extraña de hace unos segundos, el comportamiento de Guido con ellos me hace sentir orgullosa.

Sé lo que Nora ha significado para él, sé lo que le duele lo de su hermano, y aquí está, tranquilo.

Incluso sorprendido para bien ante su propia reacción, después de haberlos saludado con camaradería y hablado con ellos. Todo parece ir bien.

Entonces…

Es solo un segundo, pero no puedo evitar pensarlo.

¿Y si la sigue queriendo?

Trago saliva… Aunque él piense que no, puede que siga enamorado y por eso le esté costando más perdonarles. Y, en otro plano, una parte de mí lucha contra… algo. Y me pregunto si nosotros podríamos ser algo parecido a lo que fueron… ¿Nosotros?

«Uy, Devita, se te está yendo la cabeza».

—Te has quedado pasmada. —Ile me saca del borrón en lo que se ha convertido mi Excel.

—Sí, pero ya estoy de vuelta.

—¿Irás a la fiesta de la empresa de Guido? —pregunta Martina.

—Ah, sí, la fiesta del setenta aniversario, sí —afirmo.

—Es de gala y esas cosas, ¿no? —pregunta Ile justo cuando nos traen los platos.

—Lo es, y no tengo ni idea de qué me voy a poner, pero ya lo pensaré unos días antes. —Bebo agua a ver si así se me aclara la mente. Tengo que agendar la búsqueda de un vestido apropiado.

—No tienes ni un mes —aporta Martina.

—Creo que debería regalarte yo el vestido —dice Guido y lo miro mientras frunzo la nariz.

—¿Por qué?

—¿Vas a volvértelo a poner? —cuestiona él.

—Depende, ¿quedaría mal repetir y llevarlo a la boda? —Subo las cejas.

—Deva… —Ile protesta con un tono que significa que no debería.

Pone los ojos en blanco, subrayando lo que ha dicho, y, acto seguido, se vuelve hacia Guido a quien le roba un pedazo de canelón que él ha partido.

Alucino con la confianza que mi hermana tiene con él.

Me consta que no es de los que les espanta que metan el tenedor en su plato, pero Ile tiene la feísima costumbre de hacerlo.

—¿Qué? ¿Estaría mal? —Espero la respuesta de Guido.

—Sí —contesta mi hermana.

—Te los quiero regalar.

—El chico del cochazo…

—Ileana —la reprendo—. Tengo un sueldo que me permite comprarme dos vestidos. —Tomo aire y cierro los ojos, recuerdo que Leonor pide cierta etiqueta para Nochevieja—. ¿Deberíamos ir conjuntados? —Estrecho la mirada hacia mi chico; nos imagino y… ¿Por qué no?

—Mi madre se volvería loca de amor por ti. —Se ríe Guido.

—Enamorémosla. —Me uno a sus risas.

—Entonces tenemos una cita para ir de compras —dice antes de comerse un bocado.

—Te advierto que no me entusiasma mucho; va a ser una cita corta porque suelo decidirme pronto.

—Mejor. —Sigue comiendo, sin darle importancia a lo que hace, a lo que dice…

Escucho un carraspeo y sé que es Ileana. Noto un calor repentino desde los pies y el análisis de la situación se me cae encima. ¿Esto está bien? ¿Entra dentro de los límites? Sé que están hablando de algo, pero no puedo escucharlos; me bebo un vaso entero de agua.

—Deva… —Martina se ríe al pronunciar mi nombre.

—Estás muy fuera, hermana.

Guido se acerca a mí, pone su brazo encima de mis hombros y besa mi sien.

—Tiene el Excel activado —susurra.

Bajo la cabeza; creo que más bien se ha fundido. Y entiendo que cada vez que analizo mi comportamiento me altero, algo que no me pasa cuando no le doy tantas vueltas, y… Bueno, me encuentro mejor cuando me dejo llevar.