76 COMO SIEMPRE
Estaciono el coche en una plaza de garaje extra que tiene Guido en el edificio donde vive.
Es un acierto; cada vez que vengo me ahorro tener que dar vueltas por el barrio para conseguir un aparcamiento en la zona centro.
Esta noche vienen a cenar Ismael y Sandra.
Guido me ha dejado unas llaves para que entre directamente a su piso; él saldrá tarde de una reunión.
En el ascensor, a la vez que aprieto las llaves de su casa en la mano, el reflejo del espejo me devuelve una imagen que me cuesta reconocer. No porque haya cambiado físicamente, sino porque… Aquí estoy, entrando en casa de mi ¿novio? Bueno, es a eso a lo que estamos jugando… Y nos queda un mes.
O quizá sería mejor llamarlo amigo intenso.
Con sexo.
Con muy buen sexo.
Entro en su piso, que siempre me reconforta; el aroma que tiene, donde puedo sentirlo a él, y el poco ruido visual que hay, porque es bastante recogido, me agrada mucho.
Tengo toda la intención de ducharme; vengo directamente del hospital. Después de la mañana de sesiones clínicas, la supervisora me ha pedido que eche una mano con una urgencia y esas dos horas se han convertido en cuatro; lo de exigir derechos reales en los horarios es imperante.
Subo a la habitación y comienzo un ritual cómodo que me hace desconectar. Sonrío un poco abochornada porque no sé en qué momento he empezado a sentirme así. Si hasta tengo varias bragas limpias en el cajón de su ropa interior y un par de bañadores.
Termino mi ducha y me enrollo una toalla al cuerpo y otra en el pelo.
—¿Dev? —escucho la voz de Guido en el piso de abajo, el sonido de sus llaves contra la mesa y la puerta cerrándose.
—¡Arriba! —respondo.
Desenrollo la toalla de la cabeza y empiezo a secarme el pelo con movimientos enérgicos.
Guido llega a la habitación, me mira de arriba abajo y tengo que aguantar una carcajada porque sé lo que está pensando antes de que abra la boca.
El cosquilleo en mi estómago y el escalofrío que me recorre son mi respuesta invisible a su intención muda.
Está tan sexi con los pantalones oscuros y la americana…
—Me gusta encontrarte así —susurra.
Su sonrisa se vuelve hambrienta mientras se muerde el labio inferior con saña y pone mi cerebro al servicio de sus intenciones.
—¿Crees que nos va a dar tiempo antes de que lleguen Ismael y Sandra? —pregunto observando cómo fulmina la distancia entre los dos.
—Siempre llegan tarde. —Tira de la toalla y se agacha lo justo para tentar mi pezón con su lengua.
Lanzo la cabeza hacia atrás, agarro su cara cuando afloja un pequeño mordisco y nos besamos. En cuanto él está desnudo, caemos sobre la cama y la convertimos en un ring de sexo intenso y rápido.
Ostras…, jamás había sido tan certero el sexo rápido.
—¿Te vuelves a duchar conmigo? —me pide y luego toma una bocanada de aire.
—No… —Se me escapa una carcajada—. Van a llegar y nos van a pillar.
—Que esperen —contesta, juguetón.
—Que va, no eres capaz de tener a una embarazada en el rellano —lo vacilo.
—Llevas razón. —Me da un beso en la punta de la nariz y se despega de mi piel.
Me quedo traspuesta observando su espalda y su culo, creo que me he pasado con las uñas, y eso que las llevo cortas. Tomo aire y me toco el pelo, casi lo tengo seco.
Ya vestida, entro en el baño mientras él se enjabona; tengo que hacer pis. Una vez acabo, aprovecho para limpiarme bien.
—Si sigues mirándome así, puede que me vea obligado a dar un espectáculo.
Estoy ensimismada con cómo el agua arrastra el jabón de su cuerpo. Parpadeo y me encuentro con que su mano empieza a acariciarse despacio sin dejar de mirarme. Trago saliva con dificultad y me descubro apretando demasiado el papel contra mi sexo.
¿Qué me pasa?
—Ni se te ocurra. —Termino, me levanto, salgo y cierro la puerta.
Escucho su carcajada a la vez que reprimo otro maravilloso y excitante escalofrío.
Ostras… ¿Qué nos pasa?
Parece que estamos en celo.
Mientras me cepillo el pelo, Guido sale del baño y se acerca con la toalla en la cintura.
—No me has saludado al llegar. —Me besa, es lento, es húmedo, es…
Podría volver a caer, pero, en lugar de eso, mi cerebro me envía la alarma de que sus amigos tienen que estar a punto de llegar.
—Eres un mimoso —le reprocho, pero no me alejo y lo agarro por la nuca para besarlo yo—. Creo que he hecho algo más que saludarte, ¿no?
—Lo uno no invalida lo otro. —Se ríe sobre mi boca y me separo.
—Vístete, o te pillarán desnudo.
—No se asustarían. —Pero se dirige al armario y saca unos pantalones de chándal oscuros y una camiseta blanca de manga larga y botones en el pecho, que se pone y se remanga.
Aprieto los dientes y aguanto la respiración.
Ismael y Sandra saben en lo que estamos metidos, Guido le contó lo del simulacro a su amigo.
De repente, me pesa lo natural que se ha vuelto todo desde que empezamos este experimento, y algo martillea dentro de mi cabeza.
Me cuesta dejarme llevar con quienes saben lo que de verdad estamos haciendo.
No consigo ver los límites del marco de nuestra situación.
—¿En qué piensas?
El timbre nos interrumpe.
Deja un beso en mi boca y mis ojos se cierran solos, podría dejarme llevar, no pensar, pero, exceptuando a Ile y a Martina, es la primera vez que vamos a estar con personas que saben que lo nuestro no es una relación real. Bueno…, o sí lo es, pero no.
‹‹Ostras, Devita, vaya forma de complicarte la vida››.
Guido se retira y frunce el ceño, no he sido consciente ni de si he respondido al beso.
—No podemos hacer esperar a una embarazada —susurro.
El timbre vuelve a sonar.
Mi estómago se aprieta.
—¿Estás bien? —Con sus ojos busca los míos.
—Estoy nerviosa —admito y parpadeo deprisa—. ¿Cómo nos comportamos con ellos? Ya sabes… ellos saben… Nosotros no somos…
Su ceño vuelve a fruncirse y aprieta los labios; se pone demasiado serio.
—Como siempre —dice al fin.