Bésame por logística 75 FLOTAR
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DEVA

He perdido a una mamá en un parto.

El mensaje lleva latiendo en mi mente desde que lo he recibido hace una hora.

Al igual que su llamada perdida inmediatamente después, una que no he podido atender.

Me ha destrozado intentar ponerme en su piel, y después de esa reacción he leído más allá.

Me pregunto si es la primera vez que le pasa, pero lo que sí sé es que, si me lo ha contado es porque me necesita.

Arrastrado por ese pálpito, entro en el hospital con un bote de helado de chocolate, su favorito. En la planta de obstetricia pregunto por ella y la chica que me atiende me mira con una sonrisa apreciativa.

—Hasta las siete no llama a los familiares para hablar con vosotros —informa.

—No vengo por ningún paciente, soy… —Tomo una respiración por la nariz, escueta—. Su novio.

Frunce el ceño, lo desfrunce y abre los ojos mucho.

—¡Ah!, en ese caso, puedes esperar en su consulta. —Señala una puerta justo detrás de mí—. Está haciendo una ronda por la UCI.

Entro en su despacho y lanzo la mirada aquí y allá.

Reconozco el orden en su escritorio, me recuerda al de su casa.

Incluso los pósits que tiene a la izquierda de su teclado parecen seguir un código de colores.

Entonces descubro una pequeña nevera y miro el helado que llevo en la mano.

Podría guardarlo ahí, pero a saber si puedo contagiarlo con algún virus letal.

No sé cuánto tiempo espero, a mí se me hace largo, pero el helado mantiene el tipo; así que entiendo que no ha sido para tanto. Deva entra con la cara llena de dudas, buscando algo en el despacho, o a alguien.

—No me lo quería creer —dice al verme y sonríe, aunque las ojeras y los ojos algo rojos muestran que no está bien—. Dame un segundo.

No me he levantado de la silla. Sale y habla con alguien, luego entra y cierra la puerta.

—¿Qué haces aquí?

Traga saliva, lo veo; no quiere flaquear. Pero no se da cuenta de que conmigo ese tipo de reglas no van.

—Estás jodida. —Le señalo el helado sobre la mesa—. Y no iba a esperar hasta la noche para traértelo, se descongelaría.

Se acerca y lo coge.

—Existen los congeladores… —susurra y yo aprieto los labios a la espera de que se muestre de verdad—. Ya sabes: cubículos con dispositivos internos a bajas temperaturas…

Me levanto mientras ella insiste en hacerse la dura, quizá se arrepienta de haberme buscado, pero ya es tarde; ahora solo quiero abrazarla. Y lo hago, a riesgo de que me rechace.

No lo hace.

Se apoya contra mi pecho. La acojo con todas las ganas de llevarme la tristeza que desprende y ella se deja mecer por mi cuerpo con los brazos caídos.

—Ostras…, Guido. Qué duro ha sido… —Toma aire y aguanta la respiración.

No sé qué decirle, no he vivido nada comparable jamás y no creo que tenga mucho que ver con la frustración por el fracaso de un proyecto.

Así que me limito a estar, durante el tiempo que precise, porque no dice nada más.

Con el paso de los segundos, sus brazos rodean mi cintura y descansa su cabeza en mi hombro con la cara pegada a mi cuello. Inspira despacio.

Llaman a la puerta y Deva se yergue, pero no termina de separarse de mí, solo deja de estar apoyada.

—Adelante.

—Te reclaman en urgencias, Deva —dice la misma chica que me ha atendido antes y, acto seguido, cierra la puerta.

Se vuelve hacia mí y parpadea. No llora, pero sí hay emoción en sus ojos.

—No… No tengo el coche… He venido con una compañera… ¿Puedes… llevarme a casa?

Noto el latido en el pecho tres veces. Sonrío despacio.

—Claro. —Beso su frente.

Deva se recuesta en ese beso.

—Gracias… —susurra—. Por todo.

Y se va…

No tardo en mandarle un mensaje informándole de que estaré en la cafetería, apenas falta una hora para que termine su turno, pero quiero que sepa dónde estoy por si quiere localizarme.

—¿Te llevo a tu casa? —le pregunto cuando estamos en el coche.

Se encoge de hombros, asiente… y duda.

—No creo que sea buena compañía, Guido. —Vuelve la cabeza hacia la ventana—. No sé por qué te he pedido que me esperes.

«Porque a veces necesitamos que nos sostengan».

—La piscina de mi edificio no cierra durante la noche —digo en lugar de expresar mi pensamiento.

Casi aguanto la respiración a la espera de su respuesta, su mutismo me hace cuestionarme si estaré haciendo lo que necesita. Parpadea despacio y luego asiente con una media sonrisa.

En diez minutos entramos en el garaje; en otros diez nos plantamos en la piscina.

Yo nado solo una media hora, pero ella no.

Decido quedarme dentro del agua y observo cada largo que hace, el volteo perfecto contra la pared…

Entonces, llega hasta la mitad de la piscina, se pone boca arriba y, con los brazos y las piernas en cruz, se queda flotando.

Lleva unas braguitas y una camiseta de tirantes porque no tiene bañadores en mi piso.

No había sido tan consciente de nuestro trato hasta ahora mismo; no sé si necesita mi presencia o simplemente dejar que su mente purgue lo que precise en este momento.

Tras unos minutos, deja de flotar y me busca con la mirada.

Vuelvo a sentirme en tierra de nadie, con una pulsión muy fuerte de ir hacia ella; pero no hace falta que decida porque empieza a nadar hacia mí.

Cuando casi me alcanza, extiendo el brazo izquierdo.

Deva mira mi mano, parpadea varias veces, saca el brazo del agua y todavía tarda unos segundos que se me hacen eternos, y en los que percibo su resistencia, hasta que finalmente se agarra a mí.

Inspiro con fuerza, tiro de ella y me abraza con brazos y piernas.

Se abandona sobre mí, la tensión desaparece y yo cierro los ojos.

Después de un rato en la misma posición, noto que su cuerpo se relaja, demasiado, y el miedo a que se quede dormida me pone en alerta.

—Dev —susurro.

Levanta la cabeza, soñolienta.

—Lo siento, estaba…

—Casi dormida.

—¿Sabes que nunca he dejado que nadie me llame Dev? —murmura.

—Es que yo no soy nadie —devuelvo en el mismo tono, no puedo dejar de sonreír; ella me ha concedido un estatus único—. Salgamos.

Se separa y la temperatura del agua, ahora más fría sin su cuerpo pegado al mío, me produce un ligero escalofrío.

Mientras nos secamos, vigilo cada movimiento que hace.

Bajamos en el ascensor hasta el piso y, una vez allí, es ella quien sube directamente las escaleras hasta mi habitación.

No sé si llegaré a tiempo, pero preparo una infusión para que entre en calor.

Y me complace darme cuenta de que acierto.

—Te he traído algo caliente.

Deva lleva una toalla enrollada en la cabeza y viste una sudadera mía. Está frente a la estantería, donde mis coches de colección ocupan una balda completa.

—Gracias. —Le da un sorbo largo, mira las réplicas y vuelve a beber—. ¿Obsesionado con Alfa Romeo?

—Algo así. —Sentado en la cama, me pongo el pijama; doy por hecho que no va a pedirme que la lleve a casa.

Vuelvo a colocarme a su lado mientras ella los mira con interés.

—Esta —señalo los seis coches más a la izquierda— era la colección de mi abuelo. Bueno, él los tenía de verdad, yo los conseguí en miniatura.

—¿Puedo?

Asiento; me pasa la taza y coge uno de ellos: El Giulia Sprint GT, el ancestro de mi coche. Hace rodar con sus dedos las pequeñas ruedas.

—Este coche, el real, lo heredó de su padre —le cuento.

—Háblame más de tu abuelo, Guidet —me pide.

Sus ojos muestran el cansancio, pero la sonrisa suave de sus labios revela que ahora está más tranquila que hace unas horas.

Deja el coche en su sitio, se acerca a mí, coge la taza con una mano y entrelaza la otra con la mía.

Vamos hacia la cama y parecemos una pareja que lleva años juntos; no preguntamos el lado que nos corresponde, ya lo sabemos.

Le voy contando la historia de mi abuelo mientras nos acomodamos: mi brazo bajo su cuerpo, que se abraza al mío; su respiración caldea mi piel y mi cordura pende de un hilo ante la posibilidad de estar creyendo en algo que Deva aún no sabe si quiere.