Bésame por logística 74 NOSOTROS
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74 NOSOTROS

Llevo un rato despierto mirando cómo la luz del sol se cuela por la rendija que la cortina permite pasar mientras disfruto del peso de Deva sobre mí. Tiene parte de su torso anclado a mi pecho, una pierna entre las mías, su cadera sobre mi cintura y la respiración sosegada y plácida en mi cuello.

No sé cuándo ni cómo nos quedamos dormidos, pero los ecos de la noche todavía reverberan en mi cuerpo, que la siente por todas partes.

Uno de sus ruiditos me hace sonreír; su mano se extiende sobre la piel de mi clavícula y se desliza hasta mi hombro.

Lo hace despacio. Sé el instante exacto en el que ella se da cuenta de dónde está, no sé si tanto de lo que está haciendo.

Bosteza, se ahueca como si quisiera separarse, pero al final se deja caer de nuevo sobre mí.

Deva me gusta muchísimo, tanto que apenas soy consciente de lo mucho que la toco cada vez que puedo, y este es uno de esos momentos en los que mis manos reptan por su espalda mientras me da los buenos días y ronronea frotando su boca contra mi cuello.

Cada uno de sus movimientos ha alimentado una ola dentro de mí, y este detalle final prácticamente me lleva al límite de la cresta.

—Buenos días —respondo y me coloco debajo de ella para rozarme mucho más y abrazarla mejor.

—Me hago pis, pero no quiero levantarme —murmura ronca, medio dormida.

Respondo con una carcajada.

—¿Qué hora es? —pregunta.

No se despega, y tenerla así me provoca unas ganas, que freno a duras penas, de ir mucho más allá de un «buenos días».

Miro el móvil.

—Las nueve y diez.

—¿A qué hora tenemos que dejar la habitación? —Remolonea con los ojos cerrados.

¿Cómo le digo que si quiere dejarla a las seis de la tarde prolongo la estancia ahora mismo?

—Cuando queramos.

Se estira y pierdo el contacto de su piel. Sus ojos, hinchados de dormir, se abren y me mira. Sonríe.

—Se duerme bien en estas camas…

—Y sobre mí, no lo niegues.

Hace un mohín perezoso y se sienta.

—No lo niego, Guidet.

—¿Guidet? —Quiero tirarle de la lengua; no voy a perder la oportunidad de estirar este momento cariñoso. Deva no los regala a menudo.

—¿Por qué te llaman así?

—Por mi abuelo.

Se levanta, rodea la cama y abre la puerta del baño.

—¿Se llamaba igual?

Está completamente desnuda, gira sobre sí misma y ladea la cabeza estrechando los ojos un poco. Hace una semana que decidimos dar un paso hacia una relación simulacro y ella —contra su propio pronóstico— es toda una experta en dejarse llevar. No duda en absoluto.

—Él me llamaba así.

—Me gusta. —Entra en el baño.

Froto mi cara con fuerza, para despejarme o para evitar gritarle que no entiendo cómo no se da cuenta de que somos una pareja real y que esto no parece un juego en absoluto.

Escucho la ducha y llamo a la puerta antes de entrar. Está lavándose los dientes y nuestra mirada se cruza en el espejo antes de que ella eche un vistazo apreciativo a todo mi cuerpo desnudo. Mi vista se desvía hacia la bañera, y el recuerdo de la tarde pasada, antes de cenar, me excita… mucho.

Cuando la vuelvo a mirar, se ha sonrojado, apuesto a que ella también lo ha recordado.

—¿Me dejas pasta? —pregunto.

Asiente y señala su bolsa de aseo rosa. A su lado, cojo mi cepillo y abro la cremallera. Deva se acerca a la ducha con el cepillo todavía en la boca, toca el agua y se mete dentro sin cerrar la mampara; ¿es una invitación?

No encuentro la pasta, es muy pequeña; con lo que doy, sin esperarlo, es con una barra de labios que…

es en realidad un vibrador. Lo reconozco perfectamente y siento ese cosquilleo en la parte baja de mi espalda, mi polla lo aprecia de inmediato.

Trago saliva y me lavo los dientes sin perder de vista el aparato.

Dudo, durante unos segundos, si es el momento adecuado, si tenemos ya esa confianza.

Me acerco a la ducha, Deva ha dejado el cepillo de dientes en la balda y está con la cabeza hacia atrás mojándose el pelo. Cierra el grifo.

—¿Podemos usarlo? —le pregunto mostrándoselo.

Nuestros ojos se encuentran; me parece una locura que esta mujer esté desnuda delante de mí.

Y sé, aunque tarde unos segundos en contestar, que me va a decir que sí.

Su boca se abre ligeramente, cogiendo aliento, y una mueca canalla se extiende por su cara.

Asiente y me hace el gesto para que entre con ella.

Nos pegamos el uno al otro iniciando un beso que nos prende desde dentro.

Su piel moja la mía y, de repente, el agua de la ducha cae sobre los dos.

Me separo sorprendido porque está demasiado caliente y ella se ríe.

—No quiero quedarme helada. —Se muerde el labio inferior, sus ojos me comen y yo…

«Quiero que me mire así siempre».

—Eso no va a pasar. —Disfrazo mi respuesta para que también valga para ella. De vez en cuando tengo que bajar a la tierra y entender que quizá Deva siga creyendo que todo esto es un juego.

Arrastro mis labios desde los suyos al cuello y me paseo por sus clavículas marcadas mientras sus dedos se enredan en mi pelo. Entonces me arrodillo y, mientras el agua me cae sobre la cara, juego con la punta de mi nariz en su abdomen y pongo su pierna sobre mi hombro.

—Juguemos. —La muevo un poco para poder salir del chorro directo de la ducha.

—El botón está…

—Lo sé.

Es la vibración sobre su sexo lo siguiente que siente.

No me pierdo su cara: los ojos entrecerrados, los labios entre sus dientes…

Es increíble verla dejarse llevar. Soy adicto a esta imagen.

Deslizo y presiono, introduzco dos dedos despacio y su calor me atrapa; estoy tan excitado que podría correrme sin tocarme.

—Guido… —gime y me tira del pelo con fuerza.

—Dev…

Retiro el juguete para lamerla, por egoísmo puro, porque necesito saborearla.

—No pares —exige; me pone muy burro que lo pida así.

Entonces, sin apartar mi boca, acerco el aparato y lo presiono contra ella.

Se corre… Joder, qué locura.

Aprieta mis hombros mientras grita y cuando creo que ya ha terminado, y a mí me falta nada para dejarme ir, me empuja y me siento en el plato de ducha. Deva sube a horcajadas sobre mi cuerpo y con su propia mano se penetra con mi erección.

No puedo pedirle más a esta mujer.

Me deja sin aliento.

Todavía noto sus espasmos y apenas necesito que apriete su interior a mi alrededor para…

—Joder…

Mi orgasmo me deshace.

Abrazo su cuerpo temblando, intentando entender cómo con ella se me va tanto de las manos. Pero no puedo seguir un hilo racional; solo quiero que no se baje de mi regazo ni que me saque de su interior.