73 ÉL ES CASA
Recibo, agradecida, el aplauso del público congregado en el auditorio.
No porque me esté dando un baño de masas, en absoluto.
Es que por fin he terminado y, después de la última pregunta envenenada, por parte de un médico de la primera fila que ha puesto en jaque a cada ponente de la tarde y que me ha acusado veladamente de estar a favor de la medicina privada,
necesito la desconexión inmediata de todo lo que se aglutina aquí dentro.
Suelto un suspiro que me libera el pecho.
A punto de abandonar el auditorio, solo puedo pensar en el mensaje que me acaba de mandar Guido. Es la reserva del restaurante; me gusta el control que tiene de la situación.
—Doctora Morel… —el médico, con el que he sido más diplomática de lo que merecía me detiene en las puertas.
Echo de menos un botón para silenciar a seres humanos.
—Doctor…
—Ausín.
—Encantada. —Pongo una sonrisa que no me planteo cómo puede proyectarse, pero me da igual.
—Disculpe que insista, pero hablar de balones de Bakri y de manejo escalonado está muy bien… cuando se tiene tiempo y recursos. ¿De verdad cree que eso es viable en una guardia en la que no damos abasto?
No resoplo, pero me gustaría. Parpadeo más lento de lo habitual y me delato.
—Perdone que le incomode —dice.
—No me incomoda —corto su falsa amabilidad porque me harta—. Verá, doctor Ausín: colocar un balón de Bakri es rápido, eficaz y está en cualquier protocolo mínimamente actualizado. No es demasiado para un hospital público —remarco— y muchas veces evita que la paciente termine en quirófano.
Sus labios se tensan, pero continúo antes de que pueda interrumpirme.
—La viabilidad no es el problema. Se coloca en dos minutos, lo sabe. —Sostengo su mirada—. El problema suele ser otro: la resistencia a aplicar técnicas que funcionan porque estamos acostumbrados a hacer lo de siempre.
—Lo que yo creo es que…
—Disculpe, doctor Ausín. —No me apetece seguir discutiendo hasta que él lleve razón—. Lo único que no es una opción es debatir si se usa o no mientras la paciente sangra. —Le sostengo la mirada un segundo más—. Que disfrute del resto del congreso.
Me dirijo al chico que me espera con una carpeta en la mano y con un pinganillo en la oreja.
—Perdone que le moleste, doctora Morel. La charla de mañana la dará finalmente la ponente original. Sentimos el cambio de última hora.
—Oh, no te preocupes —resuelvo sintiendo que me he quitado un peso de encima—. No hay ningún problema. —Casi me sale hasta darle las gracias.
Tras una despedida rápida, escapo del Centro de Congresos, parezco una rata buscando la salida en una catástrofe.
Saco el teléfono y sigo las indicaciones de la localización que me ha mandado Guido.
Verlo apoyado en la puerta del acompañante me produce una sensación de descanso inmediato.
Tenerlo a mi lado, justo ahora, me gusta más de lo que debería.
A ver si esto de tener el coche estropeado va a ser una suerte.
Se me escapa una carcajada por la tontería que acabo de pensar; ahora que soy libre, me siento un poco borracha.
No me cabe ninguna duda de que es el parasimpático haciendo de las suyas.
—¿Qué tal, doctora? —pregunta Guido y me muestra su sonrisa traviesa a la que soy un poco adicta.
No respondo, porque solo quiero que me abrace.
¿Tiene sentido? No se lo busco, desde que quedamos en dejarnos llevar es lo que hago.
Guido no solo es un amigo; es ese lugar al que puedo llegar y bajar la guardia sin pensar demasiado en lo que estoy haciendo.
En cuanto invado su espacio personal, abre los brazos y me lleva a su pecho.
Huele tan bien…, y su calor traspasa mi ropa y me arrulla de una forma que me deja maleable.
—Mañana no subo al estrado —murmuro mientras él posa sus labios sobre mi pelo; no sé si me besa, pero se siente así.
—Entonces ¿nos volvemos a casa ya? La habitación es la hostia, y el restaurante del hotel, en el que he reservado, también.
Su emoción es contagiosa. En otra situación le habría pedido que nos fuéramos; si estuviera sola, habría vuelto a casa —no me importarían las tres horas de viaje—, pero ahora no me apetece. O, más bien, lo que me apetece es pasar la noche con él.
—Me fastidia un poco haber cambiado el turno de mañana —protesto y me alejo de su pecho; estrecha los ojos—, pero...
—Pero ya está hecho.
Me encojo de hombros mientras muestro las palmas al cielo en un gesto de «qué vamos a hacer». Guido se ríe.
—Venga, hay un poquito de querencia —le gusta vacilarme con mis propios términos—, admítelo.
Chasco la lengua, que lo haya hecho en mi pensamiento no quiere decir que vaya a verbalizarlo. Un grupo de chicos, gritando y riendo, pasa por detrás de nosotros. Van disfrazados, no había sido consciente de que es Carnaval.
—Admítelo —susurra mientras se acerca a mi boca.
Sus manos agarran mis caderas y acorta la distancia entre nosotros, no me besa, solo juega con mis ganas y noto cómo se me acelera el pulso.
—¿Y si pedimos que nos suban la cena a la habitación? —Termino con un jadeo.
Su boca arrasa con la mía. La excitación recorre mis terminaciones nerviosas y toda mi intención ahora mismo es dejarme llevar por todo lo que quiera hacerme. Su ronroneo bajo, cuando rompemos el beso y nos separamos despacio, desprende la energía que mantiene vivas mis ganas.
—Hay una bañera increíble —murmura contra mis labios.