Bésame por logística 71 UNA GRIETA QUE SE DESDIBUJA
68%

71 UNA GRIETA QUE SE DESDIBUJA

Desde el salón observo, a través de la ventana, a Odín, Bastián y Deva jugar en el jardín cubierto de nieve.

No puedo dejar de mirarla. Ni tampoco puedo dejar de sentirme emocionado porque ayer llegáramos a ese acuerdo.

Menuda forma más retorcida de ser pareja; pero si es lo que Deva necesita para dejarse llevar, no tengo ningún jodido problema en dárselo.

Roque se ha puesto a mi lado y me da una taza de café tan caliente que suple el exceso de leche para mi gusto.

—Si pudiera teletrabajar, como Ana, nos vendríamos aquí con Odín. Creo que es la primera vez que Bastián se ríe así —dice y le da un sorbo a su taza.

—Es increíble el vínculo que ha creado con el perro —digo sin dejar de observarlos.

—Lo es… Mi madre está feliz por lo que esto significa. —Se le escapa una risita por la nariz.

Veo a Deva reír, mientras Odín y Bastián ruedan por el suelo, y recuerdo lo seria que se muestra cuando trata de analizar y acotar algo.

Su insistencia en los límites del simulacro, en que todo terminará.

No sé si es que soy demasiado optimista, pero, aunque le hayamos puesto fecha de caducidad, tengo una fe notable en que perduraremos algo más de lo que ella espera.

¿Quiere probar hasta la boda? Perfecto, después hablaremos.

—¿Me ha parecido escucharle a Ile que vas a ser tío tú también? —pregunta Roque.

El café se me va por otro lado. A las toses le suceden un picor en la garganta que me impide hablar. Mi cuerpo es sabio.

—Qué susto, macho… —dice Roque cuando por fin recupero el aliento.

Espero que entienda que sí, que voy a ser tío.

Es curioso, si lo digo yo no me bloqueo; anoche, por ejemplo, cuando Roque nos presentó a Bastián como sus tíos.

Pero cuando me lo preguntan directamente hay algo que hace cortocircuito dentro de mí.

Nora y Nil van a ser padres, construirán esa vida que perdí por elección y de la que ahora seré un mero espectador.

Es todo tan retorcido… Porque luego está todo este rollo que hemos creado Deva y yo, que va mucho más allá de que ella me atraiga; lo que tampoco es mentira.

Nosotros juntos no somos de mentira. No busco refugio, no es una chica Ibuprofeno.

Deva es algo que no busqué… Y, sin embargo, aquí estamos.

Vuelvo a mirarla y pensar en lo que tenemos por delante me provoca un cosquilleo anticipatorio en el estómago.

Martina sale de la cocina con la abuela y ambas se sientan en el sofá justo cuando Deva entra con Bastián en el salón.

—Mi nieto va a meter leña en esa chimenea a punto de apagarse, verás.

Roque resopla ante la exageración de la abuela y me tengo que aguantar la risa.

—¿Ves? Es majísimo el muchacho, un padrazo —lo halaga mientras él alimenta la chimenea.

—Yaya, eres una lianta.

—Y a ti te gusta demasiado que te adulen, no hago nada que te parezca mal.

Martina también se aguanta la risa.

Deva habla con Bastián en un tono quedo mientras él escucha con atención. Y entonces somos testigos de algo que a mí me eriza la piel: Bastián se acerca a Roque, le agarra la mano y pregunta:

—¿Podemos secar a Odín para que entre ya? Tía Deva dice que, si no, lo pondrá todo perdido.

A Deva se le abre la boca de emoción. Roque, mientras tanto, se agacha y le dice algo que ya no escucho porque me quedo loco con ella, con mi chica; decido que es el momento de dar ese paso que ayer firmamos.

No voy a fingir y ella lo va a notar. Porque aquí ya no fingimos ni hacemos nada por logística.

Sus ojos conectan con los míos; yo camino hacia ella mientras se quita el gorro y los guantes.

En cuanto la tengo enfrente, pongo los brazos alrededor de su cintura y la atraigo hacia mí.

Dejo un beso en sus labios sin pedir permiso y ella me corresponde creando, con sus dedos helados sobre mi cuello, una ola de escalofríos que desemboca en mi espalda baja.

—Es increíble —dice contra mi boca—. ¿Lo has oído?

A mí lo que me parece increíble es su respuesta, no se ha tensado, no me ha rechazado…

—Y os he visto por la ventana, tienes todas las papeletas para convertirte en su tía favorita —susurro.

Deja otro beso en mis labios.

—¿Está bien esto? —pregunta.

No quiero que lo dude ni un segundo, así que correspondo con otro beso.

—Esta muchacha… el gusto que le ha cogido a tener novio.

Escucho a la abuela y las risas a nuestro alrededor. Entonces aparece Lupe con toallas viejas en las manos.

—Voy a secar a Odín —susurra Deva contra mi boca.

Saco el coche del garaje y soy yo quien se ocupa de cerrar el portón. Deva no está bien; después de la comida, le ha dado un bajón físico notable.

Justo cuando pasamos por delante de casa de sus padres, aparecen Gaspar y Luisa en el jardín.

Ella nos saluda efusiva con gestos para que Deva baje la ventanilla y, con una energía opuesta a la de su marido, se acerca para despedirse y decirle en voz baja algo sobre los yogures.

Él nos mira fijamente; o más bien observa el coche.

Gaspar, en mi mente, siempre va de la mano con la banda sonora de ‹‹Tiburón››.

Cuando reanudamos el camino y mi chica se ríe por lo bajo, además de darme ganas de besarla, confieso:

—Me inquieta mucho que Gaspar me pille mostrando tan claramente la mentira cada vez que me voy del pueblo.

—Ostras… —resopla—. Espero que Roque sea un aliado con lo del coche y que Ileana lo apoye en todo; aunque no sé si Gaspar preguntará o sacará sus propias conclusiones. —Cierra los ojos y se apoya contra la ventana.

—¿Cómo te encuentras?

—Creo que estoy incubando una virosis… —Abre un ojo, tiene las mejillas coloradas—. Me siento fatal porque seguro que he dejado el regalito, espero que Bastián no se haya contagiado.

Salimos del pueblo y me concentro en el stop antes de incorporarme a la carretera. Deva saca el móvil del bolsillo del abrigo y lo mira. Entiendo que le ha llegado un mensaje.

—Es Beca… —murmura.

Escribe algo y guarda el teléfono; vuelve a la postura anterior, ojos cerrados incluidos.

—Duerme un rato. ¿Te pongo calor en el asiento?

—Por favor —murmura—. Por cierto, te habrás llevado la peor parte; no hemos hecho más que comernos la boca.

—Y otras cosas. —Le quito importancia—. Si me pongo enfermo, ya no hay remedio.

—Claro, y otras cosas que no contagian; cunnilingus, felación… Sí, sin duda te has llevado la peor parte —dice, y lo hace de una forma tan clínica que no sé cómo es posible que me excite y me haga gracia a la vez.

—Anda…, duerme un poco. —Doy un punto más de calor a su sillón.

Subo la maleta de Deva a su piso. Se arrastra hacia su habitación en cuanto entramos y me ocupo, sin preguntar, de llevarle una botella de agua y un vaso. Ella saca una caja de pastillas del cajón de la mesilla.

—Me quedo —le digo por segunda vez, apoyado en el quicio de la puerta.

—No, por favor, no hace falta —pide con la voz ronca y ya metida en la cama. Ha insistido tanto que, después de esta negativa, volver a ofrecerme me hace sentir mal—. Siempre he estado sola y jamás me ha pasado nada.

No puedo explicar de dónde viene el enfado que me generan sus palabras; si no fuera porque está enferma, rebatiría su argumento. Estoy seguro de que, en su casa y con su gente, no ha estado sola en estas condiciones.

—¿Trabajas mañana?

—Por la tarde, pero, si sigo así, ni se me va a ocurrir aparecer —dice.

Subo las cejas ante la beligerancia que descarga a pesar de su debilidad.

Respiro despacio, no quiero mostrarme hostil, pero es que después de haber decidido anoche que íbamos con todo, no entiendo por qué me está sacando de aquí sin miramientos.

A riesgo de que me suelte una mala palabra, la beso en la frente, y noto que está muy caliente.

Me muerdo la lengua, me dan ganas de saltarme su petición y quedarme en el salón sin que se entere.

—Te voy a contagiar —lloriquea—. Vete ya. —Su asertividad en la última frase funciona como un latigazo.

Hay un atasco en la rotonda y yo no puedo quitarme a Deva de la cabeza. Me pregunto si me llamará si se encuentra peor.

Suena el teléfono justo cuando el claxon de un coche inicia la réplica de otros. Tamborileo con los dedos en el volante a la vez que descuelgo. Es Nil.

—Hola —saludo y el modo alerta se acciona en algún lugar de mi cerebro.

—Guidet.

Hace tanto que no hablábamos por teléfono que me impacta tenerlo al otro lado. Sin querer, busco el momento en el que dejamos de llamarnos; han pasado muchos meses.

—¿Qué tal? —pregunto un poco por inercia, buscando esa conciliación falsa que muestro cuando estoy con ellos.

No puedo dejar de pensar en que ahora mismo estarán juntos, no sé si viven en el piso de Nil o en el de Nora. No sé nada de sus vidas y es… chocante, pero tampoco sé si me apetece saberlo.

—Vamos a jugar al pádel. —Sonrío con melancolía, suena tan al Nil de antes—. No sé si es demasiado pronto para pedirte que te unas.

El empuje viene de dentro; está claro que mi cuerpo lo ha computado mucho antes que mi mente.

—¿Ha fallado alguno?

—Ya sabes que Iker falla siempre.

Actúo, de esto va volver a la normalidad con él, ¿no?

—Tardaría media hora en llegar, está la ronda medio bloqueada.

—¿Vienes de viaje?

—Del pueblo de Deva.

—Es verdad; nos lo han contado los papás. ¿Te esperamos? ¿Te apuntas? —Noto sus dudas, a pesar de que, sin querer, ya he confirmado.

—Si no os importa que me retrase un poco… Tengo que pasar por casa.

—Estamos en la cancha de la Riviera.

—Genial.

—Sí, genial… —Puedo verlo sonreír y eso consigue que yo también lo haga—. Nos vemos aquí.

Cuelga y proyecto en mi mente lo que va a ser la tarde jugando al pádel. La última vez que estuve con ellos fue a principios de diciembre, y ya llevaba una temporada alejado del grupo.

El embotellamiento se va deshaciendo; quizá enfrentar a mi hermano en una pista de pádel, con Fran y José alrededor, sea lo que necesito para empezar a encauzar esta parte de mi vida.

Llego a las pistas antes de lo previsto y, por lo que me han puesto en el grupo —que he activado justo después de colgar a mi hermano—, tenemos una hora y media más o menos. Están peloteando y, por inercia, me pongo en el lado que está Nil.

—¡Guidet! —saluda Fran y se acerca a darme unas palmadas en la espalda.

Escuchar este nombre fuera de la familia me recuerda que ellos forman parte de mi vida desde hace mucho tiempo, y también que les he dado la espalda esta última época extraña.

—Cuánto tiempo, tío. —José hace lo mismo.

—Bastante —admito. Se palpa una incomodidad entre nosotros—. Gracias por contar conmigo.

—Claro, joder.

—¿Cómo no?

Miro más allá, noto la tensión entre todos, y Nil me sonríe y asiente.

Tomo una decisión rápida al verlo acercarse a mí, no creo que sea sano, pero lo necesito: en mi mente desvinculo a mi hermano de Nora.

Me engaño y me digo que es igual que antes, él, los amigos y yo en una pachanga.

¿Qué más da una mentira más? Creo que entiendo cómo se siente Deva cuando delimita su falta de sinceridad.

Empieza el partido. Los primeros saques son rápidos hasta que mi hermano se planta sólido en el fondo y, con una de las bolas cómodas, mete un globo perfecto.

José y Fran corren hacia atrás y ponen mala cara.

Le hago a Nil el gesto de la victoria. En el siguiente globo, que Nil vuelve a clavar todavía más alto, me acerco y lo abrazo por los hombros.

—¡Vaya lanzamientos al espacio, Nileto!

Nos reímos y, durante los segundos en los que nuestros ojos conectan, me doy cuenta de lo mucho que echo de menos estos momentos, de lo que me gustaría que pudiéramos volver a ser los de antes… y de que la grieta entre nosotros ahora parece desdibujarse.