Bésame por logística 70 VIVIRLO, CON FECHA DE CADUCIDAD
67%

70 VIVIRLO, CON FECHA DE CADUCIDAD

Hasta ahora, el deseo había sido algo manejable.

La electricidad que ha desatado con su mano en el salón, solo con unas caricias, ha sido solo el inicio.

Entiendo que estar con Guido e ir conociéndonos dota a cada coito de un añadido de coordinación, y no solo en la cama, sino… también en los gestos.

Tomo aire mientras cierro los ojos y la risa va muriendo poco a poco. Estoy pletórica.

—¿De qué te ríes? —Su voz también es risueña y agotada.

—Me lo he pasado genial.

Entonces es él quien suelta una pequeña carcajada y baja la mirada, avergonzado.

—Yo también —admite mientras cierra los ojos—. Perdona por haber dudado, me ha pillado por sorpresa.

—No, no… —Le quito responsabilidad—. Perdona por ponerme tan clínica en medio del encuentro.

Abro mucho los ojos, no me puedo creer cómo lo he soltado, con ese punto de necesidad…

—Jamás dirás «polvo», ¿verdad? —corta mi diatriba mental.

—Cuando tú digas «coito».

Volvemos a reír y, tras unos segundos, nos quedamos en silencio. Es una especie de aterrizaje después de flotar en la nube sexual. Tomo aire, he accedido a su propuesta, pero… todavía quedan muchas dudas sobre lo que vamos a hacer.

—Lo que propones… —Hago una pausa para reconectarme con mi cerebro—. Es fingir que somos pareja para nuestras familias y entorno. —No parpadea—. Y también cuando estemos solos, ¿no?

—Fingir… —Deja caer la palabra y, acto seguido, bosteza.

—Actuar como si lo que tenemos fuera real, pero dentro de la farsa —aclaro.

Necesito entender el marco.

—Más bien dejar de actuar, si no, no sería un simulacro —dice—. ¿Sabes cuando se hace una prueba de evacuación de un edificio? No finges que te vas y te quedas, abandonas el edificio de verdad —suelta con una obviedad aplastante.

Entrelazo una mano con otra y asiento. Lo entiendo perfectamente, creo que ya lo había entendido, pero necesitaba verbalizarlo.

—Vivirlo —añade.

Se sienta y se recuesta contra el cabecero.

Que elija ese verbo crea un espacio nada finito en mi mente, y no me molesta la emoción, sino la falta de límites que conlleva, que no se pueda medir, a menos que…

—¿Ponemos una fecha?

Sus cejas suben a la vez que abre los ojos. El silencio parece durar más de lo normal y decido sentarme.

—Esto es una especie de… juego con unas reglas y… con una duración —titubeo un poco, porque igual no lo he entendido bien.

Frunce el ceño y asiente despacio.

Mi miedo no termina de esconder las orejas, por lo que un nuevo Excel se activa con unas celdas en fosforito con puntos donde se define mi independencia, además de una fila completa sin rellenar que me genera incertidumbre: comportamientos que puedo confundir.

—Quiero decir que no tenemos que esperar a que se rompa solo…

No digo nada. Él parpadea y ladea la cabeza.

—Si se rompe —habla.

—Cuando rompamos —rectifico, lo necesito.

—Cuando rompamos —repite—, tú decidirás si vivirlo ha merecido la pena. Eres lo suficientemente empírica para manejar el experimento y luego hablar con propiedad. —Parece que está exponiendo una tesis.

«¿Y si no se rompe?». Según aparece esa alarma coloco el cursor para definir el límite.

—¿Hasta la boda? —propongo.

Toma aire.

Parece estar recalculando algo.

Uno Mississippi.

Dos…

—¿Finales de abril? —plantea, arrastrando las palabras.

Tres meses me parecen demasiado.

—Hasta la boda —concluyo, alargarlo más tampoco me parece… seguro.

—Y después de la boda…, ¿hablamos? —propone con cautela.

—¿De qué? —Tomo distancia apoyándome contra el cabecero.

Se le escapa una carcajada.

—Quizá estemos bien… Quizá queramos seguir…

Carraspeo antes de atragantarme con mi saliva, porque esa posibilidad vuelve a atascarse. Se sale de los confines del experimento y no, no lo contemplo.

—Esperemos a que llegue. Además, no sé si seré capaz de dejarme llevar —añado, pero mi hipocampo me avisa de que es mentira; ya lo he hecho en el salón mientras él acariciaba mi mano, por ejemplo, porque fluir durante el sexo no cuenta…

—Bueno, lo dudo, eres tú quien ha sugerido follar sin condón.

¿O igual sí cuenta?

No.

—Eso ha sido… Más bien es… —Me bloqueo al entender lo que quiere decir—. No tiene nada que ver… Es pura logística, Guido —termino.

Estrecho los ojos retándole a que diga lo contrario. Se muerde los labios por dentro, está aguantándose la risa.

Frunzo el ceño.

—Sí, sí, claro —murmura—. Perdona, lo he… malinterpretado, entonces.

Me da frío y cubro mi pecho con el edredón. Él se coloca a mi lado y también se tapa. Su brazo se pega al mío.

—Entonces… —susurra. Encuentra mi mano entre las sábanas y entrelaza los dedos. Sus ojos me hacen la pregunta que no llega a formular, está buscando la confirmación a toda esta apuesta.

Mi mente rumia por unos segundos lo que ha dicho, lo que yo he propuesto… «Es pura logística, Devita».

Tomo aire y me enfoco.

—Me gustaría añadir alguna cláusula. —«Pon límites, eso es».

—Adelante.

—Seremos amigos una vez termine y lo haremos sin dramas, sin perdernos —digo; necesito ser categórica con lo que sé que va a pasar.

No dice nada durante unos segundos y sube las cejas.

—Sabes que eso es una utopía. —El tono que emplea me suena a defensa.

—No, porque somos un simulacro. Nadie va a enamorarse. —Le devuelvo el marco de lo que estamos haciendo.

—Si termina —insiste.

—Cuando termine —replico.

Él niega y sonríe.

—Ven aquí.

Tira de mí y yo pongo los ojos en blanco a la vez que añado un anexo a mi Excel mental, para que cuando pase todo esto, pueda redefinir nuestra amistad.

Besa mi cabeza y me quedo abrazada a él, porque no se siente mal.

Para nada.