67 EL SIMULACRO
Menuda conversación para antes de cenar, pero mi curiosidad por entender el porqué de Deva para cerrarse tan en banda a las relaciones roza lo obsesivo.
—Estás rodeada de amor, Dev —susurro—. De amor que sigue en pie después de años. Todos los procesos, siempre que sean sanos…, joder, todos van a merecer la pena.
—Creo que hay más cosas por las que luchar sin perder tanto.
—¿Perder?
—Y doler.
—Cualquier pérdida tiene su precio si amas.
—Jamás voy a perder ser médica.
Frunzo el ceño, me incorporo del escritorio y la enfrento, estamos muy cerca.
—No es lo mismo, aunque…, si tuvieras que dejar de ejercer… —se me ocurre.
—¿Cuál es el punto aquí, Guido? —corta mi intención de forma brusca. Conseguir que se tambalee su presunción me parece todo un reto.
Se aparta y rodea la cama, que queda entre los dos como si fuera una barrera física.
Tengo la necesidad de hacerle entender que tiene una visión del amor demasiado categórica para no haber vivido ninguno.
Y la teoría de que podría vivirlo y cambiaría de opinión, porque la he visto comportarse conmigo.
Este último mes nuestra intimidad ha sido… intimidad, joder, y la ha disfrutado.
—¿Qué pasaría si te dejaras llevar? —le propongo.
—¿Cuándo? —El ceño fruncido se le pone rojo, creo que está en su límite.
—Ahora. Desde ya, entre nosotros. —Parece de locos, pero… resulta que no quiero frenarlo—. Nos llevamos bien y nos gustamos. —No quiero que note que lo que se me acaba de ocurrir me gusta demasiado—. Y, además, nos hemos acostado y todo va muy bien en ese terreno.
No parpadea, pero desfrunce el ceño mientras el rojo tiñe sus mejillas. Quizá tenga sus razones, que parece defender con vehemencia, pero lo que es un hecho es que nos hemos metido, de pleno, en unas prácticas a tiempo completo, y ella lo ha disfrutado tanto como yo.
—No saldrá bien —susurra.
¿Por qué no?
‹‹No saldrá bien››. Su frase se descompone en mi cabeza y no ha usado el condicional. No parece darse cuenta de que ya está saliendo bien, pero supongo que se refiere al final que ella cree saber que nos espera.
—No lo sabemos, pero… Si termina mal…, ya que es un simulacro, no pasará nada —¿Voy a convertir mis ganas de estar con ella en un experimento? Eso parece.
—No sé si te entiendo. —Capto su atención completa.
Deva necesita garantías por si acaso sale mal, una devolución sin coste. Le mantengo la mirada unos segundos en los que, si no propongo algo sólido, perderé la oportunidad de este ‹‹algo›› que podemos comenzar, mi mente elabora la propuesta a toda velocidad y cuando creo que la tengo, la suelto:
—Empecemos a disfrutar de la farsa, sin darle vueltas a que estamos actuando.
Veo cómo traga saliva, mueve la cabeza y desvía el foco.
Su mirada se pierde en el paisaje invernal al otro lado de la ventana.
Se queda quieta, muy quieta. Entonces me enfrenta y sube las manos, las une por las palmas y se las lleva a la boca.
Si no la conociera, diría que está rezando, hizo ese gesto también la primera vez justo en esta misma habitación.
Clava sus ojos en los míos y yo sigo hablando:
—No perderemos el control —hago rodar mis ojos—, no uno más que el otro, al menos. —Me encojo de hombros—. Y, si sale mal, se acaba sin drama. Tú demostrarás tu punto en un entorno seguro, y quedaremos como amigos.
Quiero que diga que sí, esto es de locos; me muero porque diga que sí.
Separa las manos, coge aire, parpadea y… suelta el aire de forma audible.
No me muevo; no quiero interrumpir lo que sea que esté pensando. Pero da igual, porque se da la vuelta y se dirige hacia la puerta.
—¿Bajamos a cenar y lo hablamos luego?
Me acerco, tiene la mano sobre el pomo y me arriesgo a poner la mía encima. Su espalda está en contacto con mi pecho.
—Solo si tú quieres hablarlo. Quizá estoy insistiendo en algo que quiero probar yo solo —susurro, sé que me acabo de exponer, mi subconsciente no ha sido capaz de guardarse las intenciones reales de este arrebato.
Se vuelve, a pesar de que apenas hay espacio, y eleva su cara hacia la mía.
—Me atraes, pero siento que, si me dejo llevar, saldré de mi zona de confort —murmura, su aliento me llega y el que tiene que controlarse soy yo, porque creo que está admitiendo tanto con esa frase que me dan ganas de besarla.
—Para eso creamos los límites —digo sobre la marcha, porque si no lo hago, si no creo un proyecto que parezca que tiene fundamento, solo me quedará suplicar que sea mi novia de verdad.
¿Es consciente de que casi nos estamos hablando con los labios pegados?
—¿Límites?
Joder…, su aliento.
Cierro los ojos para no verla tan cerca, pero al inspirar otra vez…
—Pondremos reglas, Dev. Solo jugaremos a ser pareja.
—¿Para qué?
—Para demostrar tu teoría. Para que no se quede solo en un discurso —improviso.
Porque decirle que quizá seamos tan increíbles juntos que nuestra historia será de las que no se acaban me parece que se sale de las normas.
No dice nada, pero tampoco se mueve, y la distancia está poniendo a prueba toda mi cordura, así que decido echar un órdago.
—Está claro que, sin tener a nadie delante, somos capaces de llegar a la distancia de un beso y jugar con ella —susurro; coge aire por la boca y sonríe.
Me separo un poco para mirarla mejor, para no perderme por completo, besarla y convertir esta conversación en cenizas. Está acalorada.
—Es un hecho demostrado —dice y suelta una risita—. ¿Lo hablamos luego?
Algo parecido a la euforia quiere agarrarse a mi pecho, pero soy consciente de que, si no salimos de la habitación, volverán a interrumpirnos; así que asiento.
—Perfecto, tengo hambre.