66 EL AMOR NO SE PUEDE CONTROLAR
En el salón nadie nos está prestando atención, aun así, nos hablamos con la mirada y, en una especie de acuerdo silencioso, él pasa su brazo por mis hombros.
—El lunes por la mañana iré a ver tu coche. Llevaré la grúa. —Mi hermano habla quedo.
El coche… Qué agobio.
—¿No hay ninguna posibilidad de que se mueva él solo después de un reposo de dos días? —Confío en que sea así.
—Depende, ¿le has dado paracetamol? —Se mofa mi hermano.
Guido apoya su boca contra mi pelo y creo que está intentando no reírse.
—Paracetamol, Paracetamol —le hago burla a mi hermano y pongo voz de idiota.
—Deva, joder, eso no sonaba bien —dice sin alterarse. Ana le da un toque en la pierna para que controle las palabrotas—. Pinta a que la caja no estaba transmitiendo y eso hay que pedirlo al concesionario.
—Pide lo que tengas que pedir. —Chasco la lengua—. Y dime que eso de los quince días ha sido una estimación exagerada —suplico.
—Si es eso, no he exagerado en absoluto.
Resoplo.
—Te llevo yo al congreso, no hay problema —murmura Guido lo suficientemente alto para que mi hermano replique.
—¿Ves? No hay problema, Doña Logística —me vacila Roque sin levantarse del sofá.
Le hago una pedorreta y me dejo caer sobre Guido. Me rodea con su brazo libre y respiro profundo mientras cierro los ojos.
—Gracias. —Me separo un poco, alzo la cabeza, sonrío y… Podría besarlo.
No tengo que pensarlo más; me besa él en la frente. Es agradable tener un compañero de equipo. Sus labios se demoran unos segundos de más sobre mi piel y, cuando nos separamos, noto su pecho subir y bajar tranquilo. Entonces nuestros ojos mantienen un diálogo mudo; él mira mi boca, y decido que…
—Ya estáis aquí. —La voz de mi hermana atraviesa el momento; Guido absorbe el aire entre los dientes, pero no deja de sonreír.
Me quedaría así, fingiendo, pero entonces recuerdo que mi hermana sabe todo y la situación me incomoda.
—Estamos. —Me vuelvo hacia ella saliendo del abrazo de Guido; lo echo de menos al instante.
Agradezco que el «efecto Bastián» haya puesto fin a los gritos en esta casa.
—Se os ve tan bien… —Ileana se acerca a Guido, quién la besa en la mejilla.
—Más de un mes de ensayo, tiene que notarse —susurro cuando la abrazo, y hasta a mí me suena a justificación.
¿Ensayo? ¿De verdad es lo que ha sido?
—Si tú lo crees… —dice.
Mis ojos se ponen en blanco, pero ya no sé si es por ella o por mí. Guido la mira de reojo y no se pronuncia.
—¿Dónde está Martina? —pregunto.
—En la habitación; tiene una videollamada con la escritora del libro que están adaptando a serie.
—¿Qué tal estás tú? —le pregunta Guido a mi hermana.
Es muy bonito lo implicado que está con todos. Parece tan de verdad que, cuando me doy cuenta de que mi cara debe de parecer la de una idiota, desvío el foco de atención a Ileana.
—Bien. —Cierra los ojos y niega—. Un sustito.
Mi madre baja las escaleras y avanza hacia nosotros con los brazos extendidos. Cuando llega a nuestro lado, me acoge y me aprieta un poquito. Huele a casa. En los brazos de mamá no hay confusión, pero dura solo hasta que abro los ojos y Guido sigue estando aquí.
—Qué alegría teneros a todos.
Mamá apoya su mano en el brazo de mi chico de mentira —algo que debería tatuarme dentro del párpado—, y él se acerca para darle dos besos.
La orgullosa abuela habla de Bastián y todos nos quedamos mirando cómo juega con Odín; los cabezazos suaves que el perro le da a Bastián le hacen sonreír. Ana y Roque se miran con sorpresa y a mí me estalla el pecho.
Organizamos una cena de las de siempre y por turnos.
Así que, mientras los orgullosos abuelos comparten la mesa con Bastián, Ana y Roque, nosotros cenaremos con Martina e Ileana cuando terminen.
La yaya está en su casa, ha pasado a saludarnos y nos ha dicho que ella, con un poco de queso fresco y pavo, se apaña.
Guido y yo llevamos un rato en la habitación. Estoy sacando la ropa de la maleta y la bolsa de aseo cuando me doy cuenta de que él no se mueve de la puerta.
—¿Va todo bien? —Frunzo el ceño.
—Cuando me fui de aquí, la mañana de Navidad, no esperaba volver. —Suelta una risita de incredulidad por la nariz—. Y… me siento cómodo. —Echa un vistazo a su alrededor y sube las cejas—. Tengo la sensación de que encajo. —Me mira—. Y estoy preocupado… Porque es mentira —susurra.
Su verdad es la conclusión de lo que ya he ido advirtiendo en el trayecto hacia aquí. Entonces noto una sacudida fuerte cuando lo entiendo, y odio que algo que hemos construido para sobrevivir nos pueda hacer daño.
¿Nos?
‹‹Déjalo, Devita, por favor››.
Mejor, sí, a veces la intensidad de Guido resquebraja mi lógica, y no tiene sentido permitirlo.
—¿Piensas alguna vez en qué habría pasado si no te hubiera propuesto este plan tan descabellado? —formulo en voz alta.
Reconozco que las primeras horas en esta casa, cuando se lo pedí, me arrepentí varias veces, pero es verdad que no he vuelto a pensar en ello y… hacerlo ahora me perturba.
Sonríe y niega.
—Habría estado muy jodido. —Abre mucho los ojos y acaba mordiéndose el labio inferior—. Debería darte las gracias. —Se toma unos segundos—. Y, ahora que lo dices, ¿has pensado tú en qué va a pasar cuando todo esto termine?
El pulso se me acelera. A veces creo que Guido es un tifón caótico dentro de mi ordenada vida, y este es uno de esos momentos. Es raro, porque también suele pasarme cuando tenemos sexo, uno que no practicamos por logística.
—Quizá… —se me ocurre— podremos ser esos ex que son amigos.
Cierro la maleta y la aparto de la cama. Me da pena haber acabado con la ropa, necesitaría enfocarme en hacer algo con las manos para que me ayude a canalizar esta sensación de vértigo que no entiendo y que es del todo absurda.
—¿Seremos ex? ¿No confesaremos? —pregunta mientras toma asiento en el sofá.
Se mueve por la habitación con confianza y me hace pensar en que Beca se comporta así conmigo, bueno, con Beca no me acuesto, pero… yo me entiendo.
—Vas a ser la pareja más real que he tenido. No me parece mal no confesar. —Tiene toda la lógica, y pensar en Guido como un ex y no como una mentira es… agradable.
—¿Nunca, de verdad, te has planteado tener una relación?
Mantengo la respiración y parpadeo confusa, porque no me parece que estemos hablando de mi hipótesis; tengo la sensación de que Guido lo está haciendo personal, de nuevo.
Y quizá haya llegado el momento de decirle lo que pienso de verdad y ya, de paso, dejar de pensar de más cada vez que nos acercamos demasiado.
—Nada de mentiras, ¿no?
—Nada de mentiras —dice él.
—Creo que el amor no se puede controlar.
«Asertividad, Devita».
Guido levanta las cejas.
—¿Y?
—Pues que no me gusta perder el control. —Elevo mis hombros, no necesito justificar nada más.
El silencio se alza entre los dos y él se levanta, camina hasta el escritorio y apoya la cadera en la mesa. Otra vez noto la energía de la habitación llena de su impulso, y el aroma de su colonia entra en mí en la siguiente respiración.
—No, no se puede —corrobora—. Pero va un poco de eso. Dos personas descontroladas dentro de un mismo paradigma.
Sí, puedo entender su punto, pero…
—¿Y qué pasa cuando falla o cuando se acaba? —Uno mis manos y las pongo frente a mi cara.
Podría responder mi propia pregunta, porque la tengo clara: el eje de tu vida se desplaza, y volver al control anterior es imposible porque has perdido parte de ti, se lo lleva la otra persona. Y con él cerca, esa misma respuesta está bañada de un miedo vivo.
—Será si falla o si se acaba —rectifica mis hipótesis.
Suelto una risita cínica por la nariz a la vez que mis hombros se encogen; no debería plantearme ese condicional.
—Las parejas se rompen. —Lo miro con intención, él lo ha vivido con Nora—. Y una vez se termina, el dolor de la pérdida hará que el esfuerzo emocional no haya valido la pena —respondo, ya no sé qué hacer con mis manos.
Se me queda la boca seca. Por primera vez siento que podría comprobar esa teoría y ser consciente de ello me aterra.
—No es así. —Niega mira al frente y luego a mí —. No es así —repite en una respuesta nada sólida.
El elemento desestabilizador en el que él se ha convertido en esta conversación pierde fuerza; y yo la gano.
—Te veías casado con Nora, Guido, y mira…
—¿Y qué? —me corta y entrecierra los ojos sin apartar su vista de la mía—. ¿Que no hayamos terminado juntos invalida todo lo que vivimos?