Bésame por logística 65 LLEVA MOTOR FERRARI
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65 LLEVA MOTOR FERRARI

Que no cunda el pánico.

Junto las palmas de mis manos y me las llevo a la boca.

—Apárcalo en la plaza que hay libre dentro del garaje —digo y salgo del coche inmediatamente.

Tomo aire y lo suelto observando el vaho que forma mi espiración. ‹‹Ostras… Nos van a pillar››. Doy media vuelta, golpeo despacio la ventanilla de su lado y, cuando la baja con la misma cara de susto que debo de tener yo, hablo:

—Piensa en por qué tienes este vehículo con pinta de ser extremadamente caro. Estoy bloqueada. Y no podemos irnos… —Me voy atropellando con las certezas—. Lo van a ver. No hay manera de ocultarlo.

Lo único que puedo hacer es exponer la situación. ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta de semejante coche? Doy dos pasos hacia atrás, observo el vehículo, tengo la impresión de que es la primera vez que lo veo. Y no es así.

Guido hace un gesto con la mano y me acerco.

—Me lo ha dejado Ismael en el último momento —dice sin apartar sus ojos de los míos—, porque a ti se te ha estropeado el tuyo. Ismael es el hijo de un empresario.

Cuadra con la situación. Aunque creo que ahora mismo me encajaría cualquier historia.

—Vamos, que Ismael eres tú.

—Sí —responde convencido; y si él lo está, no seré yo quien diga nada.

Según abro la puerta del garaje noto un escalofrío que me eriza toda la piel; hoy la máxima era de dos grados.

—Funcionará —murmuro.

«Tiene que funcionar», me convenzo; mentiras peores he contado.

Odín se acerca y voy a su encuentro mientras Guido maniobra. Lo abrazo.

—Te han bañado, ¿eh? —le digo achuchándolo.

Adoro a este perro.

Guido apaga el coche y escucho cómo cierra la puerta del garaje. Frente al maletero, saco mi maleta y Guido se cuelga su mochila del hombro.

Mis hermanos ya están todos aquí, y tengo muchas ganas de conocer a Bastián, solo pensarlo se me pone una sonrisa en la cara.

Pero sobrevolando va a estar la mentira sobre el coche.

¿Cómo se me ha podido pasar? Todavía no lo entiendo.

Estoy demasiado cómoda, no estoy nada en alerta cuando Guido y yo estamos juntos, tiene que ser eso.

—Que comience el show —susurro recordando las palabras que dijo él antes de enfrentarse a su hermano.

—¿Más tranquila? —pregunta, parado frente a mí mientras baja la puerta del maletero para cerrarlo.

—¿Podrás sostener la mentira? —Necesito una ratificación, seguridad…

—Soy un profesional. —Se ríe y entonces soy consciente de lo que vamos a volver a hacer.

Es inevitable: se me acumulan los remordimientos y los nervios se arremolinan en mi estómago.

—Si se enteran de esto alguna vez, no me lo van a perdonar jamás —murmuro.

—¿Que al final el coche es mío? —aligera la situación con su tono, o lo intenta.

Pongo los ojos en blanco y después los cierro mientras niego.

—Creo que nunca había llevado una mentira tan lejos —admito.

Tengo que asumir que cuando decidí no contar la ruptura con Guido a mi familia no era consciente de lo que supondrían estos viajes a casa. Quizá tendría que haber puesto una excusa para que no tuviera que estar aquí.

—Yo jamás había mentido tanto en mi vida y, ya ves, las digo casi de forma automática.

—Pone las manos sobre mis hombros y no me queda más remedio que mirarlo—.

No se van a enterar. Y van a estar encantados de que hayas venido con Guido, tu maravilloso novio que viaja durante tres horas para verte quince minutos en Navidad.

‹‹Qué manera más absurda de mentir››. Cierro los ojos, porque me doy un poco de vergüenza. y cuando los abro me encuentro con que él ladea una sonrisa. Se parece un poco al malo de La Bella y la Bestia.

—No sobreactúes —le advierto—, te veo emocionado.

—Lo estoy. —Su gesto es genuino, y diría que la felicidad que veo en sus ojos también.

—Pues recuerda cómo eras en navidades.

Ladea la cabeza sin soltarme, sin alejarse ni un milímetro.

—En la primera visita, y tan accidentada, estaba más cohibido y aún así confesé que mi postura favorita es el sesenta y nueve.

—«Demasiado cerca, demasiado guapo», pienso, y no sé si quiero que se aleje—.

Y, de hecho, me gusta —susurra y se me eriza el vello de la espalda recordando ese sesenta y nueve que sí que hemos puesto en práctica—.

Todo lo que haga va a estar bien —remata en el mismo tono.

Podría admitir que no me queda ninguna duda al respecto, también podría confesarle que es un hombre con el que soy muy compatible en la cama y que me gusta muchísimo cómo me toca.

No lo hago, no es el momento ni vendría a cuento.

Pero mi cuerpo actúa en nombre de mi silencio y coloco mis manos en su pecho; ¿busco estabilidad o solo es la necesidad de tocarlo?

Él me sujeta por la muñeca y las yemas de sus dedos me rozan la sensible piel donde podría detectar mi pulso si presionara un poco.

Sus ojos se quedan anclados en mis labios y yo tomo aire porque me falta. Un cosquilleo en el abdomen se va expandiendo por todas mis terminaciones nerviosas.

Voy a besarlo y me da igual…

Odín mete el hocico entre los dos.

Doy un paso atrás y dejo caer los brazos. Él sonríe, parpadea deprisa y retira su mano de la mía. Podría analizar lo que acaba de interrumpir mi perro, pero no me da tiempo porque la puerta que une el garaje y el salón se abre y el sonido me sobresalta.

Roque nos mira a los dos.

—Había escuchado algo y… —Muestra su sonrisa más granuja, pero desvía la vista y suelta un silbido largo y agudo—. ¿Este es tu coche?

Nos sortea y camina hacia el vehículo negro que… Pongo los ojos en blanco. El coche es muy llamativo. Necesito que la suerte se ponga de mi parte para que mi familia crea toda la historia que hemos inventado sobre el coche.

—Es de mi amigo Isma, nos lo ha dejado en el último momento. —Guido lo dice sin dejar de mirarme y termina con una sonrisa apretada y las cejas subiendo—. El plan B —remata.

—Menudo plan B. —Roque rodea el coche todo lo que le permiten los otros vehículos y lo admira. Parece que está en un museo—. Si esto lleva motor Ferrari… —murmura.

Guido se vuelve hacia él y se le escapa una media sonrisa cómplice.

—El V6 de 2.9, biturbo —completa mi novio falso.

Y se enredan en un montón de datos técnicos.

A pesar de no entender nada, escucharlo casi me hace temblar, porque no está presumiendo, está volcando en cada detalle la pasión que siente por ese coche.

Qué absurdo que me resulte tan obscenamente atractivo la manera en la que lo dice.

Parpadeo varias veces y busco un anclaje fuera de la fantasía que me provoca su voz.

—Quinientos veinte caballos… —repite mi hermano—. Tracción trasera, ¿no?

Roque pasa los dedos con veneración por el capó.

—Es una locura tomando curvas. —Guido asiente con una sonrisa que acaba mordiéndose y yo tengo que tomar aire.

—Lo firma Ferrari, macho —suelta Roque con obviedad; creo que es la tercera vez que menciona la marca.

—Y debe de consumir el equivalente a todo el magma del manto —añado cortando la conversación que tiene pinta de volverse interminable.

Ambos me miran y me hacen sentir que antes era invisible.

Guido carraspea y Roque vuelve a admirar el coche, ignorándome por completo.

Que no me parece mal, porque debería controlar lo que mi novio falso está suscitando en mí y recomponerme sin que mi hermano lo note…

¿O no? ¿No sería más creíble que mi hermano viera… ?

Ostras, qué lío tengo. Mi Excel mental no hace más que abrir celdas nuevas y no sé cuáles debería cerrar.

Guido tiene su sonrisa torcida… ¿Se ha dado cuenta de lo que me pasa? Necesito entrar y tranquilizarme, a ver si se me va este calor repentino. Si no fuera imposible juraría que estoy ovulando.

—¿Habéis acabado ya con el ritual de apareamiento? —pregunto; el subconsciente me traiciona con la palabrita.

Podría entrar en casa y que ellos vinieran después, pero no me apetece improvisar sola.

—Depende —dice mi hermano sin mirarme si quiera—, me apetece oírlo rugir.

Guido se ríe; yo resoplo.

—Te lo dejo cuando quieras.

Se me abren los ojos tanto que se me secan y niego, tengo a mi hermano de espaldas, pero Guido sí me ve.

—Porque lo cojo yo más que mi amigo. Ismael no va a tener ningún problema —rectifica.

Cierro los ojos.

—¿En serio? —Roque está ilusionado, parece un crío.

—Chicos, vamos —apremio, quiero que termine la conversación antes de meter la pata—. ¿Qué tal Bastián? —pregunto, y consigo que mi hermano se dé la vuelta con el cariño infinito pintado en la cara.

Es increíble cómo pasa en segundos de fliparlo cual chaval con un coche nuevo a ser un padrazo.

—No se despega de Ana. Es muy asustadizo.

—Nos mira a Guido y a mí; habla sin drama.

Se diría que lo tiene completamente incorporado—.

Os pido, al igual que he hecho con los demás, que, cuando lo veáis, no vayáis directamente hacia él.

Tampoco lo llaméis. Un saludo desde la distancia y sin contacto. En serio, se asusta con facilidad.

Ana, Roque y Bastián llevan aquí desde el jueves.

Querían convivir con mis padres y la yaya antes de conocer al resto de la familia.

Mi hermana y Martina llegaron ayer por la tarde.

De hecho, Luisa y Gaspar vendrán mañana solo a tomar café y se irán.

Ana y mi hermano le han dado muchas vueltas y parece ser que la psicóloga les dijo que una adaptación progresiva en un entorno seguro era lo mejor para el niño.

—Vamos, Odín —le dice mi hermano, acariciando su cabezota peluda—, que hoy tienes permiso para estar dentro.

El perro se pone a su lado y mi sonrisa crece; me encanta cuando Odín puede estar en casa.

—Qué suerte —le digo y froto el pelaje de su lomo.

—Es un privilegiado, Bastián lo adora.

—No me extraña, es el mejor de todos nosotros —digo y miro a Guido, que también sonríe.

Entramos en el salón y enseguida me rodea el ambiente apacible que se respira: la chimenea encendida y las luces indirectas de las lamparitas crean un clima acogedor.

Ana está en el sofá, tejiendo… A su lado asoma una cabecita de pelo negro; debe ser Bastián.

Odín se dirige hacia él, parece saber dónde tiene que estar, y se tumba en el suelo a su lado.

—Ya habéis llegado. —Ana nos mira, pero no se levanta.

—Sí. —Abro mucho los ojos—. Aunque con el coche prestado —aclaro y, según lo digo, sé que sobra; los nervios se expanden desde mi estómago.

Vuelvo a ser consciente de que soy mejor novia falsa delante de la familia de Guido que de la mía.

—Bastián, son tus tíos. Deva y Guido. —Roque nos presenta.

Levantamos la mano y le sonrío. Es muy bonito, tiene unos ojos grandes marrones enmarcados por unas pestañas abundantes y oscuras.

En cuanto nos echa un vistazo, vuelve a mirar al suelo, y luego a Odín, a quien acaba acercándose para acariciarle la cabeza.

Nuestro oso negro la mueve bajo su mano.

Miro a mi hermano que, sonriente y pletórico como hacía mucho que no lo veía, se sienta con Ana.

En cuanto nuestros ojos se encuentran, hago ese gesto que muestra que me puedo morir ahora mismo de ternura.

No conozco la historia de Bastián, ellos tampoco saben mucho, pero quiero que a este niño no le pase nada malo desde ya.

Que todo lo que ha padecido hasta llegar aquí se borre y su vida se convierta en la más feliz.

—Es el año de los sobrinos —me dice Guido en bajo; está a mi lado y, cuando lo miro, me dedica una sonrisa que remata con una subida de cejas.

No me lo esperaba. Y justo ahora soy consciente de cómo nos ha presentado mi hermano, de cómo Guido forma parte de la familia de Bastián porque forma parte de mí.

—Si eres capaz de bromear sobre este tema, ya estás un paso más cerca de pasar página de verdad —susurro y enfoco el tema en él, no en lo que mi cerebro está procesando.

—El Guido ficticio es todo un descubrimiento. —Chasca la lengua.

Entonces, su mano agarra mi muñeca y la toca de nuevo en la zona interna. Es el mismo gesto de hace un rato, pero las connotaciones son distintas; esta vez es el recuerdo de que estamos dentro de nuestra performance.

Y está bien.

Necesito ese recordatorio, porque lo del garaje ha sido…

«No sabes lo que ha sido, Devita, pero te ha gustado».