Bésame por logística 64 COCHECOCHE112
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Llego al barrio de Deva y está tan lleno de coches que es imposible aparcar; menos mal que el mío lo dejo en su garaje para ir al pueblo en el suyo. Si me dan la opción, no soy partidario de dejarlo a la intemperie.

Estoy más tranquilo de lo que esperaba. Creo que alejarme de mi realidad me ha dado aire, pero vuelve a pasar algo que no termino de entender muy bien: tengo ganas de volver a ser ese Guido que conoció a la familia de Deva.

Encuentro seguridad y comodidad en ese papel…

Y no sé si es porque me lo quiero creer o porque lo que tengo en casa es tan jodido que, cuanto más me aleje, mejor me encuentro.

Durante esta semana, cuando Deva no llegaba muy agotada a casa, jugábamos a la consola mientras hablábamos por teléfono.

Es fácil estar con ella sin la vida real pesando; es un lugar en el que puedo ser yo, y esto choca directamente con que somos el origen de las mentiras que nos rodean.

Miro la hora y es extraño; suele ser puntual, pero ni ella aparece ni la puerta del garaje se abre. Le he mandado un mensaje en el último semáforo antes de llegar y me ha dicho que estaba a punto de arrancar.

Unos golpecitos en la ventana me sobresaltan.

Bajo la ventanilla. Deva está acalorada y con un gesto de enfado.

—Mi coche no se mueve —dice y cierra los ojos con dramatismo, lo que me da una pista de lo descuadrada que se siente.

—Vamos en el mío —resuelvo de inmediato.

—Es una faena. He venido del hospital bien, y ahora ha arrancado, pero… —Chasca la lengua y luego resopla; los mechones sueltos cruzan por delante de sus ojos y ella los aparta sin mucho éxito; hace un aire terrible.

Salgo del coche y abro el maletero para que guarde su maleta de cabina.

—¿Has hablado con Roque? —Su hermano es mecánico; sería mi primera opción en su caso—. Si quieres, podemos mirarlo mientras nos dice qué puede ser. Igual es un fallo tonto…

—Lo he llamado —interrumpe—. Lo he puesto en altavoz y… —cierra los ojos—, cree que es la pieza de caja o algo así. Lo mirará cuando baje del pueblo, porque además dice que, si es así, habrá que sacarlo con la grúa. Que ni se me ocurra moverlo.

—Bueno… Poco más podemos hacer. —Intento tranquilizarla.

Tiene la cara demudada. Es una controladora nata y esto se escapa de su radio de acción; me recuerda a la Deva que conocí en casa de sus padres—.

Vamos. —Hago un gesto con la cabeza hacia el lado del copiloto.

No llevo el abrigo puesto y, entre el viento y el frío, parece que tengo los pantalones mojados.

Niega e inspira por la nariz; su cabeza no ha salido del fallo mecánico que le ha dado el coche. Si no me equivoco, es muy posible que haya abierto un Excel en su cabeza para organizar su semana basándose en el coche averiado.

—¿Te ha dicho si tardará mucho en arreglarlo? —pregunto mientras se abrocha el cinturón.

—Si es lo que cree que es, ha dicho que cuente con quince días por lo menos. —Tiene la mirada al frente, perdida.

Arranco y me incorporo despacio; hay bastante tráfico.

—Para ir a trabajar…

—Para ir a trabajar me da igual —interrumpe mi frase, enfadada—. Voy en tranvía. Pero el día trece tengo un congreso y contaba con cambiar el turno al de la mañana para ir directamente, dar la ponencia y volverme después. No quería pasar la noche fuera para no pedir más cambios de guardia.

—¿En qué día cae el trece?

—Viernes.

—Te llevo yo.

Me doy cuenta de que tiene los ojos fijos en mí, pero no dice nada. Subo las cejas con obviedad.

—¿En serio? —pregunta casi en un susurro.

—Claro.

—Bueno, a ver si Roque se equivoca y no tarda tanto. —Parece recobrar la compostura.

—Y si no se equivoca, el plan B es seguro. No te preocupes.

Le cambia la cara; entiendo que su agenda mental empieza a cuadrar y la sonrisa quiere aparecer, aunque le cueste.

Salgo del laberinto de calles de su barrio y nos encaminamos hacia la variante.

Apenas nos queda una hora hasta el atardecer y hay un pequeño tramo que hacemos con el sol de frente.

Me recuerda a ese juego al que jugábamos mi hermano y yo cuando éramos pequeños, el Out Run, excepto que mi coche no es descapotable.

Tarareo la canción de Bastille que se escucha a un volumen muy bajo en la radio mientras me coloco las gafas de sol.

—Estás de buen humor —dice recostándose.

—Lo estoy —admito—. Si te digo que me apetece subir a casa de tus padres, ¿suena a que estoy zumbado?

Suelta una carcajada.

—Un poco sí, pero no por el hecho de que vayas a fingir ser mi novio, sino porque aquello es una jaula de grillos.

Recorremos varios kilómetros en un silencio cómodo y parece increíble que hace poco más de un mes esta chica y yo no nos conociéramos.

—¿Todo bien en la oficina? —pregunta justo cuando tomamos el desvío hacia la autovía que nos llevará a la montaña; desde el miércoles no hablamos.

—Todo bien. Saber que lo de la Ecolabel va como un tiro crea un ambiente muy bueno.

—Y tu predisposición a no mirarlos como si cada día les estuvieras perdonando la vida ayudará. —Es directa esta novia falsa mía…

—También.

—¿Y tú? ¿Bien? —Se vuelve hacia mí.

—Vamos con la verdad, ¿no?

Hay bastante tráfico; muchos coches cargan con esquís y tablas de snowboard. Deva sonríe de medio lado y hago una compilación de verdades, de las que solo me he permitido procesar cuando estoy solo.

—Nosotros no nos mentimos —dice con obviedad y la mueca resulta tan infantil que me hace reír.

«Si no nos mintiéramos, te diría que me gustas y que quiero que probemos a tener una relación de verdad, otra vez, con menos dudas que aquella madrugada», pienso. Pero claro, si se lo digo, estoy seguro de que se asustará.

Tomo aire y alcanzo una velocidad cómoda para ir por el carril de la derecha.

—Hay mañanas en las que creo que lo tengo controlado hasta que los veo sin que se den cuenta de que estoy cerca.

—Porque sé que también están haciendo un esfuerzo por no acercarse cuando estoy delante—.

Entonces tienen un gesto, una mirada, un silencio compartido y lleno de esa intimidad que antes era mía y ahora la tiene con mi hermano, y se me jode algo dentro.

Parece que Nora hubiera buscado un sustituto y él me hubiera quitado algo que ni siquiera era mío.

—Resoplo—. Una mierda sin sentido, ¿sabes?

—Ya… Sé que ya te lo he preguntado, pero a veces me surge la duda, ¿seguro que no sigues sintiendo algo por Nora?

—No estoy enamorado… —Vuelvo la cabeza hacia ella un segundo—. No es eso, para nada —aseguro.

—Sigo queriendo creer que… el sentimiento que surgió no pudieron esconderlo —habla despacio, meditando cada palabra y, esta vez, escucharla no me molesta. Creé mi discurso alrededor de su premisa cuando hablé con ellos.

—¿Lo dudas?

—Claro. Jamás he tenido una relación con nadie. Aunque supongo que es difícil disimular que estás con alguien si trabajáis juntos —responde con obviedad.

—Por supuesto. —Me da la risa—. Tú eres más de aparentar que tiene relaciones que de tenerlas.

Abre la boca, va a protestar, pero solo me da un golpe ligero en el hombro. Se ríe.

—Suena igual de enrevesado que es. —Se tapa la cara con las manos y me hace reír a mí—. Qué desastre.

—Si pudieras hacer algo para poner fin a toda esta farsa, ¿qué harías? —planteo sin pensarlo mucho.

—No entiendo.

—Resolverla a tu manera, sin mentir en casa, ¿qué harías?

Hace un ruidito de comprensión y asiente; le cuesta unos segundos empezar a hablar.

—Abriría los cráneos de mis padres e introduciría un hipotálamo nuevo en sus cerebros, para que entendieran que esa liberación de oxitocina que propicia el amor en pareja les va bien a ellos y no a mí.

—Asiente convencida, seria—. Y entonces les explicaría que su hija tiene demasiado activa la corteza prefrontal y no es capaz de pasar por alto los contras de tener pareja.

Creo que no he entendido ni la mitad, pero me ha parecido una mezcla terrorífica de ciencia ficción y medicina.

—Uff, Mary Shelley, vaya respuesta.

Finjo un escalofrío.

—Es que no sé si podría resolverlo sin que ellos pensaran que soy una desgraciada que no sabe lo que se está perdiendo. —Se encoge de hombros—. ¿Y tú? ¿Cómo lo resolverías lo tuyo sin mentir?

—¿Yo? Les diría que no puedo con esta mierda y me largaría, lejos, lejísimos.

Dejaría de trabajar en la empresa de mi padre y que ellos siguieran su curso, sin estar yo delante.

—Visualizarlo me da paz, pero creo que es más ciencia ficción que lo que plantea Deva—.

Odiarlos en la distancia sería mucho más fácil.

Un nuevo Guido, que no resuelve problemas, está forjándose dentro de mí. Nunca he sido un avestruz; en el trabajo me encanta solucionar lo que se bloquea, para planificar y anticiparlo; me considero resolutivo. Pero esto… Esto no tiene nada que ver.

—No los odias —dice.

Y lleva razón; lo que odio es la situación.

El silencio solo lo llena la canción Oblivion, de Bastille; y el estribillo resulta tener una puntería irritante.

—No lo hago —susurro bajando todavía más el volumen de la música.

Mis dedos tamborilean sobre el volante.

—Si los odiaras, no dolería tanto —resuelve.

Pongo el intermitente y adelanto a un coche que va pisando huevos y me está poniendo más nervioso que esta conversación que parece haberse dado la vuelta.

—Si me largara, sí acabaría odiándolos.

Toma aire y suelta un discurso que me deja asombrado:

—Lo entiendo, llenarte de rencor sin ver cada día lo que hay de verdad entre ellos acabaría con cualquier posibilidad de acercamiento.

—Se encoge de hombros y no deja de mirar al frente—.

No soy la tía más empática del mundo; es más, creo que a mí no me dieron mucho de eso.

Pero la verdad entre Nil y Nora es que se quieren.

Escuchar que se quieren me escuece, y no sé qué dice eso de mí; pero lo obvio y me centro en cómo habla de sí misma. No estoy nada de acuerdo con ella porque he sido testigo directo de su empatía.

—Pensaba que eras obstetra, no psicóloga —respondo a su análisis intentando bromear, porque quiero cortar esta conversación con mi hermano y Nora de protagonistas.

—Bueno, cuando eres médico, a veces tocas todos los palos un poco.

—Ya lo he visto: también quieres ser neurocirujana y hacer de tus padres unos nuevos Frankenstein. —Le saco la lengua cuando noto que me mira.

Sonríe y niega.

Me gusta.

Qué locura.

El eco de la voz de Ismael resuena en mi cerebro.

Si no estuviera al volante, no dejaría de mirarla.

Solo puedo hacerlo durante otro par de segundos y su mirada soslayada, fingiendo un desdén dramático y orgulloso, me atrae tanto que pararía el coche solo para besarla.

A toda esta atracción le sumo su capacidad de bromear sin que se le escape una sonrisa y estoy vendido, mi excitación es inmediata.

Es noche cerrada cuando entramos en el pueblo; está lleno de nieve, pero las calles para rodar están despejadas. También lo están las aceras.

—Hay sitio en el garaje. Espera. —Deva sale del coche y el vaho que sale de su boca se arremolina a su alrededor.

Apago la música y la sigo con la mirada mientras pasa por delante de los faros. Podría no ser mentira, ella y yo llegando a casa de sus padres siendo de verdad novios, sin fingir. Me pregunto qué diferencia hay con lo que vamos a hacer.

Deva se para y se vuelve; su cara muestra un terror tan puro que parece otra persona.

Mira el coche, luego a mí, y entonces camina con pasos fuertes hacia la puerta del copiloto.

Entra y cierra dando un portazo; me duele en el alma que casi haga la puerta de mi coche giratoria, pero no le digo nada porque rezuma tensión.

—Ostras… —susurra y niega.

—¿Qué? —Empiezo a preocuparme—. ¿Te has dejado algo?

—Mira qué cochazo tienes, Guido —lloriquea.

—Sí —digo, porque lo es; me encanta mi coche y acaricio el volante con devoción absoluta hacia mi Alfa Romeo.

—Eres repartidor —sigue susurrando.

Tardo un segundo en comprender lo que está diciendo.

Joder…

Se me abre la boca. Tengo un coche de más de cien mil euros. No hay forma de que, con mi supuesto sueldo falso, cuele.

Ni de coña.