Bésame por logística 68 FAMILIA
65%

68 FAMILIA

Deva se ha quedado en el baño de arriba. Entiendo su necesidad de espacio después de la pequeña o gran revolución que se ha desatado en su habitación.

Yo he bajado al salón, donde estoy dando las buenas noches a Ana, Roque y Bastián. El niño nos mira a todos con una cautela recelosa y soy testigo de cómo Lupe contiene las ganas de achucharlo cuando él solo se despide con la mano.

—Pobre; los niños deberían tener prohibido sufrir —dice la madre de Deva en cuanto los perdemos de vista en lo alto de las escaleras.

—Poco a poco se irá abriendo —responde Julián—. Os ha tocado cenar en el segundo turno, ¿eh? —me dice a mí .

—No tengo ninguna queja —respondo.

—Cómo me alegro de que hayas venido, no las tenía todas conmigo. —Lupe se acerca y me agarra el brazo.

—Y esto… —Julián mueve las manos mostrando sus palmas—, parece serio —dice con un gesto amable.

Aguanto las ganas de responder un «ojalá lo fuera»; pero, dada la conversación de hace unos minutos, ni siquiera sé si puedo desearlo.

—¿Sí? —Se me escapa una risa con la pregunta.

Es una estupidez que sienta que, si son ellos quienes lo confirman, tienen razón.

—Es mucho más de lo que le ha pasado a Deva hasta ahora. Por fin. —Lupe está feliz. ¿Alguien lo duda?

No es más que otra pista sobre la presión romántica que rodea a Deva. Y entiendo que se haya visto forzada a mentir sobre sus relaciones, porque intuyo la posible condescendencia hacia ella cuando ha intentado defender su postura sobre la soltería.

Mi novia falsa baja las escaleras sonriendo, gesto que consigue que deje de pensar en que lo que he terminado planteando hace unos minutos es una estupidez. Es de locos; quiero que diga que sí. Puedo asegurar que hacía tiempo que no sentía esta atracción por nadie. Desde Nora…

—Bastián es muy tierno. —La emoción con la que habla Deva se refleja en la cara de su madre.

—Y tu hermano parece otro a su lado —aporta Julián.

—Tan protector, ¿verdad? —añade Deva.

Ileana se asoma por la puerta de la cocina.

—¿Cenamos? —pregunta desesperada.

—Esta chica tiene muchísima hambre últimamente —dice su madre.

—Será eso de comer por dos —ríe Julián.

—Eso no es así. Lo sabéis, ¿verdad? —Deva se pone seria—. No la cebéis, no va de esto.

—Ya… Ya… —responde Lupe.

—¡Venga, o empezamos sin vosotros! —Ileana vuelve a advertirnos.

Los padres de Deva se quedan en el salón y nosotros vamos a la cocina. Esperar a la conversación que ha quedado pendiente me va a resultar complicado, las ganas de estar cerca de ella no creo que vayan a pasarse con hacer ver que somos novios delante de su familia.

Quiero más.

¿Y si dice que no?

¿Se acabaría el sexo?

¿No habrá más besos de verdad?

No quiero tirar por tierra lo que ya tengo a su lado, pero no descarto que pase y el órdago ya está echado.

—Ya era hora, cerrad la puerta, anda. —Ileana habla con el ceño fruncido.

Una vez sentado al lado de Deva, nos encontramos con las miradas de la pareja enfocadas en nosotros.

—Se os ve genial —dice Martina.

Deva baja la vista.

—Ya vale. Cenemos, por favor —pide.

—¿Y a esta qué le pasa? —Ileana me mira interrogante.

—Está un poco tensa —contesto.

La mirada que me lanza Deva, entre enfurruñada y confundida, consigue que apriete la sonrisa. La besaría; quiero poder hacerlo.

—No lo estés, pasadas las navidades, el foco ya no está puesto en vosotros. Solo tenéis que ser como hasta ahora. —Martina nos da su validación profesional y me doy cuenta de lo que hemos avanzado desde esa primera clase de intimidad.

—Ya sé que seguís con este tema hasta la boda de tu hermano.

—Ile… —susurra Deva mortificada.

Que me recuerden la situación de mi casa me remueve, está claro que no puedo darle la espalda, pero ahora mismo no me apetece hablar.

—Sí, seguimos con este tema… —Lanzo a Deva una mirada tranquilizadora.

Ella sube las cejas, redirige la conversación al embarazo de Ile, que es terreno seguro, y empieza a comer.

La cena continúa tranquila; hablamos también de Martina y de la serie en la que está metida, del coche averiado de Deva y de mi coche, porque parece que Roque lo ha mencionado. Ileana se muere de la risa.

—Vaya cantazo. No contempláis contar que eres el director de una empresa de cartonajes importante en el sector empresarial, ¿no?

—Adjunto —señalo.

—Adjunto —se burla Ile y Deva se tapa los ojos—. La millonada que debe de costar ese coche. A Roque le deben de estar dando vértigos con solo saber que está en el garaje.

Le doy un toque a Deva con mi rodilla, me mira y elevo un hombro quitándole importancia.

—No es tan grave —digo y no dejo de sonreír, me encuentro muy a gusto con esta gente.

—Llevas razón, hemos salido airosos de ese bache —concluye Deva mientras me echa un vistazo y termina mostrando una sonrisa medio orgullosa.

—Hasta que se entere Gaspar —dice Martina mientras pela una manzana, concentrada en que no se rompa la espiral que está creando.

—¡No tiene por qué enterarse! —salta Deva alarmada.

—Claro que no, Devita, claro que no. —Ile le pide a Martina un pedazo de fruta y lo mordisquea.

—Es el coche de Ismael —digo dándole un peso de verdad—. No tiene por qué pensar nada raro.

—Aquí tenemos la credibilidad. —Martina me señala—. Sin fisuras. Guido se lo cree, ergo, Gaspar se lo cree.

—Gracias por afianzar mi faceta de embustero. —Levanto el pulgar.

Nos reímos, hasta Deva lo hace y, conforme pasa la cena, noto que se va relajando, que vuelve a tocarme sin querer. Me pregunto si ella se dará cuenta de que aquí, delante de su hermana y su cuñada, no es necesario que parezcamos cercanos, confidentes, íntimos, pero que nos sale solo.

Entre todos recogemos la cocina, y en el salón nos encontramos a Roque compartiendo un rato con sus padres.

Están viendo una película o serie, mientras intercambian opiniones cortas y a un volumen bajo.

Con todos sentados el único asiento que queda libre es el cheslón, y es lo suficientemente grande para que nos acomodemos los dos si la posición es íntima.

—¿Nos quedamos a ver la tele? —le pregunto en voz baja. Quiero que me diga que no, que conteste que mejor subimos a la habitación, pero ella vuelve la cara y veo un atisbo de pánico en sus ojos.

Tomo la iniciativa, me acomodo contra el respaldo y abro las piernas; Deva se sienta entre ellas, pero no se apoya contra mí.

Roque nos tira una manta en forma de bola, su hermana la recoge y lo llama burro y su hermano le saca la lengua.

Lupe chista y Martina dice por lo bajo que ellas ya han visto la serie.

Se supone que nadie está pendiente de nosotros, ya sabemos que no somos la novedad, pero la postura que mantiene Deva entre mis piernas, además de incómoda para ella y rara para ser una pareja, ni siquiera me deja ver la tele.

—¿Te recuestas sobre mí? —susurro dejando claro que estamos muy lejos de parecer naturales.

Mueve el cuello y escucho un pequeño chasquido.

Juego con mis dedos sobre la piel del sofá hasta que alcanzo su brazo.

Acaricio el interior de su muñeca de forma sutil y la llevo a ese punto que ambos conocemos bien.

Coge aire y asiente. Me apoyo en el respaldo a la vez que ella lo hace contra mí y… Se siente perfecto.

Inclino mi cara hacia su pelo.

—¿Estás bien? —susurro mientras el resto sigue hablando.

Suelta una especie de «Ajá» con la boca cerrada.

Entonces el capítulo se termina y Lupe emite un quejido sobre algo relacionado con el fin de semana que viene.

—¿Qué actuación? —pregunta Ile.

—Es una congregación de corales de la montaña. Luisa gestionó todo en noviembre y no nos acordábamos —explica su padre; Lupe resopla un poco fastidiada.

—Con lo que te gusta cantar, mamá. No me lo creo. —Roque pone los ojos en blanco y mira hacia la tele, donde empieza el siguiente capítulo.

—Queríamos ir con Luisa y Gaspar a una fiestecita en uno de los clubs al que hace un montón que no vamos —aclara su madre.

—Mamá… —protesta Roque mientras se tapa la cara con las manos.

—Ostras… —susurra Deva—. Pensé que habíamos tocado techo con los mensajes de los lactobacilae.

Tengo que aguantar una carcajada; Martina también sonríe con discreción.

—Hijo… Ya va siendo hora de que lo asumas.

—Si lo asumimos, ma, pero quizá no necesitamos tantas explicaciones —añade Ile.

—Ha dicho que no se creía que no quisiera cantar, solo…

Un susurro de Julián corta la explicación de Lupe.

El capítulo empieza y todos se concentran en la televisión.

Deva se relaja contra mi pecho y a mí me genera un calor en el abdomen que no freno.

No presto atención a la serie y me pierdo en una costumbre que no he inventado con Deva: acaricio de forma sutil el dorso de su mano.

Entonces algo cambia en ella, se deja caer más contra mí y la voltea para que acaricie su palma.

Con las yemas de mis dedos, trazo espirales sobre su piel y me regodeo en la respuesta de todo su cuerpo contra mí.

Entrelaza nuestras manos y siento un punto de excitación creciente.

Tomo aire de forma audible cuando sus caderas presionan hacia atrás y…

—¿Nos vamos a dormir? —susurra volviendo su cara hacia la mía y lanzándome su aliento en forma de tentación.