Bésame por logística 62 ¿YA? YA
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62 ¿YA? YA

Mi hermano me mira de reojo, creo que no entiende que mi interrupción va por ellos. Es normal, llevamos un mes en el cual solo interaccionamos para efectos profesionales.

—¿Puedo hablar con vosotros dentro de… quince minutos? —les pregunto y, según lo hago, la seguridad quiere fugarse. Estoy temblando, pero espero que no se me note.

—Claro. —Nil sonríe; y sé que mi cara no es la misma cara de mierda de estos días atrás.

Voy a ir a por todas. Si lo suelto, no van a tener más opciones que creerme, y eso ayudará a que yo también me lo crea, ¿no? De esto va el tema de las farsas.

Salgo de allí con la taza vacía en la mano y marco el contacto de Deva.

—¿Quieres que tengamos esa charla sucia por teléfono para dar el pego? —contesta en cuanto descuelga—. No soy esa persona, Guido.

Parece una riña y a mí me sale una carcajada que causa en Óscar, a quien me cruzo antes de entrar en mi despacho, un sobresalto.

—No, joder… No dices follar, no quedaría sensual que me hablaras del coito —susurro cerrando la puerta de mi despacho.

Agradezco este puntazo que le ha dado a esta chica, no lo esperaba, pero me hace reír y me saca de la realidad que estoy a punto de vivir.

—¿Entonces es porque ha habido avances? —La noto contenta y me gusta pensar que he tenido algo que ver.

—Voy a pedirles perdón por mi comportamiento y me voy a comer los huevos haciéndoles ver que todo va a estar bien.

Se queda en silencio.

Yo tampoco digo nada porque al escucharme en voz alta me ha parecido tan radical e imposible como cuando me lo ha propuesto ella.

—No, ¿verdad? Me estoy pasando. —Froto mi cara, arrepentido de haberles convocado dentro de quince minutos.

—Es un paso acertado, Guido —habla y me agarro a su respuesta positiva—. Pero lleva cuidado, ¿vale? —Ha bajado la voz, ¿está preocupada?

—Antes me has pedido que finja que los perdono —respondo con obviedad. Joder, estoy nervioso.

—Sí, pero es que lo de «todo va a estar bien», justo al día siguiente de pensarlo… Bueno, no sé. Que está…, está bien.

Duda tanto que…

—¿Qué hago? —Un punto de pánico me hace no ver más allá de esta llamada de teléfono.

—No, está bien. Necesitas hablar con ellos y hacerles ver que avanzas, no está mal…

—¿Estás intentando convencerte a ti misma? —El calor de un agobio enorme me atraviesa el cuerpo.

—No, no. Escucha: con que sepan que estás intentándolo es suficiente, y es lo que vas a hacer, ¿no? Solo quiero que no te hagas daño. Que no quedes para comer y pases con ellos la tarde entera fingiendo que vuelves a ser el de antes, así a lo grande.

Vale, entiendo su punto. Tomo aire.

Lo entiendo perfectamente.

—Eso sería demasiado kamikaze incluso para mí. —Hablar con ella me hace bajar expectativas y centrarme en hasta dónde puedo llegar—. Pero sí necesito que ellos empiecen a creérselo un poco —acabo en un murmullo.

—¡Ey! —me anima—. Eso es perfecto, perdona que me haya puesto un poco seria. No quiero que te hagas más daño.

Una manta, en un día frío, no habría sido más efectiva que sus palabras.

—Lo haré con tiento.

—Ese es mi chico —dice y se ríe.

—Voy a acabar pensando que lo soy. —Se me escapa una carcajada, pero también suena a posibilidad.

—Puedes pensarlo, pero no te lo creas.

Chasco la lengua, qué afilada es la cirujana.

Óscar está al otro lado de la puerta esperando que deje el teléfono.

—Tengo que dejarte, empieza el show.

—Llámame si necesitas refuerzos.

—Gracias.

—Siempre.

De locos… «Siempre», dice; esto sí que me lo estoy empezando a creer.

—Guido, hay un fallo con la mensajería interna, están arreglándola. —Óscar habla en cuanto cruza el umbral.

Me altera mucho que haya cambios de última hora, y sobre todo que esto pase sin que haya empezado el día, y la semana.

—¿En serio? —Pongo las manos en mi cintura y niego—. ¿Germán lo sabe? —Lo miro como si estuviera en su mano arreglarlo y no lo hiciera.

—Sí. Y está echando humo. Pooor favor, no le des la razón al refrán ‹‹de tal palo tal astilla›› —recita con retintín—. Volvemos a lo analógico, te dejo aquí la agenda con tu día.

—He quedado con Nil y Nora en unos minutos; entraremos en la reunión un poco más tarde —aviso.

No sé cuánto tiempo vamos a estar hablando, pero mejor dejarlo claro por si se alarga, porque tenemos una asamblea previa a la videoconferencia con Bruselas y los tres estaremos allí, junto a Laura.

—Peeerfecto —canturrea, apunta y asiente.

Cuando abandona mi despacho, busco la taza de café, que no sé ni para qué la he traído si está vacía.

Óscar ha dejado la puerta abierta, Nil y Nora aparecen en el pasillo y, por hacer algo, opaco los cristales.

Mi corazón aumenta el ritmo de sus latidos y el estómago se me aprieta un poco.

La cara que muestra Nora está entre el susto y la curiosidad.

La de Nil es de pura esperanza y consigue que me sienta un cretino.

Bueno, aquí tengo otra razón para mentir: hacer ver que no soy tan imbécil, ¿no?

—Tú dirás, hermano, porque creo que esto no va de ser el jefe. —Bien, Nil entra a por todas, lo que indica que estaba muy próximo a cumplir su límite de seguir esperando hasta encararme de nuevo.

Los enfrento: primero a uno, luego a otro, y decido que no voy a moverme de donde estoy. Apoyo el culo en mi escritorio.

—Quiero pediros perdón por este mes de mierda… —empiezo, pero Nora me interrumpe y parece ser que se adelanta a Nil.

—Nosotros también queremos pedirte perdón, creo que deberíamos haberte hecho saber antes que…

—Sí —la corto porque… joder cómo duele escucharlo. Controlo que la sonrisa cínica y un comentario cortante se queden dentro, en otra situación los habría soltado, pero no hoy.

Tomo aire, ninguno habla.

—Quiero entenderos, ¿vale? —Los miro a los dos y las manos de Nora, sobre su abdomen, me muestra una realidad que me abre en canal—. No hay manera de llevar esto si no lo hago. No quiero alejarme de… —«mi hermano»— vosotros.

Aunque desearía que Nora fuera feliz más lejos y que esto no estuviera sucediendo. Aprieto los dientes. Nil carraspea, no sé si va a hablar, pero vuelvo a hacerlo yo:

—Además, yo soy feliz con Deva… Y… —No sé por qué he dicho esto; no tiene sentido, no tiene nada que ver.

Nil frunce el ceño y asiente, no parece muy convencido; pero sigo con este despropósito. Deva tiene razón, debería haberlo meditado más, así que voy a tirar de su discurso, ese que ayer me jodió lo más grande.

—Os habéis enamorado, lo inevitable no se puede detener. —Casi la parafraseo—. Y lo entiendo.

Vaya mierda, para nada suena igual. Nil parpadea, puedo ver su confusión; y Nora mira al suelo, es su forma de no adelantarse a conclusiones.

—¿Quieres decir que vamos a poder hablar sin sentir que cada palabra es una cagada?

Es que, cada vez que interactuamos, nos hundimos más en la mierda.

Yo no sé ni cómo acceder a ti. —Mi hermano aprieta los labios y tiene los ojos vidriosos—.

Dime que esto es un acercamiento para tratar de volver a ser lo que éramos.

Puedo hacer eso.

Puedo hacerle ver que sí, aunque me joda tenerlo delante. Él está dolido, lo veo en sus ojos y en cómo aprieta los puños, pero a mí también me duele la distancia entre los dos.

Trago saliva, carraspeo.

—Es… —No puedo decirlo así, pero… lo intento—. Es lo que pretendo.

—Vale…, joder —susurra y toma aire mientras mira al suelo.

Está perdido. Lo abrazaría si no siguiera pensando que es culpable de… algo, aunque no sé de qué.

—Gracias. —El susurro de Nora me empuja a mirarla; se le llenan los ojos de lágrimas y asiente.

La determinación que me ha traído hasta aquí se está diluyendo; fingirlo no consigue que no duela. Porque ellos sufren, pero yo también.

—Gracias por intentarlo. —Nil asiente y mira el espacio entre los dos, me da la sensación de que quiere fulminarlo y acercarse, pero mi mirada debe de advertirle que no estoy en ese punto y se queda en su sitio.

—Lo lograremos, ¿no? —Me arengo, no solo para creérmelo, sino para que ellos también lo hagan y me den una vía por la que tirar.

Los dos asienten y se miran entre ellos; Nora incluso sonríe de forma tímida, pero siguen manteniendo la distancia entre ellos y conmigo, y lo agradezco. Miro el reloj; nos quedan cinco minutos para no usar el comodín del retraso que le he pedido a Óscar.

—Nos vemos en la sala de juntas. Que nos la jugamos.

—Lo de Bruselas también lo vamos a lograr —dice Nil y sonríe cuando nuestras miradas coinciden.

Esa parte la tengo clarísima. Ojalá lo nuestro fuera tan fácil como conseguir la Ecolabel.