61 QUÉDATE
Mucho antes de abrir los ojos, sé que sigo en la cama de Deva.
No tengo ni idea de la hora que es, pero tampoco me importa.
Lo que tengo claro es que no es la hora de ir a trabajar, seguro, no he dormido tanto.
El hambre, la sed y las ganas de ir al baño, un combo imposible de eludir, son lo que me ha despertado.
A mi izquierda, Deva duerme; la siento respirar muy cerca de mí. Una vez nos tapamos, tardó dos segundos en cerrar los ojos y menos de uno en dormirse.
Salgo despacio de la cama y voy al baño, lavo mis manos, la cara… Al coger la toalla, me doy cuenta de que la calefacción está a todo trapo.
La imagen que me devuelve el espejo me hace resoplar.
Vaya domingo.
Entonces el silencio del baño me envuelve la mente; es curioso, hacía días que no me pasaba. Llevo semanas con un ruido constante cuyo eco rebota en mi cabeza sin parar y que apenas me deja dormir; ni siquiera pensar. Y ahora… Ahora quiero quedarme en este silencio que he encontrado aquí.
—Finge que no duele —murmuro a mi reflejo, como si fuera ella quien me lo estuviera recordando—. Finge que no duele hasta que de verdad deje de doler.
¿Pasará? ¿Dejará de doler?
No lo sé, pero ahora mismo tampoco se me ocurre qué hacer al respecto, y la vida de Nora y de mi hermano no espera.
Un embarazo, una boda, compañeros en la oficina…
La posibilidad de desaparecer de aquí no la puedo contemplar, aunque sea lo que más deseo.
Ignorarlos no está funcionando porque no dejo de acumular rencor.
Y vivir con la sensación inviable de solucionar, perdonar, entender… me está matando.
Salgo del baño y miro a la mujer que me ha dado ese consejo que ahora parece factible; la luz del baño le da de pleno sobre la cara y me muestra una imagen muy atractiva y apacible del descanso.
Sus palabras todavía resuenan dentro de mi cabeza: todo lo que ha tenido que mentir a sus padres para que no se disgusten, para que piensen que de verdad ella vive el amor…
Me ha puesto delante de un espejo en el que mirarme.
No sé si será lo adecuado, pero a ella le funciona y… Puede que a mí también.
Debería irme a casa, pero no quiero. Aunque quizá a ella le incomode encontrarme aquí por la mañana.
El movimiento de uno de sus brazos hacia el espacio vacío donde yo estaba hace unos minutos llama mi atención.
—¿Guido? —pregunta con voz pastosa.
Me acerco, pero no abre los ojos.
—Dime.
—¿Qué hora es?
Miro su despertador, los números digitales en rojo se ven claramente.
—Las tres de la mañana.
—¿Te vas? —Me gusta su voz adormilada.
—No lo sé —respondo con sinceridad. Volver a las sábanas frías de mi cama me parece mucho menos atractivo que dormir a su lado.
Abre un ojo y suelta un gemidito, la luz le da directa en la cara.
—No lo hagas. —Se da la vuelta y se acomoda dándome la espalda.
No necesito más para decidir que me quedo.
—¿Puedo comer algo? —susurro.
—La nevera está llena. —Casi no la entiendo, se me escapa la risita por la nariz.
—Gracias —susurro y anulo la intención de acercarme y besar su mejilla, su cuello, el brazo desnudo que está sobre el edredón...
Para nada tiene intención sexual, solo quiero agradecerle su propuesta, su sinceridad… Pienso en cómo la locura de nuestro trato me hace sentir que hoy pertenezco a este sitio, a esta cama, a esa comida de la que puedo disponer.
—Siempre, Guido —murmura y mis cejas se elevan por la sorpresa.
Sonrío, no sé si está soñando o me lo dice de verdad, pero en mi mente parece un compromiso que asienta todo lo que le acabo de agradecer.
Suena el despertador de mi móvil, lo he puesto muy temprano para poder ir a casa y cambiarme de ropa antes de ir a la oficina.
Deva no se mueve, está acurrucada contra mi brazo.
No me apetece nada ir a trabajar, ojalá pudiera quedarme, pero hay una parte de mí que se anima al pensar en empezar con la nueva estrategia hoy mismo en la empresa.
Fingir que todo está bien, que yo estoy bien, que mi vida va perfecta, que perdono, que no duele…
Bueno, quizá sea demasiado, pero, si no me muevo, volveré al agujero de donde ayer pensé que por fin podría salir.
He dormido de coña esta noche, y después de varios días sin hacerlo, me parece todo un regalo.
Mientras bajo en el ascensor, le envío un mensaje a Deva:
Espero que hayas descansado. Yo lo he hecho. Hablamos para el cumpleaños de Ana.
No sé exactamente en calidad de qué lo escribo.
Si somos solo el espectáculo que damos, o los amigos y amantes que juegan a ser más para salvarse el culo.
Las palabras de Deva, sobre las mentiras hacia sus padres, vuelven a hacer eco y descubro que me da un poco de rabia que se cierre tanto a tener una pareja, sin probarlo, sin que una decepción le haya robado las ganas.
El paso por mi casa es rápido y, al llegar a la oficina, decido que voy a tomarme el café en la sala de descanso donde descubrí antes de navidades que Nil y Nora estaban juntos.
He sido incapaz de entrar desde entonces, pero hoy quiero saber hasta qué punto tengo el control de la mentira que voy a empezar a contar.
Entro y voy directo hacia la máquina de café; ya hay fruta y las vitrinas tienen comida para picar.
Meto una cápsula y sigo el ritual de ese café que voy a tomarme casi ardiendo.
Me agarro a cada movimiento antes de darme la vuelta y volver a la posición que estaba cuando Nil y Nora entraron en la sala aquella mañana.
Miro el punto exacto en el que los vi besándose; ellos pensaban que estaban solos y a mí me cayó una tonelada de decepción encima.
No daba crédito, fue demasiado rápido y a la vez demasiado lento.
Cierro los ojos con fuerza.
Joder…
¿Voy a poder fingir que no duele?
No estoy seguro… Pero quizá sí pueda interpretar una versión de mí menos rota. Ellos no tienen la culpa de haberse enamorado —parece mentira que haya sido Deva quien me lo haya dicho tan claro—, y no todos hacemos lo correcto cuando toca.
Bueno, puedo estar aquí sin derrumbarme, y esto ya es un paso. Aunque mirar hacia ese punto en concreto me tambalee, cada vez me parece menos descabellado el plan.
Me tomo el café, antes de que se enfríe, y recibo un mensaje.
DEVA
¿Quieres que me pase por la oficina
y montamos un numerito erótico?
Mi boca se abre sin querer.
¿Eres Deva?
No me lo creo.
DEVA
¿No me crees capaz o no crees que sea yo?
No esperaba una charla sucia
a primera hora de la mañana.
DEVA
¿Charla sucia? Yo no hago eso.
Me sale una carcajada.
DEVA
Dime que por lo menos te he hecho reír.
¿Dónde tienes la cámara oculta?
Nil y Nora entran, ambos con cara de no haber dormido mucho, en este mismo momento. Tenerlos delante me paraliza un poco; su presencia lo inunda todo y no puedo continuar escribiendo a Deva. Ellos me miran; mi hermano más, porque ya no se corta pidiendo atención.
Una cosa es estar aquí y recordar lo que pasó, otra diferente es encararlos precisamente aquí. Cojo la taza de café vacía y respondo a su saludo matutino.
Quizá necesite un poco de apoyo. Pero… ¿y si empiezo ya a revertir toda esta situación de mierda?
Escribo a Deva.
Tengo a mi hermano y a Nora frente a mí.
¿Alguna sugerencia para presentar
a este Guido farsante?
DEVA
Imagina que ya los has perdonado.
Demasiado radical. ¿No?
E imposible, añadiría.
Escucho cómo hablan en susurros y niego. Lo que propone Deva me parece de locos. Pero, por otra parte… ¿de qué me sirve mantener el rencor en alza si ya me he propuesto mostrarles a este Guido?
DEVA
Yo lo hago.
Cuando hago creer a mi familia que
tengo novio, yo me creo que lo tengo.
Quiero preguntarle cómo hace ver algo que no sabe cómo se siente, pero no estamos en esa conversación.
Voy a intentarlo.
Y gracias por hacerme reír.
Carraspeo y llamo su atención. Tienen la deferencia de no estar pegados el uno al otro, o tocándose, o besándose. Joder, no puedo ser tan ruin, no se lo he visto hacer jamás, solo el día que los pillé. Y si no destierro esos pensamientos, mi farsa no va a funcionar.