Bésame por logística 60 ESTO… ¿ESTÁ BIEN?
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60 ESTO… ¿ESTÁ BIEN?

¿Es mentira? Mi mente acude con un rescate claro: «ten cuidado con lo que respondes», porque no me está preguntando por mi último comentario que ha estado fuera de lugar.

Entonces decido hablar de la misma manera que hablaría conmigo, con esa Deva que, hace unos años, tomó la decisión de mentir a discreción en casa sobre su situación sentimental.

—Te va a mantener en pie. Fingir que no duele, fingir que perdonaste, que está superado…

, te va a construir. En serio, el cuerpo se acostumbra, el alma también, y cuando menos te lo esperes, lo habrás superado.

Es lo que hacemos todos —concluyo; soy una gran defensora de esa mentirosa que mi familia ya ha sospechado varias veces que soy, pero que jamás he confirmado ser.

—¿Todos? ¿Tú también? ¿No ha sido cosa de estas navidades?

—Lo llevo haciendo mucho tiempo. —Pongo los ojos en blanco—.

No sé cuántos novios he tenido para ellos, no he presentado a ninguno, con todos he roto…

—Si alguien tiene que saber toda mi trayectoria de mentirosa, es él y este es el momento—.

Si alguna vez tener pareja se vuelve una realidad, no voy a saber hacerlo —me río, para quitarle drama—.

Pero ellos están bien; y yo, al final, también.

No niego que me fastidie que no entiendan que con lo que tengo es suficiente.

De verdad, a veces fingir no es cobardía, es autoprotección.

—Entonces, ¿te funciona? —El susurro con el que hace su pregunta me dice que después de su explosión ha superado el plano del enfado.

—A veces… Tampoco sé hacerlo de otra manera. —Obvio que me gustaría que mis padres entendieran que lo que finjo no lo necesito y que hay momentos en los que me siento mal, pero es una parte que queda para mí.

—¿Y se lo creerán? —murmura y se acerca más.

—Si muestras que tú sí… —Tomo aire—. Mi familia te creyó —digo bajito, así como me está hablando él, y no entiendo esta subida de temperatura basal entre los dos.

Pasan varios segundos que cuento en Mississippi, y en los que pienso que me va a mandar a la mierda, hasta que Guido vuelve de dónde se haya ido.

—No me conocían.

—Tu familia tampoco te conoce conmigo, Guido. Podemos dárselo.

Asiente y, mientras, hace un barrido visual. Escucho cómo respira y la sonrisa despistada que aparece en su cara origina otra en mí.

—¿Me vas a ayudar? No soy un tío tan fácil, mira la que acabo de armar. —Su mirada de disculpa y un poco avergonzada me enternece.

—Lo necesitabas, y yo también. —Es cierto, necesitaba saber cómo está de verdad y… lo entiendo mucho más de lo que él se piensa—. No dudes, ni un segundo, que estoy aquí contigo.

Me mira la boca y acorta el espacio entre los dos. Casi del todo.

—Has hecho de los beneficios de mentir una tesis. —Sonríe, y a mí me gusta tanto que haya dejado de estar triste que lo apunto como un triunfo.

—Puede ser. —Le quito importancia y añado mi sonrisa orgullosa.

—Gracias —susurra.

Se me atora la respiración un par de segundos en los que analizo que me gusta tenerlo así de cerca.

Cierra los ojos, respira y entonces su aliento roza mis labios.

El cosquilleo que empieza a arremolinarse sobre la piel de mi abdomen nace del calor de su cercanía y de mis ganas, que han brotado sin que apenas me diera cuenta.

—¿Está mal esto que voy a hacer? —pregunta en un murmullo.

Sus labios ya tocan los míos y no me he apartado porque no quiero. Una ligereza se apodera de mi cuerpo agotado al procesar su voz pidiendo permiso; Guido es ese precipicio por el que no tengo miedo de caer.

—No… —susurro y acorto el espacio para besarlo.

Podría haber sido desesperado, pero no lo es.

Su boca abriéndose paso en la mía es natural, me dejo hacer y cuando agarra mi cara, y de ahí pasa al cuello, me pego a su cuerpo para estrechar el momento y poder sentirlo todo.

Este hombre me desordena y consigue que se me olvide que después tendré que recoger.

Nos besamos muy despacio. Sus manos acarician mi espalda, presionan mis caderas contra las suyas y noto cómo se va endureciendo.

Araño su cuero cabelludo mientras no dejo de besarlo.

Me derrito sobre él y necesito llegar hasta el final.

—¿Vamos a mi cama? —Aprovecho para hablar en el momento en el que me besa el mentón y empieza a bajar por mi cuello.

Se separa de mí y me mira de una forma que parece haber borrado el día entero y las cargas que nos han unido.

—Esto no es fingir —dice sin dejar de mirarme a los ojos; me está retando a mentir.

—El sexo contigo nunca ha sido fingido. —No hay verdad más absoluta.

Me eleva sobre su cuerpo y rodeo su cintura con mis piernas; él me sujeta con firmeza por el culo. Ese movimiento me ha dado todas las vibras de empotrador, pero no se lo digo; no obstante, el pensamiento me hace reír.

—¿No me creías capaz de cargarte? —pregunta, burlón.

—Sí, claro —respondo.

—Entonces, ¿de qué te ríes?

—No te lo voy a decir.

—Ya veremos.

Nos dejamos caer sobre la cama y me besa, aprieto mis piernas alrededor de su cintura y lo tumbo del todo sobre mí.

—Entre nosotros no nos mentimos, confesarás —amenaza.

Lo beso para no hablar. Estoy excitada, y que la tristeza y el enfado se hayan evaporado, aunque sea solo por esta tarde, me excita todavía más. Ser yo quien lo ha conseguido me hace sentir que tengo un superpoder, como cuando doy con la clave de un tratamiento.

Sus manos y las mías se funden con nuestras pieles, la ropa empieza a desaparecer.

Los besos se confunden con las ganas de lamer porque no nos cortamos nada y, sin darnos cuenta, nos vemos formando un sesenta y nueve perfecto.

Su erección en mi boca lo hace jadear mientras no pierde en absoluto el ritmo sobre mi clítoris.

Nos llevamos el uno al otro a lo más alto, sin perder el objetivo, y eso me excita tanto que en décimas de segundo todo cambia y su lengua consigue que pierda el oremus.

Me yergo, me siento sobre su boca y comienzo a mover mis caderas hasta que me hace estallar.

Tiemblo sobre él y caigo en la cama cuando no aguanto más, liberándolo de la jaula de mis piernas. No duda en reptar hacia mí hasta pegarse a mi espalda.

—Si vuelves a correrte así en mi cara, el sesenta y nueve será definitivamente mi postura favorita.

Presiona su dureza contra mi culo.

—Oh… —Se me escapa un jadeo impresionado por su lengua sucia en mi oído—. Los preservativos están en el cajón de la mesilla —informo con rapidez, lo quiero ya dentro de mí.

Se separa lo justo para alcanzarlos, escucho el cajón y también cómo lo rasga. Vuelve a pegarse a mi espalda y flexiona mi pierna hacia delante para colocarse; entonces lo siento entrar.

—Me ha puesto burrísimo que te masturbes con mi lengua —vuelve a hablar.

—Vaya boca —gimo al notarlo entrar del todo.

Lo hace tan duro, tan terrenal… Los dos necesitamos tanto esta ancla ahora mismo…

Me cuesta respirar. Estoy completamente enajenada por esta escalada directa a la excitación más visceral.

Agarro su trasero y me dejo caer hacia delante; lo quiero sobre mi espalda.

Besa mi nuca sin salir de mí, me lame la columna vertebral todo lo que le permite la postura, me llena de besos y por último me da pequeños y excitantes mordisquitos hasta llegar a mi hombro derecho.

Me deshago cuando, justo en ese momento, una estocada fuerte lo hunde en mí del todo.

A partir de ahí las penetraciones se vuelven rápidas, certeras y profundas; a mí se me ponen los ojos en blanco.

—Me falta muy poco —avisa.

Y se detiene, creo que quiere aguantar más de lo que puede. Pero entonces mete la mano entre mi cuerpo y el colchón, localiza mi clítoris, que está erizado y dispuesto, y lo presiona de forma intermitente a la vez que vuelve a penetrarme sin tregua.

Su orgasmo le hace perder el ritmo de sus dedos conmigo, pero es igual: sujeto su mano contra mí y me muevo lo que necesito para volver a dejarme llevar por el clímax sin que él haya salido todavía de mi interior.