Bésame por logística 59 EFECTIVAMENTE ES MENTIRA, ¿VERDAD?
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59 EFECTIVAMENTE ES MENTIRA, ¿VERDAD?

Guido conduce en silencio. La comida en casa de sus padres ha sido tranquila y yo estoy demasiado cansada, lo que me ha servido de excusa para dejarme llevar por sus conversaciones sin intervenir demasiado.

No han sacado el tema de Nil, de la boda, del embarazo…

Germán se ha centrado en conversaciones relacionadas con el trabajo y Guido lo ha llevado bien, pero las miradas de Leonor hacia su hijo dejan ver que la preocupación es latente en cada palabra que intercambian.

El ceño de mi supuesto novio cada vez está más fruncido y me pregunto si sigue enfadado conmigo y por qué. Parados en un semáforo, apoya el codo en la ventanilla y se frota los ojos.

—Los ojos se frotan con los codos —le digo intentando romper este momento tan incómodo; empiezo a odiar su manía de llevar el volumen de la radio demasiado baja. Suena una versión de Don´t let go y, si se escuchara bien, podría interrumpir esta sensación oprimente que nos invade.

—¿Por qué llevas encendida la radio? Apenas se oye.

—Me gusta escuchar el coche mientras conduzco, y también música de fondo.

Con esa explicación recuerdo a Roque y sus manías al volante, podría ser una suya. No dice nada más, y yo decido que no tengo por qué ser el rescate hoy, ya he sido la novia falsa y mi acto ha terminado. Reconozco enseguida la calle donde estamos, queda muy poco para llegar a mi casa.

Uno Mississippi…

Dos Mississippi…

Cuento hasta veinte y Guido aparca en un hueco frente al portal. Vaya suerte ha tenido.

—Si estás tan cansada deberías habérmelo dicho y nos habríamos ido antes —dice y su tono no es de preocupación, hay… ¿reprobación?

Mi dique interno, bastante tocado por el agotamiento, se resquebraja.

—¿Me estás reprochando mi actuación? —Mi tono no es amable, ni siquiera muestra incredulidad.

—No —devuelve, y una sonrisa para nada feliz y sí muy irónica aparece en su cara—. Te estoy diciendo que no tendrías por qué haber aguantado tanto.

—Tú aguantaste en mi casa —contesto con determinación.

—Y me lo debes, claro. —Resopla.

—¿Acaso no es eso por lo que estoy aquí? —No doy crédito a lo que está pasando.

Parpadea dos veces y su cara de sorpresa no cambia. Mira al frente, toma aire y cierra los ojos.

—Por supuesto que sí. —Una risita cínica se escapa por su nariz.

—¿Te ha sentado mal lo que te he dicho antes de entrar en casa de tus padres? —Estrecho los ojos.

Su silencio categórico consigue que se me dispare algo dentro.

—¿Sabes? Creo que en cuanto entiendas que se han enamorado y que eso no parece poderse controlar….

Se le escapa una risa sarcástica y paro de hablar. Mi boca se abre, incrédula.

—Oye… —Suelto el aire con un bufido.

—No, claro —me corta—. Tú sabes lo que es estar enamorada, ¿verdad? —Rezuma cinismo y… yo no me tenía que haber metido ahí.

—Mira… —Tomo aire por la nariz y cierro los ojos—.

Puedo entender que duele, de verdad. —«Organiza lo que quieres decir, Deva, que tiene lógica»—.

Pero creo que a Nil y a Nora también les está doliendo.

No sé hasta qué punto merecen el castigo de tu indiferencia.

No los conozco. —Me ahorro decir que he visto que ellos no están bien—.

No sé cómo de malas personas son, pero dudo que su intención sea hacerte daño…

—No es eso, joder, no lo son… —susurra—. No tienes ni idea.

—No la tengo, Guido, en eso llevas toda la razón. —No la tengo para nada y por eso tengo que callarme e irme de aquí.

Salgo del coche, estoy realmente agotada para esto.

Abro la puerta del portal y subo sin mirar atrás.

En cuanto entro en casa, suena el portero automático y resoplo, no estoy para broncas, pero le abro, ¿cómo voy a dejarlo tirado?

Decido esperarlo sentada en el sofá, descalza y con una actitud cero combativa, porque no creo que vaya contra mí, sino contra sí mismo.

Y porque no tengo fuerzas para discutir, eso también es verdad.

—Llevan meses juntos, y no tenía ni idea —empieza a hablar en cuanto entra al salón; me mira durante un segundo—.

He sido… He sido el gilipollas en la oficina, en la familia, cada vez que estaba con ellos…

—Va hacia la ventana y me da la espalda—.

Me han quitado el derecho a procesarlo… ¿Por qué Nil no me dijo algo cuando empezó a sentir algo por mi ex?

—Podría decirle que él mismo me ha dicho que se alejó de su hermano al verlo más cercano a Nora, pero no lo hago—.

Y ella… Quiero que sea feliz, y cuando lo dejamos entendí que pasaría, pero quería que fuera lejos de mí.

Alegrarme por ella, pero desde la distancia.

Y los tengo en mi jodida cara. —Se vuelve y parpadea, entonces me doy cuenta de que se le escapan las lágrimas—.

Y tengo que aguantarlo, ¿verdad? «Aguántalo, Guidet, y hazlo con dignidad; además, tú no le quieres dar lo que ella anhela, deja que Nil lo haga y lo haga ya mismo».

—Pone otro tono de voz, no sé a quién está imitando, pero le duele—.

Y los dejo, claro que los dejo. ¿Acaso se lo estoy impidiendo?

—Sube la voz, se da la vuelta y golpea el marco de la ventana con la palma abierta, descargando ese dolor acumulado que no tiene otro sitio por donde salir.

Quiero levantarme, abrazarlo por la espalda y que llore, este chico está aguantando tanto dentro que parece que se va a quebrar de un momento a otro. Y yo reduciéndolo a: «el amor es un impulso primario que no se puede parar». ¿En qué estaba pensando?

—Tengo la impresión de que me han reemplazado, ¿sabes?

—susurra—. Soy esa pieza que no encaja, que actúa por inercia según necesitan que sea ante los demás.

Así que no… —Se vuelve y se limpia la cara—.

No sé cómo hacer para entender que precisamente ellos se hayan enamorado.

Estoy fuera…, completamente fuera. —Parpadea, caen más lágrimas y sonríe de una forma muy triste—.

A veces, cuando estoy contigo, creo que podría fingir que no duele, y que, si lo hiciera el tiempo suficiente, dejaría de hacerlo, pero…

no me veo capaz, no sé cómo. Y quiero que dejen de mirarme con lástima…

Quiero que se olviden de mí, a ver si así yo me olvido de ellos.

Esto no tiene nada que ver con el amor entre ellos. Así que no voy a hablar de algo que no sé; pero es que precisamente de lo que está contando sé demasiado.

He odiado con todo mi ser la lástima en los ojos de mis padres cada vez que mis hermanos traían a casa a sus parejas y yo no tenía una para presentarles.

Dolía ser testigo de la esperanza en sus ojos por que su hija mayor encontrara el amor, y todavía dolía más que no se dieran cuenta de que ya lo había hecho con mi carrera, con mi profesión, con mi puesto de cirujana obstetra residente en un hospital de la magnitud del San Luis.

Lo veo a él y me veo un poco a mí.

Yo también he querido que se olvidaran de mí. Así que le doy el único consejo que se me ocurre, porque es lo que yo he estado haciendo en mi casa.

—Finge, Guido. —Me levanto y voy hacia él, aunque no sé si tocarlo, no lo veo muy accesible físicamente ahora mismo—.

Borra esas miradas de sus caras. Hazles ver que te alegras, que los perdonas y que pueden seguir adelante sin que a ti te afecte.

Finge que entiendes que haya pasado. —No parpadea, no me quita ojo—.

Finge que has encontrado a alguien con quien sí encajas.

—Me señalo—. Mírame: no queremos hijos, no hay drama entre nosotros, y hemos logrado una dinámica perfecta.

Quizá el tiempo consiga normalizar el dolor y al final lo borre, y de esa manera vuelvas a ellos, a pertenecer sin tener que desempeñar un rol concreto.

Ese es el juego, Guido, si no finges que les has perdonado… , ¿qué pinto yo aquí?

Se queda un rato en silencio y decido seguir hablando, porque no sé si es consciente de mi papel con él:

—Aparentas conmigo, aparentas con ellos y así te proteges de toda esa compasión. ¿No es ese el objetivo?

—¿Aparento contigo? —pregunta.

Chasco la lengua.

—No. Aparentamos juntos delante de ellos; perdona, no me he expresado bien. —Me froto los ojos—. Nosotros somos amigos, creo que hemos llegado al punto en el que nos coordinamos perfectamente como una pareja. Si hasta funcionamos bien en la cama.

«Esto último sobra, Devita». Pero no se me puede pedir mucho más hoy.

—¿Y de qué sirve que finja ante ellos si es mentira? —susurra mientras no aparta su mirada de mí.