58 EN CASA DE OTROS
En el coche, de camino a casa de los padres de Guido, hablamos del susto que ha tenido Ileana esta mañana. Lo pongo al día de las novedades, pues, según me ha dicho mi compañera la última valoración ha sido positiva.
—Eres la mejor tranquilizándonos —dice sin dejar de mirar al frente, el coche parece una prolongación de él mismo, me encanta cómo lo maneja.
Que se incluya me genera ternura y me resulta cotidiano, además de disparar mis emociones y de conseguir que estas se alíen con las palabras de Beca de la otra noche. Pongo los ojos en blanco, parezco una estúpida porque me estoy haciendo el gesto a mí misma.
Somos amigos.
Y punto.
—¿Y cómo estás tú? —Su pregunta es directa y me asombro, no lo muestro, pero… ¿yo?
—Bien —respondo en automático, es lo que toca.
—¿En serio? —Su duda no ofende, muestra que no se lo cree.
Inspiro y aguanto un poco la respiración. Ordeno la mañana y suelto el aire, temblorosa.
—He pasado mucho miedo —confieso, cierro los ojos y niego—. No puedo explicar bien qué es lo que me pasa cuando es mi familia la que está en una situación en la que peligra su salud. Es… Me escuece hasta la piel; aunque me sobreponga y trate de ser lo más profesional posible.
La misma quemazón que describo me recorre el cuerpo y aprieto los dientes.
—Podemos avisar a mis padres de que no vamos.
Abro los ojos.
—No, no… —Su protección, ser la prioridad ahora mismo…
¿Me gusta? Sí, eso parece—. No pasa nada, no estoy mal, de verdad.
—Le quito la idea. Aunque me tienta irme a casa, lo de hoy es por él—.
Quedamos en que ir a comer con ellos era una forma de afianzar nuestra relación delante de ellos.
Ile está bien. Además, no viene tu hermano.
—Espero su confirmación, porque me noto bastante espesa, voy hilando una idea con otra sin pensarlo mucho.
—No, no van a estar —confirma.
—Va a ser fácil —aseguro—. No es lo mismo la tensión que se respira con ellos a estar solo con tus padres. Pero aviso: es probable que después de comer me quede dormida —digo medio en broma medio en serio.
—La excusa perfecta para irnos antes de que se te caiga la baba sobre mí. —Se ríe y tamborilea con los dedos sobre el volante.
La mancha que dejé en su camiseta, en la siesta que nos echamos en mi cama del pueblo, me viene a la cabeza. Me río en sordina y me quedo mirando por la ventana.
—¿Tú estás bien? —Me vuelvo hacia él.
—No estoy durmiendo mucho.
Las ojeras lo delatan, y también lo sé por las charlas nocturnas en las que muchas veces yo sí me quedo dormida mientras hablamos.
—¿Algo del curro?
Me mira durante un segundo y vuelve la vista al frente. Toma aire y niega. Un bufido que parece una risa sale por su nariz.
‹‹Ostras, Devita. El curro, su vida… Pareces nueva››. Mis ojos me reprenden poniéndose en blanco y tardo unos segundos en devolverlos a su posición.
—Perdona —me disculpo con rapidez.
—No… Es… No pasa nada.
El volumen de la radio está demasiado bajo y noto que él está molesto.
¿Conmigo? No lo sé. No tiene que ser fácil, supongo.
Yo no puedo imaginármelo porque nunca he tenido parejas, y, aun así, ninguno de mis hermanos acabaría con mis ex.
Mi nula experiencia consigue que cada vez que él habla de Nora y Nil me limite a escuchar.
Pero ahora, la incomodidad, por si he sido yo quien le ha creado el malestar, me obliga a racionalizarlo, a buscar otra perspectiva para aliviarle y que pueda pasar página.
Me siento resolutiva.
Si yo fuera ellos…
—Bueno… —empiezo a hablar—. Se han enamorado…
—No lo miro, pero hemos parado en un semáforo y él a mí sí—.
Entiendo que duele, pero… Supongo que, cuando esto pasa…
, no hay manera de pararlo. A veces, incluso…
puede que termines yendo contra tus propios principios ¿no?
—reflexiono en voz alta—. Enamorarse tiene un punto egoísta, ¿no crees?
—Lo miro—. Se diría que borras de un plumazo a la persona que has construido y la pones al servicio de una emoción básica.
—Guido sube las cejas y entonces me doy cuenta de que estoy desvariando—.
Aunque, claro…, no sabes si intentaron evitarlo, si intentaron alejarse…
Tú lo has vivido, frenarlo es… ¿imposible?
No habla.
Igual me he pasado, igual debería callarme, es algo que pienso en cuanto cierra los ojos unos segundos de más antes de que el semáforo se ponga en verde. Reanuda la marcha sin decir nada. Gira a la derecha y, unos metros más adelante, aparca en la entrada del chalet.
«Sí, calladita, Deva, calladita mejor».
No me siento muy viva en este momento y… bueno, mi empatía con los enamorados es poco reseñable. ¿A quién se le ocurre ponerse a hablar del amor?
Salimos del coche y no vuelve a dirigirme la mirada, ni dolida, ni molesta.
Me evita; y así entramos en casa de su familia.
Sus padres nos esperan en la cocina. Guido coloca la mano en mi espalda baja y me invita a que pase.
Trago mis ganas de solucionar lo que sea que ha enrarecido el aire y compongo una sonrisa para la función.
—Hola, Deva. —Leonor se acerca y me besa afectuosamente sin perder esa elegancia que le rodea.
Los olores de la cocina hacen que se me haga la boca agua; tomar solo un café no es desayuno.
—¿Cómo estás, Leonor? —Sé que el buen pronóstico de su quiste ovárico se está cumpliendo.
—Todo bien, o todo lo bien que se puede estar. —Mira de reojo a su hijo, que está hablando con su padre.
Germán se acerca y pone una mano en mi brazo, aprieta y me sonríe.
—Está todo listo para comer —dice señalando hacia la puerta—. ¿Llevas el asado, Guidet?
La mesa del comedor está puesta de forma impecable para los cuatro comensales. Guido se sienta a mi lado y no hay un solo gesto entre los dos que indique que somos pareja. ¿Tan mal le ha sentado lo que le he dicho?
—¿Qué tal la guardia? —pregunta Leonor mientras sirve agua.
—Bien —digo en general.
Lo que menos me apetece es hablar de la mañana con mi hermana; no me quedan fuerzas para volver a relatarlo y manejar la situación con solo los datos técnicos.
Delante de esta familia, ajena a mi vida real, soy consciente de que el susto se ha convertido en un miedo adherido a mis huesos y amenaza con salir en forma de lágrimas.
No entiendo por qué ahora sí y antes, hablando con Guido en el coche, no.
Intento reponerme. Guido me pasa la fuente con verduras, la retiene un segundo más y consigue que lo mire a los ojos.
Asiente con seriedad. Me encojo de hombros porque me cuesta reponerme.
Frunce el ceño y luego lo relaja, toda su cara suaviza el gesto y me mira con… ¿cariño?
—La semana que viene comeremos con Nil y Nora —dice Leonor, que capta la mirada de su hijo, quien deja caer su mano sobre mi pierna y presiona un poco. No evito la caricia de mis dedos sobre su dorso; detalle que le saca una sonrisa involuntaria y que me provoca ligereza en el pecho.
—Tenemos la comida de Ana —dice Guido para todos.
Parpadeo, confusa. Su mano no abandona nuestro contacto, gira y entrelaza nuestros dedos. Su perfil está en mi punto de mira, no puedo apartar la vista de él mientras lleva el mando y yo me dejo llevar.
—¿Qué Ana? —pregunta Germán.
—La mujer de su hermano. —Me señala con la cabeza—. Nos iremos el sábado por la tarde. —Clava su papel, parece que lo tiene ensayado.
—¿Ya está organizado? —pregunto algo desubicada.
La verdad es que no sé cómo va todo ese tema. Hablé con mi hermano y estaban en conversaciones con la psicóloga sobre lo de introducir a Bastián en la familia, temían si sería demasiado para el niño o no para el niño Dijeron algo sobre llegadas escalonadas.
—Esta mañana, después de… —Se calla. Entiendo que ha sido después de hablar en el grupo de lo de Ileana—. Roque y Ana irán el jueves, con Bastián, y el resto nos iremos incorporando. Dijiste de cambiar el turno del sábado.
«¿Lo dije?».
Parece leerme y asiente deprisa y de forma muy poco apreciable.
—Sí. —Estoy lenta—. Cambiaré el descanso y el turno. —Intento rescatar la agenda y visualizarla.
—¿Te pondrán problemas? —pregunta.
Lo protegida que me hace sentir produce un regocijo y una relajación que necesito.
Aprieto su mano, reconfortada por su preocupación.
—Qué va.
El carraspeo de Germán me empuja a mirarlo a él y a su mujer, que se muestran afables.
—Entonces no contamos con vosotros —dice Leonor.
—La comida será más tranquila —añade Germán, y su mujer lo reprende con un chasqueo de lengua.
A Guido se le escapa un suspiro, pero acaba sonriendo sin mirar a nadie; suelta mi mano y comienza a comer. Por un momento me había olvidado dónde estaba y… también de fingir.