Bésame por logística 57 24 HORAS
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57 24 HORAS

He terminado la ducha, tras la guardia de veinticuatro horas, con agua fría, necesitaba quitarme la extenuación de encima.

Vestida con el chándal gris —es la ropa que me abraza después de un día así—, me acerco a los espejos con el secador en la mano.

Noto la vibración del móvil en el bolsillo del pantalón.

Son las ocho y media de la mañana de un domingo, no es posible que haya alguien despierto dando la turra tan temprano.

Lo ignoro, pero no me deja, vuelve a vibrar y esta vez de forma continua.

Es Martina.

Descuelgo con Ileana en mente.

—¿Qué…?

—Deva —corta mi pregunta con el miedo en la voz—, estamos el hospital, tu hermana…

—¡No le digas nada, ha tenido guardia! —escucho cómo grita.

El pinchazo que me da el pecho se expande por todo el cuerpo y, por un segundo, no reacciono.

—¿En urgencias?

—Sí.

Meto todo lo que tengo fuera en la taquilla y me coloco por encima de la ropa una de mis batas.

Mi mano tiembla cuando cojo la tarjeta identificativa y la sujeto al bolsillo superior.

Respiro, aprieto los puños y extiendo las manos para unirlas delante de mí.

Salgo presta hacia los ascensores, donde no hay mucha gente, se nota el día que es, pero tardan demasiado y decido bajar por las escaleras hasta el laberinto que conozco de memoria y me llevará a urgencias.

—Va a estar bien —susurro atravesando las puertas.

«¿Por qué no me han avisado antes?».

Encuentro a la residente, de segundo año, que se encarga de los ingresos en urgencias.

—¿Ha entrado Ileana Morel Collado? —pregunto.

—Sí, está en exploración 2.

El Doctor Soria, el adjunto que me ha acompañado durante el turno de noche, se acerca.

—Está estable. Dolor abdominal y manchado. Le han cogido una vía y le han puesto paracetamol para el dolor abdominal. Hemos pedido analítica y orina. ¿Revisas tú?

—Sí.

No pierdo el tiempo y voy hacia la sala donde exploramos las urgencias del primer trimestre.

Allí, Ileana está tumbada y Martina, a su lado, agarra su mano.

Camino hacia ellas y, mientras me acerco, tomo una respiración profunda con la que me trago los nervios que supone tener a mi hermana postrada en una cama de hospital.

Al llegar, toco el brazo de Martina; ella se vuelve sobresaltada, y sus ojos muy abiertos llaman la atención sobre su tez demasiado pálida.

—Deva… —espira mi nombre sin soltarse de mi hermana; yo me limito a apretarla un poquito.

Observo a Ileana; el color de su cara, o la ausencia de este, muestra que no está bien del todo.

—Devita… No tenía que haberte molestado —susurra y hace un puchero.

—Claro, porque no soy obstetra en este hospital. —Mi sonrisa es apretada, para no dejar salir por la boca lo que me enfada que no me hayan avisado antes.

Con mi mano en su mejilla no solo la acaricio, además testeo que no hay fiebre.

—Te has pasado todo el día de guardia, me fío de tus compañeros —habla con un tono cansado.

—¿Sigue doliendo?

Quiero explorarla ya, quiero descartar un desprendimiento.

—Un poco, ya menos.

—Lleva un rato con la medicación.

—¿Desde cuándo lleváis aquí?

Martina mira a mi hermana y esta baja la vista, culpable.

—Voy a hacerte una ecografía.

Ileana asiente y, por mucho que quiera ocultarlo, el terror en sus ojos es inconfundible.

Me lavo las manos mientras la matrona va colocándola en posición. Ile no abre la boca.

Mascarilla.

Guantes.

—Doctora Morel, está preparada. Constantes estables.

Le agradezco su trabajo y la información. Sobre un taburete con ruedas me acerco a mi hermana, la miro y respiro hondo.

—Tengo miedo —susurra.

«Yo también».

—Te quiero, Ile —le respondo.

La matrona me tiende el ecógrafo. Comienzo evaluando parámetros necesarios y todos son correctos.

El alivio que me recorre en cuanto compruebo que el saco gestacional está bien y que la actividad cardiaca es la correcta me baña de la misma manera que si me acabara de caer una cascada de agua caliente encima; es tan radical que entro en calor inmediatamente,

no sabía que estaba pasando tanto frío.

—Está bien, Ile. La bolita está bien. —Hablo del saco gestacional tal y como lo llamó ella en la primera ecografía. Martina la abraza y de los ojos de mi hermana caen dos enormes lágrimas. Le froto la pierna y sonrío, aliviada.

Doy los datos en alto mientras el residente va tecleando en el historial y, en cuanto termino de revisar todo, me dirijo a mi hermana mientras retiro el transductor.

—Hay un pequeño quiste en el ovario llamado cuerpo lúteo. Se forma tras la ovulación y a veces puede sangrar un poquito y doler. Vamos a controlarlo, estarás unas horas en observación.

Llego a casa y la ducha es mi primer destino, aunque venga duchada del hospital.

Mi hermana sigue en observación, lo que ha prolongado mi guardia cuatro horas más, pero me ha exigido que me fuera a casa.

Cuando salgo, enrollada en la toalla, me tumbo en la cama con el móvil en la mano y escribo en el grupo familiar; Martina ya ha informado y mi labor ahora es tranquilizarlos.

No sé en qué momento pasa, pero me quedo dormida.

El teléfono suena y abro los ojos sin saber dónde estoy, me encuentro algo entumecida; la humedad del pelo, enrollado en una toalla, me produce un escalofrío. Parpadeo y cojo el móvil, es Guido.

—¿Sí? —La voz sale tomada y pastosa.

—¿Todo bien? Estoy llamando a tu puerta y… ¿Sigues en el hospital…? —No me da tiempo a hablar—. ¿Ileana está bien?

—¿Qué hora es? Perdona. —Me incorporo—. Espera… Sí. Te abro la puerta.

La pregunta de Guido me lleva mentalmente al hospital y, mientras me levanto, llamo a Martina.

Me pongo una bata que apenas uso y de la que perdí el cinturón y, antes de volver a la habitación, dejo la puerta abierta para que entre Guido.

Mi cuñada me informa de que en unas horas le darán el alta a Ile tras hacerle otra valoración.

En cuanto sé el nombre de la médica que se va a encargar, entro en el chat para escribirle, ella ya me ha contactado para informarme de que está al cargo.

Más tranquila, termino de secarme el pelo, que es un desastre absoluto, y salgo al salón. Guido está sentado en el sofá todavía con la cazadora puesta. Parpadea cuando me ve y vuelve la vista al frente.

Frunzo el ceño y voy hacia la cocina.

—¿Puedo tomarme un café antes de irnos? O es demasiado tarde.

—Tómatelo. —Lo escucho detrás de mí—. Si quieres, termina de vestirte y lo preparo yo.

Me doy la vuelta, sus ojos están fijos en mi pecho, bajo la cabeza y veo que solo llevo el sujetador puesto.

—Ah, vale. Te lo agradezco. —No me sonrojo, no me corto, porque… es Guido; pero él parece tenso.