Bésame por logística 56 UN NOVIO REAL
53%

56 UN NOVIO REAL

Hemos encargado unas pizzas en casa de Ismael, Sandra ha insistido con vehemencia absoluta y ni Ismael ni yo nos hemos negado.

—Está embarazada, no pienso privarla de nada.

—Bueno, si se me va a la olla, sí, por favor —pide ella abre la caja y aspira el olor de la pizza cual perfume inolvidable.

Isma y yo nos reímos a la vez.

—Ya vale, no tenéis ni idea de cómo tengo desarrollado el olfato.

—Sí tío, huele la marihuana de los del sexto —aporta Isma alucinado.

—Y me da asco —señala separando un pedazo de pizza.

Comemos, hundidos en los viejos sofás del salón, y hablamos de cómo están llevando el embarazo.

Estoy rodeado de mujeres embarazadas, y me jode que me irrite, porque sé que no es ni objetivo ni justo para ninguna de ellas.

Isma menciona que ya no pueden ver series o pelis sangrientas y mi pensamiento se desvía.

—El otro día puse John Wick y salió del salón con un color verde en la cara preocupante.

—Se me cuaja el cuerpo, no sé qué me pasa, no puedo… No puedo —repite Sandra como si mencionarlo fuera revivirlo.

No me dejan recoger la mesa y aprovecho para mirar el grupo de WhatsApp de la familia de Deva cuando salen del salón. Está que arde, no han dejado de enviar mensajes. Roque habla de la llegada de Bastián, el niño que van a acoger y que llegará dentro de dos días.

ILE

Roque, estás irreconocible.

Los emojis riendo se suceden.

LUPE

No te rías de tu hermano.

Es bonito verlo así.

MARTINA

Y normal, Ile.

ROQUE

Te vas a enterar cuando empieces

con las contracciones y te diga que

no te noto tan graciosita.

ILE

Vale, vale… Retiro lo dicho.

ROQUE

Con que retires las risas me vale.

ANA

Aviso que llevamos varios días

con la lágrima fácil.

ROQUE

¡Ana! No des munición.

LUPE

Cariño, nadie considera tus lágrimas munición.

Los mensajes siguen entrando, Julián participa y Luisa, tan emocionada que traspasa la pantalla, también. La abuela sube un corazón, y a mí me sale una sonrisa. No entiendo por qué me dan ganas de participar mientras sigo leyendo en las sombras, parezco un delincuente.

Mis amigos vuelven con una tarrina de helado.

—Tenemos algo de fruta —ofrece Isma; sabe que el helado no me hace mucha gracia, y en invierno no le doy ni una oportunidad.

—Estoy bien así, gracias.

Con mis amigos me encuentro en un lugar cómodo, este es el Guido que soy, el que el otro día no fui capaz de definir delante de Deva y el que me gustaría mostrarle, aunque creo que el Guido en su casa se parece bastante a este.

Reanudamos la conversación que hemos dejado colgada antes de la cena: el cambio de curro de mi amigo.

—¿Y no te planteas venir a Cartonajes? Los horarios son fijos, las posibilidades de hacer horas extras están ahí, y tenemos un convenio muy bueno, Isma. —Pillo otra porción de pizza mientras ellos comen helado.

—Se lo he dicho, pero está un poco reacio a seguir tocando cartón. —Sandra pone cara de circunstancias.

—No es eso, joder… Es que… lo de meterme en una cadena de producción… He pensado en presentarme a las oposiciones de Correos. ¿Sabes quién aprobó en las últimas?

Se lo cuenta a Sandra, es alguien que no conozco de su barrio de la infancia.

Ismael y yo nos conocimos, a los dieciséis años, en un campeonato de videojuegos.

Yo fui al centro para chavales, donde se celebraba, por un anuncio que vi en una farola; Isma iba habitualmente porque está cerca de casa de sus padres.

Fue una coincidencia y, desde ese día, que tuvimos que hacer equipo, no nos separamos.

No tuve muchos amigos de verdad en el colegio privado en el que estudié, fueron colegas con los que salía muy de vez en cuando, pero no llegué a estrechar lazos.

Siempre me llevé mejor con mi hermano y su grupo de amigos; de hecho, ellos son a quienes a día de hoy puedo considerar mi pandilla.

Una a la que, si antes de navidades no le tiraba mucha bola, ahora la tengo apartada del todo.

—Opositar no es mala opción —opino—. Pero sabes que siempre tendrás a Lanau.

—Gracias, tío. Sé que es difícil, ¿eh? Que cuando llegue de currar, no tendré la cabeza para estudiar.

Pero… Joder, me sobra la motivación: estabilidad, cobrar a fin de mes sin que la puta aplicación del banco salte en rojo, que no haya broncas por retrasos…

y pasar del jefe. No lo soporto, me tiene harto con su manía de gestionarlo todo por WhatsApp y a la hora que le rota…

—habla tan rápido que me pierdo en alguna de las quejas.

—Estás quemadísimo.

—No quiere ni jugar a la Play —añade Sandra.

—Míralo, tío —lo animo—. No te lo pienses. Empieza ya.

Ismael dejó de estudiar antes de Bachiller, se puso a trabajar de operario en una fábrica ese verano y fue encadenando trabajos. Ahora lleva dos años en el de paquetería.

—¿Y tú? ¿Qué pasa contigo? Llevas dos semanas sin apenas dar señales, esperaba que necesitaras desahogarte después de enfrentar a tu hermano en la oficina. —Entra a matar, y no me extraña.

La respuesta es Deva, pero me ha vacilado tanto por mensajes, desde que nos vio besándonos en el TAPAS, que sé que, en cuanto se lo cuente, volverá el vacile.

—Los he visto lo imprescindible; teniendo en cuenta que el lunes tenemos una reunión con Bruselas, previa a la auditoría para la Ecolabel, y que ellos forman parte del equipo de cuatro…

—¿Qué tal con Nil?

He evitado hablar de esto con Deva porque me siento un miserable, pero con Ismael no puedo callarme.

—Él lo intenta, y tengo que darle crédito; está muy pendiente de Nora.

—Miro a su chica, sentada a nuestro lado mientras mira el móvil—.

Podría decirse que tanto como tú de Sandra.

Esta tarde Nora se encontraba mal, revuelta o algo así, y Nil ha sido un dron protector.

A mí me ha costado la vida aguantarme las ganas de ayudarla.

Ese he sido yo, un espectador externo con un rencor que me asfixia. Si en vez de Nil fuera otro…

—¿Y por qué te aguantas? —pregunta Sandra.

—Porque no me corresponde —contesto con una obviedad que casi enciende mi enfado.

—¿No te corresponde preocuparte por una persona que fue importante para ti y que no te ha hecho nada?

—Sandrix… —susurra Isma.

—Es que a ti no te ha hecho nada —expone y se encoge de hombros.

Siempre me ha gustado lo directa que es, excepto hoy, porque sus certezas pican.

Nos quedamos callados. Trago saliva, incómodo.

No sé acercarme a ellos, esa es la verdad.

—Date tiempo, tío —aconseja mi amigo.

—El tiempo también convierte a la gente en gilipollas —dice Sandra y se levanta, coge un libro de la estantería y sale del salón.

No digo nada, porque sé en lo que me estoy convirtiendo. Ni Nora ni mi hermano se han enamorado para hacerme daño.

—A veces le dan estos arranques… —la disculpa su novio.

Observo la puerta por donde se ha ido, miro a mi amigo, que está dispuesto a hablar de lo que sea, pero yo no estoy preparado para hacerlo.

—¿Te lo estás comiendo tú solo? Piense lo que piense Sandra, es una putada muy loca lo que estás viviendo.

—Bueno… Deva…

—Deeeva —canturrea con tono de ‹‹lo sabía» y con un gesto de sobrado.

Se me escapa una sonrisa.

—No te vuelvas loco.

Ya lo estoy haciendo yo.

—Dime que no te has acostado con ella —me reta, y no entiendo de dónde viene esa conclusión.

—¿Y si fuera así? —claudico.

—Lleva cuidado, no eres mucho de rollos pasajeros. Entiendo que no habéis cortado esa farsa de pareja.

—No, ya te dije que va a acompañarme a la boda.

—Ya, pero una cosa es que te acompañe y otra que os estéis viendo y… ¿acostando?

Su pregunta me lleva sin querer a una de las escenas más calientes que he vivido en mucho tiempo. La imagen de Deva frente al espejo induce a mi mano a terminar lo que inicia mi mente más veces de lo que soy capaz de admitir.

—El que calla otorga, amigo. Habéis follado —da por hecho.

Sandra entra en el salón con varias tabletas de chocolate en la mano.

—He llegado en el momento justo. —Deposita parte de su arsenal en la mesa—. Os dejo esto aquí, pero me llevo la rellena de frambuesa, voy a verme Los Bridgerton a la cama.

—Se va a quedar grogui —susurra Isma y su mirada cargada de devoción absoluta la persigue hasta que ella se pierde en la sombra del pasillo.

—Nunca dijiste que quisieras ser padre —pienso en voz alta.

—Nunca lo hablamos —me dice.

No, ni siquiera cuando Nora lo propuso. Ni siquiera cuando yo supe que no quería serlo. Porque fue algo que no hablé con nadie, parece que decidir no querer tener hijos fuera vergonzoso.

—La verdad es que tampoco lo sabía, pero la veo y… Joder, Guido, me muero por conocer a mi hijo o hija, me muero por ver a Sandra ser su madre. Estoy como loco por abrazar a esta familia que estamos creando.

Lo dice con una pasión enraizada que podría darme envidia; pero no la siento. Es bonito ser testigo de su emoción, pero no quiero ser él; ni me veo en su piel ni quiero verme.

Separarme de Nora fue lo correcto.

Y Nil… Joder, todavía escuece.

Mi móvil se ilumina, no es que sea algo raro, la familia de Deva ha seguido hablando hasta hace unos minutos. Reviso la pantalla, por curiosidad, y veo que el mensaje no es del grupo.

DEVA

¿Cómo ha ido la reunión final?

No le dije que tenía cena con Ismael.

Ojalá fuera la final.

DEVA

Ya me entiendes. ¿Encendemos

a los zombis o nos damos unas

aburridas vueltas al circuito?

Me río, ella tiene clara su elección.

—¿Guidet? —La voz de Ismael me trae de un tirón a la realidad.

Estoy en su casa y no sé cómo he perdido tanto la noción del espacio.

—Perdona, tío —me disculpo.

—¿En qué andas? Sé que no es una aplicación de citas.

La desinstalé cuando, tras dos intentos, entendí que había sido un auténtico fracaso. Sí que follé al menos una vez, pero sin sentido y con la sensación de que estaba más perdido al terminar que al empezar.

—Es Deva.

No le he contestado, así que actúa como hace siempre: llama por teléfono.

—Es Deva —confirma Isma, echando una ojeada a la pantalla, y asiente con cara de idiota.

—Voy a cogerle —le informo.

—Claro. —El gesto de sus manos me da un permiso que no necesito.

Frunzo el ceño hacia él y niego.

—Ya… Ya… —contesta a mi gesto.

—No seas gilipollas —le digo.

—Mira a ver quién lo está siendo… —canturrea.

Descuelgo negando; en esta casa es la segunda vez que me lo llaman, igual tengo que darle una vuelta.

—Si quieres correr unas carreras, cedo, ¿eh? Me consta que has pasado un viernes intenso. ¿Cómo ha ido? —Deva habla encadenando la charla por mensajes con esta.

—Ehhh —dudo. Ismael disimula que está atrapado en lo que sea que hay en la televisión, pero el volumen está demasiado bajo, a mí no me engaña—. Estoy cenando en casa de unos amigos.

—Ostras, perdona… Creo que he entrado en piloto automático después de la ducha. Ya sabes: partida de desahogo.

Sí, así la llamamos. Pero yo me he quedado con que acaba de salir de la ducha y puede que esté frotándose con la toalla para quitar el agua de su piel.

Quizá se ponga crema o lo esté haciendo ahora, completamente desnuda.

Trago saliva, una que casi se me va por otro lado, y tengo que carraspear para evitarlo.

Miro a mi alrededor: estoy en casa de Ismael; si me lo digo en voz alta igual no se me va la cabeza.

—Ya. No te preocupes. Si quieres, mañana… —propongo y espero que la respuesta sea afirmativa.

—Tengo guardia de veinticuatro. —Mierda—. Nos veremos justo para ir a comer a tu casa, porque entiendo que sigue en pie, ¿no?

—Sí.

¿Debería preguntarme porqué tengo la necesidad de largarme de aquí, y encender mi consola en casa, para seguir hablando?

¿A pesar de que ella no quiere nada con nadie incluido yo?

Quizá sí que estaría bien analizar por qué estoy pensando en dejar colgado a Ismael.

Pero no lo hago, ni lo dejo colgado ni le doy un par de vueltas a las preguntas.

—Bien, si quieres voy a hasta tu casa y dejo el coche allí… —habla haciéndose su croquis mental.

—Te voy a buscar yo, dime a qué hora.

—¿A la una y media? Quiero dormir un rato, para no ser un zombi.

—Perfecto.

—Nos vemos —se despide.

—Claro… Nos vemos.

Cuelgo y me doy la vuelta. Ismael me soslaya con la mirada.

—El domingo se viene a comer a casa de mis padres, para… ya sabes… —justifico, me está mirando como un idiota.

—Sí, para dejar claro que sois pareja —añade con el tono de quien remarca una obviedad falsa.

—Eso es.

Vuelvo a sentarme, respiro despacio y miro al frente.

—¿Y por qué no lo sois?

—Porque no.

—Pero a ti te gusta.

Ni me molesto en negarlo, es Ismael.

—Porque ella no quiere y no sé si yo necesito eso en este momento. —Utilizo la razón que me exime de parecer un imbécil.

—Necesitarlo no lo sé, pero… parecías un novio real al teléfono con su chica real —insiste.

No le contesto, miro la tele.

—¿Una partida? —propongo—. Que te estás oxidando.