55 LOS ASTERISCOS COMO FORMA DE VIDA
Hoy es un ejecutivo, pero también he visto al hijo y al hermano, al primo y al sobrino, al ex y a un hombre que parece saber tocarme la tecla exacta cuando practicamos sexo… Sí, a ese también lo he visto.
—¿Y qué me dices del Guido de casa de mis padres? —pregunto con interés y sin perder la sonrisa.
Mi objetivo al venir a su oficina era despejarlo de la reunión que ha tenido con Nil y Nora. Como unas patatas y espero a que hable, parece estar pensando bastante. Balancea la cabeza hacia los lados.
—Algo hay. —Sonríe travieso, me soslaya y da un mordisco a su hamburguesa. La yema de huevo frito le chorrea por un lado y me apresuro en pasarle las servilletas.
Se ríe, niega y agranda los ojos en un claro: ‹‹por los pelos››.
Me quedo colgada de sus labios, y me arrepiento en el acto de haber cortado nuestro beso. Aunque…, a ver, no me ha parecido que fuera un beso por logística, y aquí estamos por ella.
Guido mira hacia la puerta y se levanta para atender al chico que me ha recibido. El reloj me cuenta que no tengo mucho tiempo hasta mi hora de entrada al hospital.
—Perdona —se disculpa cuando vuelve y se sienta.
—Nada que perdonar, esto es una intrusión en toda regla.
—Una muy bienvenida. —El agotamiento se le nota en el tono.
—¿Quieres hablar de la reunión? —Tanteo y sigo comiendo.
Se encoge de hombros.
—He sido eficiente, o eso creo, pero le he dado largas a mi hermano cuando me ha pedido hablar en privado.
Escucho cómo se ha sentido con ellos. Parece perdido entre los límites de lo personal y lo profesional; y me da mucha lástima, mis ganas de ayudarlo crecen.
El rato se pasa muy deprisa y el tiempo se agota. Recogemos las cajas y las servilletas, me lavo las manos en el baño que tiene en su despacho y salimos de allí.
—¿Sería mucho pedir que comiéramos juntos un par de días a la semana? —La travesura vuelve a asomar en sus ojos mientras me acompaña hasta el ascensor. Me encanta que bromee, que no se hunda en el drama.
—Si me metes en nómina… —lo sigo.
—No me tientes, soy el jefe.
Las puertas se abren y miro discretamente a mi alrededor, no hay nadie en los pasillos. No va a haber beso…
‹‹Ni falta que hace, Devita››.
—Vamos hablando, ¿vale? —digo, una vez dentro.
—¿Esta noche?
—Iré a nadar y…
Asiente y hace un gesto que recompone al instante.
¿Decepcionado?
Las puertas se cierran.
Yo sí lo estoy, y no entiendo por qué.
Una vez en el coche, en dirección al hospital, anoto, con un asterisco en mi Excel mental, que no tengo que analizar tanto cada movimiento con él.
Nadar cada noche durante una hora me relaja muchísimo. Salgo del polideportivo y el frío en la cara me molesta, porque me despeja y no quiero. Voy a tener que mirar un piso con gimnasio y piscina, como el de Guido.
Guido…
Entro en casa y dejo las llaves mientras echo un vistazo al móvil, en el que justo emerge un mensaje:
GUIDO
Espero que la piscina te haya
dejado lista para dormir.
Conmigo lo ha conseguido.
Buenas noches.
Normalmente hablamos un poco antes de irnos a la cama y algún día también jugamos online, pero hoy no va a ser el caso. Así que decido que voy a responder a la llamada de Beca; desde que sabe mi secreto, estamos más en contacto que nunca.
Con el pijama puesto, y mientras me hago unas pechugas de pavo a la plancha, marco el teléfono de mi amiga.
—Las ganas que tenía de hablar contigo… —contesta—. Va para largo, Raúl.
Escucho un beso.
—¿Va para largo? —Me río—. No lo creo, vengo de nadar durante una hora, Rebeca. —Remarco su nombre y hace una pedorreta con la que me deja claro que a ella mi capacidad de quedarme dormida sin querer no le da miedo.
Llevo mi cena a la mesa de la cocina y bebo el vaso de agua entero antes de empezar; creo que he olvidado mi botella en el hospital… o en la taquilla de la piscina.
—¿Os habéis vuelto a acostar? ¿Cuántos besos hemos sumado más? —pregunta con retintín.
Esta mujer se hace palomitas para nuestras conversaciones.
—No, no ha surgido —respondo a su primera pregunta. No le he contado que planteó la posibilidad de salir juntos, sé que se volvería insoportable—. Entiendo que a ti solo te mueve mi comedia dramática con Guido, ¿no?
—Eres cruel, amiga. Sabes que no es así, pero que tú, precisamente tú, tengas este salseo en tu vida es de lo más emocionante.
—Qué bien, que me metan en el menú de Netflix.
—Hay un apartado para propuestas y voy a escribirle con tu historia, te lo advierto. —Me recuerda a una hiena cuando se ríe así y me contagia—. Pero hoy no va de eso, hoy va de que se acerca el cumple de Ana y vais a venir, ¿no?
—Sí. Bueno, creo que él también, pero no lo sé.
—¿Nos veremos?
—No lo sé, Beca, no tengo nada pensado para ese finde, últimamente voy sobre la marcha —digo abrumada.
—No me lo creo. ¿No lo tienes agendado? ¿Ni siquiera en la mente?
Pienso en lo que tengo en mente, en todos los apartados y en los asteriscos fuera del Excel que estoy creando para no pensarlos, en lo que tengo y no tengo agendado, y me agobio.
—No, ni siquiera ahí.
—Vamos, que estás dejando que las cosas pasen, y con las cosas me refiero a Guido.
—¿Por qué eres tan insistente? No creo que sea tan importante.
Hablar con Beca me está agotando más de lo que estoy, y no hemos ni empezado. Podríamos reírnos de esta situación, pero ella se empeña en hacer dobles lecturas de todo.
—Porque tú cierras capítulos, Devita, y este da la sensación de que ni siquiera lo estás escribiendo tú.
«Ostras con Beca».
—¿Eres escritora y no lo sabía? —me burlo.
—No, es que estoy viendo una serie…
Entonces se lanza a contármela y yo la dejo, todo porque deje de hablar de mi vida con ese control que piensa que tiene.
Al final entro al trapo con la que yo estoy viendo de ficción médica, una que me saca de mis casillas porque no es nada fiel a la realidad.
Tienen sexo en los almacenes de material fungible y hasta en los quirófanos, con el frío que hace; no tengo que añadir más.
Cuando colgamos, por mucha charla insustancial que hayamos tenido, no me quito de la cabeza su frase. ¿Estoy dejándome llevar por todo lo que Guido me despierta?
No puedo quedarme anclada aquí, tengo sueño. Y también tengo un asterisco que dice: no analizar demasiado.