54 REFUGIO AL RESCATE
Por fin, la Navidad ha desaparecido de mi vista; parece mentira que hayan necesitado una semana para retirar todos los adornos de la oficina.
No sé qué prefiero: las luces apagadas o el silencio mental que conlleva.
Y no es que odie la Navidad, pero esta entrará en el ranking de las peores.
Sí, y quizá también en el de las más extrañas.
Entro en mi despacho precedido de la calma habitual, son las ocho menos cuarto de la mañana y solo está el personal de limpieza terminando su jornada.
Dejo el café a un lado del ordenador y lo enciendo, la luz fría del invierno entra por el ventanal.
Reviso los correos y me detengo en el del auditor externo que nos visitará en dos semanas; la pasada ya se sentía la tensión y el revuelo que causa la revisión de materiales, proveedores y procesos.
Conseguir el sello ecológico europeo nos tiene a todos en jaque, pero confío en que saldrá bien.
Dentro de la empresa todo sigue en orden.
Bebo la mitad del café y abro una de las carpetas.
La firma de Nil es lo primero que veo y me jode porque soy incapaz de comportarme con estoicidad en nuestros encuentros.
Pero… tengo que ser profesional. La reunión con Bruselas está muy próxima, el auditor nos pisa los talones y compartir mesa de reunión con mi hermano y Nora es ineludible.
Gran mañana.
Respondo varios correos y a las nueve y cuarto un mensaje emerge en la pantalla de mi móvil:
DEVA
Fuerza para hoy.
Dime que vas a parar para comer.
Si no fuera médica, y no tuviera esa forma aséptica de cuidar de los demás, diría que está preocupada por mí.
Claro que comeré.
En el despacho.
Temprano, estilo europeo.
DEVA
Tengo que decir que el modelo
europeo de comidas es saludable.
Lo apruebo.
Gracias, no sabía que
necesitara aprobación.
Me voy a la reunión.
Y, durante unos segundos, las ganas de mandarle un beso se cuelan.
Mi estupidez mental alcanza su nivel máximo cuando pienso en que sería genial que tuviéramos que fingir en este chat para poder hacerlo.
Llevamos hablando por mensajes toda la semana y eso que ella recalca que no le gusta comunicarse por escrito.
Cojo el portadocumentos, la tableta y mi móvil, que compruebo que está en silencio, y me encamino a la sala de juntas.
Los nervios se me arremolinan en el estómago; tener que encarar directamente a mi hermano y a mi ex me resulta lo más complicado del día.
La semana pasada pude evitarlos, esta ya es imposible.
Ahora me arrepiento de no llevar, en exclusiva, la expansión europea de la que se encarga mi padre.
Si él se hubiera ocupado de todo el tema ecológico, yo no estaría enfrentándome a esta reunión.
Tengo clarísimo que no puedo descuidar el proyecto, debo ser eficiente porque el sello que queremos tiene impacto en las licitaciones internacionales que está cerrando mi padre con Francia y Portugal.
Entro en la sala y todavía no ha llegado nadie.
Sentado en un lado de la enorme mesa de juntas, reviso el orden del día que nos pasó Laura —la responsable de sostenibilidad—, el resumen ejecutivo y los puntos críticos que he marcado.
No he traído boli, pero cojo uno del cubilete del centro y rodeo el apartado por el que voy a comenzar cuando me toque intervenir.
Laura entra en la sala hablando con Nil.
—Buenos días —dice ella.
El saludo de mi hermano es como siempre.
—¿Jefe? —Alzo la vista y doy un golpe seco de cabeza; no me sale sonreír, pero a él sí.
—Buenos días —respondo cortante.
Nora aparece, justo antes de que la puerta de cristal se cierre, empujando un carrito metálico con todo el material para la presentación.
Nil se vuelve y la mirada los delata; sin decir nada, carga una de las cajas y la coloca al frente de la mesa.
Hace un año ese gesto habría sido mío. Tengo que mirar hacia mi tableta para disimular que acabo de darme cuenta de que, si me hubiera fijado más en ellos durante estos meses, quizá no me habría pillado por sorpresa.
Esa intimidad no es de ayer. No puedo evitar sentirme incómodo cuando escucho que susurran entre ellos.
Laura los observa y luego a mí. Carraspea, pero no varío mi postura, aparento que entrar en el archivo corporativo es similar a desencriptar una contraseña del Pentágono.
—¿Empezamos? —pregunto al aire, sin dejar de observar la pantalla.
Sé que Nora ya ha preparado todo, no me hace falta levantar la vista.
Toman asiento y Laura comienza con el objetivo de la reunión, sigue con una lista de requisitos y nos informa de las solicitudes del auditor.
El bolígrafo gira entre mis dedos, no he perdido la práctica desde el instituto.
Mientras Laura habla, Óscar, mi asistente administrativo, entra con un carro de infusiones, zumos, bollería y fruta.
La reunión va a ser larga y, como no me relaje, voy a terminar con una contractura en la espalda.
A pesar de que evito mirarlos cuando les toca exponer a cada uno su parte, no lo consigo, y el ambiente se va cargando de incomodidad poco a poco.
Pero por fin llegamos al final y comienzo a guardar los folios en el portadocumentos.
—Guido, ¿comemos juntos? El proveedor de bobinas no confirma la entrega y no sé si podemos mantener el margen. ¿Miramos cómo ajustar plazos?
La voz de Nil me hace levantar la cabeza, Nora me mira fijamente; no es solo una petición al jefe, es un acercamiento en toda regla. Y no…, no estoy en ese momento.
—Si el proveedor sigue sin confirmar, vemos mañana si conviene cambiar el pedido o ajustar entregas —respondo en tono serio.
Aunque sé que postergarlo un día más me concede un margen de tiempo absurdo, lo necesito.
Es como frenar en seco antes de una curva que sé que tengo que tomar igual.
Tengo que adaptarme a la nueva situación, cambiar la marcha y aprender a convivir con ellos de otra manera.
Pero, joder, cuesta tanto que deje de doler…
Entro en mi despacho; ha sido una reunión asfixiante.
No ha tenido nada que ver con las reuniones distendidas a las que estábamos acostumbrados.
Les he pedido a Nora y a Nil que entreguen sus partes cerradas antes del día veinte, porque la fecha límite es el veintiséis, y, más que una petición, ha sonado a orden.
No me gusta este papel, pero me autoconvenzo de que alguien tiene que hacerlo.
El aviso del chat interno me hace desviar la mirada a la esquina inferior de la pantalla de mi ordenador.
Tengo a Deva Morel en recepción, dice que es… ¿tu novia?
La primera sonrisa real y liberadora del día me la saca esta visita inesperada, y la sorpresa de Óscar me provoca una carcajada.
Déjala pasar.
Después de la tensión sostenida en la reunión, la presencia de Deva en la oficina me lleva al modo «novio falso» que no sabía que necesitaba.
No tarda ni un minuto en aparecer por el pasillo; la observo a través de las paredes de cristal de mi oficina.
Lleva puesto el abrigo claro, enorme y acolchado que usaba en el pueblo de sus padres; no puede contrastar más con este sitio.
Me hace gracia verla caminar con esa seguridad por los pasillos de Cartonajes Lanau, no parece su primera vez.
Es reconfortante tenerla aquí, y no sé si esto tiene mucho sentido.
—¿Crees que es demasiado pronto para comer? —pregunta levantando una bolsa de papel oscura. Ni siquiera necesitamos un saludo. Sin duda esto es un rescate.
—Creo que has llegado en el momento justo, ¿me has implantado un chip de seguimiento? —En cuanto me pongo de pie, veo, por el rabillo del ojo, a Nil salir de su despacho; se me acelera el pulso—. Mi hermano está mirando directamente hacia aquí. —Bajo la voz.
—Nos besamos —no pregunta y su solución me gusta.
—Por logística —añado para no perderme en lo que no es posible.
Se acerca a la vez que yo voy hacia ella, con la anticipación absurda e imposible de aplacar que me provoca saber que vamos a besarnos, aunque sea de mentira. No nos hemos tocado desde que me fui de su casa la mañana de su cumpleaños, tampoco nos hemos visto.
Extiende sus manos sobre mi pecho, noto su calor a través de la camisa; se apoya en mí y se pone de puntillas.
Agarro su cintura y la atraigo hacia mí.
Su sonrisa es contenida, la mía tengo que mordérmela.
Creo que necesito este beso para recordarme que todavía hay algo en esta mierda de situación que me hace sentir bien, aunque no deba.
Unimos nuestros labios en un beso corto, pero no nos alejamos ni quitamos nuestras manos de donde las tenemos.
—Voy a besarte un poco más. —No estoy mirando si Nil se ha ido o sigue en el pasillo, pero he decidido que voy a aprovechar la situación. Me resulta muy difícil apagar eso que se quedó encendido desde la noche en que nos acostamos, y ahora, que vuelvo a estar a su lado, siento que se aviva.
Abrimos la boca a la vez y saborear su saliva consigue que cierre los ojos; sus manos se anclan a mi cuello y suben por mi nuca hasta enterrar los dedos en mi pelo. Que apriete mi cuero cabelludo de esta manera me excita mucho, podría incluso tirar un poco y…
Deva se separa un poco y nos respiramos.
—¿Comemos? —susurra en un jadeo que me encantaría perseguir—. He traído dos hamburguesas, espero haber acertado.
Carraspeo según nos separamos y echo un vistazo fuera del despacho sin apartar las manos de su cintura. Pillo a Óscar mirándonos sin parpadear. En cuanto se da la vuelta con un giro sobre sus talones, casi me entra la risa.
—Gracias por el rescate —me obligo a decir. Porque he llegado al punto en el que ni estrategia ni logística, mis besos son por gusto.
—Entiendo que estoy frente al Guido empresario.
Saca las hamburguesas, que tienen una pinta increíble, y las deja sobre la mesa baja que hay junto a unos sofás a la derecha de mi escritorio. Nos sentamos el uno al lado del otro.
—Yo conocí a la Deva doctora, es justo. —Desenvuelvo el paquete que me tiende.
—Me gusta más esa versión que la que miente a su familia —termina con una carcajada—. Cada vez que recuerdo esos días en mi casa, me parece irreal, esa no soy yo.
—Bueno, la borrachilla y desinhibida también está bien. —Me como una patata y, mientras mastico, ella me mira mordiéndose la sonrisa—. Luego está la que se presentó en casa de mis padres.
—Vaya caja de muestras. —Le da la risa.
—Unas cuantas, ¿eh? —le sigo el chiste y decido callar que todas me gustan. Bueno, todas menos la que se niega a tener pareja—. También está la jugona y competitiva y la que me escucha cuando le cuento mis mierdas. —Y la que pide lo que quiere en el sexo y me vuelve loco. Algo que también me callo.
—Sí, soy todas esas Devas. —Se ríe—. En mi casa suelo ser más tranquila de lo que has conocido —informa, no sabe que no necesito esa aclaración.
—Y tú, ¿qué Guido eres? —pregunta mientras se sienta frente a su comida.
«No lo sé».
—Hoy soy el director adjunto de una empresa familiar. —Señalo mi traje.