52 FINGIR EN SILENCIO
El sonido del timbre me tensa entera.
Tenemos que volver a fingir y, después de lo de anoche, creo que necesitamos un reajuste previo.
—Pareces más nerviosa que en casa. ¿No tenéis dominado ya esto? —pregunta mi hermana acompañándome a la puerta.
—Ayer nos acostamos —susurro.
Abre la boca, sorprendida, y rápido transforma el gesto en una sonrisa gigante.
—Jamás habría apostado por una capri con un sagi. —Se ríe por lo bajo.
—Para ya —pido en un susurro mientras presiono el botón para abrir la puerta del portal—. En serio, déjate de chorradas —insisto; su mirada me está alterando los nervios.
—Pero ¿ha pasado algo más?
—¿Más? ¿Qué más quieres que pase?
—Pues entonces bien, ¿no?
—Claro. He hablado con él y… —ignoro la sensación de cinismo que ha atravesado el teléfono cuando le he pedido que viniera—… todo bien.
—Pues venga. Va a ser más creíble.
—¿¡Es Guido!? —pregunta mi madre a gritos desde el salón.
—¿Acaso esperamos a alguien más y no me he enterado? —pregunto al aire.
Las risas desde el salón llegan altas y claras.
Abro la puerta y Guido sale del ascensor.
—Hola, cuñado —saluda Ile.
Él se acerca a mi hermana y le da un abrazo realmente cálido.
—¿Cómo estáis? ¿Todo bien? —pregunta, se ha afeitado del todo y su hoyuelo aparece en la sonrisa que le dedica a Ile. ¿Me gusta más con barba? Sí, pero así no está nada mal.
—Todo perfecto. Os dejo solos. —Mi hermana simula ser un mago y desaparece.
Guido me mira.
—Estando aquí podemos saltarnos los besos, ¿verdad? —pregunta mucho más serio que hace unos segundos.
—Claro —ratifico.
Por supuesto, no es que estuviera pensando en hacerlo, ¿no? No, para nada. Ileana lo sabe, y además nos ha dejado solos. Mis padres están en el salón…
—No puedo quedarme mucho, en hora y media tengo que volver a la oficina.
—¿Trabajáis esta tarde?
—Yo sí. —Se mira los pies—. ¿Tengo que descalzarme?
—No, no te preocupes. Y… —Pienso en lo que nos espera y su día laborable—. Comemos y te vas.
—Por supuesto, pero ¿será creíble?
—Claro. —Entonces lo miro de arriba abajo, va vestido demasiado formal para ser un repartidor.
—¿Qué? —pregunta sin comprender.
—La ropa. Eres repartidor. —Entro en pánico durante un segundo eterno.
Chasca la lengua y asiente. Yo improviso:
—Vamos a decir que no estás trabajando, que te vas con…
—Unos amigos… Me voy el día del cumpleaños de mi chica con unos amigos. —El sarcasmo con el que impregna la frase no tiene nada de sutil.
—Ostras… Me está empezando a doler la cabeza. —Froto mi frente, noto hasta calor en el lóbulo temporal, se me va a chamuscar—. Pero yo trabajo, tiene lógica.
—Tiene lógica —repite.
No voy a seguir ignorando que está enfadado, pero no tenemos tiempo para esto.
—Quítate la americana también.
Tiro de la manga de su abrigo y, tras quitárselo, se deshace también de la americana. Debajo lleva una camiseta de manga larga gris oscuro. Guardo todo en el armarito de la entrada. Sus vaqueros también son oscuros, así que da el pego.
—Vamos, creo que estamos listos.
—Si tú lo dices.
Me pongo nerviosa cuando entiendo que no está, para nada, predispuesto a fingir que es mi novio.
Pero se me pasa en cuanto entramos en el salón y él saluda y reparte besos cariñosos a mi gente.
Entonces, antes de sentarnos en la mesa, que mis padres ya han preparado como una comida navideña más.
Se pone a mi lado, se agarra a mi cintura y deja un beso en mi sien.
Clavo las muelas por dentro del carrillo para contrarrestar lo que ese simple gesto causa en mi estómago.
Martina nos dirige la mirada de una profesora de infantil orgullosa, como si acabara de presenciar el cierre de una obra de teatro magistral.
Que comamos uno frente al otro en la mesa no nos obliga a tanta interacción física y me alegro porque… Ostras, me está costando meterme en el papel, parece que cuando estoy delante de mi familia la situación se me hace bola. Mi cerebro entra en segundo plano con una cuenta atrás.
Guido habla con mi padre sobre la máquina de amasar pan y Julián está encantado con el interés que muestra. Incluso la yaya lo está, cuando él menciona las croquetas, ella sonríe afectuosa.
—Este muchacho sí que sabe lo que es bueno —dice y todos nos reímos—. He traído un montón, para que no mueras de hambre por culpa de mi nieta.
Guido levanta la mirada un segundo y me la sostiene. Entonces soy consciente de que detrás de esa sonrisa hay un cansancio evidente, incluso asoma un punto de irritabilidad.
—No se le da tan mal —dice para todos, pero no desvía la mirada de mí.
—No hace falta que mientas —le digo, y no sé por qué me sale un tono molesto.
—Ah, ¿no?
Su respuesta me muerde y cierro la boca.
Ileana se ríe de forma exagerada. Necesito que este momento se disuelva.
—Uy, que aquí igual hay algo en lo que no nos tenemos que meter —dice mi madre y se levanta, junto a mi padre, a apilar los platos vacíos.
Les freno con un gesto y soy yo quien recoge. Cargo el lavavajillas y me encuentro con que Guido ha entrado en la cocina con las fuentes vacías.
—No hace falta…
—Ya lo sé.
Pero sigue haciéndolo igual. No quiero discutir, además ¿de qué vamos a discutir?
—¿Te ha molestado que…?
—Estoy aquí, Deva —zanja mi pregunta incompleta y deja la fuente en la mesa—. ¿Las natillas están en la nevera?
—Sí. —Inspiro con fuerza y me centro en coger los cuencos para el postre. Pongo la cafetera y saco también la tarta para que se atempere.
Cuando miro hacia la puerta, él ya no está. De verdad, parece que estuviéramos en plena pelea de pareja.
Tomamos el café y, tras soplar las velas de la tarta, Guido se levanta.
—Tengo que irme —se dirige a mí, pero habla en alto—-. ¿Te parece si te recojo cuando salgas del hospital?
Mira qué bien lo ha hecho.
—Claro —digo sonriendo.
El carraspeo de Martina distrae mi mirada. Ella niega. ¿Quizá ha quedado sobreactuado?
—Un placer volver a veros —se dirige a todos.
—Tienes que venir al cumple de Ana. Devita, hija, no aceptes un no por respuesta y solucionad lo que sea que os sucede. —Mi madre está tan encantada con Guido que no quiere perderlo de vista.
—Ya veremos, mamá —digo un poco seca, pero es que no quiero que se meta en nuestra relación.
Relación…
En nuestro pacto.
Bueno, da igual. Acompaño a mi supuesto novio a la salida, donde estamos solos de verdad. Escucho que la charla en el salón continúa y me relajo un poco. Esto ya se termina.
—Gracias —digo bajito.
—De nada —responde igual de bajo.
Durante un segundo, soy muy consciente del favor que me ha hecho, de lo rápido que ha reaccionado y de lo agradecida que estoy. Y, durante otro segundo efímero, el mundo parece entregarme un pedazo de algo que no entiendo y que quiere llenar ese vacío con el que me he levantado.
Él se va, no dice nada más.
Yo tampoco.
Cierro la puerta y entro algo desubicada al salón.
—¿Quieres que te llevemos nosotras al hospital? —pregunta Ile—. Los papás se van ya al pueblo.
No esperaba que fuera tan rápido, pero ya están levantados. Mi padre sale de la cocina y la mesa está recogida.
—No pasa nada, ya voy yo…
—Hija, para que no tengas que dejar el coche allí cuando te vaya a buscar Guido. —Julián habla con la practicidad de siempre.
Eso no va a pasar, pero ellos creen que sí, y me parecería un fin de día de cumpleaños bonito. Qué absurdo, qué tontería de pensamiento.
—Vale, iros vosotros y que me lleven Ile y Martina —resuelvo, necesito paz para mi lóbulo frontal antes de seguir confundiendo situaciones.
Mis padres se van y mi hermana no pierde ni un segundo.
—Pero ¿qué os pasa?
—Que acaban de hacer una interpretación magistral de una discusión de pareja. Se os notaba tan incómodos, con cositas por resolver…
—Marti, por favor, ahórrate el análisis —le digo algo molesta.
—Pero…, si ayer os acostasteis, no entiendo qué os pasa. —Ileana expresa sus dudas en alto.
—¿Os habéis acostado? —Martina lo formula sin histrionismo.
Pongo los ojos en blanco.
—Quería que saliéramos. Y le dije que no.
—Vaya… —murmura mi cuñada.
—Tiene su lógica, Devita, y que sea yo la que tenga que decírtelo…
—No la tiene en absoluto, Ile. Y voy a recoger la cocina —corto la conversación—, que todavía llego tarde a trabajar. Iros cuando querías.
—¿No te llevamos al hospital? —Ileana parece decepcionada y yo la miro sin dar crédito.
—Tú te lo estás creyendo demasiado, cariño mío. —Martina se dirige a su mujer con amor.
Doy media vuelta y salgo del salón. Que mi hermana esté confundiendo la situación es el tipo de problema que no quiero gestionar.