51 DESPUÉS DE TODO
Abro los ojos y sé que es mucho antes de lo que pensaba levantarme.
Apenas recuerdo meterme en la cama anoche de lo rápido que me dormí.
La sesión de sexo con Guido fue… tan espectacular como agotadora.
Y eso que yo no hice apenas nada, pero sé que tener dos orgasmos son equivalentes a tomar un diazepam.
Muevo el cuello, no tengo una buena postura.
Cierro los ojos y suelto un suspiro; no me gustó el final que le dio él.
Que Guido quiera tener una relación me rompió los esquemas.
No entiendo por qué quiere meterse ahí. Chasco la lengua mientras traigo la conversación a mi mente y…
Es que a veces mi empatía está de vacaciones, pero creo que fui muy lógica.
—¿Y si simplemente salimos juntos?
Recuerdo que su pregunta me pilló por sorpresa.
—No creo que sea necesario. —Fruncí el ceño y contesté algo atolondrada mientras cogía mi ropa del suelo—.
No voy a negar que lo que acabamos de hacer ha sido increíble, y que hacía tiempo que no me comunicaba tan bien con alguien en la cama —analicé en alto y fui honesta con los dos—.
No ha parecido nuestra primera vez. E igual que no me niego a que esto pueda volver a pasar, no quiero tener una relación de pareja.
Él no dijo nada.
—Mi trabajo me exige mucho y lo de meter a alguien en mi vida es demasiada distracción. —Vestirme fue ideal para desviar mi atención directa. Odio esas conversaciones—. Creo que lo que estamos haciendo está bien así.
La curiosidad por saber la razón de su propuesta fue aplacada por las ganas de irme de su casa.
—¿Quieres que finjamos ser novios y que tengamos sexo alguna vez? —susurró.
—Sí, no le veo el problema. —Ya en la entrada, me calcé.
Aunque antes de que pusiera la mano en la manilla de la puerta, él estaba a mi lado. No lo miré a la cara, no esperaba terminar así.
—Nos vemos… —dijo.
—Intenta no participar en el grupo de Whatsapp de mi familia, por favor —lo corté. Su propuesta me hizo darme cuenta de que necesitaba dejar ese punto claro. De repente, ese recuadro se había coloreado de rojo—. No quiero que se ilusionen.
Subió las cejas y asintió.
Y me fui.
Y ahora aquí estoy, dándole vueltas a algo que no debería porque creo que fui clara y leal a mi forma de vivir.
Igual un poco categórica… Entonces ¿por qué esta sensación de vacío?
La de haberme negado a algo que echaré de menos.
Menuda tontería, ¿cómo voy a echar de menos algo que no he tenido nunca?
Estoy ñoña. Me pasa cada cinco de enero.
Debe de ser que es mi cumpleaños y no me gusta nada, pero nada de nada. Y cumplir treinta y cuatro años no me está sentando bien.
Salgo de la ducha y cojo el móvil de la mesilla, sé que va a haber videollamada familiar y que tengo que hacerla antes de la tarde, así que voy a ver para cuando se están organizando.
El año que viene pediré, por anticipado, que las felicitaciones me lleguen en forma de mensajes; pensar en las llamadas me agobia.
No sé por qué, pero miro el chat de Guido, que está vacío. No hay ni un mensaje y… Bueno, es como tiene que ser.
Suena el timbre. Me pongo un pijama limpio y voy hacia la puerta, no es el telefonillo. Abro y…
«Ostras, ¿qué hacen aquí?».
—Felicidades, cariño. —Mi madre me abraza sin darme tiempo a decir nada y, de un vistazo, me encuentro con mi padre y con mi yaya detrás.
No puede ser cierto.
—Pero… —Mi cerebro hace una desconexión momentánea.
—Vamos a comprar una amasadora de una panadería que han cerrado —informa mi padre.
—¿Hoy? ¿El día de la Noche de Reyes? —Observo cómo entran en mi casa y recibo más besos y abrazos.
—Sí, y nos subimos después de comer con Martina e Ileana al pueblo. ¿Tú no vas a poder?
—Mamá, trabajo por la tarde.
—Sí, claro…
La yaya me da un abrazo apretado.
—¿Dónde tienes al muchacho? —pregunta sonriente.
¿El muchacho?
—Si vas a celebrarlo con él, supongo que ya estará por aquí… —habla mi padre.
—O que habréis pasado la noche juntos. —Mamá estira el cuello para mirar hacia mi habitación, cuya puerta está abierta.
—Mamá, es lunes, está trabajando. —Un día de estos mi amígdala y mi sistema nervioso simpático van a colapsar.
—¿Y no habéis pasado la noche juntos?
«Ostras… Si te dijera que voy a mentirte de nuevo».
—Salí tarde del hospital, me vine a casa directamente.
Sé que podría ser sincera, y, llegados a este punto, no entiendo por qué no uso la verdad a mi favor. Pero… no puedo exponer lo de anoche. Mi relación con Guido es el mundo al revés.
—Pues nada, pasarás tu cumpleaños con tu novio y tu familia. —Mamá sonríe tanto que me deja petrificada.
—Maravilloso —susurro.
—Maravilloso, muchacha —repite mi abuela a mi lado y me asusto, no pensaba que estuviera tan cerca.
—Anda. Dime dónde puedo dejar todo esto —dice mi padre, que lleva una caja de plástico azul, de las de la panadería, llena de tápers.
—Traemos croquetas —canturrea la yaya confidente.
Mis sinapsis neuronales no parecen hacer masa, no encuentro la forma de librarme de esto.
—Voy a recoger el baño. —Busco la huida fácil, necesito pensar.
—No te preocupes, vamos a organizarnos, tú no tienes que hacer nada. Yo busco los utensilios. —Mi madre está en su salsa, y mi padre, conocedor de mi piso, se acerca hacia el termostato para encender la calefacción.
Entro en mi habitación. Junto las palmas de mis manos frente a mí, tomo aire y lo suelto despacio. Esto no va a ser fácil después de lo de anoche, pero no me queda otra opción. Al fin y al cabo, si no he cortado con él, es porque voy a fingir ser su novia en la boda de su hermano.
No tengo paciencia para mandar un mensaje y esperar a que lo lea, así que marco su número. No me coge porque, aunque me he inventado que trabajaba, tiene lógica: es lunes.
Mientras hago la cama y sopeso que no pueda venir por razones sensatas y válidas, el móvil suena.
Es él.
—Hola, Guido. Perdona que te moleste. —Mi voz suena un poco pueril. Opuesta a la asertiva de anoche.
—¿Va todo bien? —Su tono extrañado es comprensible.
—Mis padres han venido a casa por sorpresa…
—Ah, felicidades, claro. —Parece un mero formalismo; ¿habrá olvidado que me felicitó anoche antes de lamerme la piel entre mis pechos?
Un escalofrío recorre toda mi piel.
—Gracias… —susurro y me alejo de la puerta—. Verás, ¿te acuerdas que te dije que les había contado que celebraría el cumpleaños contigo? —Decido meterme en el baño y cerrar la puerta.
—Sí, claro. —Carraspea. Yo cierro los ojos durante su silencio—. Estás sacando más partido a nuestra relación que yo, me temo. —Hila a la perfección la situación, pero el tono que emplea, junto a que yo no me siento muy segura ahora mismo, me produce una incomodidad extraña.
Su ironía fina no roza el humor para nada.
—Ya, bueno, es una emergencia —me justifico y odio hacerlo—. No esperaba que vinieran.
—Tengo que ir, ¿verdad? —deduce.
—Me temo que sí. —Cierro los ojos con fuerza—. A menos que tengas que trabajar…
—No te preocupes. —Carraspea otra vez, lo noto incómodo—. Tendré que comprarte algo.
—No, no. —Freno—. No lo hagas, ya les digo que me lo diste por anticipado.
¿Lo de anoche cuenta como regalo?
«Céntrate, Devita».
—Bien, en un par de horas estaré por allí. Mándame ubicación y el piso.
—Gracias.
Cuelga.
Miro el teléfono y me agobio tanto que me dan ganas de meterme en la ducha otra vez y no salir en todo el día. Pero no puedo, no sería correcto. Así que termino de recoger el baño y la habitación, me visto y salgo preparada para otra entrega de: «Deva y su novio falso».
Ileana y Martina están en el salón.
—¿En serio? Pero ¿qué fiesta es esta? —Mi indignación es imposible de camuflar.
—Llevamos preparándola unos días, desde que papá dijo que había quedado hoy con el dueño de una panadería que está cerrando. —Mi hermana se acerca y me da un beso.
—Podrías haberme avisado —susurro.
—Deva, ¿qué no entiendes de la palabra sorpresa?
—Le dije a mamá que lo iba a celebrar con Guido —susurro.
Abre la boca y luego la cierra. Asiente.
—Ya. Pues… no dijo nada.
Tengo las cejas tan arriba que creo que las voy a perder entre el pelo.
—Ya —la imito—. Porque a esa mujer le gusta verme con novio. Debe de haber una patología psiquiátrica con estos síntomas.
Ileana se encoge de hombros.
—Bueno… Pues que se venga.
—Claro, así de fácil. —Mi indignación no se traslada a mis gestos, porque pueden pillarme.
—¿De qué habláis? Deva, cariño, ¿dónde tienes los manteles grandes?
Los manteles no lo sé, pero el cortisol debe andar por las nubes.