Bésame por logística 50 PROMETO NO ABURRIRTE
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50 PROMETO NO ABURRIRTE

¿He pensado en la posibilidad de que Deva y yo acabáramos en algún momento lo que empezamos en Año Nuevo?

Claro, sería estúpido no admitirlo. Mi cabeza no solo ha estado centrada en asumir el drama de mi vida y en que voy a ser tío del hijo de mi ex.

Su orgasmo y su intención ocupó un puesto que ha tomado el mando de mi mente varias veces, y el de mi polla.

Después del beso en la puerta del restaurante nuestra llegada a casa es tranquila; quién lo iba a decir.

No nos posee la locura de tirarnos el uno encima del otro.

Simplemente, hemos caminado los apenas tres minutos que nos separaban de mi piso mientras hablábamos de cómo pasó el día de Año Nuevo con Ileana y Martina.

En cuanto he abierto la puerta, Deva deja el abrigo en el perchero y se descalza. No es que yo soliera hacerlo, pero desde que llegué del pueblo de sus padres, también he adquirido la costumbre; además, las botas suelen ser un estorbo a la hora de desnudarse cuando hay otras cosas mejores que hacer.

—¿Te apetece comer algo? ¿Un café? No lo has tomado en el restaurante —ofrezco mientras ella se sienta en el mismo taburete que hace cuatro noches.

—No pensaba demorarme mucho en ir a dormir. —Su tono de voz me dice que está flirteando y el incentivo que supone acarrea un eco de excitación.

—¿Y ahora? —Me gusta este juego.

—Voy a confiar en que no nos aburramos para poder mantenerme despierta —devuelve.

En lugar de acercarme y devorarla con la misma locura que lo hice justo donde está sentada, castigo mi labio con los dientes.

—Prometo no aburrirte —bajo la voz.

Hay algo en la determinación con la que Deva me mira… Tengo la sensación de que podría arrasar conmigo si me tuviera en su punto de mira. Y con la misma efectividad que debe de tener cargándose zombis.

—Me parece bien —dice.

Baja del taburete, rodea la mesa y se acerca sin timidez.

Me gusta muchísimo cómo enfrenta. La cojo por la cintura y la beso, despacio, mientras ella arrastra las manos por mi pecho hasta mi cuello y trepa por mi nuca.

Se enreda en mi pelo y presiona despacio mi cuero cabelludo.

Es excitante, es tan sensual que, unido al baile de nuestras lenguas y a la presión de nuestros cuerpos, consigue que de mi garganta se escape un gemido de ganas.

Meto las manos bajo su jersey de lana. No lleva camiseta y me encuentro con su sujetador; yo ya he estado ahí dentro. Experimento una avidez residual de ese momento, pero, ahora, para hacer a placer lo que no tenía permitido, y ni siquiera en mente, la vez que estuve cerca de sus pechos.

La levanto por la cintura y ella grita. La siento sobre la mesa alta de la cocina y suelta una carcajada. Creo que sorprender a Deva se puede convertir en un reto.

—¿Vamos a hacerlo aquí? —pregunta, tiene los ojos brillantes y las mejillas arreboladas.

—Vamos a hacerlo donde tú quieras.

Me agarra la cara por las mejillas y me besa, primero despacio y después nos fundimos; se me eriza la piel.

—¿Te vas a poner complaciente? —Se separa un poco y las yemas de sus dedos se cuelan para acariciarme los labios, no deja de mirarme con un gesto que desborda deseo.

—Creo que no podría haber tenido una novia falsa más sexi. —Joder, lo es. Y no sé si lo sabe, porque no posa, no baja la voz, no busca el efecto… Si quiere algo, lo dice y lo hace con una naturalidad que me desarma.

Levanto su jersey y me agacho lo justo para poder besar su abdomen; ella se contrae a la vez que coge aire de forma audible.

Mis besos van subiendo por su piel, que desprende ese aroma tan suyo de flores secas y madera, y mi reacción es inmediata: quiero más.

Desabrocho el sujetador y sus manos se posan sobre mi cabeza, cubierta por su jersey.

Me fijo en que tiene un tatuaje no muy grande en su costado derecho.

Parece un faro. La tela que cubre sus pechos cae un poco, lo suficiente para que pueda acceder a su pezón izquierdo.

Lamerlo despacio me recompensa con un gemido alto por su parte y un movimiento de todo su cuerpo hacia mí.

El cosquilleo en mi espalda y en mis testículos me impera a mantener el ritmo.

Me pierdo en su piel, en sus pechos… La rugosidad de su pezón se aprieta contra mi lengua y muerdo despacio.

—Sí, sí…, un poco más —jadea y su petición es lo que faltaba para sentir que estoy a punto de que me estallen las pelotas.

Aprieto mis dientes en torno a él y el siseo que suelta y cómo adelanta las caderas me dan la pista para subir un punto más de presión.

—Sí… sí… Así… —Mantengo un par de segundos, completamente excitado, y termino con un lamido lascivo regocijándome en ese capullo apretado. Me encanta cómo sabe, cómo se siente en mi lengua, y juego con la punta a la vez que su gritito llena mis oídos.

Me separo, le echo el aliento, y logro que la piel de sus pechos se erice.

Ella se ríe y mete su cabeza dentro del jersey; nos encontramos en ese reducto minúsculo donde la temperatura ha subido bastante.

—¿Te vas a quedar ahí dentro? ¿Desperté algún fetiche en mi casa? —formula acalorada, sin perder la enorme sonrisa.

Pego mis labios a los suyos, porque no puedo más.

—Puede ser. —Atrapo su culo y la atraigo del todo a mí para que sus piernas se agarren a mi cintura—. Felicidades, por cierto. —Se ríe y paso la lengua despacio entre sus pechos. Acto seguido, la retiro de la mesa sin bajarla de mi cuerpo.

—¿Mejor en la cama? ¿O tienes otras preferencias? —pregunto entre beso y beso y sin moverme porque no veo nada más allá de ella.

—Tengo preservativos en mi mochila. —Ladea la cabeza y deja que mi boca resbale hasta su cuello—.

Me da igual dónde lo hagamos. —Se deshace del jersey—.

Me pones muchísimo, Guido —confiesa. Me besa con un punto de desesperación y mi ego se infla, lo que hace que mi polla tiemble buscando el contacto que ahora está demasiado arriba.

—El sofá va a ser perfecto —decido y nos llevo hasta allí.

Se ríe mientras pesca la mochila de la mesa alta y la lleva con nosotros.

Sentado en el sofá, con ella sobre mí, solo quiero que se desnude, pero no aguanto y la atraigo para besarla; no se queda atrás, toma las riendas y acaba mordiendo mi labio inferior.

—No lo castigues más —susurra, después lo lame y entiendo que se refiere a esa parte de mi cuerpo que acostumbro a morder de forma indiscriminada en mi día a día.

De forma abrupta se levanta y su ropa cae muy rápido, tanto que, cuando me doy cuenta, a mí no me ha dado tiempo ni a quitarme el jersey.

Acelero mis movimientos y, cuando yo también estoy desnudo, prácticamente la arrastro sobre mí, a horcajadas.

Nos volvemos a besar, a tocar, a lamer, y así, sin parar, hasta que su humedad se desborda sobre mis dedos.

Ella sube y baja la mano alrededor de mi erección, y lo hace con una precisión tan brutal que casi me corro de inmediato.

Aprieto el culo con fuerza y le pido sobre su boca que vaya más despacio.

—Tú no pares, porque quiero irme en tu mano… —jadea y obedezco—. Sí, tócame así… —gime y me aprieta mientras se corre—. Sí… Sí… Oh…

Arquea la espalda, lleva su mano sobre la mía y deja que sienta cómo se contrae con pequeños espasmos en su interior. Creo que si vuelve a presionar mi erección, voy a correrme.

Abre los ojos y me mira.

—¿Te puedo pedir que me penetres? —susurra con un punto de desesperación y excitación que me vuelve loco.

—Joder, Dev…

—¿Ya? ¿Por favor?

Podría reírme, claro, pero tengo algo mucho más urgente entre manos.

Alcanza su mochila, mete la mano y deja sobre mi pecho un preservativo.

Lo coloco en tiempo récord y es ella quien se alinea con mi polla.

Tiene la boca ligeramente abierta y no aparta la vista de donde nos vamos a unir.

Me agarro por la base para terminar de colocar bien el condón y con la otra mano acaricio su sexo mojado.

—Ostras, Guido, qué dedos tienes. —Su tono es agudo, se derrite por completo; y yo quiero estar dentro. Pero casi ni computo las ganas porque es ella misma quien se roza contra mí y se arquea.

—Me gustaría que probaras mi boca —suelto lascivo sin dejar de mirar cómo se contonea.

—Y tú la mía —gime y cierra los ojos en otra de mis pasadas.

Voy a estallar.

No dejo de tocarla, no puedo. Entonces sus manos apartan las mías, agarra mi erección y la lleva a su clítoris; los roces que se prodiga me vuelven loco.

—¿Lo quieres así? —Tampoco voy a quejarme, aunque me muera por que me folle con ese coño que antes me ha apretado los dedos.

—No… Dentro —suplica balanceando las caderas a la vez que se masturba conmigo. Entonces para, se penetra con ella y consigue que yo me muera un poco más en cuanto la noto a mi alrededor.

Sube los pies al sofá y se coloca en cuclillas sobre mí.

—¿Te apetece hacérmelo fuerte? —sugiere con una cara de viciosa que la hace parecer otra mujer, diferente a la que dice ‹‹coito››.

Asiento, no puedo decir nada porque aprieta las paredes de su vagina y la presión me secuestra la voz. Creo se me cae la baba y todo, joder… Acaricio sus pechos, miro su cara y no dejo de decir que sí.

—¿Muy fuerte? —pregunta con un quejidito, sube y baja despacio en un movimiento que me está trastornando.

—Joder, Deva, voy a partirte en dos, deja de decirme eso.

—Hazlo.

Y no espero más.

Mis movimientos prácticamente la taladran; me acerca los dedos y se los chupo, enajenado con la presión de las paredes de su vagina y sintiendo que mis huevos están preparados para todo.

Se lleva su mano, llena de mi saliva, al clítoris y, entre eso y mis embestidas, ella vuelve a correrse.

Entonces dejo de aguantar y, segundos después, me voy del todo.

Un orgasmo atraviesa mi cuerpo y no puedo evitar el gemido ronco de mi pecho.

—Joder…

Ella se derrumba sobre mí. Se ríe por lo bajo entre las respiraciones audibles y, aunque a mí no parecen quedarme fuerzas, me rindo a su risa, al placer y al descanso.

No decimos nada; acaricio con mis manos su espalda y, en cuanto empiezo a notar que se enfría, engancho una manta del sofá para cubrirnos. No me apetece moverme, pero ella tiene otros planes.

—Voy a sacarte —susurra—. Hay que quitar ese condón.

—Claro. —Mi erección está entrando en modo reposo.

Agarra el preservativo, levanta las caderas y dejo de sentir el calor de su cuerpo. Se incorpora, lo anuda y se levanta para ir al baño.

No me habría importado quedarme con ella encima toda la noche. De hecho, hay un puntito incómodo en mi mente que se molesta por su lejanía. O por su actuación tan inmediata. Me pregunto si va a volver a mi lado, y no tengo tiempo para rayarme mucho, sale del baño y me mira con una sonrisa radiante.

—Ha sido una gozada. —Está desnuda, frente a mí—. He usado tu bidé y una toalla. —Me la muestra—. ¿La meto en la lavadora?

Se va, está muy claro.

—Deva… —Me incorporo con una idea cargada de tanta lógica como ella aplica; sentimos una atracción innegable.

—¿Sí? —Se incorpora, estaba cogiendo su ropa desperdigada por el suelo.

—¿Y si, simplemente, salimos juntos?