49 DECISIONES EN TIEMPO REAL
Llego al bar de tapas que indica la ubicación que Guido me envió al chat. Está cerca de su casa, reconozco la zona. No por primera vez, en estos días, recuerdo lo que pasó en Nochevieja, y que lo mencionáramos ambos por teléfono me lleva a… No sé… Veo posibilidades de retomarlo.
No ha sido un mal día de trabajo, aunque el parto complicado de última hora me ha retrasado.
Miro a través de la ventana y lo localizo.
Está hablando con un chico con barbita, más bajo que él.
Lo observo durante unos segundos en los que me pregunto si mi papelón de novia tendría que empezar ya.
Espero un poco más, por si fuera alguien a quien se ha encontrado por casualidad, pero no, ese chico no se va.
Tomo la decisión de ser Deva «la novia de Guido» y accedo al local; el ruido de las conversaciones me rodea al instante.
Llego hasta donde están; mi supuesto novio me mira dedicándome una sonrisa amplia con la que me muestra sus dientes.
Incluso atisbo, entre su barba, ese hoyuelo que a veces se le marca.
—Hola. —Me acerco y, no sé por qué, me echo hacia atrás.
Qué poca seguridad desprendo.
Guido frunce el ceño, así que vuelvo al plan inicial y, de forma un tanto torpe, me aproximo para dejar un beso en sus labios. Rozo su barba y me sorprende lo que me gusta encontrarme con el calor de su boca. Pero vuelvo a dudar y me aparto.
—Hola… —dice.
Entonces sus manos se agarran a mi cintura y deja un pico lento en mis labios; y este sí que me deja disfrutar de la tibieza de su calor. Se separa un poco y sonríe, aunque no termina de alejarse del todo.
Entiendo el mensaje y me quedo entre sus brazos.
Mi piel se enciende y me gusta. Tampoco es malo que disfrute de la logística de nuestros encuentros.
—Soy Ismael —escucho a mi lado, Guido me suelta y mira al que debe ser su amigo—. Estáis muy metidos en el papel, creo que vais a dar el pego sin problemas.
Su sonrisa socarrona subraya el conocimiento que tiene sobre nuestra farsa.
—Oh… —Noto la cara arder, el bochorno es inmediato—. Lo sabes… —Niego y me muerdo los labios, los nervios desencadenan una carcajada algo histérica que interrumpo.
—Sí, eres Deva. —Que sepa hasta mi nombre hace que sea consciente de que he entrado en una espiral de incomprensión que me tiene desregulada.
Miro de reojo a mi novio falso, no entiendo a qué ha venido su beso.
—Sí. —Miro a Ismael—. Perdona, os he visto desde fuera y no sabía… —La sonrisa de Guido es un poco traviesa—. No sabía cómo proceder.
—Así practicáis. —Se encoge de hombros.
Guido se ríe.
—Venga, Isma, lárgate ya.
—Estoy deseándolo, pero no por ti —me habla sin perder la sonrisa—. Estás pirado, tío —le dice a su amigo.
Guido sube las cejas y los hombros, se despiden rápido y, cuando nos quedamos solos, le lanzo una mirada interrogante, me he sentido un poco tonta por mi entrada.
—Ha sido por no dejarte sola —justifica con una inocencia que no sé si creerme.
—¿Seguro? —Frunzo el ceño.
—A medias —confiesa y su sonrisa traviesa vuelve a aflorar.
Nos sentamos en una mesa reservada y todo parece indicar que lo conocen. El ruido del bar se diluye un poco y permito que decida los platos; estoy hambrienta y no me apetece pensar.
—Mientras no pidas alcachofas —murmuro mirando alrededor.
Su rodilla roza la mía y cada contacto parece de todo menos involuntario. Creo que lo que dejamos a medias sigue trabajando en segundo plano.
—Está bien saberlo, están en plena temporada.
—¿Controlas el sector horticultor?
—No —se ríe—. Tuvimos un cliente que quiso que trabajáramos los embalajes específicos para cada tipo de hortaliza y verdura.
En casa aprendimos muchísimo qué verdura se recoge en cada mes, cuál necesita transpirar y aquellas que no se pueden apilar en más de dos capas.
Fueron conversaciones de sobremesa interesantes.
—Se le escapa una risa y acto seguido la melancolía tiñe su mirada.
Agarro la servilleta y, con ello, freno las ganas de consolarlo con un toque de mi mano sobre la suya.
El arrepentimiento surge en el acto, debería ser más espontánea con él, quedamos en que no hay mentiras entre nosotros.
Lo que me recuerda que le tengo que contar lo de mi cumpleaños, por si acaso le da por entrar en el chat familiar.
Un camarero nos trae las bebidas y me sirvo un vaso de agua que bebo del tirón. Guido no parece querer seguir hablando de ese cliente ni de los recuerdos que le han venido a la mente. Así que, antes de que nos empiecen a llegar los platos, saco mi agenda del bolso y un boli.
—No esperaba menos de ti —dice.
—Está bien que me vayas conociendo. —Abro la parte del planificador y reviso enero—. En diez días, la jefa de servicio nos dará el cuadrante de febrero, y podré ajustar mes a mes. No hay problema si tengo que cambiar turnos, así que ve diciendo fechas que son ineludibles y seré toda tuya.
Levanto la cabeza porque él no dice nada. Es… curioso cómo siento su mirada. Tiene una forma de observarme sin cortarse que debería venir acompañada de consentimiento informado. Lame su labio inferior y lo muerde; un calor en la nuca me obliga a tomar aire.
—Si tuvieras unos subrayadores, podría decir que esto es un déjà vu —murmura, su tono es ronco y no puedo evitar colgarme de él, parece que lo tengo pegado a mi oreja.
«Céntrate, Devita».
—Con un boli será suficiente. —Carraspeo.
Toma aire y lo suelta despacio. Echa un vistazo alrededor y yo también; estamos en un restaurante que, por un segundo, había desaparecido de mi radar.
—A final de mes solemos ir a comer a casa de mis padres —empieza a informarme—, si no ha habido un cumpleaños ese mes. Probablemente este sábado de aquí —lo señala— habrá comida familiar.
—Vale, apunto. El día uno —señalo el domingo siguiente— es el cumpleaños de Ana y lo van a celebrar en el pueblo, llevarán a Bastián.
—Están emocionados —dice y eso confirma que lee los mensajes del grupo de WhatsApp.
Levanto la vista de la agenda con una sonrisa en la boca, imposible no hacerlo cuando hablo de la nueva familia que están creando.
—Mi hermano está pletórico, aunque controlan la emoción porque el niño es bastante tímido.
No sé mucho más, no me gusta invadir su mundo, ya lo harán mi madre y seguro que Ile.
Pero Roque no está ni la mitad de activo que suele estar en el chat.
—Abro mucho los ojos y le doy credibilidad a su actitud.
—Respecto a eso… —Frunce el ceño.
—Ya, no te preocupes, no tienes que participar en ese grupo de locos. —Hago un gesto quitando importancia a lo que pueda estar pensando.
—Felicité el año. —Despliega la servilleta en su regazo y evita mi mirada.
—No lo vi. —Mi voz suena a disculpa.
—Yo sí te vi a ti. —Aprieta los labios—. Eres… seca, comparada con el resto.
Se me escapa una carcajada.
—Ya te lo he dicho: los chats no son lo mío. —Cierro los ojos y subo las cejas.
—Desde luego. —Carraspea—. ¿Quieres que vaya al cumpleaños de Ana?
Llegan los platos a la mesa y la interrupción de la camarera, que además felicita a Guido el año nuevo, me permite pensar. No se lo he dicho para que venga, ha sido para informarle sobre mis días bloqueados.
—No lo sé —dudo; todavía no tengo claro qué voy a hacer con ellos—. De momento vamos con tu agenda.
—¿Y al tuyo? —pregunta. Y otra vez me dedica esa mirada que ya sé por qué me pone nerviosa, la reconozco del reflejo en el espejo de la otra noche—. De repente, han dejado de hablar del tema.
«Venga, Devita, tu cumpleaños».
Pongo los ojos en blanco. Llevan dos días insistiendo por el grupo de Whatsapp, en venir a casa a soplar las velas conmigo. Saben que trabajo por la tarde, no obstante, les da igual y por eso:
—He hablado con mi madre y le he dicho que… lo voy a celebrar contigo. Que comeremos juntos.
Sube las cejas.
—Y yo sin enterarme. La información entre nosotros tiene que fluir. —Mueve las manos y después se sirve un poco de la ensalada de burrata y tomate en su plato.
—Iba a decírtelo —justifico—, pero soy de ideas fijas y saber los próximos pasos contigo era lo importante.
—Si me llegan a escribir… —plantea—. Entonces, ¿no vas a decirles que hemos cortado?
—Llevo días dándole vueltas, no lo tengo claro.
—Habla, vamos a ver qué hacemos. —Lo plantea con ese liderazgo de quien sabe llevar trabajos en equipo, y… tiene un atractivo difícil de ignorar, aunque ¿hay algo suyo que yo esté ignorando esta noche?
—Creo que puede ser más creíble si no les cuento nada, aunque sostener la mentira, con lo pesados que son, me genere una úlcera.
—Es real que puede pasar—. Pero si la mantengo, no tienes por qué venir a las comidas en el pueblo —se me ocurre sobre la marcha—, porque no somos de esas parejas que van a todos los sitios juntos —suelto de corrido.
Ahueco el cuello alto de mi jersey, tengo demasiado calor ahora mismo.
—¿No lo somos?
—No. —El gesto de mi mano lo deja claro.
Si me quiero poner seria, tengo que dejar de subyugarme a sus ojos, así que me centro en la mesa.
—Está bien saberlo. —Se le escapa una risita.
Dejo la agenda a un lado para que no se manche y procedo con la ensalada.
—Pero, claro, si no lo dejamos, igual algún día sí que tienes que estar. —Pienso en voz alta, no puedo ser tan radical después de los días de Navidad.
—Como tú quieras.
Cojo una tosta que lleva una anchoa coronando una crema blanca moteada y antes de hablar la meto en mi boca. Cierro los ojos porque está riquísima, y le pido con la mano unos segundos.
—Es que, si digo que lo hemos dejado y nos pillan juntos, activaremos un DEFCON 2 —reanudo.
—¿Sería factible?
—¿Qué nos pillaran? No sería la primera vez que me encuentro a Roque y a Ana, o que se acercan a casa sin avisar.
—Mi cerebro busca una explicación a por qué Guido podría estar en mi casa, y me sube al cuello más calor; igual no estoy muy centrada—.
Yo qué sé. —Bebo agua; él no dice nada. Tras un parpadeo, come y espera a que siga hablando—.
Casualidades peores se han visto y tenemos que mantener la farsa hasta abril.
—Sí, bueno, nos podrían ver incluso en el coche… —dice después de tragar—. Una vez que pase la boda, podremos romper a ojos de todos.
—Eso es. —Apruebo su sugerencia.
—Lo tienes bastante claro, ¿no?
Es verdad, ha sido decirlo en voz alta y todo apunta a que…
—No les voy a decir que lo hemos dejado. Espero hasta después de la boda —concluyo. Un nuevo Excel aparece en mi cabeza, porque, aunque esto sea más fácil que las navidades atrapados en mi casa, necesito integrarlo con mi maravillosa e invasiva familia.
—Perfecto, entonces —concuerda—. Tienes que apuntar la fiesta del 70 aniversario de Cartonajes Lanau. —Señala la agenda, cojo el boli y pone el dedo índice en el 29 de marzo y luego sobre el 30.
—¿Dos días?
—El viernes hay cena de gala, el sábado, una fiesta estilo Oktoberfest en el aparcamiento con toda la plantilla de operarios. A esa puedes no ir, pero a la de gala… —Aprieta los labios y luego pone una sonrisa forzada—. Me gustaría que estuvieras conmigo.
—Vale.
Lo apunto. Señala también otro día en marzo y comenta que es el cumpleaños de su padre.
—¿Es demasiado? —Suena cauteloso, incluso avergonzado, y me parece tan tierno…
—Son los quince minutos más largos de la historia —digo mientras escribo el nombre de su padre.
Su carcajada brota desde el estómago, reverbera en el mío y, cuando levanto la cabeza tras cerrar la agenda, me cuesta concentrarme en la comida por muchos esfuerzos que haga.
Me atrae un montón: sus ojos, enmarcados entre sus pestañas largas y abundantes; su sonrisa, que a veces se vuelve traviesa y me provoca…
algo; y luego están sus manos. Pensar en lo que me hizo en su casa y lo que me faltó por hacerle…
La camarera nos deja otro plato en el centro de la mesa.
Carraspeo.
—¿Alguna vez pensaste que podríamos llegar a esto? —Mi cabeza no solo valora la cita en el restaurante, la escena sexual está muy presente.
Guido niega.
—¿Por qué te has sonrojado? —pregunta directo.
Abro mucho los ojos y vuelvo a sentir calor.
Empiezo a comer y podría mentir. Se me ocurre, con la boca llena de una cucharada de un parmentier riquísimo, que podría decirle que me muero de la vergüenza cada vez que pienso en cómo se lo propuse, pero quedamos en que, entre nosotros, no nos mentiríamos.
—Me he acordado de la noche de Año Nuevo. —Y como él no la ha vuelto a mencionar, y caigo en que no le he preguntado cómo fue con su hermano, cambio el rumbo—. ¿Mejor con Nil?
Niega.
Llegan más platos a la mesa y Guido compara una mini quiche con la que comió en casa de mis padres.
No tengo ninguna duda de que lo que menos le apetece es hablar sobre su hermano.
Así que recordamos varios momentos épicos de nuestras navidades en el pueblo, como a Gaspar vigilando más de la cuenta y la pillada en la furgoneta.
Nos reímos muchísimo y, aunque terminamos de cenar, no damos por finalizada la cita.
Ni el uno ni el otro habla de marcharnos hasta que vemos cómo las mesas se han quedado vacías.
Salimos a la calle. Hace frío y nos quedamos parados en la misma puerta. Sus ojos no se apartan de los míos y el aire parece espesarse a nuestro alrededor.
—¿Nuestra próxima cita es…? —pregunta con una sonrisa.
—¿La comida en casa de tus padres? —digo haciendo memoria.
Hemos obviado nuestro coito interrumpido, pero la pulsión que me llevé en la piel vuelve a hacer acto de presencia.
—Estaremos en contacto —murmura.
Trago saliva. Necesito aclarar si vamos a repetir o a concluir lo que pasó esa noche, porque, en el caso de que no sea así, borro el anhelo de tener sexo con él de mi sistema.
—¿No vamos a hablar de lo que pasó antes de que llegara Nil? —pregunto sin artificios.
Estrecha la mirada y ladea la cabeza.
—No lo sé… —susurra—. ¿Quieres hablarlo? —Su sonrisa aparece, y la travesura de su gesto es la que me anima a hablar.
—En realidad, lo que de verdad me gustaría es terminarlo —le digo—, pero no sé si eso complicaría el pacto que tenemos.
Tira suavemente de su labio inferior con los dientes y niega sin dejar de sonreír, hasta sus ojos muestran esa chispa juguetona que le vi la otra noche.
—Creo que es al revés, apuesto a que enriquecería la puesta en escena —susurra—. Seguro que tu cuñada estaría de acuerdo.
Se me escapa la risa.
—Vaya noche.
Guido se acerca a mí y me agarra por la cintura. Dejo caer mis manos, siento el pulso en el cuello y un escalofrío me tensa la espalda. La anticipación me recorre entera.
—Vamos a mi casa —susurra y pega sus labios a los míos.
Le devuelvo el beso. Hundirme en su boca repercute entre mis piernas.
Cierro el Excel, es el momento de dejarme llevar.