48 PROTOCOLOS DE AÑO NUEVO
El timbre suena ronco, parece que está a punto de morirse. Abro los ojos; no he dormido todo lo que necesitaba, la niebla mental que me origina un dolor de cabeza lejano me lo confirma. Miro la hora en el reloj digital. Son las doce cincuenta y seis.
El móvil se ilumina, pero no suena. Una felicitación mental, dirigida hacia mi lucidez por haberle quitado el sonido al llegar anoche de casa de Guido, me arranca la primera sonrisa de Año Nuevo. Descuelgo mientras algunos recuerdos de anoche me provocan la segunda sonrisa.
Ostras, sus dedos…
—Ile, por favor, ¿qué pasa? —La voz pastosa puede darle una pista de que ni siquiera he salido de la cama.
—Que abras, me estoy meando, ¿sabes?
—Voy.
Me levanto con la mayor rapidez que puedo. Doy dos vueltas de llave y abro la puerta; mi hermana pasa a mi lado refunfuñando. Martina carga con las bolsas de la comida.
—¿Por qué tan pronto? —protesto.
—¿Pronto, Deva?
—Tuve guardia, pensaba que podría dormir hasta las dos. Tenía el despertador puesto.
—Tu hermana no iba a esperar hasta las dos en casa sin hacer nada.
Levanta las bolsas y le señalo la cocina.
—Voy a ducharme —aviso y me doy la vuelta.
Subo la persiana de mi habitación y me fijo en la bolsa de mano rosa que ayer dejé tirada en el suelo.
Llegué agotada; el orgasmo que me regaló Guido terminó de rematarme.
Recordarlo genera un impulso que me hace apretar las piernas y decido que lo mejor es darme esa ducha y quizá…
Sí, voy a volver a aliviarme pensando en esa imagen que me ofreció el espejo de la entrada de su casa.
Paso una toalla con rapidez por mi cuerpo.
Salgo del baño y, sentada en la cama, escucho a mi hermana reír mientras pienso que pasar el día durmiendo tampoco habría sido un mal plan.
Meto las piernas en un pantalón de chándal negro y el móvil llama mi atención, no deja de iluminarse.
Es el grupo de mi familia. Sin pensarlo, entro y felicito el año sin leer la pila de mensajes que se han acumulado.
El chat de Guido tiene un mensaje y, sin dudar, lo abro mientras me calzo las zapatillas de casa. Un escalofrío me recorre, la casa está helada.
GUIDO
¿Podrías ser mi novia falsa
en la boda de Nil y Nora?
Ostras…
Deseo con una intensidad poco sana que la vida deje de cebarse con este chico.
El mensaje es de las tres y media de la madrugada. Cómo tendré el cerebro para que acabe de ser consciente de que el coitus interruptus de año Nuevo tiene el nombre de su hermano.
No le doy muchas vueltas y respondo con un «sí». Faltaría más, sigo en deuda con él. ¿Una boda? ¿Qué menos?
Tres toques rápidos en la puerta son la entradilla a mi hermana en mi habitación.
—Feliz año, Devita. —Me pongo de pie y dejo el móvil en la mesilla—. Supongo que has dormido desde las diez de la noche. ¿Cenaste algo?
—Por partes, Ile, por partes —le pido.
Su energía arrolladora me aturde.
—¿Estás bien?
—Pues ya algo más despejada, sí. —Sonrío un poco forzada. El dolor de cabeza incipiente ahora se ha convertido en algo más punzante.
No aparta su vista de mí, parece estar comprobando algo. Frunzo el ceño, interrogante.
—He hecho café. —Esas palabras liberan unas endorfinas fabulosas en mi cuerpo.
—Gracias —susurro—. Lo necesito.
Tomo el segundo café en la cocina, mientras Martina y mi hermana preparan la mesa con toda la comida que han traído de casa de la familia de mi cuñada. Fueron anoche a cenar con ellos y, si yo no subo al pueblo este día, hemos creado la tradición de compartir las sobras.
Hablan sin parar y también se hacen carantoñas a razón de una por minuto.
—¿Cuándo trabajas? —pregunta Martina.
Entonces recuerdo que mi coche no está en el garaje.
—Mañana por la tarde. Os tengo que pedir un favor. ¿Os importa desviaros por el hospital para que pueda recoger mi coche? Lo dejé ayer allí.
Ileana no parpadea.
—¿Por qué?
No tienen ni idea de que la historia con Guido no ha terminado.
—Si tenéis prisa no pasa nada, voy en tranvía hasta allí —aclaro, pero la mirada de mi hermana está ávida de información.
—¿Por qué dejaste el coche allí? —pregunta otra vez, por si acaso soy idiota y no he entendido su cuestión inicial.
Pongo los ojos en blanco y resoplo. Mi taza está casi vacía y hago un puchero.
—Vamos a comer ya —dice Martina y se levanta del sofá.
La mesa ya está puesta y nos sentamos las tres. Ha llegado el momento de que conozcan la evolución de mi vida, que últimamente se parece demasiado a una película de los Monty Python.
—Anoche cené con la familia de Guido.
Ileana abre la boca; Martina, los ojos.
Si uniera sus caras serían El grito de Munch.
—Tuve que fingir que era su novia porque su hermano está con su ex y era la primera vez que estaban todos en una comida familiar —suelto de carrerilla y me sirvo la sopa caliente que han dejado en el centro de la mesa.
—No. Me. Jodas… —susurra Ile.
—El repartidor te necesitaba más a ti, ¿eh? —Martina asiente.
—Y no es repartidor —continúo—, es el director adjunto de una empresa de cartones. Su padre es el director.
Espero sus reacciones, pero no ponen el grito en el cielo.
—Qué forma más retorcida de pasar las navidades, hermana. —Estrecha la mirada y niega.
—Si fuera el título de una peli de esta temporada sería: «Mi peor Navifake» o algo así —dice Martina.
—¿Por qué peor? —cuestiono, tampoco ha sido mala.
—Porque las navidades en casa de tus padres fueron un ‹‹Navifake›› y la cena en casa de los de Guido fue la segunda parte.
—Sin duda, para él tuvo que ser mucho peor. —Ile niega confusa.
No digo nada porque tiene razón, me lo confesó él mismo.
—Como peli funcionaría —aporta Martina.
—Pero es que esto debe de ser una serie. —Llevo mi mirada de la una a la otra—. Me ha pedido que sea su novia falsa en la boda de su hermano.
—¿Se van a casar? —Martina se tapa la boca con la servilleta.
—¿Su hermano y su ex? —Ileana niega sin parar—. ¡Madre mía, pobre!
Doy la puntilla final con la noticia del embarazo.
—Joder.
—¿Qué dices?
Recordarlo me parece atroz, además me lleva directamente a la reacción de Guido, que no la cuento, pero me apena a lo bestia. Luego pienso en cómo nos interrumpió Nil y me preocupo por el estado en el que se encontrará Guido. No me dijo nada sobre la comida de hoy…
Martina estaciona con los cuatro intermitentes al lado de mi coche. Nos despedimos muy rápido porque mi hermana se mea viva, otra vez.
En cuanto me pongo en camino hacia casa, llamo a Guido. Mientras venía en el coche de Martina, he visto que ha enviado más mensajes, pero no voy a contestar por escrito.
—¿Te pillo bien? —pregunto en cuanto descuelga.
—Sí, claro. —Creo que bosteza.
—Perdona por no contestarte al resto de mensajes.
—No eres mucho de chats. —Tiene la voz de recién levantado.
—¿Estabas durmiendo?
—Me he quedado traspuesto en el sofá.
—Y respecto a los chats… Si puedo, los evito. —Pongo los ojos en blanco—. Me altera la posibilidad de que una equivocación se filtre donde no debe.
—Ya veo. —Hace una pausa y, antes de que le pregunte cómo está, habla—. Se casan en abril.
Se han dado prisa.
—Bueno. —Aterrizo el plan en mi mente—. Son cuatro meses. No hay problema.
Cuatro meses no son tantos para sostener esta farsa… ¿no? El tiempo pasa volando.
—He pensado que… tendríamos que agendar algunas visitas a mi casa. —Parece dudar, así que yo pronuncio un «ajá» bajito para que siga hablando—. Y también hay algún evento al que tendrías que asistir como mi pareja…
—Ostras… —se me escapa, porque mi mente no había procesado que en esos meses habrá que hacer puestas en escena hasta que lo ha dicho él.
Tocan el claxon detrás de mí. No sé cuánto tiempo lleva el semáforo en verde.
—Es… demasiado —murmura, no lo pregunta, porque de verdad lo es, pero me arrepiento de habérselo hecho notar.
—No —respondo rápidamente. Guido se ha pasado dos días en mi casa sin poner ni una sola pega—.
¿Quedamos para comer y lo hablamos? —propongo.
Necesito contextualizar, no podemos hablarlo sin que pueda tomar notas en una agenda—.
Tenía en mente contar en casa que habíamos cortado, pero ahora ya dudo de si hacerlo o no.
—Son cuatro meses fingiendo—. Mis padres no bajan a menudo del pueblo, pero es mucho tiempo haciéndonos pasar por una pareja y…
Pienso en lo absurdo que suena: mentirles para no mentirles.
—Por mí está bien, puestos a mentir, da igual en qué dirección.
—Tengo que comprobar mi agenda… —No me espero a hacerlo porque hago memoria en voz alta—. Mañana trabajo por la tarde, y el cuatro también. Si no te importa cenar un poco tarde… Es un domingo, ¿verdad?
—No lo sé, pero si es cena no tengo problema ningún día y no me importa la hora.
—Mándame ubicación y acudo.
Giro en un cruce y freno ante un peatón que no se da mucha prisa.
—Guido… —susurro, preocupada. Hace un ruidito de asentimiento para que siga—. ¿Cómo estás? ¿Qué tal con Nil anoche? ¿Y la comida de Año Nuevo en casa de tus padres? No me dijiste nada y… ¿entiendo que no ha estado tu hermano?
Según lo digo, me extraño: Nil dijo que se quedaban a dormir y… si Nora no tiene familia…
—He comido con Ismael, es tradición familiar. Bueno, ya sabes, de la familia que eliges. —Estoy segura de que sonríe.
Quedan casi todas las cuestiones por responder, y en esta llamada no estamos tocando bastantes puntos que deberíamos resolver.
—Espero que estés… bien. Anoche…
—Me enfadé un poco contigo por abrirle la puerta a Nil —me corta—. Pero se me pasó enseguida. —Resopla—. No, mentira, no me enfadé contigo.
—Lo siento, me puse nerviosa. —Quizá no debería haberlo hecho, quizá… Fue un poco todo, el aturdimiento del orgasmo, dejarlo a medias por la llegada de su hermano…—. Quizá actué de forma impulsiva.
—No, Deva, ayer necesitaba buscar culpables, te cayó durante un segundo.
Lo noto cansado y triste. ¿Tener ganas de hacerlo sonreír es malo?
—De todas formas, lo siento. Prometo hacer consenso antes de tomar una decisión, pero… —Meto el coche en el garaje y se me pone una sonrisa un poco perversa—. Después de un orgasmo, a veces se funde alguna neurona.
Su risa incita a la mía.
—Entonces, si no tienes un orgasmo, pero te quedas cerca, ¿qué es lo que pasa, doctora?
La contracción de mis músculos pélvicos es inmediata.
—¿Cenamos juntos el cuatro? —concluyo.