Bésame por logística 45 FELIZ AÑO NUEVO
43%

45 FELIZ AÑO NUEVO

Se imaginó casado, Guido llegó a ese punto. No sé muy bien cómo llegas a mantener una relación de tanto tiempo sin dejar claro si quieres ser padre o no. Aunque, claro, si ninguno de los dos se tomó en serio al otro…

Guido parece agotado, completamente drenado. No tiene nada que ver con el chico que conocí en el pueblo; y me duele verlo así.

Ha sido atroz, la forma que Nil ha tenido de comunicárselo ha sido…

No ha tenido tacto. No entiendo cómo no se ha dado cuenta.

No dejo de preguntarme cuál era el objetivo de contarlo en la cena.

Deberían haberlo meditado antes y organizarlo.

No sé, esperar a otro momento. Está claro que, si Guido escapó cuando los vio juntos por primera vez, soltar semejante noticia en la mesa no iba a ocasionar una cercanía inmediata.

—Es el momento de jugar al GT7 —dice, cortando un silencio en el que no he sido muy consciente de estar metida. No he mostrado mucha empatía, no he tenido muy en cuenta en qué estaría pensando porque me he puesto a analizarlo, convirtiéndolo en una tesis.

—¿No prefieres matar zombis? —sugiero—. A mí me sirve cuando tengo un día duro. Pero si lo que quieres es correr con el coche, me adapto, estoy por ti —aclaro, imponer mis preferencias no es lo que él necesita. Estoy algo floja de reflejos.

—Creo que Ismael se dejó el Resident 6 —dice mientras va hacia la zona del salón.

Abre un cajón y empieza a trastear en él; entonces yo aprovecho para coger la bolsa de mano y entrar en el aseo. Necesito quitarme este vestido de lentejuelas, que además me roza cerca de la axila.

Salgo y Guido se ha acomodado en el sofá, ya no lleva el traje.

Ese traje sin corbata con el que estaba obscenamente sexi.

Pero he de decir que el pantalón de chándal gris y la camiseta blanca también le sientan fenomenal.

Yo llevo exactamente la misma ropa que él, en los mismos colores, y antes de sentarme en el sofá me mira de arriba abajo.

Sube las cejas y sonríe.

—Al final prefiero coches, si no te importa. —Vuelve la vista a la pantalla dividida en dos—. Prometo rescatarte y reventar tantos zombis como quieras cuando lo necesites.

—Está bien, yo como asfalto por ti, tú matarás zombis por mí. Creo que somos la mejor pareja falsa del mundo —digo y escucho su risa.

Me pregunto qué pasa por su cabeza después de todo lo sucedido esta noche, si será capaz de desconectar de verdad corriendo a toda velocidad por este circuito, y casi vuelvo a preguntarle si no prefiere la adrenalina y el susto de los no muertos atacándote desde donde menos te lo esperas.

Terminamos una de las carreras y saco las piernas de debajo de mi culo; al estirarlas, me doy cuenta de que se me ha dormido un pie y empiezo a moverlo.

—Me hago pis y no voy a poder levantarme. —No puedo evitar la risa tonta a la vez que paso mi mano por el dorso. Intento aguantar las ganas de gritar que me causa la sensación de parestesia.

Se escuchan cohetes.

—Feliz año —dice. Y, tras un par de parpadeos, se queda mirando un punto indeterminado en el suelo—. Sea como sea, tengo que agradecerte que mis navidades hayan tenido un poco de cordura.

—Claro. —Me río—. Soy esa tía mentalmente sana que, sin conocerte, te pidió que fingieras ser su novio durante quince minutos.

Guido se echa hacia atrás y posa el mando en el sofá. Niega, se ríe y se frota la cara.

—Joder, esto es de locos.

Cuando noto que puedo apoyar el pie en el suelo sin caerme, me levanto.

—Voy al baño.

Después de hacer pis, me fijo en el bolso que he dejado en el suelo. Creo que es mejor que me vaya a mi casa. Él ya está más tranquilo, hemos jugado un rato y…, bueno, no pinto nada aquí; le toca a él lidiar con sus fantasmas, y supongo que tendrá ganas de quedarse solo.

Me calzo las zapatillas de deporte. Salgo y me encuentro a Guido de pie, al lado de la isla alta de la cocina, que en realidad es una mesa con taburetes alrededor, comiendo una mandarina.

Él sigue descalzo, por supuesto, y está…

buenísimo. No iba a cambiar de aspecto en mi visita al baño, pero encontrarlo ahí plantado activa mi cerebro reptiliano y los instintos básicos.

—Creo que debería irme, llamaré a un taxi y…

—¿Ya? —Frunce el ceño y me ofrece un gajo—. No son uvas, pero están muy ricas.

Camino hasta la mesa, lo cojo y lo mastico llenándome la boca de su sabor dulce y algo ácido.

—Lo está…

—¿Voy a quedar fatal si digo que me las compra mi madre?

Se me escapa la risa.

—Si supieras lo que pasa en mi nevera cuando vienen mis padres…

Silencio.

Uno Mississippi…

Dos Mississippi…

—No te vayas, apenas hemos jugado —susurra; y… no sé cómo ni por qué, debe ser su forma de mirar mis labios, pero no me da la sensación de que hable de la consola.

—Pero… —niego.

Había desechado la posibilidad de acostarme con él, prevalecía su estabilidad mental por encima de mis ganas.

«Pero…».

—Que si no quieres… —Entonces señala con el pulgar hacia la televisión y me doy cuenta de que no lo estoy leyendo bien y de que tengo más ganas de sexo de lo que pensaba.

Hablamos a la vez.

—Quizá quieras descansar.

—Te puedo llevar en mi coche.

—No, pediré un taxi —me adelanto. Se está enrareciendo algo en el ambiente y ya no sé si estoy reconociendo las señales de lo que sea. Llevo más de veinticuatro horas despierta, no estoy en plenas facultades.

—No quiero descansar —susurra, deja la mandarina en la mesa y da un paso hacia mí.

—¿Quieres que me quede? —Hablo muy bajito, de la misma manera que él, y me tiembla un poco la voz, porque estoy segura de que ya no estoy malinterpretando esto.

Acorta el espacio del todo y, con su mano en mi cadera, me atrae hasta dejarme a milímetros de su boca.

No se siente extraño porque llevamos besándonos todos estos días, pero sí es diferente porque las intenciones, sin alcohol en nuestro organismo y completamente a solas, sin nadie ante quien fingir, no tienen nada que ver con nuestra mentira.

No voy a engañarme, llegar hasta el final con él se me antoja un montón.

—¿Te apetece? —Su aliento cítrico y dulce se mezcla con el mío y no respondo, lo beso.

Y no es un beso como los de siempre. Es… Ostras, es algo que me apetece tanto que no quiero pararlo.