Bésame por logística 44 NO NECESITO COMER UVAS
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44 NO NECESITO COMER UVAS

Estoy sentado en el coche, tras el volante, aunque Deva ha insistido en conducir ella. No, ni hablar; mi coche lo conduzco yo. Siento los pedales bajo mi pie derecho, aprieto el volante y lo suelto despacio.

—¿Estás bien? ¿Estás… mejor?

—Sí —susurro. Porque es verdad.

Tengo la espalda de la camisa mojada por el sudor, y el frío de la noche, a pesar del abrigo, me provoca un escalofrío al notarla.

Joder, la noticia. Deva… Deva ha aislado el caos que se ha formado a mi alrededor. Ha sido el parapeto que necesitaba ante un malestar tan físico que pensé que me caería al suelo.

No he hablado con nadie hasta que nos hemos dirigido a la salida. Allí he abrazado a mi madre y me ha hecho prometer que la llamaré mañana.

—Debería conducir yo, no soy mala conductora, te lo juro —habla deprisa, con un tono agudo que supongo que le sale porque está preocupada, o porque no controla la situación—.

Quizá Roque en algún momento te haya dicho que soy un desastre, pero eso es porque él es un poco kamikaze. Me llaman la prudente.

Se me escapa la risa por la nariz. Ha conseguido que la densidad de la niebla mental, en la que me he sumergido desde que Nil ha pronunciado su frase estrella, sea menor.

—Estoy bien, de verdad —murmuro, pero la miro para que lo verifique.

—Puedes encontrarte algo cansado y…

—Si me encuentro mal, pararé. Te lo prometo. —Remato la frase con una sonrisa pequeña.

—Vale… —Se recuesta y se pone el cinturón.

Arranco el coche y Would I lie to you, la versión de Bastille, se escucha por debajo del ruido del motor. La subo un par de puntos, pero no logro centrarme en ella.

Mi memoria corporal me ayuda a conducir, mi mente va por libre.

Nora y Nil van a ser padres.

Es imposible que ignore lo que acaba de pasar. Imposible que se evapore la sensación de que me han tirado de una patada de un lugar en el que hasta hace menos de un año era mío.

No, no lo era.

No para el futuro de Nora… Joder.

—Guido… —susurra Deva.

—Te llevo al hospital… —Quiero llegar a mi piso y…

—Escucha…, Guido —me llama.

No hay nadie por la calle, miro el reloj, queda alrededor de una hora para que sean las doce. Paramos en un semáforo y no aparto la mirada del frente. No puedo creerme que Nil vaya a ser padre con Nora.

—Si quieres… —La voz de Deva me hace salir de un lugar recóndito en el cual no estoy entendiendo nada.

—¿Qué pasa? —Frunzo el ceño confundido.

—Si no quieres, si te apetece… —Deva duda tanto que parece desdibujarse—. ¿Quieres estar solo?

Nos movemos en dirección hacia el hospital donde trabaja.

—No sé lo que quiero —suspiro.

—¿Una partida al GT y unas uvas improvisadas? —sugiere.

—No tengo uvas.

Mi mente me manda la imagen de ambos en mi piso, en mi sofá, jugando a la Play sin parar hasta que nos quedemos dormidos. O quizá solo se duerma ella, y me gusta la opción.

—¿Necesitas tomarlas o puedes pasar sin ellas? —me pregunta—. Porque seguro que hay algún colmadito abierto.

—Eh… —Muevo la cabeza de forma un poco errática.

—Yo puedo pasar sin tomarlas, las de las tradiciones son mi madre y Luisa.

Las uvas me importan una mierda.

—¿Vamos a mi casa? —pregunto.

—Por mí, bien.

En el siguiente cruce cambio la ruta, y en mi cabeza resuena un pensamiento que ha generado un ruido ensordecedor, tanto que hasta ahora no lo he vuelto a escuchar.

—Todos sabían que iban a ser padres —susurro.

—Lo siento tanto —dice Deva.

Con la ausencia de tráfico hemos tardado cinco minutos en llegar a mi casa. Saco el mando del portón del garaje de la consola central del coche.

—Joder… —murmuro apuntando al frente—. No me lo esperaba.

Giro la cabeza y encuentro su mirada llena de dudas; supongo que también está algo perdida porque la situación no es fácil ni para ser una espectadora.

—No sé qué decir, Guido —murmura casi para ella.

—Vamos a jugar unas partidas.

Entramos en mi piso. Deva da una vuelta sobre sí misma en cuanto se sitúa entre el salón y la cocina. Mira hacia arriba, hacia el altillo, al que se accede por las escaleras y donde están mi habitación y un baño completo.

—¿Quieres beber algo? ¿Un café? —Sentirme en casa me relaja, tenerla cerca… es estar a salvo. Y ahora quiero que ella esté a gusto.

—Esta vez no voy a decirte que no. —Se vuelve y parpadea varias veces—. Tengo que mantenerme despierta; sería un desastre venir para no dejarte solo en un momento así y quedarme dormida en cuanto apoye la cabeza en el sofá.

Se le escapan varios mechones del moño, lleva el abrigo negro abierto y, a pesar de no conservar la imagen impoluta que lucía cuando la he ido a buscar, sigue pareciéndome preciosa. De hecho, ahora, después de la noche que hemos pasado, me lo parece en muchos más sentidos que hace unas horas.

—No pasaría nada si te durmieras. Que estés aquí… —Niego mirando al suelo y lanzo las llaves a la isla que hace de mesa de comedor—. Que estés aquí ya es mucho, Dev.

—¿Quieres hablar?

Meto una cápsula en la cafetera y pongo una taza debajo.

—¿Caliento leche? —Sé que a veces lo toma manchado.

—No, lo tomaré solo.

Lo sirvo sobre la mesa mientras se quita los zapatos, los deja en el suelo bien puestos y se sienta en uno de los taburetes altos.

Tomo asiento frente a ella después de quitarme los zapatos también.

Mi madre nos pide que vistamos de fiesta en las cenas y comidas navideñas y jamás nos oponemos.

Es el único protocolo y, visto todo lo que se exige en casa de Deva, no me parece excesivo.

Pensar en su familia me hace sonreír, y comparar lo que viví allí con lo que ha pasado esta noche dispara mi verborrea:

—Me gustó muchísimo ser el Guido que fui en casa de tus padres, lo prefiero a ser el Guido que has visto hoy en casa de los míos.

—Es que… Vaya situación. —Niega y se bebe la mitad de la taza de un trago.

—Nora empezó a hablar de niños un año antes de que lo dejáramos.

No lo habíamos hecho nunca, ni siquiera cuando planteábamos la posibilidad de casarnos.

Supongo que ella dio por hecho que los hijos llegarían y yo entendí que si no los mencionaba…

—Resoplo y niego. Sé que también hice oídos sordos, o más bien vista ciega, cuando la veía con los hijos de sus amigas.

Deva no interviene, pero no aparta la mirada de mí, casi sin parpadear.

—Siempre le ha gustado sentirse parte de una familia; su vida no ha sido fácil, nunca ha formado parte de una.

El mismo año que empezamos, ya vino a casa de mis padres, ya formó parte de las celebraciones familiares, de las fiestas navideñas…

Supongo que debería haberlo intuido. —Resoplo y niego—. Pero yo no quiero ser padre.

Retiro una mota de polvo invisible de la mesa.

—No es una mala elección de vida, ni buena ni mala, es la tuya —susurra.

Tras unos segundos en silencio, mis ojos se encuentran con el frutero lleno de mandarinas. Cojo varias y las dejo en la encimera, y luego saco una tableta de chocolate del armario.

—Le confesé a mi madre, tras una conversación con Nora, que no me veía con hijos.

Dijo que se me pasaría. —Resoplo por la nariz—.

Nora también se sumó a esa posibilidad. —Levanto la vista y sus cejas alzadas juzgan el comentario, pero no lo verbaliza—.

Cuando ella lo planteó en serio… Fue un golpe para los dos.

—¿Esperabas que cambiara algo?

—Esperaba que ella cambiara de opinión —confieso, y eso me hace sentir bastante ruin, aunque, si el resto confiaba en que fuera yo quien cambiara, creo que convertirlo en bidireccional no es malo, o lo es, pero igual de malo para ambos.

—Y no fue así.

Niego.

—Nos dejamos queriéndonos, Deva.

Me mira fijamente, parpadea dos veces y toma aire.

—¿Sigues enamorado de Nora?

—No, ahora ya no —digo sin dudar—. Pero lo estuve, y sí pensé que nos casaríamos.