43 AUXILIO
La cena no mejora en absoluto. Sobrevuelan temas de conversación que no llegan a ningún lado, no hay interacción entre Guido y su hermano, y ni qué decir con Nora.
Yo he comido fenomenal, a pesar de todo.
Y, aunque no debería ni pensarlo, ha llegado un punto en el que, si nos fuéramos de aquí, yo no iba a poner ninguna pega.
Solo falta el postre y Guido se levanta para traerlo, lo acompaño y recojo varias fuentes vacías.
—Deva, eres una invitada —protesta Leonor.
—No me importa, de verdad.
No respondo con «lo prefiero», pero no me apetece nada quedarme sin Guido en este comedor en el que todos estamos deseando que termine la velada.
Hasta el primo lo quiere, estoy segura, y eso que su ingesta de vino lo está elevando a un nivel en el que no sé si es consciente de la tensión que se respira en esta mesa.
—Está siendo un infierno —susurra Guido cuando ya estamos en la cocina—. Ojalá estuviéramos en casa de tus padres.
Me sorprende su necesidad, aunque puedo entender que, a pesar de la mentira, la situación fue más agradable.
—Bueno, estamos con el postre. —Quiero acotar lo que nos queda por secciones; a mí me sirve cuando se ralentiza el tiempo, pero hemos comido demasiado deprisa y hasta las campanadas se nos va a hacer eterno.
—Voy a intentar sacarnos de aquí en cuanto comamos las uvas, pero no prometo nada. —Parece que lo hiciera por mí, y por ello asiento. Además, no me imagino en qué vamos a invertir los minutos hasta que la televisión conecte con la Puerta del Sol.
—Como tú quieras y necesites. —Quiero transmitirle que no soy la que precisa una salida rápida.
—Si fuera por querer… —murmura y me acerca la bandeja de turrones.
Después saca una tarta de queso de la nevera con una pinta deliciosa.
De vuelta en el comedor, nos sentamos en nuestros sitios y Nil se dirige a Guido por primera vez en toda la cena:
—No hemos podido hablar del informe de sostenibilidad…
—No es el momento —dice Guido de forma cortante.
Y me da pena su hermano, no hace más que chocarse con el muro en el que se ha convertido su hermano. Pero, a ver…, la situación es demasiado complicada como para que con una de esas intenciones empiecen a hablar con total normalidad.
—Lo hablaremos el lunes. Hijo —Germán se dirige al pequeño—, la cena de Nochevieja no es momento ni lugar.
Nil y Nora se miran; ella no se encuentra cómoda.
Imagino que será consciente del abismo que su relación ha generado en la familia.
Observo las miradas sutiles que alterna entre los hermanos, buscando algo en su pareja sin decir ni una sola palabra.
Apenas ha comido nada en toda la noche. Ni toca la bandeja de turrones ni ha querido servirse tarta.
Decido romper el silencio incómodo y preguntar sobre la receta; a mi madre y a Luisa les va a encantar.
—¿Y cómo os conocisteis? —La tía Fina, que es tan fina como su nombre, me toma la delantera.
No sé muy bien por qué ni cómo, con todo lo que tenemos encima, pero, cuando nuestras miradas coinciden, Guido y yo nos echamos a reír. Todo lo que hemos vivido pasa por mi mente, y en segundos me doy cuenta de que no sé si puedo rescatar algo para darle credibilidad a lo que nos piden.
—Como no contestéis ya, me voy a montar una película a lo ‹‹50 sombras de Grey››, y Deva, me pega más que seas tú la ama que mi primo. —Alfredo acompaña su intervención con un movimiento ondulante de su copa.
Se me escapa una carcajada nerviosa; escucho un chasquido reprobatorio, una pequeña risita y no sé a quién pertenece cada una, apostaría por la madre y la tía en ese orden.
Todos están pendientes de nosotros, Guido y yo nos miramos a los ojos y es bueno ver que la tensión se ha roto un poco, pero estoy en un aprieto porque no sé qué decir.
—Es una historia complicada. —Rompo el hielo.
Mi novio falso sube las cejas y niega despacio. Creo que él no va a hablar.
Qué bien todo. Mi pánico aumenta; estoy segura de que vamos a destrozar la puesta en escena por idiotas.
«Piensa, Devita». Varios recuerdos de lo vivido en la cocina de casa de mis padres pasan por mi mente, de nuevo no hay nada que rescatar. Entonces la lógica aplastante de mi dudosa capacidad para improvisar me sitúa en un punto concreto del que sí puedo tirar.
—Lo encontré en un pub una noche y…
Guido no aparta la mirada de mí y pone una mueca de sorpresa muy graciosa.
—¿Me encontraste? ¿Qué estaba, tirado en el baño? —Se ríe con la última pregunta y me gusta sentirlo así.
—No… —Arrugo un poco la nariz al mirarlo y luego me dirijo a los demás—. Le pedí que fingiera que era mi pareja porque había un tío que no me dejaba en paz, y… —digo convencida de la verdad que esta mentira ofrece—. Y acabamos acostándonos esa noche.
Fin.
Bueno, quizá no tendría que haber sido tan explícita.
Todos me miran con grados diferentes de sorpresa y en mi siguiente movimiento, además de ser consciente de que esta situación amerita una sedación inmediata a mi público, meto un trozo de pastel en mi boca para poder tragarme la vergüenza. ¿Por qué tengo que improvisar si se me da tan mal?
—¿Sí? —Nora abre la boca asombrada y luego una sonrisa genuina ilumina su gesto, creo que por primera vez en toda la velada.
Igualo su gesto, pero con la boca muy cerrada y no sé si, en mi caso, puedo decir que sea genuino, porque me dan ganas de pedir perdón.
—Sí —responde Guido, que no aparta su vista de mí—. No pudimos dejar de besarnos en toda la noche; y no sé ella, pero yo puedo asegurar que, casi desde el segundo beso, los míos ya no eran de mentira —susurra.
Vaya… Acaba de barrer mi metedura de pata debajo de la alfombra y nos ha llevado al Carol.
Noto en el estómago algo agradable y… emocionante.
¿Será verdad?
—Creo que este no es el lugar para decirnos estas cosas —susurro.
Quiero comprobar si a él le apetece tanto seguir besándome como a mí, y llegar a otro nivel, pero no aquí.
—¿Por qué no? —pregunta Leonor, que muestra una sonrisa radiante justo antes de coger la copa de su marido para darle un sorbo.
La médica en mi interior quiere saltar para advertirle de que no es buena idea beber vino después de su cuadro de urgencias de hoy, pero la silencio, porque aquí todo el mundo debería estar medicado con Lexatín, por lo menos esta noche.
—Son recuerdos felices —dice Fina.
—Creo que pegáis más así. —Alfredo se une; acto seguido, extiende la copa vacía al centro esperando que alguien se la llene, y es un gesto que me hace gracia.
—¿Más así? —le pregunta Nil y frunce el ceño.
—Tú con Nora y Guidet con Deva —completa la información y asiente mientras su tío le sirve el vino—. Hacéis unas parejas estupendas —dice el chaval y termina dando un buen trago.
—Ve despacio, Alfredo —advierte Germán.
Las risillas surgen por toda la mesa, y entonces Nil carraspea nervioso.
Oh, oh…
El ambiente cambia en una décima de segundo. Leonor niega despacio sin apartar la vista de su hijo pequeño y Nora se agarra a la servilleta igual que quien está a punto de montar en una montaña rusa.
—He intentado hablar contigo estos días —Nil se dirige a su hermano—, pero…
—Mira alrededor sin fijarse en nadie, porque Leonor y sus ojos excesivamente abiertos son una bandera roja que hasta yo entiendo.
Aprecio cómo Guido se pone rígido—. Bueno…
—Carraspea nervioso y aguanto la respiración—. Queremos… Tienes que…
Fija los ojos en su plato, su madre ya no lo mira; Germán y ella están muy serios y se dan la mano por encima de la mesa, enfocando ambos sus ojos en los dedos que entrelazan.
—Venga, sobrino, adelante —interviene Fina y su cuñada la fulmina con la mirada. No quisiera estar en la piel de la tía, pero a ella le da exactamente igual.
Alfredo coge su copa para ocultar un gesto expectante; me mira y se encoge de hombros. Este chico sabe lo que Nil va a contar. Sin pensarlo llevo mi mano a la de Guido; la tiene fría y posada sobre su pierna, que ha empezado a mover de forma compulsiva.
—Bueno…, los papás ya saben que… —Nora asiente cuando él busca su aprobación—. Vamos a ser padres.
«Ostras».
—Nosotros también lo sabemos —susurra Alfredo dirigiéndose a mí. Se me abren los ojos tanto que se me olvida que existen los parpadeos.
Guido suelta mi mano.
Coge aire por la boca y, casi a la vez, arrastra la silla hacia atrás.
Está blanco.
Está muy blanco. Casi traslúcido.
Llevo mi mano a su muñeca, y no es para tener ese contacto que nos lleva a nuestra farsa, es porque necesito tomarle el pulso.
Efectivamente, está a punto de darle un síncope.
—Guido, respira despacio —le digo más por evitar que se desplome que por tranquilizarlo, eso ya vendrá… después.
—Hijo… —Leonor se asusta.
Me pongo de pie delante de él y sujeto su cara; está sudando. Parpadea y traga saliva deprisa.
—Toma aire y retenlo. Cruza las piernas. —Le ayudo con voz suave pero firme—. Aprieta. —Soy yo la que presiona sus muslos, uno contra el otro.
Si esto no funciona voy a pedir que lo tumben, pero poco a poco el color vuelve a sus mejillas.
Tarda unos segundos en fijar sus ojos en los míos.
Cuando lo hace, tengo ganas de abrazarlo porque, detrás de esa mirada de agradecimiento, hay tanta vulnerabilidad que me hace saber que duele, que lo que acaba de pasar le duele mucho.
—Joder, Guidet… —Nil se levanta de la mesa y se acerca—. Joder… —Se le escucha al borde de las lágrimas.
—Está bien. —Los tranquilizo, pero no me aparto; no lo hago solo como médica, sino porque necesito crear esa barrera protectora entre él y todo esto.
La mano de Guido alcanza la mía, todavía tiembla, y presiona mi muñeca pidiendo auxilio.