Bésame por logística 42 LA NUEVA NOVIA
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42 LA NUEVA NOVIA

He entrado en su coche muy nerviosa. No sabía cómo reaccionar después de ese beso que me ha dado antes de que se fuera con su madre de urgencias, y tampoco estaba muy segura de poder cumplir como la novia que tengo que ser.

Sin embargo, cuento con una ventaja que él no tenía: nos conocemos y podemos tocarnos y besarnos sin que quede irreal, porque el beso en el hospital ha sido de todo menos de mentira.

Y este que ha interrumpido su padre…

No es ninguna sorpresa que me guste besarlo y que cuando lo hago se me olvide casi dónde estoy.

Lo que me lleva al siguiente nivel: si me preguntan cuál sería mi plan perfecto para esta noche, sumaría, al suyo de cena y videojuegos, el sexo.

No significa nada, solo que me atrae mucho.

Me gusta el juego de su lengua sobre la mía y la forma que tiene de abrirme los labios; parece el preludio de lo que puede llegar a pasar si nos acostamos. Uno muy bueno, por cierto.

Lo que debería ser preocupante es que, en vez de morirme de vergüenza porque nos haya pillado su padre, esté pensando en avanzar más…

—Tenemos que ir a cenar —susurra Guido muy cerca de mí.

Le brillan los ojos y se muerde la sonrisa que acompaña todo su gesto.

Ojalá no tuviera que pasar por el trago de enfrentar la situación que tiene con su hermano y su ex, me temo que ese brillo va a fenecer en cuanto empecemos a cenar.

Entramos al comedor.

—Ella es mi tía Fina. —Guido me presenta a una mujer de complexión grande que se parece mucho a Germán.

Ella solo asiente sonriente y con un gesto de alucinada que no oculta.

—Y tú eres la nueva novia. —Mira alrededor y se sienta a la derecha del padre de Guido.

—Deva, Fina. Ella es Deva —aclara Leonor con cierto tono puntilloso.

—Esto es un despelote, familia —añade la tía Fina, sin cortarse en absoluto, para el horror de los comensales.

Puedo entender de dónde ha sacado su hijo la imprudencia oral.

Los ojos muy abiertos de Nora no me pasan desapercibidos por mucho que mire hacia su propio regazo mientras despliega la servilleta.

Dito, el primo que me ha dejado sin palabras, tiene que ahogar una risa; entonces soy yo la que alucina un poco porque estos dos miembros de la familia no muestren ni un poquito de consideración por lo difícil que es la situación.

—Fina, por favor… —Germán es quien la frena, pero he visto a Leonor con ganas de saltar sobre la mesa.

—Bueeno, empecemos a cenar y no nos exaltemos. Además, creo que aquí todo el mundo está feliz, ¿no? —Alfredo apoya a su madre, mientras asiente de forma un poco exagerada y hace un barrido visual a toda la mesa.

Esta familia se parece bastante a la mía en cuanto a saturar la mesa de comida.

Fina toma la palabra y me explica los platos, no me pasa desapercibido que a Leonor no le hace mucha gracia, pero parece que ha sido su cuñada la cocinera y sabe mantenerse en ese discreto segundo plano.

Hay tostadas de salmón y eneldo, de sobrasada con miel, un hummus con granada y aguacate, langostinos cocidos, unos huevos rellenos con una pinta deliciosa y tablas de embutidos y quesos.

—¿Cómo por aquí, tía? —pregunta Guido mientras todos empezamos a servirnos.

Tengo un hambre voraz que supera mis nervios, he tomado más café que alimento durante la guardia.

Así que, con discreción, empiezo a comer.

Mientras, Fina y su hijo cuentan que el piso donde vive Dito en Milán tiene una fuga tremenda y los problemas con el dueño le han hecho rescindir el contrato de forma inmediata.

Entre todos le dan varias vueltas y, sin querer, parecen convertirlo en un problema de estado.

Como en silencio, prestando atención cada vez que hablan, y recibo con tensión la mano de Guido sobre mi pierna debajo de la mesa.

Porque el vestido se me ha subido demasiado y la servilleta no está justo ahí.

No sé si él es consciente de que me está tocando de verdad.

Porque no, no llevo medias; se me resbalan los zapatos si me las pongo.

Me mira y yo sonrío. Puede que parezca que tengo tétanos, así que trato de suavizar el gesto.

Él me devuelve la sonrisa, que es tan tensa como la mía, pero creo que la razón no está en mi piel.

Pongo mi mano sobre la suya y él la vuelve, entrelaza sus dedos con los míos y aprieta.

Germán y Fina se levantan y recogen las fuentes vacías.

Salen del comedor por una puerta que da directamente a la cocina mientras el resto nos quedamos en un silencio incómodo.

Yo como concentrada en mis huevos rellenos.

Levanto la vista, Nora está frente a mí; tiene la cara de alguien que no se está enterando de nada y quiere largarse de allí.

Admito que, dentro de todo este circo, que puedo entenderla.

No parece una arpía cuyo objetivo sea estar con uno de los hermanos a toda costa, así que no tiene que ser fácil para ella.

Yo, en su caso, habría buscado la forma de no estar presente, pero cada uno lidia con sus historias como puede.

—¿Tus padres son médicos, Deva? —Leonor consigue que deje de comer—. Tienen que estar muy orgullosos de ti.

Miro a Guido, que aprieta los labios en una fina línea y sube las cejas.

—No… —Me limpio los labios con la servilleta y ordeno lo que voy a decir, porque empezar diciendo que, para ellos, mi vida sentimental importa más que el puesto que me he ganado en el hospital no es una buena introducción—. No son médicos.

En la mesa dejan dos fuentes, una de lomo en rodajas que huele espectacular y otra de pescado muy apetecible.

El corte en la conversación por la llegada de la comida me gusta, pero para Leonor, que entiendo que quiere mantener la conversación activa, no existe.

—Eres adjunta, claro. —Lo da por hecho y yo lo confirmo con un gesto.

Puedo decir que en otra situación estaría encantada de poder hablar de mi profesión, de mi posición, de lo que hago en el hospital.

Porque si algo echo de menos de mi familia es poder contarlo sin que viertan pestes sobre mis interminables jornadas de trabajo —que razón no les falta, pero mi profesión va más que de eso— o sin que salga a relucir mi nula vida amorosa.

Pero aquí y ahora, pendiente de Guido, y con su ex y su hermano frente a mí, me quedo un poco paralizada.

—Sí, llevo cuatro años siendo adjunta.

—Claro, eres médica. —Fina se une a la conversación.

—Ya lo sabes. —Leonor tiene una lengua látigo impresionante—. Hemos dejado claro que ha sido ella la que me ha tratado en el hospital esta tarde.

—Vaya, cuñada, pensaba que intervenir en la conversación y alargarla todo lo posible sería mejor opción que el silencio incómodo que reina en esta mesa cada vez que agotamos la charla.

Creo que, si intervenimos un poco todos, quizá consigamos que no se os atraganten los huevos —reprocha Fina; y no sé si habla de los rellenos.

En este comedor la hostilidad se puede diseccionar por capas. Un par de segundos después empiezan los ruiditos de anillos chocando contra las copas de cristal y de los cubiertos sirviendo.

—¿No quieres vino? —me pregunta Germán antes de servir a Dito.

—No, no quiero dormirme en la mesa —rechazo con una sonrisa.

—Guido, ¿tú tampoco?

—No, gracias, papá. Tengo que conducir.

—Podríais quedaros a dormir —sugiere Leonor.

El bocado de lubina, que está deliciosa, se queda a medio camino de mi boca mientras espero la respuesta de Guido. Porque no, no cuento con este giro de la noche para nada.

—Sí, es tan agradable el ambiente en esta casa que dan ganas de pasar aquí la noche. —La puntilla sarcástica de Fina, que termina con el vaso de agua pegado a sus labios, nos llega a todos.

Su hijo se une con un «sí» susurrado y algo guasón; él sí que está bebiendo vino a gusto.

—No; no vamos a quedarnos, mamá.

Suelto el aire, que no sabía que estaba conteniendo, y, ahora sí, trago el trozo de pescado.

—¿Vosotros? —Leonor pregunta a Nil.

—Sí, sí… Nosotros… sí.

Ese «nosotros» me ha escocido hasta a mí, y no puedo evitar mirar a Guido de reojo, quien no levanta la vista del plato.