Bésame por logística 41 PILOTO AUTOMÁTICO
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41 PILOTO AUTOMÁTICO

Entramos en casa y cuelgo mi abrigo y el de Deva en el perchero de la entrada.

Se escucha a mi tía hablar en la cocina y también detecto la voz de Nora contestando.

Cierro los ojos, estático. Es el toque de Deva, agarrada a mi muñeca derecha, lo que me hace abrirlos.

Entrelaza sus dedos con los míos y asiente.

—No me apetece nada estar aquí —susurro.

—A mí tampoco, pero me he comprometido —replica con una sinceridad que consigue que la aprecie todavía más.

—Me gusta que entre nosotros no nos mintamos —susurro.

—Entre nosotros no; es una ley inamovible.

—¡Primo! —Alfredito sale del comedor, se para y nos mira a los dos—. Me gusta ver que…, a pesar de todo —sus ojos ruedan—, hay un equilibrio en esta casa.

—Deva, él es mi primo Alfredo.

Se saludan y él no pierde la sonrisa.

—Dito, porfa, que Alfredo es demasiado regio —pide con su tono y sus habituales gestos llenos de drama.

—La vida en Milán te da sofisticación, ¿eh, primo? —lo vacilo un poco.

—No negaré lo obvio. —Se ríe y mira a Dev de arriba abajo—.

Y además esta chica es divina, ¿no? Ya me ha dicho la tía que eres médica…

De chochitos… —Le guiña un ojo, los de Deva se abren mucho y yo cierro los míos con un gesto de dolor a la vez que ladeo la cabeza—.

Esto me deja fuera, con lo mal que me cae mi médico y lo bien que me vas a caer tú.

—Alfredo… Estás viviendo en Milán.

—Y todavía tengo médico aquí. ¿Trabajas en la privada?

—Alfredito… —advierto.

—Dito —me corta.

—Dito —remarco—. A veces hay que saber callar.

Y estar, ya puestos. El histrionismo de mi primo es algo que me ha hecho gracia siempre; hasta hoy, que me parece que está fuera de onda, por lo menos de la que traigo yo. Deva aprieta los labios, no dice nada y por eso no estoy seguro de lo que le está pareciendo.

—Soy obstetra…

—Ya…, ya, ‹‹del por dentro» y eso. —Alfredo hace gestos, moviendo manos y brazos, como si estuviera metiendo su cuerpo dentro de algo.

Parpadeo incrédulo y miro lejos de él. No hay forma de disculparlo.

—Sí. —Deva sonríe forzada—. «Del por dentro» de las embarazadas.

—Como ves, a veces es un poco inapropiado —lo intento—. Pero no es mal chaval.

—Es que estoy algo de los nervios, primo. —Inclina el cuello y fuerza una mueca de disculpa. No me la creo, él es así siempre—. En realidad —baja la voz—, es un estado general.

—Qué bien, gracias por la actualización —murmuro.

—Nora ha roto una pila de platos. Con eso te lo digo todo —sigue informando.

No dudo de que para ella también es difícil. Ojalá pudiera rebajar mi malestar… Pero, joder, no puedo.

—¿Cómo estás? Tu hermano me cae bien, pero tú siempre has sido mi favorito. —Su habitual ritmo de metralleta me está saturando—. Y, entre tú y yo. —Baja la voz—, esto es una guarrada épica, por mucho que se quieran. Una guarrada. No seré yo quien lo ponga en duda. —Su dedo índice alzado niega.

Quiero quitarle drama, peso, lo que sea para que me deje en paz.

—Estoy…

—Pues como se puede estar en estas circunstancias, Guidet.

Me alegro mil de que Deva… Deva, ¿verdad?

—Ella asiente y Alfredo me mira de nuevo—.

Me alegro de que esté aquí, hacéis una parejaza de escándalo.

Por cierto, el que falta es mi tío, como siempre, parece que se estuviera hundiendo el cartón.

Ya sabes —pone los ojos tan en blanco que parece que le fuera a dar una crisis—, llegará un poco más tarde.

Nada nuevo. El director general de Cartonajes Lanau a veces no sabe tomarse un descanso ni en los días señalados.

Además, hoy necesitaba dejar cerrado algo relativo a uno de los acuerdos que tenemos pendientes.

Si ni siquiera ha podido acompañar a mi madre a urgencias…

Y si yo no estuviera tan centrado en el proyecto de la etiqueta ecológica europea, que dejé algo colgada cuando me fui y corre bastante prisa, podría haberme implicado en la expansión en la que está trabajando y en la que los plazos ya están pisándonos los talones.

—Guido… —Nil sale del salón y se queda parado, alternando su mirada entre Deva y yo.

—Madre mía, madre mía, madre mía… —Alfredo se nos queda mirando y empieza a caminar hacia atrás, hasta que desaparece por la puerta de la cocina.

Podría haberme reído, pero tener a mi hermano delante ha conseguido que no le vea la gracia, incluso me toca las pelotas tenerlo de comentarista externo. Deva aprieta sus dedos en torno a los míos.

—Nil —saludo—. Ella es Deva —los presento y me falla la voz.

Claro que hemos coincidido en la oficina, pero he hecho un trabajo exhaustivo por evitarlo.

No sé si voy a saber mantener el tono profesional en esta situación, porque no sé cómo comportarme.

Se ha roto algo grande entre los dos y ahora no encuentro forma de arreglarlo.

Mi hermano se acerca y, aunque la saluda con educación, no deja de mirarme, pendiente al cien por cien de mí.

—¿Qué tal está mamá? —No es el momento de hablar de otras cosas que no sean temas neutrales.

—Bien, no tiene dolor. ¿Eres la médica que la ha atendido?

Deva asiente y doy dos pasos hacia el salón llevándola conmigo, tanto para ver a mi madre como para quitarme a Nil de delante.

—Guido, quisiera hablar contigo de…

—Ahora no —lo corto sin echar la vista atrás.

Mi madre está sentada en el sofá, maquillada, con su melena rubia perfectamente peinada y con un vestido blanco, acorde a la noche que es y a la etiqueta que exige.

—Hola, Leonor. Me han dicho que ya no tiene dolor. —Deva se pone en plan médica y su duda se adhiere a lo que pienso al ver el gesto de mi madre.

Su intervención es un corte a la escena anterior y me gusta.

—Llámame de tú si no quieres que tengamos un conflicto antes de terminar el año. —Se ríe mamá—. ¿Qué tal, vida?

Beso su mejilla. No ha respondido a la pregunta.

—Mejor que tú —contesto. Su ceño está algo fruncido—. ¿De verdad que no tienes dolor?

—Sí… —dice fingiendo cansancio.

Vuelvo la cabeza hacia Deva, que inclina la suya un poco y sube los hombros a la vez.

—Bueno —dice—, el efecto del calmante intravenoso ya ha pasado y el oral no es tan potente.

—Di a luz sin epidural —responde mi madre, que no quiere importunar a nadie con su molestia.

—Una guerrera, sin duda —dice mi chica.

Bueno, Deva, lo dice Deva.

Escucho a mi padre entrar en casa y, acto seguido, se adentra en el salón. Ha llegado antes de lo que esperaba.

—¿Cómo estás? —Pasa de nosotros y va directo a mi madre. Se sienta a su lado completamente volcado en ella.

—Mejor, Germán, mejor. —Quiere quitarle importancia. A mi hermano y a mi padre siempre se la cuela, a mí no—. Tenemos visita —le dice.

—Tenemos muchas visitas hoy —suelta mi padre sin apartarse ni un milímetro de su lado.

—Sí, pero es «la visita». —Lo ojos de mi madre le hacen un gesto para que nos mire.

—Ah… Bien. La médica. —Se levanta y saluda a Deva con la mano—. Gracias por atender a mi mujer esta mañana. —Me da una palmada en el brazo—. Guidet, ¿todo bien?

Afirmo con un movimiento seco mientras él se afloja la corbata; si la lleva es porque ha habido videollamada con los franceses.

—Voy a cambiarme. —Antes de salir del salón mi padre se vuelve hacia Deva—. Bienvenida a casa. Gracias por venir.

Vaya…

Mi padre, mi aliado; sin duda.

—Ay, este Germán. —Mamá suelta una risilla y se sonroja. La diplomacia y la sutileza que ella tiene son las que le faltan a mi padre.

La presión de los dedos de Deva en mi muñeca me saca de la sensación de extrañeza que tengo en mi propia casa. No quiero estar aquí, pero por mucho que me lo repita no se va a cumplir.

—¿Te apetece tomar algo? —Me centro en quien sabe la verdad de mi situación y entrelazo mis dedos con los suyos—. ¿Un café?

—¿Un café? —Leonor arruga el gesto.

—Acaba de salir de una guardia de veinticuatro horas —informo.

—Qué barbaridad, no debería ser legal —se queja mi madre.

—Estoy de acuerdo —contesta Deva—. Y no tiene nada que ver con que disfrute de mi trabajo. La sobrecarga no ayuda.

—La cena está a punto —anuncia Nora entrando en el salón. Deva y yo nos volvemos—. Hola, Guido —saluda.

Ella mira a Deva mientras yo trato de ubicarla, de nuevo, dentro de la familia. De nuevo en esta casa donde la última vez que estuvo era mi pareja. Verla en la oficina no tiene nada que ver con esto… Joder, ahora es la novia de mi hermano.

—Hola, soy Deva. —Ella se adelanta, sin soltarme, porque creo que llevamos demasiado tiempo callados, y le da dos besos a una Nora que está alterada.

Sigo siendo capaz de leerla; en su mandíbula apretada que trata de destensar cuando es consciente, en el parpadeo rápido y en su incapacidad de mantener la mirada más de tres segundos seguidos.

Nil aparece detrás de ella; la mano de Deva se mueve entre la mía y me doy cuenta de que la estoy apretando demasiado.

—Encantada. —Nora vuelve a parpadear muy rápido y soy testigo, inquieto, de que está a punto de llorar.

Se vuelve hacia mi hermano y este se acerca a nosotros sin dejar de mirarme. Yo aparto los ojos de él, no soporto hacerlo y menos con mi ex a su lado. La tensión me atenaza la espalda. En la oficina no han estado tan juntos, o no delante de mí, al menos.

—Sentémonos. —Mi madre se levanta e interrumpe el momento. No hay que tener una licenciatura en Derecho para captar su intención.

Es ella quien inicia la marcha.

—¿Podemos hablar un momento, Guido? —Mi hermano, a quien se le nota algo desesperado, frena los pasos de mi madre.

Leonor se vuelve muy erguida y fulmina a su hijo pequeño con una mirada de advertencia.

—Vamos a cenar. No es hora de charlas.

Con la palma extendida, nos indica el camino hacia el comedor.

Ellos la siguen sin rechistar. Deva y yo nos demoramos.

Busca mis ojos y sonríe; no hay ni un ápice de inseguridad en su gesto.

Agradezco tenerla a mi lado, es la copiloto perfecta, la que avisa justo antes de la curva que yo todavía no he visto.

Sonríe; la punta de su lengua lame su labio inferior y luego se lo muerde.

Justo ahí quiero estar.

—¿Estaría mal que te besara ahora? —susurro.

—¿Ahora? —Abre mucho los ojos, pero no deja de sonreír—. No, supongo que…

No la dejo terminar y me acerco a su boca justo antes de que mi mano sujete su cintura y termine de pegarla a mí.

Sus labios se mueven sobre los míos y, con la naturalidad de quien ya se conoce el camino, su lengua se hace notar en mi boca.

La aprieto un poco más y ella se aleja rompiendo el beso sin dejar de rozarme los labios mientras yo aspiro el aire de su boca…

—¿Estás bien? —susurra.

—Ahora sí…

Su mano trepa por mi pecho y se agarra a mi hombro. No sé quién de los dos vuelve a avanzar, pero unimos los labios y nos besamos más allá del decoro; es inevitable. Se me eriza el pelo de la nuca al sentir cómo sus dedos se clavan en mi piel a través de la ropa.

—Creo que están todos sentados. —La voz de mi padre, tras un carraspeo, es la que consigue que nos despeguemos sorprendidos.

Puedo asegurar que casi olvido dónde estamos.

—Oh… —Deva se aleja y se muerde el labio inferior.

Está acalorada, no sé si es por el bochorno de que nos hayan pillado o porque le ha pasado como a mí y se ha activado el deseo.

Ahora mismo daría mi coche por vivir en ese deseo y que fuera correspondido.