Bésame por logística 40 BESOS A DISCRECIÓN
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40 BESOS A DISCRECIÓN

No sé si sería posible, pero no me voy a plantear una cita en pareja sin fingir porque no sé si es a lo que ella se refiere.

—Estás guapísima, por cierto. —Corto el silencio con una verdad absoluta.

—Tú también. —Suelta una risita que me hace sonreír—. Aunque superar nuestro uniforme de Nochebuena es fácil.

—Lo es. —Mi cabeza va directa a los besos de esa noche.

Lo que me lleva a pensar en el plan que vamos a seguir, en las ganas, en lo que he echado de menos un beso suyo cuando ha entrado en el coche, en mezclarlo todo, en evadirme…

Y, al final, voy de cabeza a proponer lo siguiente—: Se me ocurre que…

En mi casa… —Entonces pienso que va a ser de esos planes que suenan mejor en la cabeza que cuando los dices en voz alta y me callo.

Porque no tiene sentido.

Es una locura absurda guiada por mis ansias de volver a besarla. A pesar de todo lo que tengo encima, no contemplo otra cosa.

—¿Qué? Estoy abierta a cualquier puesta en escena que ayude a suplir la carencia de datos que tengo.

—No, no te hacen falta —remarco, no quiero volver ahí—. ¿Te falta el cuaderno de los apuntes? ¿Es eso? —No puedo evitarlo, tengo muy viva su imagen subrayando y rodeando el esquema de nuestra vida falsa.

—Puede ser. —Me hace burla—. Pero dispara, voy a decir que sí.

Racionalmente no me parece un buen plan, pero como hay unas ansias en mí que me empujan hacia su boca y ella está insistiendo…

—Creo que… —esto es de locos—, si nos ven cercanos, si en lugar de estar pendientes de si nos miran o no, fingimos que estamos muy entregados…

—Claro…

—Besándonos —aclaro el punto.

¿Soy un capullo?

—¿Cómo? —Abre los ojos mucho.

—Ya… Perdona. No… Es solo que creo que no se nos da mal.

—«Y que me gusta hacerlo». Dudo moviendo la cabeza y encogiéndome de hombros—.

Y creo que dejar claro que he pasado página con Nora es importante —añado, jugando la carta del chantaje, porque sí, parece ser que soy un capullo—. Supongo que, si nos ven… entregados…

«Guidet, eres idiota, cada vez más. Discúlpate de verdad y déjalo». Es curioso que escuche la voz de mi hermano porque él no está en condiciones de ser mi conciencia.

—Entregados —repite.

Y como no me frena…

—Sí, entregados… Me parece un buen plan para evitar miradas, comentarios, conversaciones…

No digo nada, ella tampoco.

¿Puedo alegar enajenación transitoria ante la perspectiva de ver a mi ex convertida en la novia de mi hermano? Mi madre aparece en mi mente moviendo la cabeza de lado a lado con una mirada reprobatoria.

—Pero… ¿a qué te refieres? ¿En qué momentos?

Es una cena, y a mí eso de mostrarnos cariñosos en la mesa comiéndonos el lenguado, como dice el burro de Roque, no es algo que me vaya mucho.

Se me va a notar, ¿sabes? —No hace falta que la mire, sé perfectamente que está haciendo de esta sugerencia una posible práctica bien ejecutada.

Y eso me quita culpabilidad; al final, si ella lo considera una buena idea…

—No, no durante la cena —aclaro.

Froto mi pierna, mis manos han empezado a sudar y no consigo secarlas en el pantalón de vestir que llevo puesto por puro protocolo de la cena con mi familia.

A lo lejos aparece la casa de mis padres y los nervios me agarrotan hasta los hombros.

Esto es de locos, no tengo ni idea de cómo actuar delante de Nil y Nora.

Los he evitado al máximo en la oficina, he postergado reuniones, he fingido llamadas importantes… Llevo días así.

—Bueno… —duda, su voz me trae a la locura que he planteado, y asiente—. ¿Por qué no?

Se crea un círculo extraño, estar a punto de encontrarnos con mi familia ha relegado el tema de los besos a una posición irrelevante, pero ella acaba de acceder. Y puede que sea una chorrada, pero me proporciona la seguridad que necesito para enfrentarme a mi hermano y a mi ex.

Maniobro para aparcar y paro el motor.

—Creo que después de pasarnos la noche besándonos en los bares no va a resultarnos complicado —reafirma.

Vaya…

Estoy entre dos mundos: el de Deva y su novio falso y el de Guido y su novia falsa. El chalet de mis padres, a nuestra derecha, y la realidad de nuestra Nochebuena, en su boca. ¿Fue un trámite para ella? Para mí no lo fue, pero en lugar de plantearlo le digo:

—Yo también lo creo.

Se da cuenta de que estamos en nuestro destino.

—¿Hemos llegado?

—Sí.

Toma aire.

—Vale. —Su tono cambia, no hay susurros confidentes, hay determinación en sus siguientes palabras—.

Voy a estar para ti. Si ves que me excedo, o que no llego…

—Se lleva las manos a la cara, pero las frena antes de tocársela—.

Ostras…, que llevo los ojos pintados. —Me mira fijamente—.

Bueno —asiente en mi dirección—, tenemos nuestra señal.

—La muñeca —recuerdo.

Parece querer decir algo más, pero en lugar de eso abre mucho los ojos, planta una sonrisa rara en su boca y asiente.

—Finjamos.