Bésame por logística 39 CONDUCIR A CIEGAS
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39 CONDUCIR A CIEGAS

Por las puertas de urgencias, a las nueve y dieciséis minutos, aparece Deva con un vestido plateado que emite destellos con la incidencia de las luces a su alrededor.

El corte es por encima de la rodilla y le hace unas piernas largas de las que aparto la mirada de inmediato.

Obligo a mis ojos a posarse en su brazo desnudo, mientras del otro, cubierto por una manga, cuelgan un abrigo y una bolsa de mano rosa.

Lleva el pelo recogido y no tiene ni un solo mechón fuera del sitio.

Me cuesta reconocerla.

Es la jodida sofisticación clínica.

Está… muy sexi, y me da la sensación de que no pierde en absoluto esa aura efectiva de la que he sido testigo en la consulta con mi madre.

No la conozco lo suficiente para decir que es extraño verla así. Pero… esta chica salió en Nochebuena con un jersey navideño en el que ponía que no le habían robado el bisturí, solo el corazón, y no llevaba ni un ápice de maquillaje en la cara.

Se muerde el labio inferior y mira a los lados; y el recuerdo que no he podido desterrar de mi cabeza durante toda la tarde se vuelve salvaje y me hace aguantar el aire.

Nuestro beso.

¿Ha sido por logística? ¿En serio? ¿Necesitábamos besarnos así para demostrarle a mi madre que somos pareja? No lo tengo tan claro. Lo que sí tengo clarísimo es que Deva me gusta, y todo apunta a que yo a ella también.

Joder, no se besa así a alguien que no te gusta.

No aparto la mirada de ella y me pregunto, nervioso, qué me está pasando. Necesito unos segundos antes de adentrarme en nuestra nueva entrega de «pareja falsa en familia disfuncional».

Tras la segunda vez que, con impaciencia, mira hacia los lados y luego el reloj, decido salir del coche, que todavía tengo en marcha, y alzar la mano.

En cuanto me ve, camina con pasos cortos y medidos sobre unos zapatos de tacón que lleva con soltura.

No me había imaginado a Deva llevando tacones, y…

durante un segundo se me olvida, otra vez, dónde estamos.

No creo que sea consciente de lo que provoca.

Entro en el coche antes de que ella abra la puerta.

—¿Qué tal está tu madre? —habla deprisa mientras se abrocha el cinturón.

Frunzo el ceño porque no esperaba este saludo.

—Bien, está descansando; mi tía y mi primo han venido a pasar la noche con nosotros y no la han dejado levantarse del sofá.

¿Esperaba que me besara? Creo que sí, porque su distancia me ha generado la misma sensación que si se hubiera calado el coche antes de salir de un cruce. Qué absurdo esperar de ella ese gesto cuando estamos solos.

Conduzco dejando atrás la entrada de Urgencias y, al incorporarnos a la circulación, le echo un vistazo.

Que no deje de lado a la profesional que lleva con orgullo y que, además, se haya preocupado por mi madre más allá del encontronazo que hemos tenido me genera una sensación agradable de admiración y…

de algo más. Creo que es su forma de tratar a la gente que le importa, y me gusta sentir que estoy dentro de ese círculo.

Busca algo en su bolso. Es el cacao; en cuanto lo abre, inunda el espacio con olor a piruleta. Se me hace la boca agua. ¿Debería preguntarme que significa que esté más pendiente de la posibilidad de volver a probar sus labios que de lo que se me viene encima?

—Ostras, estoy nerviosa. Sé muy poco de tu familia y, después del encuentro con tu madre, no confío mucho en mí.

Le echo un vistazo rápido y entiendo que aquella Deva que conocí en los primeros minutos en su casa, y que podría sacar la libreta para apuntar todo lo relacionado con mi familia, está saliendo de entre el brillo de su vestido.

—No te preocupes, no es para tanto. Yo sabía mucho menos de la tuya cuando aterricé en vuestra cocina.

También estoy alterado, pero no por lo que voy a tener que fingir con ella: eso es lo que menos me impone.

—Ya, bueno… Si no te importa… Empieza a hablar, por favor; mi cabeza está a punto de sufrir un colapso por no tener el control de la situación.

—¿Tienes el Excel abierto? ¿Un nuevo documento? —No debería bromear, pero los dos necesitamos romper esta tensión que no creo que nos ayude.

—No es nuevo, tiene varias celdas ocupadas.

No sé si me mira, pero su tono es de agobio. Así que, sin meditarlo mucho, pongo mi mano sobre la suya, que la tiene sobre su pierna, presiono ligeramente y nos miramos.

—Dev… Solo tenemos que ser como fuimos en tu casa.

Cierra los ojos y su mano se da la vuelta entre la mía para entrelazar nuestros dedos y apretar un poco.

—Vale…

Ahoga un bostezo; sin perder de vista el frente, yo sonrío. Quisiera poder mirarla más, pero no es el mejor momento. Quizá deberíamos haber buscado un rato para hablar, y con esa excusa poder mirarla a gusto, porque no me ha parecido suficiente espiarla antes de que se metiera en el coche.

De locos.

—¿Estás muy cansada? ¿Vas a necesitar un café?

Soy muy consciente de que cuando esta chica está agotada no rinde demasiado bien, y puede apagarse en cualquier momento.

—Igual una transfusión —bromea y niega—. No te preocupes, llevo cafeína suficiente en el cuerpo para aguantar hasta después de cenar. Te adelanto que no voy a beber ni una pizca de alcohol, tampoco quiero tentar al sueño.

—Lo tendré en cuenta. —Retiro mi mano de la suya para sujetar el volante con las dos—. Vamos con mi familia. Aunque lo más gordo ya lo sabes: mi hermano y mi ex están juntos.

Giro en la siguiente calle a la derecha y tomo aire para empezar a hablar.

El día que le pedí que fuera mi novia falsa le expliqué que iban a cenar en casa de mis padres y que la situación era una mierda de dimensiones desproporcionadas.

Ella se quedó muy callada, dijo un refrán sobre los favores y yo agradecí en silencio no tener que extenderme más.

—Necesito saber cómo te encuentras tú respecto a esa pareja, y a tu ex, claro… —Suspira—. Bueno, y con tu hermano. Y… quizá saber cómo fue, ¿no? —duda.

No dejo de mirar al frente y agradezco que no dé su veredicto sobre lo reprobable que le parece, o que empiece a contarme cómo se sentiría ella en mi caso, que es lo que me he encontrado este par de días en la empresa. Porque Nil y Nora ya no se esconden.

—Nil… —empiezo por la parte difícil y suspiro—.

Creo que estoy enfadado con él… O no, no lo sé.

Saber que no pasó nada mientras Nora y yo estábamos juntos es…

—No pierdo de vista la carretera—. Es tranquilizador, supongo; no soy el tonto al que le han puesto los cuernos.

Aunque siento que me han tomado el pelo todo este tiempo.

—Tomo aire—. Cuando me enteré, me puse… rabioso.

—Aprieto los dientes—. Me sentí tan traicionado que ni siquiera lo escuché cuando intentaba hablarme.

—¿Cuándo te lo dijo?

—No me lo dijo. —«Y me sentí un estúpido»—. El día veintitrés me quedé a comer en la oficina, casi nunca lo hago. —Niego para mí—. ¿Habría preferido no haberme quedado y así no enterarme de esa forma? No lo sé.

Los siguientes segundos de silencio se llenan de la música de Bastille, que suena a un volumen bajísimo por los altavoces. Tomo el desvío que corresponde, conduzco como un autómata.

—No sé… —suspiro—. No sé cómo lo hubieran hecho de no haberme enterado esa mañana.

—La miro de reojo, está vuelta hacia mí y las luces de las farolas se reflejan en su vestido—.

Me quedé en el office… Y ellos entraron sin darse cuenta de que estaba dentro.

—Hago una pausa—. Se besaron creyendo que estaban solos.

No dice nada, y entonces la música bajita me molesta, la llevo siempre así para escuchar el motor del coche y ahora me parece ridículo. Ojalá estuviera tan alta que su volumen evitara a mi cerebro reproducir los minutos que siguieron a ese momento.

—Vaya… —murmura segundos después y, acto seguido, suelta el aire de forma audible—. ¿Hace mucho que lo dejasteis? ¿Llevabais mucho tiempo? Entiendo que ya la presentaste a tus padres… ¿Y tu hermano…?

Vuelve la cara hacia mí y veo por el rabillo del ojo que está aguantando el juicio que no ha emitido antes.

Frunzo el ceño y suelto el aire de forma audible.

—Lo dejamos en febrero… —El tono de enfado se cuela sin querer.

Nos paramos en el semáforo y la miro, pero no le digo nada, o no con palabras, al menos.

—Perdona… —se disculpa y pone su mano sobre la mía, que la acabo de apoyar en mi pierna.

La acaricia y la retira—. Perdona —repite y me hace sentir un imbécil por mi enfado absurdo del que no es responsable.

Y me doy cuenta de que no quería que dejara de tocarme—.

No… —Abre mucho los ojos y evita mirarme directamente.

—No…, yo… —Resoplo, cierro los míos y me froto la barba recién arreglada—. Solo… —La miro—. Solo quiero que aparentemos ser lo que fuimos en casa de tus padres, ¿vale?

—Ya…, claro —susurra avergonzada.

—Nora fue mi pareja durante cuatro años —aclaro. Me parece mentira encajar a la mujer que fue mi pareja en una relación con mi hermano—. Y trabaja con nosotros en la empresa… —Y eso duele más ahora que cuando lo dejamos.

No quiero hablar más del tema, porque no sé si es coherente lo que siento.

El semáforo luce en verde y reanudo la marcha.

—Vale… —Es lo único que dice y el silencio vuelve a mandar.

Suelto el aire despacio.

—Tenemos que afinar cuánto tiempo llevamos, porque nos preguntarán, y no podemos usar lo que ya le dijimos a tu familia.

Niega rápido con la cabeza.

—No, claro. —Supongo que echa las cuentas—. Además, para que sea creíble que tú no hayas dicho nada, creo que un par de meses es una buena cifra. Al final es lo que dije en mi casa. —Se encoge de hombros.

—¿Lo dijiste?

—Sí —resopla—. Después de la pillada de Gaspar tuve que improvisar. Piensan que eres repartidor. —Se le escapa una carcajada—. Tengo ganas de cortar contigo —confiesa y resopla.

Me río con ella, esto es de locos.

—Vaya par de mentirosos; nos reencarnaremos en moscas.

Nos reímos los dos y la tensión se disipa en segundos.

—Mi abuela piensa que hay un infierno para mí, por mentir y hacerte pasar por un enfermero, desvalorizando tu puesto de trabajo.

—Sí, sobre eso… —Recuerdo que no le aclaré mi posición—. Mi padre es el director de la empresa de cartonajes, y yo, el adjunto.

Abre la boca. Se lleva las manos unidas para tapársela y niega.

—¡Ostras! Menos mal que esto ya no lo tengo que contar en mi casa —dice amortiguando su voz contra sus manos—. El ascenso, de repartidor a director adjunto, sería tan meteórico como increíble.

Nos reímos otra vez, aunque segundos después me doy cuenta de que apenas quedan unos minutos para llegar a casa de mis padres. Joder, soy un preso que se dirige hacia su condena.

—¿Sabes lo que me apetecería de verdad esta noche? —pregunto sin darle muchas vueltas, solo soñando.

—Seguro que mentir a tu familia no está entre tus planes.

Vuelvo a reír.

—No. Te llevaría a casa a jugar a la Play y pediría una lasaña espectacular que preparan en un italiano de mi barrio.

—¿Podríamos pedir también una crema de calabaza que hacen en un restaurante que conozco? —pregunta deleitándose en cada palabra. Creo que tiene hambre.

—No soy muy fan de la calabaza, pero podríamos.

—De esta lo vas a ser; pica un poco y es… —Se relame justo cuando la miro, y ese gesto me lleva a nuestros besos; a su lengua en la mía, esa que ya no se escondió desde que salió a jugar tras el que nos dimos bajo el muérdago de las escaleras.

Resoplo, consciente de que eso no va a pasar; no lo de la calabaza, que… tampoco, supongo. Pero me refiero a lo de la lengua, aunque después del beso en el hospital…

—Pero no va a ser posible. —Inhalo con fuerza con una sensación tan incómoda que araña, por lo que me he imaginado y por ese plan que no se va a hacer realidad—. Tendremos que dejarlo para otra cita.

—Sí, pero que sea sin fingir, que estoy destrozando mi lóbulo frontal.

No digo nada; ella tampoco.

¿Sería posible?