Bésame por logística 38 BÉSAME POR LOGÍSTICA
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38 BÉSAME POR LOGÍSTICA

Guido me mira fijamente, supongo que yo hice lo mismo cuando lo metí en la cocina de casa de mis padres. Y, como entonces, tengo intención de que también me lea la mente; quiero que sepa que no tiene de qué preocuparse, pienso ser la novia perfecta a partir de ya.

Leonor suelta mi mano y, acordándome de la clase magistral de Martina, me acerco a mi «novio» invadiendo por completo su espacio personal.

Creo en mi mente un Excel nuevo con la situación y la celda del beso-saludo queda marcada en rojo, porque no la hemos completado. Enseguida huelo su perfume amaderado, de repente está por encima del olor aséptico de la sala. No recordaba que su aroma fuera tan potente.

—Os acompaño fuera —digo mientras dejo un beso en su mejilla. Creo que hacerlo en la boca es demasiado brusco.

Aunque igual delante de su madre no debería haberlo besado, ni en la boca ni en la mejilla.

Ostras, no estoy nada centrada.

¿Su sonrisa es una aprobación? Espero que sí. Salimos al pasillo detrás de ella y su hijo pasa un brazo por mis hombros. Es inmediato, me tenso. Quizá sea porque la cercanía que vivimos la madrugada de Navidad se hace palpable. Confío en que mi expresión haga el trabajo pesado y no nos delate.

—Tranquila —susurra.

Una vez fuera de la consulta, Leonor se pone a nuestra altura y se centra en meter el informe de urgencias en el bolso.

—Gracias por todo, Deva. Has sido muy clara y consigues que me vaya muy tranquila —habla remarcando los ‹‹muy››.

—Y te tranquiliza mucho más que esta noche vaya a casa —añade Guido.

—Vamos, Guidet, no seas así. —Niega sin perder la sonrisa.

—Di la verdad —insiste él con cariño y su madre lo mira agraviada, creo que no le gusta mostrar vulnerabilidad.

—Ha venido con mucho dolor, es normal que se asustara. —Intento sacarla del apuro—. Seguro que tú también te has asustado —le digo a mi supuesto novio.

Muevo el brazo, debería tocarlo en la barriga, en el… No sé, no lo hago y acabo con mi mano derecha convertida en un puño y metida en el bolsillo de la bata.

—Sí, me he asustado —afirma sin dejar lugar a ninguna duda y se pasa la mano por el cuello—. Las emergencias sanitarias no son lo mío.

—Es un poco aprensivo —confiesa su madre—. Y no sigas llamándome de usted —me pide Leonor cerrando los ojos un segundo de más—. Gracias por todo, Deva. Voy al baño un momento.

Ambos seguimos sus pasos hasta que se cierra la puerta detrás de ella, y cuando me dirijo a Guido, abro la boca asombrada.

—Ostras…

Nos separamos.

—Esto es de locos. —Él continúa mirando la puerta de los aseos.

—Y yo que pensaba que íbamos a tener tiempo para que me pusieras al día con tu familia. —Niego y me tapo la boca.

—Esa era la idea. —Se pasa la mano por la nuca y el cuello—. Y el plan es el mismo, vengo a recogerte en cuanto salgas.

Soy consciente de su cercanía, otra vez, y eso que no es tanta como la última vez que estuvimos juntos besándonos por los rincones del pueblo. Tomo aire y lo suelto, agobiada, no voy a saber ser la mejor novia. ¿En qué estaba pensando?

—Eh… —llama mi atención, su mano coge mi muñeca y su pulgar roza la zona interna—. No sé lo que estás pensando, pero todo va a ir bien.

—Ya, bueno… —Su tacto me lleva a un sitio conocido y cómodo—. Creo que hemos desperdiciado el tiempo y deberíamos haber hablado más de tu familia estos días.

No voy a hablar del patinazo «mi madre la abogada», no hay tiempo.

—No tienes por qué saber nada de ellos; la relación entre nosotros, que es lo esencial, creo que la tenemos controlada, solo tenemos que comportarnos igual que en tu casa. Ni siquiera les he dicho el tiempo que llevamos, y dada la situación…

—¿Quizá debería conocer un poco más la situación? —pregunto, no quiero ser una impertinente, pero no me ha contado prácticamente nada.

—No ahora —susurra y reduce el espacio entre los dos al mínimo—. Mi madre me está esperando, ya ha salido del baño.

La presión de su pulgar en mi muñeca aumenta, y la señal es clara: en este momento tengo que ser la novia de Guido.

Suelto una risilla nerviosa.

—Vale… Nos tenemos que despedir; además debo ir a trabajar.

Me mira con intensidad y baja la cabeza un poco, acercándose todavía más.

—Tienes que besarme —susurra—, o dejar que yo lo haga.

—Por logística —murmuro; y aunque hay una parte de mí a la que le da la risa por el teatrillo, hay otra que quiere volver a probar su boca.

—Así es —habla cerca de mis labios.

Sus ojos casi están cerrados, pero yo no puedo ni quiero perderme su expresión mientras su pulgar sigue acariciando en círculos mi piel sensible de la muñeca.

Él continúa dentro de nuestra performance, y yo necesito que me lo recuerde.

Apoyo mi mano en su abdomen y la arrastro despacio hacia arriba; me regodeo en la dureza de su pecho.

En cuanto él agota el espacio entre nosotros y su boca cubre despacio la mía, tengo la necesidad de estrujar la tela vaquera de su camisa para no soltarme, para traerlo más cerca.

El beso es…

Es volver a un sitio que me quedé con ganas de conocer más.

Nos movemos sin torpeza, alternando lengua, dientes y labios; se me erizan las terminaciones nerviosas.

Sin querer, construimos una antesala a nuestro alrededor que se carga de anticipación, de posibilidades…

Se activan mis secreciones de dopamina, endorfinas y oxitocina; mi cuerpo celebra un hallazgo que la mente aún no ha procesado.

Y, por un segundo, el cansancio de quince horas de guardia se disuelve. Es mi dosis exacta de cafeína.

Nos separamos, creo que ha sido él; no estoy segura de quién se ha detenido primero. Abro los ojos, obligada por el sentido común que parece que he perdido; entonces reparo en su sonrisa y soy consciente de que es demasiado bonita, incluso auténtica…

—Te veo a las nueve —susurra y su aliento… me atrae.

Lo quiero de nuevo.

Está muy claro que aquí existe una posibilidad de algo más. Ignorar el cóctel de neurotransmisores que trabajan para confirmar que esto puede culminar con un encuentro sexual —probablemente necesario— sería una imprudencia.

Se aleja sin dar un paso atrás y vuelve a acercarse para dejar un pequeño beso en mis labios entreabiertos. Acerca su boca a mi frente, presiona y sonrío sin querer. Su pulgar, en mi muñeca, donde tiene que estar notando el pulso acelerado, es el último en retirarse de mi piel.

Las palabras se me atoran y apenas soy capaz de levantar la mano y despedirme de Leonor, que aparece en mi campo de visión.

Claro, y todo esto es por logística.