37 EMERGENCIA INESPERADA
Observo la imagen de la ecografía que estoy realizando.
Sin que se me note, estiro la espalda, la tengo cargada.
Llevo quince horas de guardia y está siendo particularmente dura porque estoy siendo refuerzo en ginecología.
Estoy deseando que termine, pero el compromiso que he adquirido con Guido esta noche me tiene en una dicotomía importante.
Me pidió ser su novia falsa en la cena de Nochevieja porque su hermano está saliendo con su exnovia y ellos, como pareja consolidada, van a estar en casa de sus padres.
Aquí cada uno lidia con sus historias familiares como puede, por lo que, aunque me quedé con ganas de saber, no hice preguntas y para nada voy a juzgar el proceder de Guido; no tiene que ser fácil.
Ya entiendo un poco más la llamada de su ex el día de Nochebuena, su necesidad de tiempo y hasta que estuviera a gusto con mi familia en unos días tan señalados.
Mentiría si dijera que no me sorprendió su propuesta, pero lo vi lógico. ‹‹Favor con favor se paga›, dice mi abuela. Espero ponerme al día de la situación en el trayecto; salgo a las nueve, así que en una hora podemos hacer virguerías después de lo que vivimos en el pueblo.
Tomo aire despacio y pienso en el café que voy a tomarme en cuanto termine con esta paciente. Aunque lo que de verdad necesito es tirarme en la cama y dormir veinticuatro horas.
Retiro el transductor endocavitario, desecho la funda y me quito los guantes en un movimiento preciso y mecánico.
—Tiene un quiste en el ovario derecho, pequeño y de aspecto benigno —explico a mi paciente con tono sereno mientras apago el ecógrafo; no quiero alterarla, no es que ella lo estuviera, pero claro que está pendiente de lo que tengo que contarle—.
Probablemente ha girado un poco sobre sí mismo, por eso el dolor ha sido tan intenso.
No hay signos que indiquen la necesidad de tomar medidas más extremas que el reposo.
Pautaremos unas visitas de control con su obstetra.
La mujer fija sus ojos azules en los míos, sin variar el rictus.
—No es grave —aclaro.
Entonces asiente e incluso deja entrever una ligera sonrisa de alivio.
—¿Ese giro es lo que noté, ese pinchazo? Pensé que era el apéndice.
—Normal. —Correspondo su media sonrisa—. Cuando el quiste se torsiona, aunque sea un poco, puede doler muchísimo.
El enfermero retira la vía y procedo a redactar el informe y a darle el alta domiciliaria.
Sentada frente al ordenador, tecleo rápido y leo en voz baja para ir repasando lo que tiene que quedar claro.
Una vez termino, y la paciente está vestida y sentada en la silla frente al escritorio que ocupo, me dirijo a ella.
—Leonor, va a tener que hacer reposo relativo y tomar analgésicos para el dolor. Pauto una revisión ambulatoria dentro de doce días.
Asiente sin apartar sus ojos de los míos; es una mujer acostumbrada a afrontar los problemas de cara. Tiene una postura erguida y una elegancia interesante; a pesar de haber venido con bastante dolor y de llevar, casi seguro, más de un par de horas aquí, su porte es increíble.
—Pensé que me perdería la cena de esta noche —dice aliviada.
—No, pero no haga esfuerzos. Recuerde lo del reposo relativo.
—Este año tengo muchas manos en casa, no se preocupe. —Suelta una risita.
—Me alegro.
En ese momento, alguien llama a la puerta y casi a la vez se abre; una voz a mi espalda activa una alerta en mi cerebro.
—¿Puedo pasar?
No puede ser. Hay muchas voces similares en el mundo…
—Adelante. —Me vuelvo.
¿En serio?
—¡¿Deva?! —El susurro enérgico en forma de pregunta me impacta tanto como su presencia.
—Guido… —murmuro.
Está visiblemente sorprendido y… preocupado. Sus ojos oscilan nerviosos entre mi paciente y yo, supongo que sin entender mucho lo que está ocurriendo. Bueno, ya somos dos.
—Tranquilo, vida, está todo bien —dice Leonor, hacia la que me vuelvo y miro sorprendida.
Trago saliva.
—No es grave —respondo centrándome en la preocupación de Guido e ignorando que acabo de atender a… ¿su madre?
Las casualidades a veces son pruebas ante las que tienes que reaccionar con urgencia, y de esto en el hospital vamos sobrados. Así que giro la pantalla para enseñarle a ella el informe y señalar lo que he escrito y, de esta forma, centrarme en algo que no sean ellos.
¿Qué vamos a hacer? Nos va a tocar fingir otra vez sin preparar nada.
Carraspeo para acallar los pensamientos que bloquean mi mente.
Ahora mismo soy la obstetra de esta mujer.
—Un quiste ovárico con una pequeña torsión. Ya está controlado, sin complicaciones. —Sonrío, y la mueca es tan poco natural que me siento un poco payasa.
—Ya ves, hijo, tanto susto para nada.
Guido asiente y exhala despacio.
Y entonces me reconozco: vuelvo a ser la Deva que recibió la noticia inesperada del alud en mi cocina hace poco más de una semana.
—Si vuelve el dolor o nota fiebre, tiene que venir sin pensarlo —continúo en modo automático.
—Claro, doctora —dice él, y la sonrisa se forma poco a poco en su cara.
Puedo ver la travesura en sus ojos, incluso puedo intuir que se ha repuesto y no parece para nada alterado—.
Mamá, ella es Deva. Cenar con la médica que te ha atendido va a ser la garantía de que, si los síntomas empeoran, entraremos por urgencias a la velocidad del rayo.
Leonor mira a su hijo con un gesto de diversión y sorpresa, y luego se dirige a mí.
—No sabes la ilusión que me hace conocerte. Estaba deseando que llegara la cena. —Asiente complacida de verdad.
—Ojalá hubiera sido en la cena —le digo por muchas razones.
—Ya sabes que se llama Leonor —dice Guido y parece una intervención un poco forzada—, y es mi madre, la abogada —remarca su profesión.
Si no fuéramos tan de mentira, él mismo habría caído en que esa aclaración no era necesaria. Porque no lo es. Es muy posible que tenga yo más destreza manejando mentiras que él.
—¿Es que tienes alguna madre más? —pregunta Leonor fingiendo un tono ofendido.
Me río y seguro que parece que me está dando un ictus; a Guido también, jamás hemos sido tan falsos. Y esta mujer es abogada, me dan ganas de levantarme y declararme culpable, porque vaya manera de hacer el idiota.
Leonor se acerca y me coge una mano. Utiliza la que le queda libre para acariciarme el dorso mientras no deja de mirarme; noto su alivio y… ¿un poquito de satisfacción? Que no me dé dos besos no quita nada de intensidad a su saludo.
—La verdad es que sí, ojalá no nos hubiéramos visto aquí —responde y estoy segura de que no tiene las mismas intenciones que yo con la frase.
No se lo puede ni imaginar.
Y acaba de empezar el show. Uno que, como no remontemos, nos van a dar los premios anti-Oscar.