Bésame por logística 36 ¿EN SERIO QUE NO TE GUSTA?
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36 ¿EN SERIO QUE NO TE GUSTA?

Han pasado cuatro días desde Navidad y hoy, por fin, empieza a restablecerse la normalidad.

Mañana volveré a mi casa y todavía no he sido capaz de dar indicios sobre la ruptura entre Guido y yo.

¿Cómo hacerlo después del espectáculo de besos que dimos durante la noche de juerga? Nadie me habría creído.

Después de tantos días aquí, empiezo a notar la falta de ejercicio físico. Este pueblo se podría plantear unas piscinas cubiertas en vez de las municipales de verano, que se usan dos meses al año y poco, porque aquí no hace un calor excesivo ni a mitad de julio.

He quedado con Beca en su casa. Hoy ha trabajado y, nada más levantarse, me ha enviado un audio lleno de amenazas. No puedo abandonar el pueblo sin hablar antes con ella.

Varios mensajes suenan en mi móvil y me chirría escucharlos, está demasiado alto. Lo cojo, le quito el volumen y miro. Tres fotos han entrado en el chat de la familia, son de Ileana.

ROQUE

Somos una familia muy poco fotográfica.

Mi hermano es el primero en responder. Ana y él se fueron ayer por la tarde, están con los preparativos para la llegada de Bastián, el niño que van a acoger. Qué bonito es verlos así de emocionados…, estos días nos han contado tantas cosas del proceso…

ILE

Que no fotogénica, porque, en

ese sentido, salimos guapísimos.

Bueno, la yaya sale con los ojos cerrados.

ROQUE

No, está bizca mirando los turrones.

Estaba a punto de acabarse el blando.

El cuñado no mira ni a la cámara.

GUIDO

No me enteré de que

estuvierais haciendo fotos.

Vaya…

No esperaba que Guido respondiera.

No sé si me gusta que lo haga. No soy capaz de objetivar bien lo que me produce.

Si sigue participando, va a hacer que la separación afecte a mi familia; se van a encariñar todavía más.

Pongo los ojos en blanco; me dan ganas de enfadarme con él porque no quiero que su desaparición se convierta en un proceso de duelo para ellos.

Pero me resulta complicado hacerlo. Vaya, que…

me hace gracia, aunque trate de no sonreír.

No contesto, me guardo el móvil en la minimochila, junto al cacao de piruleta y las llaves de casa, y salgo de la habitación. En el salón, Ileana y Martina están viendo una serie, mientras mi abuela hace sopas de letras en su sillón.

—Me voy a casa de Beca —anuncio.

—¿Vienes a cenar? —La voz de mi madre, que está agachada guardando platos en una de las alacenas del salón, me sobresalta.

—Mamá, no te había visto —digo con la mano en el pecho—. Sí, vengo a cenar, pero no me esperéis.

Entro en el adosado de mi amiga y lo primero que percibo es el aroma del té de naranja con canela que ha hecho; es su favorito.

Lo segundo que noto es la impaciencia, que se le nota en la cara.

Entre las reuniones familiares y el fin de semana no hemos podido coincidir.

Además de que lo que tengo que contarle no es algo que se solucione con una charla de quince minutos.

—¿Raúl no está? Hoy no trabaja, ¿no?

—Está con su hermano. Puedes empezar a hablar ya, Deva.

No se entretiene. Sirve la infusión en las tazas que hay sobre la mesa delante del sofá, coge la suya y se la lleva a la boca. Mientras sopla sobre el té caliente, me lanza su mirada acusatoria a través del vapor.

—¿Por qué no nos has hablado de Guido nunca? ¿Cuánto tiempo lleváis? Es increíble que te lo hayas guardado y hayas decidido traerlo a casa directamente.

Resoplo. ¿Cómo no he pensado en todo lo que ha generado la aparición de Guido?

—Primero: te agradezco que no lo hayas puesto en el grupo.

—Sé cómo eres, Deva, pero no creas, si no lo he hecho, es porque ese chat está muy muerto, solo se activa cuando quedamos.

—Ya… —Lleva tanta razón…, ese grupo de cuatro ha ido perdiendo fuelle con el tiempo, pero lo bueno es que cada vez que nos juntamos seguimos siendo las mismas.

—¿A qué esperas? ¿Es del hospital? Roque lo llamaba enfermero.

Me tapo la cara y niego.

—No es mi novio. No tengo novio —remarco.

La carcajada de Beca corta mi disertación; estaba dispuesta a soltarlo todo del tirón.

—Venga ya… Pues para no tenerlo está buenísimo y te come la boca de verdad, ¿no? —dice entre excitada e incrédula.

—Que no… —Chasco la lengua y ella hace un ruidito de pequeña explosión con la boca porque no me cree—. ¿Me vas a dejar hablar? —Hace el gesto de que lo va a hacer y coge su taza entre las manos—. No me interrumpas, ¿vale?

—No voy a interrumpirte, pero es que tu negación me parece fuera de lugar después de lo que vimos todos la otra noche. Os pegabais el uno al otro como… —Su gesto cambia—. ¿Es un gigoló? —Abre los ojos muchísimo—. ¿¡Le has pagado!? —Sube el volumen.

—Esto es más agotador que mentir a mi familia durante dos días seguidos. —Pongo los ojos en blanco.

—Dime que no.

—¿Que no a qué? Es que, puestos a no mentir, sí tenía intención de pagarle.

Su boca se abre muchísimo y se queda así unos segundos.

—Habla —susurra y le da un sorbo a su infusión.

—Me inventé que tenía novio y… Guido apareció en la puerta justo antes del alud de la curva de La matada.

Separa la taza y su boca hace una O perfecta. Asiente despacio con una sonrisa invertida.

—Apareció porque te lo trajeron los duendes de la Navidad —ironiza—. Me ha tocado el gordo de la lotería —dice con un tono misterioso y mira a su alrededor. Deja la taza en la mesa y se frota los dedos, vuelve a mirar en torno a sí misma y finge sorpresa.

—Eres imposible, tía. —Niego—. Voy a pasarme la vida entera en tu casa hasta que te lo cuente todo.

—No me siento ganadora, la verdad. —Sigue a lo suyo—. Dime el truco.

Pongo los ojos en blanco.

—Vale, vamos por partes y te vas a callar. No quiero ni un comentario gracioso para expresar tu sarcasmo y tu incredulidad.

Fijo mis ojos en los suyos esperando un asentimiento, uno que no llega.

—Te juro que me voy a casa, tengo que hacer la maleta —amenazo.

Aprieta los labios y asiente, muy seria.

Le cuento cómo, alrededor de marzo, me inventé que tenía novio y luego cómo Guido, el repartidor, apareció en la puerta.

Mezclo la información sin seguir la cronología real; le hablo de que no es repartidor realmente, de que tuvo una llamada de quien parecía ser su novia, pero que no lo era.

Cuando saco a colación las clases de intimidad, me interrumpe, pero se lo consiento porque ya está todo contado y ha aguantado sin abrir la boca.

—Tu familia siempre me ha gustado, esa forma de desafiar las reglas y de que se la traiga floja cualquier habladuría es impresionante, pero incorporar a Martina y que os enseñara a ser novios me parece… —Suelta una carcajada a un volumen altísimo—. Es una fantasía.

Tengo que darle la razón y reírme, porque esta historia parece una película de enredos increíble.

—Lo es… Pero la disposición de Guido también lo ha sido —admito muy agradecida.

Termino el té, que está casi frío, y por ello Beca vuelve a llenar las tazas; tiene la tetera de cristal en un soporte que lo mantiene caliente.

—Mira, lo que vi en Nochebuena no era predisposición, ni por su parte ni por la tuya. Os estuvisteis enrollando, Deva. —Remarca la palabra—. Qué manera de besaros…

Ignoro el burbujeo que me sube desde el vientre al pecho.

Es verdad que he estado aparentando que no le daba importancia a ese detalle, porque en casa de mis padres tenía que darlo por hecho.

Roque y Ana lo vieron y asumieron que era lo natural.

Pero la de veces que he pensado en los besos de esa noche no es normal.

De hecho, que me haya propuesto lo de la cena me ha dado alas para pensar que podríamos acostarnos y zanjar esa química que hemos descubierto.

Porque digo yo que él también se habrá dado cuenta.

—Vamos a quedar para cenar, le dije que le pagaría y tengo que cumplir, aunque me ha dicho que no quiere el dinero.

—Así que al final vas a pagarle por hacer de gigoló. —Abre los ojos en toda su capacidad—. Joder… Es… —pone cara de asco—, ¿de mal gusto? No me extraña que no quiera que lo hagas.

—¿Sí? —Frunzo el ceño—. Pero si es lo que le ofrecí…

—Ya, tía, pero no fueron solo quince minutos, es… No sé. —Arruga la nariz—. Y ¿en serio que no te gusta? Te arrimabas muchísimo.

Cierro los ojos; me arrepiento porque nos veo o, más bien, nos siento en cada uno de esos acercamientos y en los besos…

—¿Gustar? —susurro—. Claro, es guapo. —Abro los ojos y Beca me mira aguantando la sonrisa—. Es agradable, me cae bien, por lo menos lo que he conocido de él y tiene un cuerpazo… Si me lo hubiera encontrado en otras circunstancias, habríamos tenido sexo, no lo dudo, pero…

Estoy divagando en voz alta.

—Pues tenlo en cuenta, Deva. Está buenísimo y, si tú le comías la boca, él te quería comer entera.

¡Leche! —grita—. Me da pena haber estado tan borracha y perderme los detalles.

Porque parecíais de esas parejas que no se pueden quitar las manos de encima.

¡No pensaba que era falso! —Suelta otra carcajada escandalosa de las suyas.

El móvil no deja de vibrar y decido silenciarlo del todo.

—¿Es él?

—No, es el grupo de la familia. —Pongo los ojos en blanco—. Roque metió a Guido.

—Roque es mi ídolo. —Se encoge de hombros y aprieta la sonrisa. No puedo evitar pensar que Roque es su debilidad. Siempre estuvo colada por él y, aunque no lo diga, creo que no lo ha olvidado. Nadie pone en duda que quiere a Raúl, pero le dio muy fuerte con mi hermano.

Ambas bebemos, el silencio nos envuelve y me recuesto en el sofá.

—Entonces vais a cenar…

—Sí —contesto con obviedad y para que Beca no se vuelva loca, no voy a decir en alto que, si surgiera la oportunidad de tener sexo, no iba a poner impedimentos—. Y a hablar de la ruptura. El idiota de mi hermano, al meterlo en el grupo, me lo está poniendo difícil.

—¿Y vais a cortar? —Su cara de pena me deja de piedra.

—Rebeca… En realidad, no hay nada que cortar, ¿lo estás entendiendo?

Coge su taza, le da un sorbo largo y me mira por encima.

—¿Lo estás entendiendo tú?

En casa de mis padres las cenas nunca han sido formales: quien está, se sirve. Cuando he llegado, ya han terminado y yo no quiero el pescado rebozado que hay en la fuente. Así que subo a mi habitación con una taza de leche y la bolsa de cereales.

Echo un vistazo al teléfono.

Roque ha cambiado el nombre del grupo:

Guido: clava la rodilla.

—Ostras, Roque.

Entro rápidamente y pongo otro:

Roque: búscate una afición.

Un mensaje de Guido salta antes de que aparte el teléfono.

GUIDO

Has sido muy rápida.

Los emojis de carcajadas siguen al mensaje.

Me pongo nerviosa, compruebo que no lo ha puesto en el grupo; las equivocaciones así son como brotes infecciosos, se propagan con velocidad y contenerlas es complicado. Por eso no me gusta mandar mensajes, prefiero llamar por teléfono y que no salga nada fuera de la conversación.

Toco su contacto y descuelga.

—Perdona, Roque está muy intenso. —Me adelanto antes de que él salude.

Su risa es su respuesta.

—Todo son intereses futboleros, ¿no?

—Me temo que sí. —Me río también.

—¿Qué tal tu día?

—He estado con Beca contándole lo nuestro. Bueno, lo mío.

—Lo nuestro, puedes decirlo así… Verás…

Frunzo el ceño.

—¿Pasa algo?

—Necesito un favor. —Una risa se le escapa—. No son solo quince minutos y… te pagaré… —Vuelve a reírse y sus palabras resuenan en mi mente.

—¿Es una broma? —Me río, pero con cautela.

—No. —Él ya no se ríe.

No digo nada y poso la vista en varios sitios, desconcertada. Esto es un déjà vu extraño.

—Finge ser mi novia durante la cena de Nochevieja con mi familia.