35 ENCAJAR
Entro en el chalet de mis padres y dejo las llaves en el enorme mueble de cerezo de la entrada.
Observo que la puerta del salón está entornada y sé que es justo ahí donde tengo que entrar.
El pasamanos de las escaleras luce adornado con ramas artificiales de pino color blanco y bolitas doradas.
Son colores opuestos a los de la casa de los padres de Deva, y sé que el árbol que está en el salón también tiene estos mismos tonos.
El silencio aquí, el ligero murmullo de la música…
, también es opuesto a la algarabía que Deva vive durante estos días y…
¿Por qué estoy comparando?
Porque me gustaría ser el tipo que se inventó Deva, y no el que pilló a su ex enrollándose con su hermano en una sala de la oficina unos días antes de Navidad.
—¿Guidet? —La voz de mi madre llega hasta el pasillo.
Doy los cinco pasos que me separan del salón y abro despacio.
—Tienes la sensibilidad auditiva de un búho —dice mi padre.
—El sonido de las llaves no ha sido discreto. —Mi madre, recostada sobre él, con un libro entre sus manos, se vuelve extrañada—. Quizá tengas que ir a mirar ese oído, Germán.
Por primera vez desde que he vuelto de la montaña, se apaga la alerta en mi mente.
Escucharlos hablar en ese tono que nunca elevan me recuerda que esta casa siempre ha sido un lugar seguro.
Mamá se levanta y observo que ya se ha desmaquillado, lleva un conjunto de pantalones y jersey de un color entre el azul y el verde, uno de esos cómodos de estar por casa, y el pelo recogido en un moño flojo.
Todo en ella irradia calma; es la señal de que hace ya un rato que el día de Navidad quedó atrás. ¿Habrá sido tan incómodo como creo?
Su abrazo me arropa.
—¿Cómo estás, vida? ¿Has comido?
Resoplo. Sus manos sobre mis hombros me separan de ella; no soy mucho más alto cuando lleva sus tacones a diario, pero ahora, aunque me mira desde un poco más abajo, me siento muy pequeño.
—He comido. —No voy a declarar ni el qué ni la cantidad miserable que he ingerido; me obligaría a sentarme a la mesa inmediatamente—. ¿Y vosotros? ¿Cómo ha ido?
—Bien —dice escueta, coge mis manos y caminamos juntos hacia el sillón blanco, frente a mi padre.
No me creo su respuesta, o no la quiero creer. Quisiera que alguien hubiera montado una escena, tal cual ha dicho Deva hace un rato, porque Nora haya vuelto a esta casa por Navidad siendo la novia del otro hijo de los Lanau.
Nos sentamos.
—¿En serio?
—No, hijo, no ha ido bien, pero tampoco mal —dice mi padre.
—No sé cómo estar… con ellos —digo sintiendo que estoy muy fuera de lugar—. Quiero ser el exnovio de Nora, no su cuñado —confieso por primera vez, por muy ruin que pueda sonar, por muy injusto que pueda ser para ellos.
—No lo vivirás así siempre. —Mi padre parece muy seguro de lo que acaba de decir, pero por ahora no soy capaz de visualizarlo.
Cierro los ojos y, cuando los abro, los miro a los dos. Son todo cautela.
—No vais a tomar partido, ¿verdad? Ninguno va a decirme que esto es una putada.
—Vida…
—Lo es, hijo —papá corta a mamá—. Me pongo en tu pellejo y me parece una faena…
—Germán…
—Leo, soy el padre de Nil, aprecio a Nora, pero Guido tiene razón. Es una putada. —Me mira sin parpadear—. Pero en esta vida hay cosas que, aunque no se entiendan, aunque duelan… —Toma aire y lo suelta—. Hay que aceptarlas.
Sonrío sin humor.
—Gracias, papá.
—¿Sigues queriendo a Nora? —Mi madre va a la yugular, quiere que esto se solucione; necesita que sus hijos estemos bien entre nosotros.
Pero yo lo siento… lejos. ¿Imposible? Ni siquiera lo contemplo, joder.
—No… No es eso… —respondo para que no lo dude. Me paso las manos por el pelo y las llevo hasta la nuca donde entrelazo los dedos; necesito sujetarme—. No estoy enamorado de ella. —Vuelvo a negar—. Es que… ¿Nil? —¿Cómo lo explico si no soy capaz de entenderlo?
Dejo caer los brazos y apoyo los codos en las rodillas; entrelazo de nuevo los dedos y, echado hacia delante, dejo caer la cabeza.
Resoplo.
—Es Nil. Son ellos juntos —intento ponerle voz a esa rabia que no puedo explicar, pero que noto circular dentro de mí. Y, sobre todo, trato de no verterla aquí, porque mis padres no tienen la culpa.
¿Quién la tiene?
—Pero Nora y tú no acabasteis mal. —Mi madre busca la confirmación.
—Porque nos seguíamos queriendo… —respondo confuso.
—Pero ella quiere ser madre —dice mi padre.
—Germán.
—Leonor, es eso.
—¿Pensaste que ibais a volver en algún momento? —Mi madre se vuelve hacia mí y me acaricia la espalda.
Niego.
—Supongo que no, no. Yo no puedo darle lo que quiere, no puedo formar parte de… —Tomo aire y vuelvo a negar—. Tiene razón papá… Ya está, y yo no quiero ser padre.
—Ya —susurra mi madre.
—Y… ¿Nil? —Formulo su nombre en pregunta, y no estoy seguro de qué quiero saber de él.
Se miran entre ellos.
No lo dejé explicarse.
Los vi y después lo ignoré cuando corrió detrás de mí.
Creo que no era capaz de escuchar a nadie, no daba crédito porque lo que vi no parecía que fuera algo de última hora.
Y luego los mensajes lo confirmaron: Nora y él vendrían a pasar la Nochebuena y la Navidad a casa de mis padres.
Confirmaron que Nora volvía a casa y no conmigo.
¿Esperaba que ella volviera conmigo aquí? No, en eso no le he mentido a mi madre. Pero ¿Qué lo hiciera con Nil?
Todavía me cuesta darle forma a esta situación.
—Nil tendrá que estar a la altura, no será fácil. —Mi padre contesta y niega mirando a algún punto detrás de mí.
—Germán… —murmura mi madre.
—Sí, claro, él sí quiere tener hijos… —Y esto ya me resulta mucho más complicado de asimilar. Si Nora y yo lo dejamos porque ella quería ser madre y, además, parecía tener cierta prisa, eso quiere decir que Nil y ella, más pronto que tarde, me darán un sobrino o sobrina.
Noto el estómago convertido en piedra y no digo nada más.
¿Cómo sigo adelante sin culpar a nadie? Necesito hacerlo, pero quizá el culpable sea yo.
—Ni se te ocurra pensar que eres menos porque Nora esté con tu hermano. —La mano cálida de mi madre presiona el centro de mi espalda con ese calor que siempre emana.
Bueno, pues creo que ha dado en el clavo. No estuve a la altura y no fui el elegido.
—No sé cómo voy a encajar. —Suelto la verdad absoluta, no me veo formando parte de lo que vaya a pasar de aquí en adelante.
—Tú no tienes que encajar en ningún lado, esta es tu casa. —Mi padre le da un tono severo a su afirmación.
—Por favor, Germán.
—No puedo decir nada, Leonor. —Mira a mi madre entre confuso y exasperado.
—Sí puedes, y lo has hecho. Pero Nora…
—No discutáis. Está siendo difícil para todos. —No quiero esto, no quiero que se enfrenten entre ellos.
Es increíble.
Me gustaría irme lejos. Quizá volver con Deva y su familia. Seguir fingiendo ser ese chico a su lado. Qué bien se me ha dado huir y qué cómodo sería seguir haciéndolo.
—Sí, también para ella es difícil, no estoy diciendo que no —aporta mi padre; y mi madre y yo levantamos la vista hacia él—. ¿Tampoco puedo decirlo?
—Sí, amor, claro que puedes.
El dolor de cabeza que se me había pasado hace un rato vuelve con una punzada. Claro que es difícil; Nora y yo tuvimos una relación de cuatro años y prácticamente desde el primer mes estuvo en casa como una más.
Y ahora está como una más, pero con Nil.
Mis padres hablan en murmullos, y no es que no los escuche, es que he salido de la conversación.
—¿Están…? —No sé ni cómo preguntarlo—. ¿Se les ve…?
—¿Bien? —Mi madre me mira con lástima mientras asiente.
He llegado a pensar que lo suyo no es más que un calentón que se ha ido alargando, una historia con fecha de caducidad que ellos aún no ven, y por eso se atreven a mostrarla.
—Van en serio, hijo. —Mi padre no deja lugar a dudas.
—Ahora, lo que todos queremos es que tú estés bien —dice mamá con esperanza, y con ganas de que suceda ya.
Ojalá pudiera responder que yo también quiero lo mismo, pero, en lugar de hacerlo, suelto una risita cínica por la nariz.
—Es jodido —declaro sin dudar.
—Lo es —concuerdan los dos.
La asertividad de su afirmación queda suspendida en el salón con un eco extraño. Cierro los ojos un segundo más de lo normal. Si me quedo aquí, entre mis padres, con su comprensión, todo parece más soportable.
—¿Y en Nochevieja? —Mi madre lo deja en el aire, aparenta ser una pregunta abierta, pero yo sé que no, no me da la opción de negarme; no puedo saltarme la cena, y quizá lo que debo hacer es enfrentarlos cuanto antes, pero… Esto es de locos, voy a ser incapaz de soportarlo.
—¿Qué? —Estoy estirando una cuestión que no es tal, pero… Joder, me cuesta tanto. Si me dispensaran una especie de bula paternal…
—Vendrás a cenar…
No hay un «¿quieres?» ni un «te lo pido». Mi madre lo murmura con la misma autoridad con la que de pequeño me mandaba poner el abrigo, aunque yo no tuviera frío.
—Mamá…
—Guidet, vida…
—Es demasiado pronto. —Mi padre interviene con ese tono seco suyo. Vuelve la cara a su mujer, que frunce el ceño porque no está de acuerdo—. No deberíamos ser tan estrictos con el protocolo navideño, además, viene mi hermana con Alfredito…
Mi madre inspira y parece crecer un palmo, mi padre eleva las cejas y parece decirme «lo he intentado».
—Si no vienes, nos dolerá a todos, a ti también. —La mano de mamá aprieta la mía para llamar mi atención.
Me muerdo los labios por dentro, intentando exprimir una respuesta que no tengo. Me froto la barba que no me he afeitado estos días.
No tengo elección. Ya me he escaqueado de la cena de Nochebuena y de la comida de Navidad y no quiero que discutan.
Quizá no sea tan difícil.
—Está bien. —Resoplo, bajando la mirada—. Vendré.
El silencio que sigue no es desagradable. Es un silencio en el que mi madre vuelve a apretar mis manos entre las suyas y mi padre apenas asiente, sellando un acuerdo tácito.
Ojalá pudiera convencerme de que va a ser fácil, que no estaré solo, que ellos no estarán pendientes de mis reacciones, que los silencios no serán tan incómodos… Me gustaría que fuera de otra manera, o que no fuera, en realidad.
Pero será.
Si pudiera no sentirme solo ante la situación… Sí, mi padre está de mi parte, todo lo que se permite estar, pero necesito algo más. Entonces se me ocurre que podría no estar solo de la misma manera que no lo estuve en Nochebuena.
Quizá…
—¿Puedo traer a alguien a la cena? —Mi cabeza hace el croquis.
—¿A Ismael? —pregunta mi madre.
—No… Yo… No. —Los miro a los dos; mi padre está expectante.
¿Lo cuento?
—¿A quién, vida?
Lo cuento.
—Llevamos poco tiempo, pero… —Tengo que hablar con Deva.
—Por supuesto que puedes venir con ella. —Se adelanta mi padre, y en su cara se dibuja un alivio suave, casi una sonrisa, que me desarma un poco.