Bésame por logística 34 VAYA PILLADA
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34 VAYA PILLADA

Es una estupidez que eche de menos a Guido.

Pero lo hago.

Y con la situación complicada que tengo entre manos no tendría que hacerlo.

Gaspar nos ha pillado, sabe que no es enfermero, porque ¿qué hace un enfermero con una furgoneta de reparto?; y mi hermano ha tenido la feliz idea de meterlo en el grupo de la familia.

Mis nervios se crispan en cuanto leo el cambio de nombre. No es algo que me extrañe, Ile y él siempre andan con lo mismo en el grupo de hermanos, pero es que el nombre de hoy… Y encima en el de la familia…

EL GRUPO QUE DEVA YA NO VA A SILENCIAR.

No voy a entrar a dar coba, paso; mi único objetivo es conseguir que saquen a Guido de ahí sin cargarme todo lo que nos ha quedado tan redondo.

Caigo de espaldas en la cama y hago caso omiso de las voces que gritan mi nombre para bajar a comer. Pero dos toques apresurados en la puerta me hacen reaccionar. Ile entra como un obús.

Qué vitalidad.

—Deva, tía… Que solo subías al baño.

—Roque ha metido a Guido en el grupo —lloriqueo.

—Lo sé. —Asiente ilusionada.

Abandono la horizontalidad y frunzo el ceño.

—Ile, Guido no es mi novio —aclaro con obviedad.

—Ya —contesta con pena.

‹‹¿Se acaba de dar cuenta ahora?››.

Resoplo.

Si lo pienso bien, después de la noche que hemos pasado y de los dos días con él… A mí también me da un poco de pena. Sobre todo, después de esta noche y de lo bueno que ha sido besarlo…

Pero…

Ostras, soy idiota.

Echarlo de menos es de imbéciles, y yo no lo he sido nunca, jolín.

«Focaliza, Devita».

—Gaspar lo ha visto en la furgoneta de reparto —informo a Ileana con el tono de urgencia que precisa la noticia.

El Excel de esta historia, lejos de cerrarse, ha aparecido con nuevas celdas, y las dos de un color rojo preocupante.

—¿Qué dices?

Ahora tengo toda su atención.

—Un desastre, acabo de hablar con él.

Se sienta conmigo en la cama.

—No tenemos tiempo, hay que bajar —apremia preocupada.

Casi a la vez que me levanto de la cama, se abre la puerta de la habitación. A mí se me va a salir el corazón del pecho, no he pensado en nada…

—Chicas… —Es Martina y suelto el aire.

—Gaspar ha visto a Guido irse en la furgoneta de reparto —informa Ile sin paños calientes.

—Nooo… —susurra alarmada y niega varias veces—. Que tenemos que bajar ya, que la comida está en la mesa.

—¿Qué hago? —Estoy a unos segundos de entrar en pánico.

—¿Qué hace? —Mi hermana mira a su mujer.

—Yo os he ayudado con la intimidad y los gestos, pero no soy ninguna estratega experta en coartadas. —Se echa hacia atrás, desmarcándose de la situación.

—Dinos que has mentido con su profesión —sugiere Ile, y es la primera sorprendida ante su idea mientras Martina asiente convencida.

—¿Con qué fin? —Niego mientras mi cara se descompone.

—¿Fin? —Martina inspira y mira alrededor—.

No hay un fin. —Mira hacia todos los sitios, sin fijarse en nada, buscando una solución—.

Igual… —fija sus ojos en los míos y dice—: como a veces…

—Hace una pausa alargando la ese e Ile la apremia con las manos—.

A veces eres un poco… —Toma aire y duda—. Esnob…

La palabra de Martina me ofende y deja con la boca abierta.

—Con las profesiones, quiero decir —acelera su discurso, aclarando algo que a mí no me gusta—. Eres cirujana, grupo A… Os creéis dioses o yo qué sé. A veces lo dices… —Martina trata de justificar su propuesta.

—¿Que digo que somos dioses? —Alucino.

—No, eso no, lo del grupo A… —aclara—. Pero, en las series, los cirujanos se creen el cogollo de todo el hospital —sigue justificando.

—No es mala opción —apoya Ile y frena la verborrea de Martina, que, para no sentirse capaz de ayudar, no calla.

—Pero… —murmuro alucinada—. ¡No soy así! —protesto.

—Es lo más creíble. —Ile asiente sin pensar ni un solo segundo en que me ha ofendido—. Así se sostiene más todo el tema de que apareciera aquí a verte solo por quince minutos. Le pillaba en el reparto.

Martina también hace el gesto afirmativo con la cabeza, pero sin dejar de mirar a su mujer.

—No lo veo —decido.

—Pues si tú no te lo crees, a ver cómo haces que a Gaspar se le borre del cerebro que ha visto a Guido en una furgoneta de paquetería —concluye mi hermana con esa verdad tan aplastante que puede asfixiarme en un momento.

Suelto el aire y cierro los ojos.

—Puedes decir que te inventaste un novio enfermero y que hace unas semanas empezaste a salir con Guido, que no lo es.

—Martina, la peliculera en muchos sentidos, consigue que le preste toda mi atención.

Creo que quiere resarcirse de todo lo que ha confesado—.

No iba a venir, así que no te molestaste en desmentir su profesión —expone—, tampoco esperabas que fuera a aparecer en el pueblo a repartir paquetes.

La idea cuaja en mi mente. Las miro a las dos de forma alternativa.

—Y como no quería que se quedara seguí con lo de la guardia. Sí… —Tomo aire—. Me cuadra.

—No sé si se van a tomar muy bien que no quisieras que se quedara con tu preciosa familia. —Ileana finge decepción.

—Eso es lo de menos —digo—. ¿En serio pensáis de mí que soy una esnob?

La puerta de la habitación se abre y mi madre entra enfadada. Lo noto en su gesto.

—Las tres abajo, pero ya.

Y en su tono.

Cuando Lupe se pone seria, nadie osa llevarle la contraria, así que desfilamos una detrás de otra hacia el salón.

Las conversaciones durante la comida giran bastante más de lo que esperaba alrededor de Guido, de lo majo que es, de que esperan que vuelva pronto, de la pareja tan bonita que hacemos…

La insistencia de Luisa y mi madre para que esté en Reyes roza el acoso, y las miradas de Gaspar me taladran la frente, aunque disimulo y no le intercepto ni una.

—Deva tiene que confesar un pequeño detalle. —Ileana habla y mi boca se abre, todavía estoy tocada con la imagen que tienen de mí. Jamás me habría imaginado que pensaran que soy una esnob.

La pierna de mi hermana golpea la mía y ella sube las cejas animándome en cuanto la miro.

Esto no va a salir bien, es demasiado improvisado, pero… ¿Qué no lo ha sido en todo este lío?

—Guido… —empiezo a hablar y, aunque ignoro deliberadamente la mirada de Gaspar, mi visión periférica capta cómo pone atención a lo que voy a decir—. No es enfermero.

Los ceños se fruncen.

Quizá podría haber preparado algo el terreno, pero tengo resaca, he dormido poco, la pillada me ha puesto patas arriba una mentira que había quedado perfecta… No se me puede pedir mucho más.

—¿Qué? —Roque es el primero en pronunciarse.

—Pero ¿qué dices, muchacha?

—¿No es enfermero? —Mi padre me mira, pero no se le ve preocupado porque introduce en su boca una cucharada del cardo guisado.

—No —digo y niego a la vez. No tengo el cerebro muy en su sitio, por eso creo que no sé ni cómo avanzar.

—Sus estándares, ya sabéis. Que parece que no haya un mundo fuera del hospital —añade Ileana.

Se le ha olvidado que no íbamos a decir eso. La fulmino con la mirada.

—No soy ninguna esnob —rebato—. Es que no llevamos mucho saliendo.

—Quiero hilar la excusa de Martina y no quiero dar pie a un desarrollo sobre mis estándares—.

Me inventé hace tiempo que tenía novio y que era del hospital, y no hace mucho empecé con Guido…

No dije nada, no sabía que iba a venir a verme al pueblo.

—No sé por qué tengo que seguir mintiendo cuando lo que debería estar haciendo es declarar que estamos a punto de romper.

Algo que también es mentira.

—Pero… ¿En qué trabaja? —pregunta Luisa.

—Es repartidor —dice Gaspar.

Aguanto la respiración y me pregunto sobre mi capacidad de apnea muy seriamente.

—¿Tú también lo sabes? —Ileana se merece un óscar.

—Lo vi irse esta mañana.

—Pero, Deva… —Mi madre me mira entre extrañada y algo… ¿decepcionada?—. ¿Por qué te avergüenzas de su trabajo?

—¡No lo hago! No soy ninguna esnob. —Miro a Martina, que no ha abierto la boca, pero esa palabra es suya y me está taladrando el ego—. Es solo que no os avisé de que de verdad tenía novio.

—Y… ¿Lo de las guardias? —pregunta Gaspar, pero lo hace tan bajo que creo que solo lo escucho yo, y noto cómo dos millones de neuronas se necrosan del susto.

—Ay, las mentirijillas, Logi. —Mi hermano me mira, pero no deja de sonreír. ¿No tiene resaca?

Me centro en él, ignoro a Gaspar, a quien no le cuadran las cosas. Después de lo que me ha dicho Ile, quizá sea un poco fuerte decir que no quería que se quedara en casa.

Deseo con todas mis fuerzas que Gaspar olvide eso de ‹‹las guardias››.

—Irás al infierno, muchacha, ya puedes salvar muchas vidas para contrarrestarlas —dice la yaya.

Por supuesto que hay un sitio en el infierno para las personas como yo, pero no es un sitio de esnobs. Maldita Martina, si no nos hubiera ayudado tanto me enemistaría con ella de por vida. Todo el mundo tiene un cuñado al que odia, ¿no?

Roque se ríe y sigue comiendo.

—Y ha tenido que llevar un jersey que no le pega nada. —Luisa niega, decepcionada.

Si supieran que ni siquiera es repartidor… Que trabaja en una empresa de cartones…

—No me parece bien —dice mi padre—. Lo habrás hecho sentir inferior, Deva, y todos los trabajos son respetables.

Pongo los ojos en blanco.

—¿En serio creéis que soy así de clasista?

—Estás un poco encerrada en tu mundo de hospital, hermana, y a veces repites demasiado que te ha costado mucho alcanzar tu posición. —Roque me señala con el tenedor—. Pero de ahí a llamarte clasista… No.

Gaspar no aparta los ojos de mí desde un plano muy discreto. Pero el resto están más preocupados de cómo he hecho sentir a Guido, y me aferro a eso y a defender mi pundonor.

—¿Le has pedido perdón? —pregunta mi abuela.

—¿A quién?

—A Guido.

—¿Por qué? —susurro desesperada, confusa…

—Por la faena que le has hecho. Ha tenido que hacerse pasar por alguien que no es, muchacha.

Me tapo la cara; tengo un pálpito loco, doloroso y continuo en la cabeza que parece un martillo percutor.

—Vaya resaca, ¿no? —Roque se ríe.

Miro mi plato; no tengo hambre. Deben de darme por perdida porque reanudan sus conversaciones. Noto una patadita, levanto la cabeza e Ile me sonríe; yo solo la miro sin hacer ningún movimiento, por si acaso Gaspar sigue pendiente.

—Debería pedirle perdón —escucho a mi abuela.

—O se lo pedimos por el grupo todos. —Mi hermano suena hasta entusiasmado.

Cierro los ojos.

Tengo que sacarlo de ahí.

—Déjalo, Roque, esto es cosa de tu hermana. Ella sabrá cómo hacerlo —intercede mi padre y lo agradezco.

—Tú estás triste porque se ha tenido que ir de repente, ¿verdad? —La voz de Luisa consigue que abra los ojos.

—Sí… —termino por afirmar hasta con la cabeza—. Sí… —Los miro a todos.

—Hacéis una pareja genial —dice Ana—. Anoche estabais monísimos. —Sonríe.

Anoche…

Dirijo la vista lejos de la mesa, de mi gente, durante unos segundos en los que recuerdo su boca sobre la mía y mi cuerpo pegado al suyo, y el hormigueo por mi cuerpo se extiende.

—Iba a cambiar el nombre del grupo a ‹‹Guido, arrodíllate ya››, pero quizá es demasiado precipitado —apunta Roque y todos se ríen.

Lo miro mal. Pero mal en el sentido de que si tuviera un bisturí a mano le haría un corte sin siquiera Cloretilo.

—Tú lo quieres ya en el equipo de los casados —le acusa mi padre.

—Barreremos a los solteros en cuanto tengamos a Guido —admite ufano.

Apoyo un codo en la mesa y me froto la frente.

—Creo que habría que sacarlo del grupo —digo—. No le hemos pedido permiso.

—Pero si nos ha deseado Feliz Navidad, no creo que le haya parecido mal —me sorprende Luisa.

—¿Guido? —pregunta Ileana.

—Pues claro, ¿quién si no?