33 REALIDAD
Visualizo las rodadas limpias del camino que he de seguir para salir del pueblo. Me habría gustado despedirme mejor de todos y no tener que mentir todavía más.
No he arrancado la furgoneta y echo un vistazo a mi alrededor, a este pueblo lleno de nieve que me ha regalado unos días que jamás habría pensado.
—¿Vendrás en Reyes? —me preguntó Lupe.
Detrás de ella, Ile me miraba con intensidad.
—No lo sé —contesté—. No era el plan inicial. —No, ese plan era muy diferente.
—Bueno, hijo —dijo Julián—, tampoco lo era que te quedaras en Nochebuena y mira qué bien hemos estado. Habladlo y, si decidís que vienes, estaremos encantados.
No va a pasar, pero no pude decirlo. Me ha dado pena dejar de formar parte de esa familia, porque es lo que ha pasado en cuanto he atravesado el umbral y he salido a la calle.
Un mensaje suena en mi móvil, y en la pantalla emergente Ismael vuelve a insistir en que no me entretenga.
Su jefe, para variar, se ha puesto muy gilipollas con el regreso de las furgonetas que se han quedado atascadas por la nieve estos días y está amenazando con sanciones.
Ha sido su mensaje el que, hace apenas media hora, me ha sacado de la cama.
Levanto la vista antes de arrancar y me encuentro, a lo lejos, con Gaspar.
Me está mirando.
Cierro los ojos.
Qué jodida mala suerte.
Abro uno y sigue ahí.
Abro los dos; no se va.
«Pillado».
Me quedo paralizado durante unos segundos.
Espero a que…
No sé, ¿a que venga y me saque a golpes de la furgoneta? No, él no parece ser así.
Estrecha los ojos, asiente y levanta la mano para saludarme; le devuelvo el saludo y se da la vuelta.
—Joder… Joder… —Cojo el teléfono y marco el número de Deva; por supuesto, no descuelga.
Estaba casi en coma cuando me he levantado.
Algo que puede considerarse normal, no hacía ni tres horas que nos habíamos metido en la cama.
Lo admito, si no se hubiera dormido según ha puesto la cabeza en la almohada, superpoder que me deja muy loco, la habría besado más…
Mucho más de lo que ya la había besado esa noche.
Me daba igual todo, no he dejado de desearla ni siquiera delante de su familia.
He estado en ese punto en el que nos sobraba la gente y la ropa.
Pero no ha podido ser; y yo estoy camino de mi casa.
Y Gaspar nos ha pillado.
Intento pensar algo rápido. Tengo que avisarla de que lo sabe, pero no se me ocurre cómo hacerlo. Puedo llamar a Roque, tengo su teléfono; me lo pidió anoche y no sé por qué se lo di, algo de un grupo de algo… No lo recuerdo, y no entiendo por qué no lo cuestioné y lo evité. ¡Que no soy su cuñado!
Es que pienso en anoche y de verdad me sentí como si lo fuera… Su cuñado y el novio de Deva.
El novio de Deva.
Me llevo las manos al pelo y acabo frotándome la nuca con fuerza.
Gaspar.
Joder, que tengo que avisarla.
Ya no lo veo, ha doblado la esquina hacia la casa y ya no está. Si tuviera el teléfono de Ileana…
Voy a mandarle un audio a Deva y solo espero que lo escuche antes de bajar al salón.
Abro nuestra conversación. Solo hay un mensaje mío, uno que he escrito sentado a su lado mientras ella dormía.
No puedo despertarte, no hace ni
tres horas que nos hemos dormido.
Tengo que irme para devolver la furgoneta a Ismael cuanto antes o se meterá en problemas.
Han despejado las carreteras. No sé ni cómo decirte adiós, es todo tan surrealista que…
Bueno, no sé ni qué decir.
¿Estamos en contacto?
Lo dejo a tu elección, supongo.
Activo el audio y le digo que Gaspar nos ha pillado.
Vaya marrón, con lo bien que había salido todo.
—Lo siento… —me disculpo al final. El tono urgente es inevitable—.
Joder, lo siento de verdad. No esperaba que esto terminara así después de todo lo que nos lo hemos currado.
—Resoplo, todavía no he soltado el botón del audio—.
Si necesitas que te cubra… Bueno, ya sabes, si quieres que sigamos siendo novios porque necesitas defensa ante la acusación de Gaspar…
—Parezco mi madre, joder—. Joder… —suspiro—. Llámame para lo que necesites.
Suelto el botón y arranco.
Se acabó la función, de momento.
Volver a la vida real tiene un puntazo de vértigo tremendo; lo noto en las tripas. Me habría quedado para siempre en esta familia si hacerlo disolviera todo el mal rollo que tengo en casa.
Ismael está en el portal de su casa. Luce unas ojeras importantes, pero sonríe y sus ojos se arrugan, está feliz.
—Vaya calvario, ¿no, tío? —Palmea mi espalda cuando me abraza.
—No, qué va —respondo sin pensarlo.
Intercambiamos las llaves: yo le doy las de la furgo, él las del garaje donde dejé mi coche hace solo dos días. Parece que hubiera pasado más de una semana.
Frunce el ceño mientras sube al asiento del conductor y me habla sin cerrar la puerta:
—Tenemos mucho que contarnos. No estás bien, aunque no me extraña. Y tienes que perdonarme por no estar muy pendiente de ti en esta situación.
Sé que se refiere a las razones por las que hui.
—No te preocupes —le quito responsabilidad—. Me busqué yo solo el aislamiento, y luego se complicó. Ya sabes que te lo contaré todo. Ahora no tienes tiempo, te lo aseguro.
Sus cejas se elevan con sorpresa.
—Pero… ¿Hay más? Y… ¿Tan malo es?
Que hay más, sí, seguro; va a enloquecer cuando se lo cuente. Sobre su segunda pregunta… ¿Lo es?
—Deja que procese la respuesta.
—Guido, tío… Me estás asustando.
—En cuanto tengas tiempo para quedar mínimo un par de horas seguidas, avísame.
—Estoy por pedir un día de asuntos propios. —Pone una mueca fingiendo estar asustado.
Me río y miro la hora. Le cierro la puerta y arranca tras lanzarme una mirada de preocupación real.
El trayecto en coche hasta mi piso lo hago con la música todavía más baja de lo normal, pensando en esa ausencia de respuesta a mi amigo. No ha sido malo, para nada, pero sí creo que es malo que ya no esté pasando.
La llamada de mi padre me sobresalta.
—¿Papá?
—Sí, Guido. Soy el emisario. —Aprieto los labios para no soltar una carcajada—. Tu madre ha decidido que yo podría ser el que te sacara la información sobre tu hora de llegada.
Espero a que diga algo más, normalmente la sutileza de mi padre brilla por su ausencia. A veces, incluso resulta demasiado rudo, aunque sus intervenciones parecen más meteduras de pata que malintencionadas.
—No llego a comer —miento a la vez que le doy al mando para que se abra la puerta del garaje del edificio donde vivo.
—Entonces… ¿a los postres?
—A la merienda.
—¿Justo cuando Nil y Nora se vayan?
«Evidentemente».
—Papá…
—¿Qué?
—¿No vas a decirme nada?
—¿Como jefe o como padre?
Me callo.
—Las horas se te descontarán de las vacaciones. Y teniendo en cuenta que se te deben… No, no tengo nada que decirte, hijo.
Suelto una risita por la nariz.
—Lo suponía. Nos vemos luego.
Podría decirle que sea sutil cuando se lo cuente a mi familia, pero…
—Cuando tú quieras y puedas.
Cuelga.
No necesito más para entender que a Germán, mi padre y mi jefe, le está costando digerir mi situación, que en realidad es familiar porque no solo me afecta a mí. Y puede parecer una locura vengativa, pero me tranquiliza saber que está bastante de mi parte, si es que puede haber partes.
Después de pasar por la ducha, sentado en mi cama y desnudo por completo, el agotamiento de lo que he vivido y de lo que está por venir me asalta. Echo hacia atrás la cabeza y cierro los ojos, tengo una rigidez en el cuello que va a terminar pasándome factura.
No quiero ir a casa de mis padres, pero se lo debo.
Además, Nil y Nora no estarán, porque voy a llegar lo suficientemente tarde para que no me hagan la envolvente; pero sí que voy a tener que enfrentar una realidad que he estado postergando desde que salí de aquí. Ya vale de jugar al fugitivo, supongo.
El teléfono emite el sonido de un mensaje y alargo el brazo hacia la mesilla de madera gris acero, del mismo color que el resto de los muebles de mi habitación.
Sonrío al ver que es Deva y ni siquiera me sorprendo porque la alegría atraviese el muro de mierda que rodea mi humor desde que he abandonado el pueblo.
DEVA
Me habría gustado despedirme de ti,
pero entiendo las circunstancias.
Lo de Gaspar…, no te preocupes.
Y nada de perdón, al revés, gracias.
No he olvidado que tengo que
hacerte el pago por ser mi novio.
Uno perfecto, por cierto.
No lo pienso, ella está en línea y directamente marco su contacto.
—¿Sí? —Su voz suena desde ultratumba.
—¿Una mala noche? —pregunto con una sonrisa, parece que han pasado días desde la madrugada anterior y no hace ni diez horas que hemos estado comiéndonos la boca.
Su risa suena ronca.
—No, la verdad es que no, preveo que será peor el día. ¿Tú no tienes resaca?
Pienso en el dolor de cabeza que sigue martilleando sin tregua desde que he abierto los ojos, y no sé si atribuirlo a la noche de fiesta o a mi vuelta a la realidad.
—No sabría decirte.
Se queda en silencio y yo echo de menos estar ahí. ¿Es cobardía? ¿Quiero volver a esconderme?
—¿Qué te parece si quedamos para cenar algún día, o para comer? —propongo.
«O acostarnos». Claro que sí, me parece que ha quedado inacabada esta historia.
—Mmmm…, ¿quieres que te pague en efectivo? Te puedo hacer una transferencia.
Me echo a reír.
—No, no quiero nada de dinero. Solo que… Quiero volver a verte, no nos hemos despedido y… es raro, después de todo.
—Entiendo. —Hace un ruidito de asimilación—. Quieres que te dé el alta. ¿Necesitas que te monte una escena en público para romper? —Se ríe y yo tengo que hacerlo con ella.
—Podemos hacerlo de mutuo acuerdo, no necesito espectáculo. —Me obligo a sonreír y con ello a admitir que, por mucho que me haya gustado todo, se ha terminado.
—Bien, me parece bien, pero tendrá que ser después de Año Nuevo. No me voy del pueblo hasta el treinta, que tengo guardia de veinticuatro horas.
—Cuando quieras, tú dime y nos vemos.
—Bien…
Una voz familiar se escucha a lo lejos por el teléfono.
—Tengo que ir a comer, que mi hermana ha puesto la mesa.
—Qué suerte has tenido.
—He debido de darle mucha pena. —Su voz ronca no mejora.
—Salúdalos de mi parte, felicítales la Navidad…
—Guido… —advierte.
—¿Sí? —Ya sé lo que va a decirme, y me fastidia el corte de rollo.
—No somos novios. —Vuelve a reírse, pero yo no.
—Ya, bueno, pero todavía no has hecho efectiva la ruptura, ¿no? Nadie se lo creería.
—Gaspar igual sí —susurra.
—Joder, sí… —Cierro los ojos y sigo viendo los suyos estrechándose en mi dirección.
—Por eso. No voy a decir nada, no quiero tentar a la suerte.
Vuelve a escucharse un grito lejano.
—Tengo que irme.
—Hablamos.
—Feliz Navidad.
—Feliz…
—Ostras… —dice a la vez que mi móvil vibra.
—¿Qué?
—Mi hermano te ha metido en el grupo de WhatsApp familiar. —Resopla.
¿No es de locos la gracia e ilusión que me genera? No evito la carcajada que brota sola.
—Yo lo soluciono. Que tengas un buen día de Navidad, Guido.
Cuelga, no me da ni tiempo a decirle adiós.
Si hay algo claro en todo esto es que Deva es efectiva. Con esa determinación, y sin dejar salir a ‹‹el novio›› de su camerino, consigue que vuelva a mi sitio y que deje de pensar que la fantasía que hemos vivido podría ser real.
Aunque alguna versión residual de ese novio viva en los mensajes de bienvenida que asaltan ese grupo con un nombre tan… Tan Roque.