Bésame por logística 32 NAVIDAD MOREL COLLADO
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32 NAVIDAD MOREL COLLADO

Entramos en casa. La borrachera, porque llamarla de otra forma ni siquiera sería un eufemismo, sino una mentira, ha bajado.

El agua que me he tomado en El Pirámide, la leche con el chocolate de los navidinguis, el paseo tranquilo bajo el frío…

, todo ha colaborado para que ahora mismo solo sienta el bajón propio del cuerpo agotado.

La chimenea ya está encendida y no me extraña, es Navidad y son más de las nueve de la mañana.

Los regalos cubren todo el suelo alrededor del árbol y la estampa vuelve a parecer sacada de Pinterest; no faltan ni la bandeja de las galletas ni las tazas rojas y blancas…

Me topo con la imagen de la yaya, que nos mira sentada en su butaca con la postura digna de una faraona.

También el rictus acompaña; no sonríe, se diría que está sopesando si perdonarnos la vida o concedernos una muerte lenta y dolorosa haciéndonos comer todos los churros del mundo.

Ostras…

Está más tiesa que nunca.

—Noches alegres, mañanas tristes —dice y a mí se me come un poco la vergüenza.

Hacía años que no estaba en esta situación y bajo la cabeza por inercia; sin pensarlo, me pongo a revisar los pies de todos, por si acaso a alguno se le ha olvidado el cambio de calzado y va a caer una bronca extra.

—¡Abuela! Que la noche era para vivirla. Ya veremos cómo nos manejamos con la alegría de la mañana. —Roque se le acerca y se pone a bailar delante de ella.

—Dirás la de hoy. —Arruga la nariz—. Vaya olor traes, muchacho… —Nos mira al resto—. Y eso que detecto… —se toca la nariz—, ¿son churros?

—Venimos de Charly. —Roque sigue hablando, al resto se nos han atascado las palabras—. En realidad, hemos madrugado —dice con todo su morro.

—¿Y dónde están los churros?

—Charly no los vende, yaya, solo los pone con el chocolate. Y la churrería de la plaza estaba cerrada. Si no, te aseguro que te habría traído un palé.

A todos se nos escapa la risa, es un pelota de primera.

Ella lo mira mal, abandona su pose regia y señala la mesa.

—¿Entonces ya no queréis desayunar?

De la cocina salen mi padre y mi madre con las batas bien atadas, seguidos de Luisa y Gaspar; y no me puedo quitar un eco molesto de Beca sugiriendo una orgía entre ellos.

Seguro que vienen de la casa de los vecinos, como anoche, y cuando cierro los ojos me doy cuenta de que me quiero dormir, aunque sea de pie.

Me da tanta pereza ponerme ahora con los regalos…

Con lo bien que estaría en mi cama ya.

Oh… Mi cama…

—Abre los ojos —escucho a Guido a mi derecha y lo hago asustada.

—Ostras…

—Casi te duermes —me dice muy sonriente.

—Habéis llegado justo a tiempo. —Mi madre está pletórica, todos están sonrientes, hasta Gaspar.

«Voy a matar a Beca». Hace tiempo que he aprendido a disociar lo que sea que practican en grupo mis padres, pero debo de tener el cerebro hecho polvo para que verlos solo me recuerde que…

—¡Feliz Navidad, familia! —Ile baja las escaleras con Martina, y se nota que han dormido fenomenal, tienen hasta la cara lavada.

—¡Es hora de los regalos! —dice Luisa.

Todos toman asiento y se sirven café, chocolate y galletas de la mesa.

Miro a los tres fiesteros que han venido conmigo y mostramos una imagen decrépita, no me engaño, aunque Guido trata de erguirse para fingir que no está tan mal y da el pego.

Algo que es una verdad absoluta es que no estamos preparados para una sesión de regalos, pero no nos la podemos saltar; tradición es tradición.

Me siento al lado de Guido, en el suelo, cerca de la chimenea, y mi padre empieza a repartir los regalos según los nombres porque es el más próximo al árbol.

No tengo ninguno para Guido…

Pero, ¿por qué lo iba a tener si este hombre no existía en mi vida hasta hace dos días?

Estoy agotada para pensarlo.

—Este es para ti.

Guido recibe un regalo.

—Yo sé lo que es. —Roque habla y caigo en que todos vamos a recibir lo mismo, y ya había previsiones de que él llegara. No será nada personal, pero no se sentirá excluido. Me alegro.

Es un buen tío.

Un tío bueno también.

Besa muy bien…

Sí…

—Este es tuyo, Deva. —Me lanza uno al regazo y salgo de mi antesala del sueño o del deseo, estaba a punto de caer.

Guido recibe otro paquete más pequeño y, mientras el resto empieza a abrir el suyo, me mira.

Yo abro mucho los ojos, o lo intento porque no creo que me esté saliendo, me pesan muchísimo los párpados.

Niego despacio, quiero que a su cerebro llegue mi «no tengo regalo para ti», sigo insistiendo en nuestra telepatía inexistente.

—Me he dejado el regalo en casa —me dice y se me escapa la risa.

Después de dos días juntos, nuestra comunicación sin palabras es nivel Joel y Ellie sobreviviendo a un apocalipsis en The Last of Us: parecemos controlar cuándo tenemos que avanzar, cuándo cubrirnos o cuándo vale la pena gastar una bala.

Bueno, igual estoy exagerando.

—Yo también, no esperaba verte la mañana de Navidad —concluyo.

Suspiro, estoy cansada. Agotada de hablar, de mentir…

—Pensaba que erais más de Reyes Magos —dice Guido para todos. Sigue mostrándose bastante entero, a pesar de la resaca que traemos. Lo único que a él lo delata son los ojos rojos.

—Claro, pero hoy tocan los detallitos. —Luisa lo dice abriendo uno de los suyos.

—¿Nadie va a darle un café a Deva? Se va a caer sobre la mesa. —Ileana mira alrededor—. ¿Por qué no te tomas uno, Logi?

—Porque me quiero ir a la cama ya —digo de carrerilla y se ríen.

—Ya sabes que los Morel —Ana mira a Guido, creo que le está contestando a algo—, se adhieren a todas las opciones navideñas del mundo.

—Estamos pendientes de que Luisa descubra el paganismo de la Navidad por Yule —dice Ileana—. Yo ya me levanto el solsticio de invierno a ver el amanecer, Lui, si quieres te instruyo.

—Yule —sopesa Luisa—. Me estás dando una idea para la exposición de invierno del año que viene en el museo.

Martina pone los ojos en blanco.

—¿Cuándo entregaron este paquete? —Luisa levanta la mano y yo siento cómo se me paraliza incluso la función renal—. Es para ti, cariño.

Gaspar lo coge y le dedica una sonrisa a su mujer llena de picardía.

—No lo abras aquí —le susurra Luisa.

La cara de Gaspar, tras besarla en la boca, se pone seria y nos lanza una mirada, primero a Guido y después a mí, al ritmo del mismísimo corazón delator de Poe.

Mi supuesto novio enrojece y yo no sé ni qué imagen estoy dando; me limito a tomar aire por la nariz y a tratar de evadir las ganas repentinas de vomitar.

Aprieto mis paquetes. Las manos de Guido, que es lo que alcanzo a ver de reojo, se agarran a los suyos y, cuando subo la vista, me doy cuenta de que Gaspar todavía no ha apartado sus ojos de los míos.

«Lo sabe».

—Abre tus regalos —susurro a Guido.

Abre el paquete grande y un pijama con motivos navideños de color azul oscuro se despliega.

—Gracias —susurra con una sonrisa.

—Es un clásico —dice Ana.

El otro paquete tiene unos calcetines rojos y azules oscuros, no tengo ni que mirarlo porque veo los míos y sé que todos tenemos los mismos.

Esta noche, antes de dormir, nos haremos una foto delante del árbol con el disfraz completo y mamá nos mandará a todos esa felicitación navideña el uno de diciembre del año que viene.

—Voy a estrenar el pijama ya —anuncia Roque—. No me toca poner la mesa —canturrea—. Despertadme cuando sea la hora de comer, no antes, por favor.

—Ayer eras un aliado —le digo molesta.

—Ayer estaba alcoholizado.

—Pues no cuentes conmigo para recoger.

—No lo hago. —Me guiña un ojo; y vaya ojeras tiene, entiendo que mi careto es similar—. Ana… —Sube las cejas en su dirección.

—Nunca una insinuación tan inocente me había gustado tanto —contesta ella y se levanta.

Todos ríen, todos menos yo, que estoy pensando en mi cama y me está costando hasta levantarme.

—Oye, Ile, tengo que echar un vistazo a eso de la almendra en el pudin de arroz… —sopesa Luisa.

—¿En serio vas a añadirlo? —Martina se extraña con cara rara.

—Es una costumbre noruega de Navidad, no nos cerramos a nada —responde mi madre.

—Sobre todo si es comida —dice mi padre.

Me levanto, por fin, y Guido me imita.

—Subid a la cama, anda… Pero, Deva… Os toca poner la mesa y, Roque —mi hermano, que no sé por qué sigue subiendo las escaleras, se para ante la llamada de mi madre—, a vosotros quitarla.

—Que ya lo sé… —responde agotado.

—Es para que no lo olvidéis, que parece que os lo habéis lanzado el uno al otro como la ruptura de un alto el fuego y luego nos conocemos.

—El uno por el otro, la casa sin barrer —dice la yaya.

—¡Que sí! —grita mi hermano con la voz ronca.

—Yo no garantizo una efectividad del cien por cien —digo sopesando las horas que voy a dormir frente a las que de verdad necesito.

—Uy, que no. Y ni una copa rota quiero —reclama la abuela.

—Yaya… —me quejo.

—A la cama. —Señala las escaleras.

Me cuesta mucho llegar hasta el baño, y hasta lavarme los dientes supone un esfuerzo gigante.

En el pasillo, antes de entrar en la habitación, me doy cuenta de que Ileana está a nuestro lado. O se ha vuelto un ninja o yo estoy demasiado cansada.

—Vaya juerga… Hacía años que esto no pasaba. —Se lleva la mano a la boca y a la nariz—. Joder, qué pestazo a alcohol, ¿os habéis bebido las copas u os habéis bañado en ellas?

Me echo el aliento en la palma.

—Si olemos a pasta de dientes.

—Eso es lo que tú te crees. Sudáis alcohol.

—No lo descarto —le digo.

Mi hermano ya ha cerrado la puerta de su habitación y Guido solo se encoge de hombros.

—Espero que os hayáis portado bien y que nadie haya sospechado —dice con retintín.

Los besos que nos hemos dado aparecen como toques mágicos por mi piel y el calor empieza a subir desde mi tripa. Vaya, estoy cansada, pero tengo la capacidad de reacción para ¿avergonzarme? «No, esto no es vergüenza, Devita».

—Interpretaciones magistrales. —La voz ronca de Guido contribuye a ese calor tan agradable.

El guiño que me dedica puede que sea la confirmación de que no han sido interpretaciones. ¿Quiero que no lo sean? No lo sé, necesito descansar. Y no preguntarme por qué he sentido decepción al escucharlo.

—Hasta mañana, Ile —me despido y abro la puerta de la habitación.

—Hasta mañana, dice. —Ríe—. Hasta dentro de un rato —se despide.

—Vaya noche… —escucho a Guido resoplar detrás de mí.

—Sí… —susurro, enfocada en meterme en la cama.

—¿Podría darme una ducha?

—Claro… —Bostezo y me quito el jersey navideño y las mallas.

Y no escucho llegar a Guido, porque mi fundido a negro es automático en cuanto mi cabeza se apoya en la almohada.