Bésame por logística 31 BESARTE
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31 BESARTE

Estoy besándola sin motivo. No, sin motivo no.

La beso porque me apetece muchísimo; es lo que habría hecho en una situación normal de chico conoce chica y se gustan.

La culpa es toda suya, que ha salido del baño mordiéndose el labio con una sonrisa que parecía esconder un secreto que bien podría compartir conmigo.

Y Deva está respondiendo con las mismas ganas que yo.

Su mano se enreda en mi pelo y da un pequeño tirón que me mantiene pegado a su boca.

Su sabor a piruleta dispara mi lengua hacia la suya; lamerla me parece de lo más estimulante.

Mis dientes, deseosos de clavarse aunque sea un poco en ese labio inferior que no dejo de mirar cada vez que habla, cumplen su deseo y, al hacerlo, se me contrae el estómago de gusto.

No pensar en otra cosa que en Deva me atrapa en un subidón del que no quiero bajar jamás.

Nuestros cuerpos están pegados y mis manos ancladas entre su cintura y su espalda. No voy a negar que quiero tocar más, pero, por mucho que la intención se haya escapado por impulso, no voy a permitirme…

Deva gime en mi boca y engancha su pierna alrededor de la mía.

«Joder…».

Está adherida a mi entrepierna, y yo…

—Aquí estáis. —La voz de Roque es un frenazo en plena recta, podría haberme hecho añicos contra el salpicadero.

Separamos las bocas apenas unos milímetros. Algo increíble, porque a mí me ha recorrido la sensación de estar haciendo algo malo y podría haber saltado hacia atrás. Jadeamos el uno en la boca del otro.

Huele a gin-tonic, a piruleta, a su saliva…

Me relamo porque mi boca sabe a todo eso y aguanto un escalofrío placentero que viaja por toda mi piel.

Las manos de Deva se quedan ancladas en mi cuello, apenas pasan décimas de segundo pero el tiempo se estira hasta parecer minutos.

Nos respiramos el uno al otro sin dejar de mirarnos, creo que ambos estamos igual de sorprendidos.

Apoyo mi frente en la suya y me río de forma discreta por la nariz.

Deva sonríe, no le da ninguna vergüenza que nos hayan pillado así, y tampoco responde a su hermano. Mientras el roce de sus dedos llega a mi sien, mis manos se despliegan sobre su espalda. Cierra los ojos y acaricia mi nariz con la suya.

—Quizá tengamos que dejarlo aquí —susurra.

Se nos escapan unas risitas mientras desenrosca su pierna de la mía.

Roque ha dicho algo que no he escuchado.

—Estamos pensando en irnos al Pirámide. —Y por su tono se nota que es la segunda vez que lo dice.

—¿En serio? —dice Deva; separo mi frente de la suya, pero no nos dejamos de mirar—. Hace un rato que os hacía camino de la cama. —Parece que a ella también le cuesta recuperar el aliento.

—Sí, nosotros también pensábamos que estabais en casa rematando la noche, pero… ya ves —suelta—. Aquí andáis, adolescentes en plena euforia hormonal.

No me cuesta nada imaginarnos enrollándonos en su cama.

Ahora mismo quiero estar allí. Y tengo que hacer un esfuerzo por recordar que no es algo que vayamos a hacer por mucho que todo el mundo lo dé por hecho.

¿Cómo de raro es que ellos piensen que sí, que hace unos segundos probablemente quisiéramos los dos, y que la realidad sea que no?

¿Cómo voy a convencer a mi cuerpo de que eso no es posible?

¿Acaso no lo es?

Deva mira mi boca y se muerde los labios. Con la travesura en mente, dejo de pensar en la lógica que nos ha traído a este punto.

El resoplido de Roque se escucha muy lejano en mi cerebro en cuanto la beso y ella se entrega, aunque termina riéndose y mordisqueando despacio mi labio inferior.

—Me estabas leyendo la mente… —murmuro y se lo muerdo yo a ella; sabe a dulce y…

El carraspeo de Roque me empuja hasta esta realidad que no me apetece vivir ahora mismo.

«Estoy bien aquí, gracias».

Roque decide hablar:

—Creo que os vamos a esperar allí, así que, si eso, cuando terminéis venís. —Su tono denota que se ha dado cuenta de que nos hemos olvidado de él; Deva y yo nos reímos a la vez—. O no… Joder, no os lo montéis aquí, ¿vale? Que con la comidilla de los papás tenemos suficiente.

—Roque… —se queja Deva, pero él solo nos da la espalda y se aleja.

Nos separamos a la vez, aunque no es lo que quiero, y cierro los ojos con fuerza, no sé si porque debo fingir que me escandalizo con todo el tema de sus padres, o para aferrarme a esa imagen de nosotros juntos que ha implantado en mi cabeza y que no me parece tan descabellada.

Niego, porque aquí, en este pasillo de los baños de un bar, sería el sitio más inadecuado, pero que no me den un coche.

«Joder…». Me froto la cara. La imagen de Deva sobre mí en la furgoneta de Ismael impulsa a que mi excitación eleve un par de grados más el calor de mi cuerpo. O en el Defender, porque si tengo que elegir, claro que sería un todoterreno espacioso, y la parte trasera del de Roque sería ideal.

—Vamos al Pirámide, anda. Antes de que seamos más la comidilla de este pueblo.

—Deva repite las palabras de Roque y me saca de mis cavilaciones, tiene los ojos brillantes y los párpados algo caídos, la cara sonrosada, como los labios, todo producto de las refriegas de los míos y mi barba de un par de días.

—Primera plana del periódico de mañana: El Pichichi y la Panamédica… —digo mientras le agarro la mano y ella entrelaza sus dedos conmigo.

—¿La Panamédica? ¿Siguen con eso? —me corta.

—Sí, parecía ser un mote asentado. Y me parece ingenioso de la hostia.

Finjo que llevo bien pasar de estar comiéndonos la boca y semiempalmado a hablar normal, pero esto forma parte también de mis dotes interpretativas; algo que estoy mejorando en este pueblo por momentos.

—Cuenta con que tú serás el Pichichi para siempre —concluye antes de perdernos entre la gente en busca de nuestros abrigos.

Un anhelo extraño me recorre entero. Ni siquiera salir a la calle y sentir en la cara el frío de una temperatura bajo cero me hace olvidarme de lo bien que se sentiría seguir siendo el Pichichi en otras visitas.

Unas que no se van a dar, por supuesto.

Esta vez no cruzamos la plaza, caminamos por los soportales, donde no hay nieve, pero da igual. Deva, en un movimiento natural, agarra mi brazo y se acurruca contra mí.

Entramos al Pirámide, que es, de todos, el que más pinta de pub tiene. Y el primer tema que escuchamos es una de las versiones de Bastille, que me viene perfecta para desconectar mi cerebro de los pensamientos intrusivos.

—¡De locos! —grito emocionado y me meto de lleno en las primeras estrofas de Of the night.

Me quito el abrigo y lo suelto en un sillón con el resto, agarro a Deva de la mano y vamos a la pista, en la que la gente, no mucha ya, está bailando con gorros y cotillones, parece Nochevieja.

Noto cómo ella se deja llevar por mí y sigue el ritmo de la canción.

Canto y bailo, me acerco a ella y se sujeta a mí; se suelta, da una vuelta, somos un poco torpes, pero da igual.

Deva se une a mis berridos en el estribillo y nos reímos muchísimo.

Mi próxima consumición debería ser agua. Lo noto en todo el cuerpo, estoy a muy pocos grados de que el alcohol dirija mi mente.

La canción termina, da paso a la siguiente y me quedo quieto, respirando con fuerza.

Los dos estamos agitados y Deva ocupa todo mi espacio.

Sus risas, su descontrol contra mis movimientos erráticos de hace un momento…

La observo reír y frenar, cómo mira nuestras manos, que siguen unidas y no nos hemos dado cuenta.

Sus ojos me exploran y se fijan en mis labios, me muerdo el inferior con fuerza.

Quiero besarla de nuevo.

Entonces pasa, en medio de la pista, sin medir, sin preguntar y sin hacer ningún gesto ni tocar su muñeca, sujeto su cara un segundo; ella entreabre la boca y aproxima todo su cuerpo al mío.

Mis párpados se cierran en cuanto nuestros labios se unen y las luces alrededor parpadean mientras el sabor a piruleta cubre mi lengua.

Sus brazos en mis hombros, sus manos en mi nuca. Un par de besos rápidos. Una risa con las bocas que todavía no pierden el contacto… Y de nuevo lenguas, labios y dientes.

Tras dos picos sueltos, termina el beso, otro que no era necesario a pesar de estar rodeados de sus amigos y familia. Pero ni me lo voy a negar ni voy a arrepentirme. Esta noche he descubierto que no necesito fingir, la deseo y… Me gusta besar a Deva.

Seguimos bailando sin que el momento trascienda, el siguiente tema lo celebran Ana, Beca y Deva y todos nos movemos sin mirar alrededor.

—¿Una ronda? —pregunta Raúl.

—Para mí, agua —dice Deva.

—¿En serio, Logi? —Roque la mira con guasa.

—Después de tanta ginebra, mi hígado no acepta otra cosa.

—Por supuesto. ¿Y tú? —me señala.

—Yo también.

Todos se ríen, aunque no somos los únicos que durante el siguiente baile brindamos con agua.

—¡Quiero más Nochebuenas así! —grita Roque.

—La comida de mañana va a ser un cuadro. —Ana se tapa la cara con las dos manos.

—No nos toca poner la mesa —dice Roque feliz.

—A nosotros sí —protesta Deva con un mohín supergracioso.

—Nos ayudaremos, Logi, somos aliados. —Roque la abraza por los hombros y la zarandea.

—No sé si vamos a aguantar hasta el juego de sobremesa. —Ana se ríe.

—Si no fuera porque voy a acogerme a la ley de la siesta en mi casa, me apuntaría al juego de los Morel sin dudar —añade Beca.

—Yo tengo curiosidad —digo antes de terminar la botella de agua de un trago.

—Porque ya has declarado que el sesenta y nueve es tu postura favorita, no tienes que temer nada —añade Ana.

—Y fue la yaya la que dio pie, ¿eh? —Roque ríe y me palmea el hombro.

—¡Ya eres un Morel Collado, Guido! —Se carcajea Beca.

—Lo que soy es un alumno muy aplicado. —Miro a Deva y a su sonrisa la acompaña un fruncimiento de nariz.

La tengo enfrente, ¿quedaría mal que me acercara y le diera un beso a esa boca que no deja de tentarme? Su cuñada me libra de tomar una decisión porque las dos se van al baño.

—¿Te quedas hasta el veintiséis? —Roque me habla y su pregunta es un todo en uno: me aleja de la relación que tengo con Deva haciéndome ver que es mentira y me pone en perspectiva que yo, probablemente mañana, me vaya del pueblo.

—Si la carretera está limpia, debería ir a casa de mis padres. —Decidir no mentirle en este momento es un golpe de realidad duro.

Tampoco me miento a mí mismo, debería ir a casa, aunque no quiera.

—No creo que estén antes de comer.

—Cuando esté despejada, me bajaré a la ciudad. —«Y esta historia se terminará», me digo con pena.

Con pena, joder…

—Lo decía porque el veintiséis por la mañana hacemos una excursión muy guapa hasta una de las cuevas donde ponen un belén. Y porque me caes bien, enfermero Pichichi. —Su mano me da una suave palmada en el hombro y me lo aprieta.

—Y tú a mí —contesto con toda la verdad. Todos me caen bien, bueno, a Gaspar no le he pillado el punto del todo, pero no se le ve mal tío.

—Era fácil. —Se encoge de hombros y le da un trago a su copa, después pone una cara rara—. Se acabó el alcohol, tenía que haber imitado a mi hermana, pero es tan divertido hacerle ponerse el traje de listilla. ¿No te lo parece?

Tengo que reírme. Me da la sensación de que la conozco tanto que sé perfectamente a lo que se refiere.

Ana y Deva vuelven del baño y Viva la vida de Coldplay se alza por encima de todos; es imposible no cantarla, no bailarla, no meternos de lleno. Y me gusta porque ha barrido del todo la sensación de tristeza que ha resurgido al ser consciente de que mañana esto se acaba.

Bailamos, reímos, hacemos muchas tonterías y estamos desinhibidos; algo de lo que no me cabe duda cuando Deva me roba un beso.

Ella a mí.

De repente.

Es un pico, pero cuando se retira y me mira, con sus ojazos claros, tan abiertos y ella tan sonriente, yo me echo a reír y la atraigo para…

—¡No os vais a enrollar aquí en mitad de la pista! —grita Beca y justo encienden las luces del pub—. ¿Veis?, no es el momento, tendréis que dejarlo para la cama.

«Ojalá». Ya ni me escondo, y creo que mi mirada habla por mí, que no la aparto de sus ojos.

—¿La cama? ¡Vamos a desayunar al «Charly el Chocolates»! —propone Roque.

Nos acercamos a la salida entre charla y risas. La pregunta de Raúl, sobre si estará abierto o no, encuentra su respuesta en forma de luz al otro lado de la puerta del garito.

Empieza a hacerse de día.

—Buah… —Ana se tapa la cara y rompe a reír—. Volvemos a ser unos cierrabares.

—Tienen que ser las ocho, está abierto seguro —dice Raúl.

—Presiento una resaca inminente —dice Deva a mi lado, se arrebuja contra mí y yo la acojo con gusto.

—El chocolate de Charlie nos va a salvar la vida, ya veréis. —Beca se agarra a Raúl y empiezan a andar.

Los seguimos, pero nos quedamos algo rezagados.

—Feliz Navidad —susurra Deva y me mira de reojo, porque no pierde la vista del suelo, hay hielo.

—Feliz Navidad, piruleta —respondo.

—¿Piruleta? —Frunce el ceño y en un segundo lo pilla: el juego tonto de los apelativos dulces, los besos…

—Definitivamente eres piruleta.

La volvería a besar.